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¿Cómo hacerse de un cuerpo en la urbe? Buenos Aires: salud mental y vida cotidiana*

Actualizado: 5 mar

 

 

El psicoanálisis y la salud pública en Argentina. Crónicas menores en torno al Hospital Ameghino de la ciudad de Buenos Aires desde la perspectiva de un usuario. Escrituras sintomáticas como iniciativa de salud, en tanto combinación del despliegue de la imaginación junto con un trabajo sobre nuestras propias experiencias de vida, en la búsqueda de dejar de ser eso que hicieron de nosotros.

 

 

Por Mariano Pacheco**


 

 

Los martes es mi día de sanguchito de jamón y queso con Seven up. Es casi una institución que ese sea mi almuerzo tardío, a las tres de la tarde, cuando salgo del hospital.


Al principio llegaba caminando por Córdoba y, luego de pasar por Agüero, ingresaba al lugar. Al salir también solía irme caminando por esa misma calle. Incluso el tiempo en que fui en moto la dinámica fue la misma: llegaba por Córdoba, pasaba Agüero y subía a la vereda para, tras unos metros, estacionar frente al portón de ingreso. Y al salir, para no pegar la vuelta, iba con la moto caminando esos metros hasta la esquina y tomaba derecho por Agüero.


Después del accidente volví a llegar siempre en colectivo, en el que me deja justo enfrente del lugar. Así que no recuerdo si un día al bajar del bondi en lugar de retroceder y cruzar por la esquina de siempre seguí caminando hasta Gallo y crucé por ahí, o si fue al salir que en vez de ir hacia atrás fui hacia adelante (subiendo por Córdoba, como se dice). El hecho es que ese día pasé por la puerta del almacén y segundos después retrocedí para ingresar a comprar. Desde entonces, el sanguchito de jamón y queso con Seven up se transformó en otro de mis rituales en el andar por la ciudad.


Así que los martes salgo del Ameghino, camino unos metros hasta la fiambrería, y luego me voy caminando hasta el Abasto a tomar el subte B en dirección hacia el centro, para bajar en Callao y Corrientes, sea para tomar un colectivo que me lleve a casa, o bien para quedarme por ahí, y caminar por la calle Corrientes hasta el Obelisco, y llevar adelante otro de los rituales que tengo desde hace años, que consiste en entrar a las librerías de saldos y usados a ver si alguna magia me sorprende y encontrar así algún ejemplar de libro que me alegre la vida. ¿Exagerado? ¡Tal vez! Aunque debo reconocer que es por demás cierto que el hecho de encontrar ediciones específicas de libros que no estoy buscando sino que terminan en mis manos porque me sorprendieron desde las estanterías, producen en mí una felicidad difícil de comparar (el autocorrector de Word me puso “comprar”, y si bien los libros se pagan, como casi todo en este mundo, me resisto a poner en la misma oración dinero y felicidad). Así encontré El amor a los comienzos, la autobiografía de J. B. Pontalis, quien plantea allí –entre otras cuestiones– que “en su alforja agujereada”, la memoria sólo retiene “accidentes”, y que es el cuerpo, “a pesar de sus rupturas, desórdenes y cambios de todo tipo”, el que nos permite reconocer “esta vida como nuestra”, así como “hacer derivar de un mismo punto” y referir al mismo pronombre “yo”, tanto “actos” como “emociones y pensamientos”.


La cuestión del cuerpo viene siendo una de mis obsesiones en los últimos tiempos, y mis lecturas, han insistido una y otra vez en volver sobre la pregunta por el cuerpo político, es decir, por la experiencia colectiva, pero también, por cómo se implica cada vida singular en esas aventuras con otros (con otres, como se dice y hasta se escribe ahora). Al fin y al cabo, ya lo decía Freud, cada vida es única, e irrepetible.

 

 

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A esta altura no sé cómo podría sobrellevar mi vida en Buenos Aires si no fuese por ese espacio psicoterapéutico semanal que sostengo desde hace casi tres años en el Ameghino. Tampoco sé cómo sostendría un ámbito así si no fuese por el servicio que se brinda en el hospital (o más bien, debería decir: estoy seguro de que no podría sostenerlo porque no tendría forma de pagarlo). Pero no es sólo eso (mi situación actual de no poder pagar una sesión a un psicólogo en un consultorio), lo que me atrapa, lo que me seduce del lugar. Creo que hay algo de ese sitio, de su historia (que es la de la salud pública en nuestro país), que me resulta por demás familiar. Y no me refiero a que los turnos sean otorgados cada semana por una señora que es igual a mi mamá –con quien no tengo vínculo desde hace tres décadas– sino que me resulta familiar porque tiene que ver con mi experiencia adulta. Y para mí, que fui expulsado de mi casa por mi madre cuando tenía 14 años, la adultez comienza con la adolescencia, cuando llegaron a mi vida la militancia, las lecturas y, también, el psicoanálisis.


Aunque si la vida adulta tiene que ver con terminar el colegio y empezar a laburar, debo reconocer que, en mi caso –como en el de tantos– esa situación llegó recién a los 18 años, cuando terminé la escuela (o más bien, cuando terminé con los intentos consecutivos de pasar de año y dejar de recursar. Eso fue a fines de los noventa, inicios de los dos mil, así que el trabajo para mí fue de entrada en formato precarizado, lo que implicaba atenderse en el ámbito público y no en el privado; cuestión que fue durante muchos momentos una constante, porque si bien laburo desde pibe, sólo 8 de los 26 años que llevo trabajando conté con obra social. No sé si los servicios de salud mental son una cuestión habitual en otras partes del mundo, pero celebro que así sea en Argentina.

 

 

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Al principio iba al Ameghino dos veces al mes, y otras dos veces, la sesión se mantenía de manera telefónica. Durante un montón de meses fue así, porque la virtualidad se impuso por necesidad: primero por protocolos del lugar, luego por mi imposibilidad de moverme tras el accidente. Recuerdo que el auto me atropelló minutos después de que cortara el teléfono tras el último encuentro del año, en el que dije:

-- Mañana empiezo las vacaciones. Me va a venir bien porque tengo que parar un poco la moto.

 

¡Nunca imaginé una frase más literal!

 

Tiempo después abandoné la zona sur del conurbano para instalarme en capital: así y todo, trasladarme desde mi casa hasta el hospital se me hacía engorroso. Un amigo psicoanalista me dijo que ya no atendía más a sus pacientes de manera presencial. Otra amiga, mismo oficio, me comentó asimismo que sólo mantenía virtual a quienes no vivían en la misma ciudad o si por algún motivo puntual se lo solicitaban. “Hemos perdido la noción del traslado”, me dijo (o algo así). Enseguida recordé a Dostoievski, quien –como Nietzsche– había escrito que el mundo se dividiría en dos: antes y después de la muerte de Dios. Para nosotros, tranquilamente, el mundo contemporáneo también se puede dividir en dos… pero con un antes y un después de la pandemia.


Antes –de la pandemia, decía– hacíamos un montón de cosas en función de los traslados: “ya que voy ese día a tal lugar, aprovecho para ir a tal otro que queda cerca” (o no tan lejos); “entre que salgo de acá, y entro allá, me veo con fulana o sultano”; “fui a ver tal peli entre tal cosa y tal otra”; “conocí a X en la parada de tal colectivo”; “me vi con Y, quien me presentó a Z…”.


Pienso que ahora somos una masa inmensa la que se mueve menos, sale menos. Y al salir, nos mostramos menos predispuestos a la sorpresa, al contacto con los demás. Motivos no faltan: los acosos (en el casos de las mujeres); la pesadez existencial extrema (en todas las personas); el uso insoportable  que se hace del celular (sea para escuchar música sin auriculares, molestando a todo el mundo, sea porque usamos auriculares –mi caso– para no molestar al resto y disminuir los daños del ruido ajeno); la alienación producto de las redes sociales. ¡Claro que antes la gente leía el diario o un libro en la parada o mientras viajaba! Por supuesto, apologistas de la gratitud tecnológica contemporánea. Pero quizás el diario o el libro mismo eran motivo de conversación (sospecho que nadie se para al lado de una persona y le hace referencia a lo que le lee en su celular, primero porque no se ve, segundo porque debería entrometerse en pantalla ajena y eso desataría más una discusión que una conversación). Hablar con alguien del sexo opuesto (al menos para un varón heterosexual, como es mi caso), a quien no se conoce, está vedado hoy por hoy, sea en la parada o arriba de un transporte público (colectivo, subte o tren). Rara vez la iniciativa surge de mujeres y es altamente probable (seguro hay estadísticas, pero detesto las estadísticas) que –como sostienen desde los feminismos contemporáneos– la mayoría de las veces el trato nacido de un varón hacia una mujer viene irremediablemente acompañado de actitudes de acoso (o algo parecido). Pero (¿debo decir que soy un “privilegiado”?) he tenido alguna que otra historia de amor surgida de una ocasional conversación callejera, nacida en un colectivo, parada o estación.

 

 

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Freud inventó la asociación libre como concepto, así que sospecho que nadie que se “vaya por las ramas” en un relato donde el tema es la salud mental puede ser acusado de divagar.


Retomo el hilo: decía que sostener un espacio psicoterapéutico semanal, al menos para mí, resulta una cuestión vital. Claro que Buenos Aires es una de las ciudades más psicoanalizadas del mundo, pero como en cualquier otra parte del planeta, su práctica está reservada a determinados sectores sociales, con cierto privilegio económico y capital cultural. He tenido la suerte de contar con algo del segundo pero, en 42 años, nada del primero. Cosas de la vida (como se dice popularmente), así lo quiso Dios (como repetía mi madrina) o son cuestiones de las condiciones materiales de existencia con las que nos topamos al venir al mundo (como menos poéticamente repetimos los marxistas). La cuestión es que, sin ese espacio dual, sospecho, mi vida sería bastante más complicada.


Si la literatura –como alguna vez leí de pluma de Ricardo Piglia– tiene que ver con algo de la “forma privada” de la utopía, y la filosofía –vía la lectura que Deleuze hace de Spinoza y Nietzsche, pero también de Sartre– con una imagen que más que a la del profesor se vincula con la del “pensador privado” (en tanto combina una especie de soledad que le pertenece siempre, junto con una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan), el psicoanálisis en mi vida tiene algo similar a lo que puede pensarse de la filosofía y la literatura. Si el “el pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grado de revolución permanente”, como insiste Deleuze, el espacio dual psicoterapéutico combina para mí algo similar: el trabajo con aquello que se denomina la “intimidad”, los “propios problemas” no están desconectados de cierta búsqueda por intervenir activamente en los asuntos comunes “desneurotizando” la práctica militante. Es en ese sentido que literatura- filosofía- psicoanálisis- militancia, funcionan como esferas con su especificidad, sus mutuas implicancias, sus conexiones y contaminaciones en una experiencia vital que, como es mi caso, se desarrolla un poco al margen de las instituciones estatales, pero también privadas (de la gestión de gobierno y el parlamento; de las escuelas y universidades; de los consultorios; de las agencias y empresas de prensa), aunque más cerca de las primeras que de las segundas, entre las que debo contar mi asistencia semanal al Ameghino.

 

 

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Leo Por nuestra cuenta. Alternativas al sistema de salud mental controladas por pacientes, de Judi Chamberlin, a quien la editorial que la publica en Argentina caracteriza como “un ángel contracultural de nuestras rebeldías”. El amigo que me pasa el ejemplar, que trabaja sobre estos temas, me dice que hay algo del “activismo en primera persona” que puede estar en sintonía con el tipo de relato que –según le había comentado– quiero escribir.


Días antes había visto en HBO (plataforma que adquirí junto a Mubi, tras dar de baja Netflix, asqueado de sus productos) la serie israelí Normal (nombre horrible si los hay), donde se cuenta la historia de Noam, un joven de 24 años que toca fondo y culmina internado en un pabellón psiquiátrico, ante su imposibilidad de sostener su trabajo periodístico, y de procesar el vínculo con su padre, quien acecha como un fantasma sus posibilidades de realización existencial, ya que se trata de un importante director de cine, guionista, actor, escritor, pintor, poeta, compositor, periodista y publicista. Como en Todos quieren salvarse (esta sí, serie de Netflix), también aquí la historia se concentra en aquello que sucede con las personas en situaciones de encierro psiquiátrico (aunque sea voluntario), y en los vínculos que se generan entre pares.


Mi caso (mi “problema”), a diferencia de Noam, no es tanto no poder escribir, sino más bien el contrario: hay como una suerte de exceso de lectura y escritura que me habita. Un exceso como el que está presente en las canciones de Ricky Espinosa (el filósofo punk del Conurbano), en su propia vida a través del consumo de sustancias (que de tan excesivo un día terminó tirándose de la ventana de un quinto piso) y, como en mi caso, un exceso de palabras, que como ahora se expresa en sucesivos desvíos (en digresiones, digamos). Pienso que quizás por eso me gustan tanto Deleuze y Guattari, porque suelen irse por las ramas, al punto de que nadie entiende nada (como me dicen muchas veces en mis Encuentros de Filosofía). Claro que, como son franceses, parece que con ellos queda bien decir “qué interesante” en lugar de “no entendí un carajo” (como en La mirada de los otros, el film de Woody Allen en el que el director queda ciego y filma cualquier cosa, obteniendo como resultado una película despreciada por su público norteamericano, pero… ¡festejada por el francés!). En fin, los sudakas sabemos que no corremos con la misma suerte. Así y todo, escribo. No tengo pánico escénico frente al papel (porque sí, primero escribo en cuaderno y después paso lo apuntado al word).

 

La cuestión es que hay algo de esos excesos, de esas digresiones (de eso que me gusta llamar las “escrituras sintomáticas”) que me atrapa, o me envuelve. Y de allí este escrito que, si bien no ingresa en la zona específica de testimonios de “activismos en primera persona en salud mental”, entra en diálogo con ellos. No ingresa porque, formado en los noventa por setentistas, no puedo (no quiero) trocar el término militancias por activismos, desplazando el enunciado político del plural al singular, y tampoco –como me aclaró mi amigo– porque en esa tradición está puesta en juego la experiencia del encierro psiquiátrico, que no es mi caso (al menos hasta ahora).


De allí la insistencia en la militancia más que en los activismos,  por más que –como en mi caso– ésta tenga su centro de gravedad en las cuestiones subjetivas, en el pensamiento en torno a las indagaciones sobre lo que un cuerpo puede, tanto en términos de experiencia singular que busca descuadricular las lógicas que nos modelizan como de aquella que apuesta a conformar un cuerpo político popular capaz de protagonizar un proceso de emancipación (para conquistar espacios de libertad que amplíen los márgenes de desobediencia, deliberación y decisión, como dice otro amigo).


Es en este sentido que aparece la pregunta por el lugar de enunciación. En este caso, el registro literario en primera persona del singular, y la perspectiva filosófica que parte de la premisa (“pensador privado”) de que no se habla para representar nada, en nombre de nadie, sino de uno mismo, de quien lidia –como en este caso– con esto de habitar la más profunda “soledad poblada”, porque desde el cuarto en el que se escribe se busca siempre conectar con las apuestas de lo común.


Es en este sentido que pienso que la politización del malestar no puede ser abordada sólo en términos personales (porque la politización siempre es un proceso colectivo), así como tampoco la cuestión de la salud mental puede ser únicamente trabajada por los profesionales (“del rubro y afines”). Es en ese sentido que puede afirmarse que es deseable que el saber profano tome cartas en estos asuntos. Porque si la politización del malestar no sólo “desprivatiza”, sino que al mismo tiempo se afirma como un proceso de democratización que sitúa al movimiento de la sociedad (de sus luchas, sus dinámicas de organización) en el centro de la escena, entonces la producción comunitaria de la salud mental (en particular) y de la salud (en general) no puede ser reducida a una cuestión de especialistas. La pregunta por cómo nos hacemos de un cuerpo –en el caso específico de la salud mental– involucrará por lo tanto a profesionales y usuarios, así como el interrogante sobre la producción de comunidad no podrá sino involucrar activamente la experiencia singular de cada quien.

 

 

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¿Qué puede un cuerpo de ideas en lucha contra otro cuerpo de ideas? Sólo la práctica social general en la que se inscribe puede determinarlo. Pero como toda apuesta (sin garantías), las escrituras sintomáticas buscan partir de la propia experiencia de vida para ejercitar la narración, tomar la propia biografía y los ejercicios de memoria que podamos realizar como puntos de partida para emprender la escritura, no en términos de un refuerzo del yo, sino como inspiración para una construcción que transforme eso que vimos, escuchamos, imaginamos, vivenciamos, en escritura. Es en ese sentido que este tipo de textos privilegia el ensayo por sobre los papers académicos o la opinología periodística, más cerca de la literatura, en esa concepción que también incluye en ella a los textos filosóficos y psicoanalíticos.


Porque la literatura, tanto como la filosofía y el psico (esquizo) análisis, buscan articularse en una perspectiva materialista y pragmática que implica a la vida, en un cuestionamiento radical a los modos dominantes de ser, en el intento por poner a estos vectores de fuerzas (en tanto máquinas estéticas, conceptuales y de “análisis militante” del inconsciente) a funcionar de modo tal que permitan imaginar/ rediseñar otras formas de existencia. Así, según la perspectiva que trabajan Deleuze-Guattari, la filosofía (en su trabajo con el concepto), posibilita la gestación de nuevas maneras de pensar; el percepto (al que definen como “nuevas maneras de ver y escuchar”, y al que podríamos agregar “otros modos de leer”), apunta en dirección al afecto, que es –al fin y al cabo– el que opera sobre las posibilidades de gestar otras formas de experimentar la vida.


Las escrituras sintomáticas, en esta línea, funcionan como iniciativa de salud, en tanto que la combinación del despliegue de la imaginación junto con un trabajo sobre nuestras propias experiencias de vida (y las observaciones que podamos realizar de nuestro entorno), permiten inventar nuevas posibilidades de vida, contra los estados de enfermedad que producen una interrupción del proceso creativo (textualidades que se proponen asumir que no se puede escribir sin ser interrumpido por la vida y que, por lo tanto, lejos de leer allí un obstáculo, puede permitirse encontrar en ello una potencia de producción).


Siguiendo las pistas de quienes plantearon que la experiencia es inseparable de la memoria, las lecturas con las que contamos, las películas que hemos visto, las canciones que hemos escuchado, las conversaciones que hemos presenciado, las calles que hemos caminado, los conflictos que hemos atravesado (las sesiones de psicoanálisis que hemos tenido), no pueden sino ser parte de la materia prima de las escrituras sintomáticas, en tanto cuerpo textual que se propone entrar en serie con el cuerpo singular que busca otras maneras de ser, de pensar, de amar, y el cuerpo político popular que puja por otros modos colectivos de producir y organizar la vida en común.

 

 

*Este texto fue elaborado sobre la base de una intervención preparada para las Jornadas Ameghino 2023: “Hospital público por- venir. Escrituras actuales en épocas de…”.

 

** Mariano Pacheco: Escritor, periodista, autodidacta (@Pachecoenmarcha).












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