¿Orden y progreso? Entropía y psicoanálisis

Actualizado: ago 13

El positivismo ha tenido un lugar preponderante en la historia como piedra fundacional de la ciencia, aunque ciertamente existen en la actualidad posturas epistemológicas y metodológicas mucho más abarcativas con las cuales dialogar. ¿Hasta qué punto quedan resabios de positivismo en psicoanálisis? ¿En qué medida se sigue adhiriendo al lema “orden y progreso”?





El positivismo ha tenido una importancia enorme en el surgimiento de la ciencia, hasta tal punto que llegamos incluso a postular que la ciencia no hubiera podido surgir de ninguna otra forma posible. Para imponerse a la fe ciega en la religión, a esa dependencia absoluta, era necesario ofrecer algo igualmente fuerte. Se impuso entonces la fe ciega en la razón y en la ciencia. En el marco positivista, la forma o modalidad de conocimiento es esencialmente hegemónica, una especie de darwinismo en que gana la teoría que mejor se impone, en este caso. Es decir que en esta concepción, el avance en ciencia es lineal. Hay una línea de progreso en la cual las teorías o modelos van necesariamente superando o perfeccionando al anterior, que termina quedando sepultado, considerado inútil y obsoleto. Para el positivismo hay un avance lineal hacia la «verdad».

¿Esto es lo que ocurre en ciencia actualmente? Definitivamente no se desestima una teoría porque no sea falsable a lo Popper, ni se piensa que un modelo como la física newtoniana haya dejado de tener utilidad. Por el contrario, en laboratorios de investigación de todo el mundo se sigue utilizando física newtoniana para calcular fuerzas, presiones y aceleraciones, porque no tendría ningún sentido emplear la física cuántica o relativista para calcular magnitudes relacionadas con objetos macroscópicos que se mueven a velocidades mucho menores que la de la luz. Esta posibilidad actual de coexistencia de distintos modelos es la que se busca reflejar en la nota “¿Cuáles son nuestros modelos?”, recientemente publicada. Por otro lado, tampoco suponemos que exista una «verdad» dada que vaya a ser revelada por el trabajo científico. La realidad es algo sobre lo cual se puede operar (pensemos si no en todo el trabajo que se está haciendo por modificar secuencias del genoma del coronavirus para diseñar una vacuna).

En psicoanálisis, Freud instaura una clara ruptura con el paradigma positivista al proponer una teoría del libre discurrir del paciente, reconociendo la importancia de los aspectos más “irracionales” del ser humano. Se propone estudiar el Inconciente, claramente un no-observable. Sin embargo, son ciertos resabios de positivismo los que operan (¿a nivel no-conciente?) cuando se defiende un modelo con uñas y dientes. Con la convicción de que la teoría muere cuando nace una nueva, ¿quién se dejaría arrebatar la vida sin pelear? Tal vez en esta reacción de lucha por la supervivencia sea que se ejerce el poder hegemónico y se intenta evitar que se escuchen otras voces. Tal como comentamos en la nota “El arte de hacer ciencia”, es realmente llamativo que no se promueva el diálogo entre distintos enfoques psicoanalíticos. Esto ocurre hasta tal punto que –con todo el adelanto existente en el manejo de los sistemas de información– no existe una forma sistemática de publicar los avances en psicoanálisis. Podríamos considerar que este sería un primer nivel de incomunicación, en el seno del psicoanálisis.

Desde ya que el positivismo trascendió los límites de la ciencia. Estas ideas tan arraigadas tomaron forma en muchos otros ámbitos. Tal vez el ejemplo más claro sea su expresión política en la conformación de los estados modernos latinoamericanos. De la frase de Compte: «El amor como principio, el orden como base, el progreso como fin», la vieja fórmula del credo positivista -dejando de lado al amor- se consagró como “Orden y progreso”. Este es el lema que dio sustento al desarrollo del capitalismo argentino y latinoamericano. Bajo esta visión, todo se reduce a encontrar las condiciones de tranquilidad en las cuales debe encontrarse el pueblo (orden en lo social) para permitir la proyección del progreso, entendido como crecimiento económico y modernización. Este progreso es vislumbrado como un avance sin pausa, un progreso lineal. Es la oligarquía el actor social que ejerce su poder hegemónico en este marco conceptual que da sustento a las prácticas que intervienen en lo social. Se busca construir la sociedad argentina a imagen y semejanza de ese grupo minoritario que se consideraba a sí mismo «todo el país». Aquí se puede trazar un paralelismo con lo que observamos en el mundo psicoanalítico: un psicoanálisis hegemónico defendiendo un modelo que se impone a partir de instaurar un “orden” que tiene que ver con desoír las voces disonantes con el modelo en pugna; una elite psicoanalítica que se arroga la denominación de «El psicoanálisis».

En la historia argentina, nuestra oligarquía fundante nos lega los lazos de dependencia con Inglaterra en lo económico y con Francia en lo cultural. ¿No será que a partir de esta mirada de admiración a Inglaterra/Francia quedamos obnubilados por el psicoanálisis ya sea kleinismo o lacanismo, despreciando tanto otras escuelas psicoanalíticas como otros enfoques de psicología clínica, a la manera en que nuestra oligarquía terrateniente despreciaba a quienes consideraba inferiores? Tal vez con ciertos matices, como también fue ocurriendo con el devenir de los años en nuestra historia, en ese proceso de «alterización» en el que se le da un lugar al otro exótico (tolerancia de la diversidad cultural), pero sin una base común que permita el diálogo y el intercambio. Acá encuentro un segundo nivel de incomunicación.

Por otro lado, cabe preguntarnos por qué el psicoanálisis elige dialogar con paradigmas de otra época. Teniendo disponibles posturas actualmente vigentes y, a mi juicio, mucho más interesantes, se preocupa por esta epistemología rígida que lo reduce a «pseudo-ciencia». Tal vez sea más llamativo aun el hecho de que por un lado reniega de ella, pero por el otro intenta complacerla. No son pocos, por ejemplo, los intentos de extrapolación de teorías matemáticas, físicas o químicas al campo del psicoanálisis. Por supuesto considero que siempre resultan enriquecedores los cruces entre distintas disciplinas, lo que me llama la atención es que sean mucho menos frecuentes los trabajos interdisciplinarios en el cruce con la filosofía, la epistemología, la historia o la antropología, simplemente por citar algunas de las disciplinas que a mi entender son incluso más afines. De hecho la mayoría de los trabajos que conozco en los que se pone en diálogo al psicoanálisis con otras ciencias sociales resultan del interés de estas últimas por el psicoanálisis y no a la inversa. Identifico aquí un tercer nivel de incomunicación.

Parece que hay mecanismos que mantienen -en la era de la comunicación- al psicoanálisis aislado e incomunicado (a distintos niveles). Me pregunto si se podrá «culpar» al positivismo. Supongo que no, porque es un fantasma que ya no asusta a nadie. Desde la física, reina del positivismo, podríamos incluso burlarnos de la idea de «orden y progreso». Una de las leyes axiomáticas de la termodinámica (su segundo principio), dice que no hay avance posible que conlleve a un aumento del nivel de orden en el universo. De hecho, cuando se plantea la pregunta: “¿Por qué ocurren los sucesos en la naturaleza de una manera determinada y no de otra manera posible?”, la respuesta está en la entropía (magnitud que mide el número de microestados compatibles con el macroestado de equilibrio). La dirección en la que se avanza implica un aumento del número de microestados posibles, del nivel de desorden, de la cantidad de cosas que pueden ser. El progreso conlleva al desorden. Le podemos decir al positivismo en su lenguaje adorado que ya no nos atormente.

Intentaré seguir desarrollando estas ideas en una próxima nota. Una vez más, la pregunta de fondo sigue sin ser respondida. En el universo psi, cada uno de esos «psicoanálisis posibles» no encuentra ni un lenguaje común ni modos de comunicarse con los otros. Ese modo de no comunicarse lleva a la conformación de micromundos que, o ni se conocen entre sí, o se desprecian o se oponen, sin dar lugar a que vacile su equilibrio interno. Volviendo a imágenes de la termodinámica, un sistema en equilibrio no evoluciona. A partir de este análisis, entiendo que solamente puede darse un avance si logramos tolerar un cierto grado de desorden que permita articular esos micromundos. Desde ya que lo que propongo no es una utopía totalizante, sino la posibilidad de armar redes interconectadas donde se pueda hacer a partir del «mestizaje». En este sentido, supongo que se podría comenzar por hacer explícitas las diferencias.

Para poner un toque de humor en este «análisis» del psicoanálisis que hago desde afuera (ya que no soy psicoanalista), puedo decir que cada vez tengo mejor identificado el «síntoma». A partir del saber popular, se trata de una «familia disfuncional» en la que hay muy poca comunicación, interrumpida por episodios de agresión y desentendimiento entre sus integrantes. Esta falta de comunicación se da no solo en el seno familiar, sino que se extiende a la gente que vive en otros departamentos del edificio y en viviendas cercanas. Llamativamente tienen mejor diálogo con gente que vive en zonas más alejadas. Teniendo profundas tradiciones religiosas asisten regularmente a misa (del credo positivista), donde el cura párroco suele insultarlos y menospreciarlos. Aun así, cada domingo intentan complacerlo con ofrendas que no resultan suficientes. Ante este cuadro, entiendo que a partir de los «más puros» conceptos del lacanismo, el foco se pondría en intentar contestar: ¿Cuál es el origen de este «síntoma»? ¿Cuál es el «goce»?



* Investigadora (CONICET) y docente (UBA); mercedesp@qi.fcen.uba.ar


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.



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