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Límites. No los pedimos, los exigimos

Actualizado: 18 abr 2023







En el siguiente artículo, las autoras retoman desde los ángulos deontológico y teórico, por qué es necesario no perder el rigor científico al momento de hablar sobre la pedofilia desde la psicología. Y por qué, sin importar qué paradigma se sostiene dentro del campo, les psicólogues debemos ser responsables a la hora de hacer divulgación científica en los medios de comunicación.



Por Dulce Pallero, Rocío Pallero y Gisela Bach*



¿Por qué en los medios de comunicación se reproducen discursos que implican una regresión en las conquistas éticas y de derechos humanos? Porque hay un vacío en el tejido social y comunitario, una ausencia de sentidos coherentes que provean sostén y contención a los sufrimientos y/o padecimientos, que sancione desde un marco ético claro las vulneraciones que sufren personas y sociedades. El malestar que generan nuestros Estados y sus lógicas capitalistas, patriarcales y coloniales es producto de abandonos sistemáticos u omisiones en el cumplimiento de las leyes con las que ya contamos, generando posiciones indolentes en relación a las opresiones y políticas de exterminio indirecto de población que es destituida de su dignidad humana: infancias, disidencias y diversidades sexuales, etnias, clases sociales y feminidades (entre otras). Los crímenes por razones de género tienen una especificidad muy clara en los marcos legales de nuestro país y en el marco internacional, y esto se lo debemos a los feminismos y a los estudios de género. Las infancias son parte de la población que es víctima de las mismas violencias, en tanto son concebidas erróneamente como irracionales y por ello objeto de supresiones correctivas: son feminizadas por los sistemas capitalista y patriarcal que vertebran nuestras sociedades.

Si no hay referencias claras por parte de la comunidad científica de lo que son prácticas respetuosas de la dignidad humana, las personas se identificarán a discursos que relativizan absolutamente todo: desde concepciones individualistas y neoliberales hasta neofascismos, constituyendo lo que se denomina “opinión pública” que, en la actualidad, es mayormente moldeada por los medios masivos de comunicación. Cuando la comunidad científica y les trabajadores de la salud no sentamos posiciones claras que apunten a la protección de la dignidad humana, es cuando se enraízan ideas que ya fueron descartadas por promover prácticas incompatibles con políticas para la paz y la defensa de los derechos humanos. Es nuestra tarea sostener la vigilancia epistemológica para que el sentido común y los discursos hegemónicos no recaigan en el naturalismo más rudimentario. Y con esto no hablamos solo de personas no especialistas en ciertos temas de interés público. Este artículo pretende ser un llamado a poner como prioridad de nuestras agendas la importancia de alertar sobre la avanzada de desarrollos en el campo de la salud abiertamente reduccionistas, altamente plagados de prejuicios y faltos de rigor, que están tomando cada vez más fuerza. Marcos teóricos que en otras partes del mundo ya sustentan políticas negacionistas y cómplices de crímenes de odio o de tratos crueles y degradantes.

Se pueden sostener diferencias en programas de investigación dentro de un campo del conocimiento humano, pero siempre y cuando estas no atenten contra la integridad y la dignidad de las personas y no se cometan deslizamientos ideológicos en los estudios y la evidencia que se presente para hacer o decir desde un discurso socialmente avalado como científico. Por ello es que escogimos el caso de las intervenciones mediáticas de la licenciada Celia Antonini el pasado 23 de marzo en América TV, quizás las más obscenas que haya tenido, donde afirma que la pedofilia es causada por la malnutrición o estrés de la persona gestante. Afirmación hecha sin el respaldo de estudios que contengan una muestra suficientemente representativa de la población en cuestión. En otras palabras, si lo que la licenciada Antonini afirma —dada la vulneración brutal de los derechos básicos (las tasas de malnutrición y “factores estresores”) de las mayorías de nuestras comunidades—, el sur global debería estar sufriendo una pandemia de pedofilia. Entonces bastaría exigir, para la prevención de esta problemática social, políticas estatales que garanticen una adecuada y soberana nutrición de las comunidades. Pero, en su lugar, estas líneas teóricas plantean la necesidad de aplicar los modelos de potencias mundiales que patologizan y medicalizan los cuerpos, ampliando las ganancias de las industrias farmacéuticas que elaboran cronogramas medicamentosos que apuntan a disminuir el impulso o el deseo sexual.

Es un imperativo ético no caer en la idea de la “neutralidad científica”. Toda investigación parte de una concepción ideológica, de una manera de mirar el mundo y de un proyecto político: un modo de desear el mundo. Ni el azar ni la arbitrariedad cognitiva es lo que a lo largo de la historia llevó a que se utilicen tiempo y recursos dentro de parámetros metodológicos específicos presentados como universales y naturales. Las dificultades históricas que aún tenemos para refutar dichos discursos se deben al amplio consenso social que generaron: es necesario recordar (aunque esto nos incomode) que los límites morales y éticos que las personas adultas tienen con las infancias no son innatos sino social y culturalmente establecidos. Afirmar algo en otra dirección es incurrir en una falacia. La historia, la sociología y la antropología ya se han encargado debidamente de documentar las diferencias inter e intra culturales en torno a lo que se conceptualiza como infancia y la función económica y política que tiene dicha noción en cada contexto. Aquí otro motivo por el que es imperioso no recaer en la creencia de “la objetividad de la ciencia”, dado que sus construcciones teóricas responden a intereses y modos de ver el mundo de un campo social particular. Uno de los efectos de la ideología en las ciencias es la construcción de la idea de que es “objetiva”, y por tanto “natural” e incuestionable. Ni antes ni hoy, los planteos disfrazados de meras “indagaciones científicas” que circulan y se transmiten en ciertos contextos, son consecuencia del neutro “interés innato” que tiene el ser humano de “descubrir” el mundo. Lo que impulsó a Mengele y Lombroso a llevar adelante sus desarrollos, estuvo directamente relacionado con la construcción y sostenimiento de un discurso que diera fundamentos a políticas específicas de control social y administración de la violencia. No alcanza con apreciaciones morales sobre lo que está bien o mal, aunque a esta altura de la historia queramos creer que hay acuerdo con que todo lo que atente contra los derechos humanos no es una práctica justificable. El modo de refutar estas posiciones producidas desde el campo científico es con más producción científica que ponga en crisis esos paradigmas. Por eso, si hablamos de pedofilia lo hacemos siempre desde una postura ética y política. Elegir desde qué óptica se construye ese discurso implica explicitar nuestro posicionamiento profesional.

En el discurso enunciado de la licenciada Antonini podemos ver que incurre en una inconsistencia notable cuando —después de haber situado la pedofilia como una condición producto de un proceso patológico biológico (malnutrición) o psico-social (estrés) de la persona gestante—, afirma que los pedófilos no son inimputables. Si podemos acordar en que quien comete actos de pedofilia es alguien que entiende que esa práctica implica un daño irreparable a nivel psicológico, físico y social, ¿qué se quiere encontrar al realizar una resonancia magnética cerebral? Además, sería muy interesante que pudiera explicar cómo es que, según afirma, un proceso patológico no desencadena una patología, cuando supuestamente hay “evidencia de variaciones anatómicas y funcionales del cerebro en la etapa prenatal” (sic) de dichas personas. Quisiéramos recordar que, según nuestros marcos jurídicos, la imputabilidad de alguien depende de la prueba consistente de que la persona que comete un crimen no tiene una condición que determine insuficiencia en sus facultades o alteraciones morbosas de las mismas que le impida comprender, dirigir sus actos, ajustarse a las normas socialmente impuestas, y que se demuestre que está en pleno uso de conciencia cuando comete el acto tipificado como delictivo[1]. El concepto de “alteraciones morbosas” se refiere a todas aquellas “desviaciones patológicas” que, afectando la esfera psíquica de la persona, influyen en el núcleo de su personalidad. Es decir, hace referencia a las llamadas alteraciones psíquicas patológicas o padecimientos mentales propiamente dichos. De este modo, la norma refiere a aquellas circunstancias en las que la conducta del individuo pueda verse afectada ya sea debido a un daño en su inteligencia y su voluntad, como a un daño concerniente a la esfera de los aspectos y de los impulsos [2]. Una vez más, si una persona tiene pleno uso de sus facultades racionales para comprender que sus actos incurren en la violación de derechos universales de las niñeces y juventudes, ¿en concepto de qué buscamos una explicación biológica (irracional o involuntaria) ante un acto cometido por una persona que comprende, expresa y avala la punibilidad social y jurídica de la pedofilia? Y, peor aún, ¿con qué objetivo divulgamos esa “información científica” que pretende estar aislada de los derechos intrínsecos al ser humano?

La psicología contemporánea, en sus diversos campos de desarrollo teórico y clínico, ha dado múltiples explicaciones al complejo mundo de la sexualidad humana sin necesidad de patologizarla ni reducirla a biologismos o al sostenimiento de conceptos que impliquen la justificación de actos que vayan en contra de las personas o generen prácticas iatrogénicas. Sin embargo, la licenciada Antonini escoge respaldar sus declaraciones mencionando dos nombres, como si la palabra de estos autores fuera una verdad revelada y ello bastara para representar el consenso de la comunidad científica, invisibilizando que la ciencia es una empresa social no exenta de disputas y tensiones en sus elaboraciones. El primero es el de un investigador de otros campos disciplinares: Dick Ferdinand Swaab, un médico y neurobiólogo holandés, que ha desarrollado investigaciones ligadas a la fisiología cerebral y el desarrollo temprano, estudiando entre otros temas el impacto en el desarrollo gestacional de procesos hormonales y bioquímicos. En relación con estos estudios en particular, el autor ha pretendido mostrar vínculos entre la anatomía cerebral y la orientación sexual, llegando incluso a señalar a la transexualidad como un fenómeno reductible a la dotación biológica de las personas, que no estaría por lo tanto para el autor sujeta a la influencia de la educación. En este sentido ha sostenido que la “transexualidad original (Neurogenital Syndrome NGS) es innata y no se puede adquirir a través de la educación”. Así, este autor sostiente que la identidad de género (la percepción de un individuo de ser hombre o mujer) y la orientación sexual (heterosexualidad, homosexualidad o bisexualidad) están programadas en nuestro cerebro durante el desarrollo temprano. Asegura también que los niveles de testosterona a los cuales se encuentran expuestos les niñes en la vida intrauterina definen los juegos preferidos por niños y niñas, incluso rasgos comportamentales y de carácter:

“(...) existen claras diferencias de género en los dibujos espontáneos que hacen los niños. No solo el tema, sino también los colores y las composiciones de los dibujos (…) difieren en formas que están influenciadas por las hormonas en el útero. Las niñas prefieren dibujar figuras humanas, especialmente niñas y mujeres, así como flores y mariposas. Usan colores brillantes como rojo, naranja y amarillo, y las composiciones son pacíficas, con las figuras a menudo de pie en la misma línea. Los niños, por el contrario, prefieren dibujar objetos mecánicos, armas, escenas de conflicto y vehículos como automóviles, trenes y aviones. A menudo adoptan una perspectiva a vista de pájaro y prefieren colores oscuros y fríos como el azul” (Swaab, Wolff y Ai-Min Bao, 2021).


Estas afirmaciones relativas a los discursos neurocientíficos acerca de la diferencia sexual han sido puestas en cuestión incansablemente por numeroses investigadores. Por ejemplo, en nuestro país, Lucía Ciccia abordó en su trabajo doctoral los sesgos y las falencias metodológicas de los estudios neurocientíficos orientados a corroborar la existencia de un dimorfismo sexual cerebral. Otros tantos cuestionamientos a estas afirmaciones provienen de los estudios ligados a la psicología del desarrollo con perspectiva de género y de otros estudios ligados a la comprensión del desarrollo humano que se han nutrido de los desarrollos de las epistemologías feministas. En definitiva, discursos como el de Dick F. Swaab pretenden reificar las nociones ligadas al sexo y al género a partir de elaboraciones teóricas de una pretendida “rigurosidad” y “cientificidad” que ignora que las definiciones en torno a sus objetos de investigación, los modos de abordarlos metodológicamente, las preguntas dirigidas a tales objetos y, en definitiva, los propósitos sociales a los cuales sirven dichos desarrollos no son en absoluto neutrales.

El segundo nombre es el de James, M. Cantor, psicólogo estadounidense-canadiense y troll de las redes sociales, conocido por promover creencias marginales sobre la sexualidad humana y una abierta posición transodiante (puede consultarse Cantor, J.M. American Academy of Pediatrics and trans- kids: Fact-checking Rafferty, 2018). Es uno de los partidarios más efusivos de Ray Blanchard y su modelo de enfermedad de las mujeres trans y de la “intervención terapéutica” del sexólogo Kenneth Zucker en niños con diversidad de género que ha sido ampliamente prohibida. Cantor ha sido expulsado de varios espacios por su comportamiento agresivo hacia quienes no están de acuerdo con él sobre sexo y género, entre ellos el Foro de la Sociedad para el Estudio Científico de la Sexualidad (2020) debido a la falta de voluntad para cesar sus publicaciones argumentativas y acosadoras que violaban las pautas de intercambio, por lo que decidió renunciar tanto a su membresía en la sociedad como al consejo editorial del Journal of Sex Research de la misma. En 2018, criticó la declaración de consenso general de la Academia Estadounidense de Pediatría por rechazar su modelo de atención no afirmativo para personas trans: porque lo que está en discusión es que sea suficiente la afirmación del género para transicionar o no, y sobre lo que se pronuncia la academia de pediatría. En 2022, presentó un informe para poner fin a la atención médica financiada por el estado para los residentes transgénero de Florida, Estados Unidos. Informe que habría sido originalmente financiado por Alliance Defending Freedom, una organización religiosa y política que se opone a las protecciones legales para las personas transgénero y el matrimonio entre personas del mismo sexo y defiende la criminalización de la actividad sexual entre parejas del mismo sexo. Ese mismo año, un tribunal federal desestimó su opinión profesional, porque “admitió, entre otras cosas, no tener experiencia clínica en el tratamiento de la disforia de género en menores y no tener experiencia en el seguimiento de pacientes que reciben tratamientos farmacológicos para la disforia de género”.

Si tal y como la licenciada Antonini afirma —contradiciéndose a sí misma—, los pedófilos no están enfermos, debemos entonces desistir de reconducir al recurso del programa anatomista de la psiquiatría del siglo XIX. Debemos empezar a construir respuestas complejas a problemáticas multicausales y que demandan estudios transdisciplinarios. Pero más allá de lo que excede al campo de la psicología, es necesario poder situar desarrollos teóricos que aporten a una explicación integral de la problemática, conocimiento que ya forma parte del campo psi y que no pide préstamos de otros campos como el de la medicina y la neurobiología. La orientación sexual no es una condición y la pedofilia no es una orientación sexual. Caso contrario, o se patologizan las orientaciones sexuales o se relativizan prácticas vulnerantes de derechos de porciones de la población que se encuentran en posición de subalternidad. Situar la pedofilia como parafilia es reducir la problemática al campo de lo patológico, de la desviación. El término "parafilia" se utiliza a menudo para describir la atracción sexual hacia objetos, situaciones o personas que no son considerados convencionales. El “trastorno parafílico” (categorización existente en los manuales DSM V y CIE 10) se refiere a la parafilia que causa malestar clínicamente significativo o dificultades en el funcionamiento social, ocupacional o de otras áreas importantes de la vida de la persona. En otras palabras, implica que la parafilia ha llegado a ser problemática para la persona que la experimenta o para aquellos que le rodean. Lo que sí es muy importante destacar es que no todas las parafilias son consideradas “trastornos parafílicos" [3].

Cuando se utiliza el término parafilia para referirse a la pedofilia, el resultado es potencialmente perjudicial dado que puede trivializar la gravedad de la explotación sexual de menores de edad, problema grave y complejo que no se puede reducir a la mera atracción sexual hacia les niñes. Se corre el riesgo de no abordar adecuadamente las causas y consecuencias que de él se derivan. En primer lugar, el término parafilia puede ser demasiado amplio y genérico, siendo que incluye una gama de atracciones sexuales que no son necesariamente problemáticas o ilegales. En segundo lugar, el uso de este concepto puede sugerir que la atracción sexual hacia menores de edad es simplemente una preferencia sexual alternativa. Esto es incorrecto, peligroso, e invisibiliza la violación de los derechos de les niñes. Y, finalmente, decir que es una orientación sexual, niega categóricamente el contenido del concepto en sí mismo: invisibiliza que esta práctica implica inexorablemente el sufrimiento y sometimiento de un otro que no decide ni consiente. La orientación sexual incluye el deseo del otro, no es innata ni condiciona prácticas sexuales porque se construye, deconstruye y modifica a lo largo de la historia del sujeto y de la sociedad. La sexualidad humana que incluye tanto la orientación sexual como la identidad sexual es una construcción situada, subjetiva e histórica: tan lejos está de la biología, que la existencia de las personas intersexuales y su variada socialización sexoafectiva han refutado in situ los postulados biologicistas que imponían la genitalidad y la configuración cromosomática como destino.

La explicación teórica sobre cómo se constituye el sujeto ético—problema más que pertinente a la hora de pensar cuestiones como la pedofilia—, es algo que el psicoanálisis viene desarrollando hace décadas en argentina, y es una explicación que prescinde del recurso a lo biológico, y dialoga con otros campos del conocimiento humano [4]. Además, es un desarrollo que está en directa consonancia con las discusiones que se abrieron en la modernidad a raíz de los genocidios que fueron dándose en diferentes partes del mundo. Argentina es un caso ejemplar en relación a los marcos legales actualmente vigentes, cuyas bases filosóficas y científicas son humanistas. Marcos legales que rigen nuestras prácticas profesionales y que deben proveernos del compás ético para pensar los alcances de las teorías que manejamos y lo que elegimos comunicar cuando cumplimos con la función de hacer divulgación científica. Afirmar que la pedofilia es una orientación sexual, además de ser un extravío teórico, marca un posicionamiento ideológico sobre lo que es admisible o no en una sociedad, y sobre todo aquello que pueda ser relativizable. Un adulto que ejerce pedofilia —además de estar cometiendo un crimen penal según el derecho nacional y el internacional—, está haciendo abuso de la asimetría constitucional que existe entre los sujetos adultos y las infancias. Una relación sexual entre dos personas implica consentimiento pleno de ambas partes. Lo que la licenciada enuncia como “deseo de tener relaciones sexuales con un niño” no coincide ni teórica ni prácticamente con aquello que implica el acto sexual como interacción vincular humana. Cualquier ejercicio sexual sobre un cuerpo que no consiente por imposibilidad física y/o subjetiva (en tanto no concibe la sexualidad bajo las mismas coordenadas) es un abuso a la integridad de esa persona, no responde a otro “deseo” que no sea el de sometimiento y destrucción psíquica de une otre. Hace décadas que a este acto lo llamamos violación sexual; cualquier otra explicación no es más que un intento vago de fundamentar la creación de conceptos que funcionen como eufemismos para relativizar actos que vulneran los derechos ajenos.

En términos clínicos, desde la sexología, se diferencia al pedófilo del pederasta a los fines de distinguir la atracción sexual y la conducta. Acaso podríamos pensar que esta distinción permitiría la intervención temprana —en un contexto psicoterapéutico que involucre la psicoeducación, la terapia sexual y la modificación conductual—, para aquellas personas cuyo sentir sexual ponga en riesgo la integridad de otros individuos. Y aunque esto es posible de ser abarcado desde la psicoterapia y la sexología clínica, corremos el riesgo de hacer foco en lo particular de un sujeto invisibilizando que la pedofilia y la pederastia no son simplemente cuestiones individuales, sino que se enmarcan en un sistema patriarcal que perpetúa la dominación masculina y la opresión, el control y la posesión de los cuerpos de las feminidades, identidades disidentes e infancias. Entrecruzar argumentos biologicistas con la pedofilia (sobre todo en un medio masivo de comunicación) e intentar equiparar a la pedofilia con una orientación sexual más, solo minimiza su impacto social dando luz verde a los movimientos activistas pedófilos que justifican estos crímenes alegando que únicamente se trata de una de las múltiples formas en que se puede manifestar la sexualidad en el ser humano. Movimientos que se escudan en el hecho de que no están incurriendo en daño alguno porque no llevan sus pensamientos a la acción. Movimientos que niegan el sufrimiento y la violencia hacia les niñes sometides a la violencia sexual, argumentando que solo les han inculcado que lo que les hacen es incorrecto.

El mismo James Cantor, a quien la licenciada menciona en su publicación, sostiene que, a pesar de poder observar la atracción sexual hacia menores como un fenómeno cerebral, no se ha podido identificar cuáles son las causales de dichas alteraciones. Dicho por el propio autor, las investigaciones actuales no proporcionan suficiente evidencia para vincular la pedofilia con las condiciones biológicas (Chapman, L., ¿Se puede curar la pedofilia? Radio Canadá Internacional). Intentar concluir por un diagnóstico de imágenes (de resonancia magnética o pletismografias), que ciertas variaciones anatómicas y funcionales en el cerebro son la causa de actos pedófilos, da cuenta de la ignorancia sobre la complejidad de la que intentamos dar cuenta en este breve artículo. Estos no son métodos adecuados para pensar la identidad sexual ni siquiera desde el paradigma que dice sostener, dado que metodológicamente no son pruebas concluyentes de nada. Reiteramos la pregunta acerca de cuál es el objetivo de insistir en que la pedofilia sea algo científicamente entendible según los estándares de la neurobiología, cuando no hay posibilidad de llevar ese deseo a la acción sin incurrir en un delito y cuando ni siquiera es suficiente con este entendimiento que permitiría la intervención psicoterapéutica temprana en pedófilos para prevenir la acción abusiva, siendo que estos actos son imposibles de descontextualizar de una cultura patriarcal en la que se valora y se justifica la sexualidad masculina agresiva y dominante. Cultura que ha normalizado la idea de que los cuerpos de las mujeres y niñeces son objetos para el deseo sexual de los hombres, que minimiza la importancia del consentimiento en las relaciones sexuales contribuyendo a la normalización de la violencia sexual y que perpetúa y reproduce prácticas sociales que fomentan la objetivación, cosificación y ridiculización de las feminidades, niñeces y otras identidades disidentes en los medios de comunicación y la publicidad.

El desarrollo del pensamiento humano, enmarcado en un método científico, procura rigurosidad en sus modos de dar respuesta a las problemáticas que nos interpelan, pero de ningún modo niega la ideología de quien lo porta; imprime en cada sujeto un doble sentido de lo que debe y no debe hacer, establece límites. Exponer en un medio de comunicación (que construye la agenda pública) argumentos biologicistas que intentan “explicar” el “origen objetivo” de la pedofilia, es condición de posibilidad para construir discursos que organizan políticamente la relativización de un acto humano que implica la violación de los derechos universales de las niñeces y adolescencias. Decir que la pedofilia es una orientación sexual, es condición de posibilidad para la reorganización y fortalecimiento de discursos de odio que ya existen y que justifican actos que violan y vulneran los derechos de personas con identidades y orientaciones sexuales no normadas o disidentes. Con esto nos referimos a que el enunciado construye un contexto discursivo apropiado para retomar la discusión acerca de la peligrosidad social de las personas con orientaciones sexuales disidentes. Aseverar que la pedofilia es parte del espectro de posibilidades de la sexualidad humana habilita a homologarla a "otras orientaciones sexuales", y a éstas últimas por deslizamiento, a delitos y violación de derechos. Históricamente se desarrollaron discursos criminalizantes de la población LGTTBQIP+ a solo efecto de restringir sus derechos, cuestionando su capacidad de crianza y socialización. Asociando orientaciones sexuales disidentes de la heteronorma con argumentos falases como son que se inculcan “perversiones sexuales” durante la crianza y exponen a las infancias a ámbitos “hipersexualizados” que facilitan o incitan a la violación de personas menores de edad. Construir argumentos biologicistas para hablar de la pedofilia y asociarlo a una orientación sexual no solo demuestra la postura político ideológica acerca de las identidades y orientaciones sexuales disidentes, sino que implica, una vez más, poner en debate o en duda los avances en materia de derecho llevados adelante por los movimientos LGTTBQIP+. Insistimos en la importancia de detectar estos discursos de odio fundamentados en supuestas investigaciones científicas, y las implicancias e impactos que tienen en las vidas ajenas. Los actos que incurren en la violación a la dignidad humana y de derechos en las infancias no guardan relación con las orientaciones sexuales, ni tampoco son consecuencia de esta.

La estrategia argumental basada en ubicar el lugar físico del cerebro donde se “origina” un comportamiento humano que rompe los lazos sociales basados en una ética solidaria y de respeto a la dignidad humana, debería ser obsoleta. Sobre todo, si estos argumentos pretenden reconducir a la pedofilia a una práctica sexual o a una orientación sexual. Ningún aspecto de la sexualidad humana, entendida bajo los parámetros antedichos, incluye el borramiento del semejante como tal y, por tanto, ningún aspecto de la sexualidad humana rompe los pactos culturales que cristalizan en aquello que se concibe como una transgresión de la ley penal. Así como tampoco las condiciones de vulneración de derechos básicos (eso que se llama pobreza) como son una vida libre de violencias, acceso a una vivienda digna, una adecuada nutrición, salud, educación, pueden ser nombradas como factores “neutros” en un orden causal de ningún fenómeno social o subjetivo que se califique como trasgresor de las leyes o siquiera como patológico. La pobreza y las condiciones psicológicas de un sujeto pueden derivar o concluir en diferentes patologías, pero ninguna de estas determina, explica ni mucho menos justifica conductas que vayan en contra de los derechos humanos.

La responsabilidad de los medios masivos de comunicación sobre las estrategias de desinformación que sostienen sistemáticamente tampoco debe ser desestimada, minimizada o banalizada. Contribuir en la reproducción de conocimiento cargado de falacias y datos que no constituyen conocimiento científico debidamente construido es violencia simbólica, dado los efectos altamente lesivos que tienen en poblaciones vulneradas en sus derechos e históricamente violentadas por los estados y parte de la sociedad civil. Es tarea de les trabajadores de la salud, y de la comunidad científica en general, no permitir que estos hechos queden sin ser denunciados. Debemos sostenernos en el reclamo de una intervención reparatoria del Estado sobre los responsables de los daños cometidos.


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* Sobre las autoras

Dulce María Pallero Lic. en Psicología (UNLP), psicoanalista bleichmariana; dulcemariapallero@gmail.com

Rocío Pallero Lic. en Trabajo Social (UNLP); rociopallero@gmail.com

Gisela Lucía Bach Lic. en Psicología (UBA), psicoterapeuta cognitiva conductual orientada en terapias contextuales y sexología clínica; gisela.l.bach@gmail.com



[1] Art. 34, del Libro Primero – de las Disposiciones Generales, Título V – Imputabilidad, del Código Penal Argentino. [2] Recomendamos la lectura del artículo de Edgardo A. Donna: Capacidad de culpabilidad o imputabilidad, Revista Jurídica – Universidad de Palermo (3), pp. 45-58.

[4] Bleichmar, S. (2016) La construcción del sujeto ético. Ediciones Paidós.


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