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La demanda del paciente en la sesión analítica - Parte I

Actualizado: 17 abr 2023



En este escrito en formato de notas o diario, Manuel Murillo vuelve sobre cuestiones técnicas o clínicas. En este caso en torno al problema de la demanda y sus relaciones tanto con el síntoma como la interpretación. Algo a resaltar en su planteo resulta problematizar la idea general de “la demanda está”, “la demanda no está”, “si la demanda no está hay que ponerla en forma”… para considerar la dinámica de la demanda en la transferencia que se puede poner en juego en cualquier sesión y en múltiples niveles o planos.



Por Manuel Murillo*



Quisiera referirme al tema de la demanda, en un sentido técnico y en su menor expresión posible. Digamos “técnica” pero si este término puede llevarnos a confusiones o debates, podríamos decir también un sentido “clínico” o relativo al “quehacer” del analista en el trabajo con sus pacientes. Esto, para diferenciar abordajes del tema que podríamos llamar metapsicológicos o estructurales; que podrían remitirnos, por ejemplo, a la fase oral de la libido freudiana o los lugares de la demanda en el grafo del deseo lacaniano: las demandas entre el sujeto y el Otro, la demanda de amor, la demanda pulsional, etc.

Y digo “en su menor expresión posible”, porque no quisiera referirme a la demanda de análisis, ni siquiera a la demanda de tratamiento. En su mínima expresión, puede ocurrir o no –y ambas situaciones son significativas– que en diferentes sesiones con un paciente se presenten demandas, pedidos, preguntas, expectativas, ilusiones. Y en relación con cada una de ellas, a su vez, el sujeto va tomando diferentes y singulares posiciones.

Claro que no se trata de niveles desconectados y hay relaciones entre aspectos técnicos y estructurales, o entre las pequeñas demandas de cualquier sesión y el trabajo que se hace sobre la demanda de tratamiento y/o análisis. Por eso es importante no perder de vista estos marcos generales. Pero también “descender” o “poner la lupa” a las pequeñas y micro situaciones de demandas que hacen al trabajo cotidiano con cada paciente, en casi todas las sesiones.


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Antes de comenzar, me parece oportuno –spoiler alert– dar una definición anticipada del término, es decir qué entenderé por “demanda” acá. Y que, de alguna u otra manera, es una definición cuyas partes irán apareciendo en diferentes ideas en lo que sigue. Intentaré hacerlo en el lenguaje más llano posible.

Demanda es que el paciente se dirija al analista, poniendo en palabras algo de su sufrimiento o síntoma. Esto incluye dos grandes dimensiones: la puesta en palabras de la división subjetiva (hablar de eso), y la direccionalidad a otro, que toma la forma de un pedido de ayuda, asistencia, compañía, cuidado (pedir algo en relación con eso).

La demanda es por un lado necesaria, porque es la vía que lleva al trabajo analítico. Pero puede ser también un punto de obstáculo, cuando la demanda sustituye al trabajo. Es decir, el paciente no continúa hablando, sino que se detiene en la demanda para esperar una respuesta por parte del analista. La respuesta esperada ocupa el lugar del trabajo que no se está pudiendo desplegar.

Por otro lado, anticiparé una hipótesis de trabajo que intentaré desplegar transversalmente en las notas que siguen: la cuestión de la demanda no se agota en las entrevistas preliminares, el motivo de consulta, o un eventual pasaje de este a una demanda de análisis; tampoco en algo que si no está presente habría que poner en forma. Todo esto se puede poner en juego en el trabajo analítico. Pero lo que intentaré resaltar es que la demanda es primero una cuestión sensible y relevante de atender en cualquier sesión, incluso me atrevería a decir en todas las sesiones; no es un “problema” circunstancial, sino constante y dinámico en la transferencia. No es una cuestión de “está o no está” sino de ver qué es lo que va ocurriendo con ella a lo largo del despliegue de las sesiones analíticas y de la transferencia.


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La “demanda”, como tantos otros, es también un concepto fundamental o una herramienta de trabajo. Lo digo en el sentido de aquellos conceptos en los que se sostiene o “hace pie” nuestro trabajo; de los recursos que disponemos para escuchar e intervenir sobre lo que oímos. Ocurre que estamos más habituados a los conceptos metapsicológicos –inconsciente, pulsión, goce, etc.– que a los técnicos –interpretación, transferencia. Y en el caso de estos últimos, tenemos pocos estudios pormenorizados sobre cada uno de los pequeños conceptos con los que trabajamos. Por decir una lista al azar y mezclada: demanda, asentimiento, maniobra transferencial, juego, falla, corte, semblante, construcción, etc. Es más frecuente que hallemos cursos o libros sobre los grandes temas, por ejemplo, las entrevistas preliminares o la interpretación, pero no sobre estos presuntos pequeños conceptos, que sin embargo hacen a nuestro trabajo cotidiano en su suelo más básico.

La demanda, en este sentido, no es algo que viene con el paciente, algo que pide, sino primero, una herramienta del analista. La demanda le podrá oportunamente servir para recortar algo de ese orden –o no– en el decir del paciente, para poder localizar, construir, nombrar, y llevar hacia algún trabajo posible esa demanda.


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Entiendo que desde su nombre se trata más típicamente como un concepto de Lacan, pero como ocurre con muchos conceptos psicoanalíticos, podemos hallar, con diferentes expresiones y mayor o menor estabilización conceptual, esta referencia en diferentes tradiciones teóricas.

Winnicott, por ejemplo, decía que el análisis es para aquellas personas que lo quieren, lo necesitan y lo permiten. Las tres dimensiones resultan muy importantes de conjugar y sopesar en cada caso. Algunos pacientes lo necesitan, pero no lo quieren. Otros pueden quererlo, pero no necesitarlo, en el sentido de considerar algún espacio de psicoterapia como imprescindible para elaborar algo. Otros finalmente lo necesitan y lo quieren. Y en cualquiera de los tres casos, nadie lo permitirá sin obstáculos, resistencias, embates que suponen lo inconsciente, la pulsión y la viscosidad de la libido. En algunos casos no permitirlo supone lo obstaculizado de todo análisis pero, en otros, un borde que pone a prueba la demanda, si es que en algún momento el análisis se presentó como algo querido.

Ulloa decía con ironía respecto de algunas prácticas lacanianas que el psicoanálisis no tenía que morir en la demanda. Es decir, allí donde se advierte la urgencia, el sufrimiento o la vulneración (necesidad), pero no se formula una demanda, en sentido explícito, directo, o dirigida a un analista.

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La demanda interviene en nuestro campo en diversos registros y modos: pedidos, preguntas, expectativas, ilusiones, urgencias, vulneraciones. Más explícitos y directos, o implícitos, sutiles, inconscientes. Por eso es un tema que debe leerse en relación con la transferencia y el deseo del analista.

“Deseo del analista” es un concepto multidimensional en la obra de Lacan, esto es, quiere decir en diferentes sentidos muchas cosas. Ensayemos aquí una breve definición general, y otra que se ajuste al marco en que nos interesa a propósito de la demanda. Creo que una buena puerta de entrada es ubicar que el concepto “deseo del analista” es una interrogación de la idea freudiana de una escucha analítica neutral. Si interrogamos que no hay escucha analítica neutral, se nos arma naturalmente la pregunta: ¿desde dónde… desde qué posición… en qué lugar… cómo… es esa escucha no-neutral? A lo que este concepto responde: es una escucha orientada y sostenida por un deseo. Que se trate de un concepto multidimensional significa que comprende aspectos tan diversos y complejos como: las razones por las cuales alguien se dedica al psicoanálisis, la relación que se tiene con el y los psicoanálisis, los efectos y las marcas del propio análisis sobre las fantasías, fijaciones, ideales de la persona del analista, las ganas, en el sentido más llano, que tiene de atender a “ese” paciente, el registro afectivo de sensaciones, emociones o vivencias que tiene el analista mientras escucha a alguien, la manera como un analista quiere, puede o le sale alojar o hacerle un lugar a un paciente, la intensidad con que el analista “regula” sus intervenciones, o dicho de una manera muy coloquial, la paciencia que le tiene a un paciente, la relación que tiene el analista con lo público en general, y la salud pública y la salud mental en particular, la relación que tiene el analista con el campo de ideologías, representaciones y discursos de su época. Deseo del analista es entonces la posición no-neutral desde la que el analista intenta o le sale escuchar a alguien; la manera como recibe la palabra del paciente, cómo esta lo afecta y en función de esta afectación qué tipo de recorte hace de ella.

Así, una demanda puede ser un pedido explícito de ayuda, en relación con un sufrimiento. Pero puede ser también una forma de presentación angustiada o en urgencia, o una mirada, un gesto, en un paciente que pudo decir pocas palabras en una primera entrevista. O puede incluso no ser nada de nada, “no existir”, pero igualmente el deseo de un analista puede crearla a partir de eso que es el deseo humano: un deseo que se articula y estructura en relación con otro.


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Lacan dice que la demanda es intransitiva, en el sentido que no supone un objeto. Podemos entender esta idea de diferentes maneras y discutir si supone o no objetos, o de qué orden de objetos estaríamos hablando. Por ejemplo, si un paciente nos pide una opinión o nos hace una pregunta directa y cerrada acerca de lo que dijo… podemos pensar que esa opinión o respuesta entrarían aquí a título de objetos esperados. Pero hay también otro orden de demandas, que debiéramos considerar como objetos más sutiles o menos directos; o bien como sin objetos. Lacan refiere como un ejemplo paradigmático de esta situación que el paciente, por el hecho mismo de hablar, ya le está pidiendo algo al analista: que lo escuche. Es decir, no tiene que pedirle nada en particular para ya estar esperando algo.

Hay un sinnúmero de demandas que se configuran de esta manera. Por ejemplo, cuando un paciente llega tarde a la sesión, o habla sin parar durante toda la sesión, o le paga los honorarios por transferencia bancaria cuando se acuerda o cuando puede, o cancela con mucha frecuencia sesiones acordadas… no está esperando ningún objeto en particular, a menos que como analistas contemos a este objeto que es el gesto o el don de amor. Entonces podemos leer que el paciente está esperando que podamos recibirlo a la hora que llega, o escucharlo sin interrumpirlo o sin decir nada, o que nuestra palabra pueda aparecer, pero ya fuera del horario de su sesión, que “aprovechó” para hablar hasta el final, o que le permitamos el pago de las sesiones cuando pueda, lo mismo que su asistencia.


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Cabe recordar en este sentido que toda demanda, por estructura y por definición es una demanda de amor. Es decir que espera del otro un objeto que no es un bien ni un servicio, sino del orden del gesto y el don.

Lo digo porque la demanda tiene dos vectores. Hacia un lado mira al amor, y hacia el otro es también idealizante, espera al Otro en un lugar de consistencia y completud, cuando lo que se pone en juego a nivel del deseo es la inconsistencia y la incompletud (Lacan), o el fracaso y la falla (Winnicott). Por eso puede llevar a lo que Lacan llamó el circuito infernal de la demanda. Así como espera el amor puede ser también enloquecedora.

Pero es importante no perder de vista ambos costados, porque la vertiente amorosa de la demanda es un aspecto importante del amor de transferencia. Allí donde el paciente está pidiendo al analista, se está produciendo una investidura libidinal necesaria para el análisis.

La indicación lacaniana de “no responder a la demanda”, entendida a partir de un silencio rígido, ha llevado muchas veces a una caricatura de la maniobra analítica. Me recuerda al personaje Flora, de Antonio Gasalla, la empleada pública que atiende una cola de personajes llenos de pedidos (necesidades, deseos, ilusiones) a los que esta responde expulsivamente “¡Atras!, ¡Atras!, ¡Este trámite no se hace acá!, ¡El que sigue!”. Traigo este sketch humorístico para situar por contraste que la primera maniobra del analista consiste en alojar la demanda, no en rechazarla. Y si bien la indicación lacaniana que tuvo mayor trascendencia fue “no responder a la demanda”, cabe también tener presente la otra, que podemos leer en La dirección de la cura, de soportar la demanda: “…analista es aquel que soporta la demanda, no como suele decirse para frustrar al sujeto, sino para que reaparezcan los significantes en que su frustración está retenida”.

Alojar y soportar la demanda son una condición amorosa y libidinal imprescindibles para poder no responder a la demanda. Que el analista pueda hacerlo y que el paciente pueda tolerarlo. Un paciente difícilmente podrá inscribir la frustración que le genera no obtener de parte del analista una respuesta, si no siente que su demanda está siendo alojada y en algún grado ese analista lo está soportando o sosteniendo.

Winnicott lo decía de esta manera, en Los fines del tratamiento psicoanalítico: “Al principio siempre me adapto un poco a las expectativas del individuo. No hacerlo sería inhumano. Pero continuamente maniobro para entrar en la posición del análisis estándar.”

Intercambiando con Pablo Tajman sobre el tema, me compartió una imagen que él usa para pensar este punto, y resulta muy gráfica para situar esta coordenada: “Ubicar ante una demanda el mínimo ‘sí’ necesario para poder decir el máximo ‘no’ posible que un paciente pueda soportar.”

Resulta importante entonces preguntarnos en qué consisten y se diferencian como maniobras “alojar” y “soportar” por un lado, y por otro “no responder.” En este punto el campo de alcance de las fórmulas teóricas o técnicas llega a su límite. Son preguntas que sólo obtienen repuestas singulares en el trabajo con cada paciente.


* Psicólogo / psicoanalista: manuelmurillo@psi.uba.ar

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