Los trastornos alimentarios en la época de consumo

Actualizado: ago 13

Durante el aislamiento social y obligatorio a causa de la pandemia por el Covid-19 aumentaron de manera considerable las consultas a profesionales especializados en trastornos alimentarios.




Previo al inicio de la pandemia, las estadísticas ya eran alarmantes. Argentina es el segundo país a nivel mundial con más casos de anorexia, detrás de Japón. Uno de cada tres adolescentes presenta algún trastorno alimentario; el 90% son mujeres y su edad ronda entre los 15 y 20 años.

Inmersos en un mundo híper conectado y con el aumento del tránsito en la realidad virtual a causa del aislamiento social y obligatorio; las redes sociales aprovechan la oportunidad para seguir difundiendo y promocionando estereotipos que se toman como ideales a seguir.

Les adolescentes se transforman en la población ideal a la cual apuntar, ya que, en proceso de desarrollo de su personalidad, en el pasaje de la vida infantil a la vida adulta; transitan varios cambios para los cuales necesitan referentes que les guíen y acompañen. En un intento de separación de las figuras significativas que se han encargado de su crianza; buscan nuevos ídolos y se apoyan en el grupo de pares. Las redes sociales son una nueva opción en esa búsqueda de referentes. Resulta fundamental ubicar quien oficia ese rol, a quien se le otorga ese lugar y qué tanto valor adquiere.

En estos últimos meses, nutricionistas denuncian que los Influencers son tenidos en cuenta en recomendaciones sobre dietas. Por otro lado, en distintas redes sociales bajo el hashtag #anaymia se reúnen a escondidas miles de adolescentes alrededor del mundo para compartirse secretos sobre cómo alcanzar la imagen y el peso ideal; fomentando la anorexia (Ana) y la bulimia (Mía) como solución posible.



Crédito imagen: Marcela Froján


En la hipermodernidad es el mercado quien ocupa el lugar de autoridad; es el discurso capitalista el que indica lo que está bien y lo que está mal ofreciendo el ideal ilusorio de omnipotencia humana. “Imposible is nothing” o “Nada es imposible” es el lema de la época que invita a consumir objetos que simulan completarnos. Los cuerpos llevan las marcas de la época de exceso de consumo.

En los últimos años y con la implementación de las redes sociales; el foco se desplazó del “tener” al “parecer”, la apariencia ocupa el primer lugar y la imagen se convierte en capital. El entorno virtual permite la construcción de una imagen y personalidad “a medida” que no necesariamente coincide con la personalidad e imagen de la realidad objetiva. Así es que una paciente de 15 años no tiene amigos en su colegio; la consideran introvertida y “rara” pero en un juego de internet la sigue gente de todo el mundo; allí es una líder carismática que supera los millones de seguidores. Esa distancia entre una y otra realidad es propensa a generar una hiper exigencia constante; al configurar una personalidad para la realidad virtual hay algo en términos de la espontaneidad que se pierde y, por otro lado, al ser los ideales “líquidos”; cambian con el pasar del tiempo y cada vez de manera más rápida, por lo que estar vigente y a la moda implica estar alerta y preparado para lo novedoso. Como consecuencia aparecen estados de ansiedad, somnolencia, agotamiento y apatía; manifestaciones que se observan en les consultantes y que suelen acompañarse de una sensación de incomprensión de parte del entorno familiar más cercano. Allí es que un tratamiento psicológico puede funcionar como un “otro espacio” donde poder manifestar sus intereses o preocupaciones sin sentirse juzgades.

En su mayoría, les adolescentes que presentan algún trastorno de la alimentación como la anorexia o la bulimia, manifiestan querer lucir como las figuras populares a las que siguen y en otros casos, acercarse a los ideales a los que aspiran tiene el fin de evitar o frenar situaciones de discriminación, acoso escolar o cyberbullying.


Las exigencias estéticas sobre los cuerpos de las mujeres

Al igual que en los trastornos alimentarios; las cirugías estéticas no reparadoras son solicitadas en un 90% por mujeres. En estos casos, la población solicitante es más amplia, entre los 19 y 50 años. Sin embargo, se detecta en los últimos años un acceso cada vez más temprano, alrededor de los 13 años; y entre los 40 y 60 años suelen aparecer conductas adictivas; lo que implica en algunos casos realizarse hasta más de 15 cirugías consecutivas.

Si bien las exigencias socioculturales hacia los cuerpos de las mujeres han persistido a lo largo de la historia, van adquiriendo nuevas formas. Como sostiene Varela (2008) “A finales del siglo XX, las mujeres vestían corsé y morían de tuberculosis porque la prenda deformada la caja torácica y facilitaba la infección”.

Lo cierto es que, ante la exigencia social, la distancia entre el ideal difundido y la percepción de la propia imagen genera estados de insatisfacción. De esta manera, y con el fin de disminuir el malestar, los cuerpos como objetos quedan entregados a las leyes del mercado, dispuestos a adquirir la apariencia que esté de moda.


La tendencia a desplazar la responsabilidad a las jóvenes

Se tiende a considerar que se trata de un problema subjetivo, personal e individual. Sin embargo, la constitución de la imagen corporal no puede ser pensada sino como un interjuego permanente entre el interior y exterior que nos moldea. Socializades en la época de consumo, tienen en claro que existe una belleza hegemónica; que hay cuerpos que importan y otros que no y son los cuerpos que importan los que tienen acceso a determinados privilegios. En el afán de obtenerlos o de conseguir reconocimiento social, es esperable que utilicen las herramientas que tienen a su alcance para lograrlo. Por otro lado, desde pequeñes conviven con lo que el activismo gorde llama la “policía de los cuerpos” que persigue y controla los cuerpos; e identifican tempranamente cómo se estigmatiza la gordura. Es decir, que no se trata de un problema subjetivo e individual, sino que se trata de un problema político.

Por ello, es necesario que les adultes nos responsabilicemos y logremos una mirada crítica para comprender en cuánto contribuimos a fomentar o prevenir los trastornos alimentarios. Resulta fundamental el rol de las personas que conviven con les adolescentes, les educadores que muchas veces son testigos de estos padeceres y por supuesto; les profesionales de salud. Las conceptualizaciones clásicas psicoanalíticas, es decir, las obras escritas por Freud y Lacan carecen de los aportes de los estudios de género y los feminismos desarrollados a partir de los años 50. Por ello resulta fundamental la actualización a partir de los desarrollos de otras disciplinas para abordar las problemáticas de manera integral evitando caer en reduccionismos. En este sentido, el abordaje a través de la perspectiva de género resulta fundamental porque permite visibilizar las exigencias sobre los cuerpos de las mujeres y visibiliza los privilegios de la masculinidad normativa que, en el afán de sostener esa posición de privilegio, es opresora de las diversidades corporales y sexo genéricas.

Por otro lado, también es necesario echar luz sobre la legislación vigente teniendo en cuenta la Ley de Trastornos Alimentarios (N° 26.396) y la Ley de Talles (N°27521).

La Ley de Trastornos Alimentarios fue sancionada en 2008 y declara de interés nacional la prevención y control de los trastornos alimentarios. Desde su sanción se han presentado proyectos de actualización y modificación de sus artículos. A su vez, la Ley de Talles (N° 27521) se sancionó en 2019 y establece entre otras cuestiones un estudio antropométrico cada diez años que releve los talles de loe ciudadanos del país y la creación de un “Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles”. Además, se establece el trato digno y equitativo que la venta de indumentaria de moda y textiles debe garantizar a les consumidores.


*Psicóloga, profesora e investigadora. agustinatoso@gmail.com


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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