¿Qué me dijeron que sé?

Actualizado: ago 13

Un cuadernillo, una pregunta y una mascarada teórica a la que se le ven los hilos. Vestuarios progres que esconden heteronormas, machismos y patologización, pero siempre con un tono relajado (y privilegiado). La real pregunta es si sé lo que digo, o solo me lo creí.




Revisando un cuaderno anillado encontré una anotación: “¿Hay canallada teórica más grande que esconder la propia opinión en los textos de otros?”. Al leerla recordé patentemente la situación en la que la escribí, y que pocos minutos después, guardé el cuaderno, la lapicera y me fui del aula indignado, junto con mi compañera.

El docente a cargo estaba ocultando opiniones machistas, sexistas y heteronormativas detrás de su camuflaje teórico: “Esto es lo que dice Freud”. Olvidaba el detalle de que era él quien lo estaba enunciando (o en tal caso citando) en este contexto y dándolo por cierto.

Algo que siempre me generó molestia fue la excusa de “hay que pensar al autor en su época”. Sí, eso está claro, coincido, pero también hay que pensarnos en “nuestra época”. Es decir, hay una responsabilidad de quien transmite en contextualizar el texto, pero a su vez contextualizarse a sí mismo, diciendo eso.

A grandes rasgos el docente planteaba (apoyándose en un texto escrito hace más de 100 años) que “no había órgano de placer sexual en las mujeres”, a lo que mi compañera se levantó y dijo “¿y el clítoris? Chicas, ¿nadie va a decir nada?”. Todas y todos la miraron anonadadas, y por supuesto, el docente no podía creer lo que estaba sucediendo. Lo mejor de esa clase fue la charla con mi compañera en la puerta de una diplomatura a la cual no íbamos a volver.

Este recuerdo me llevó a preguntarme cómo esos discursos continúan replicándose en espacios de pensamiento con una impronta moderna y progresista, y cómo aún el rol del que escucha esto sigue siendo pasivo y de silencio, generando que el hecho de contestar y cuestionar a “los que saben”,sea algo totalmente disruptivo para el normal desarrollo de una clase.

Quiero creer que no éramos solo dos quienes nos indignamos con dicha conferencia, pero claramente la asimetría con quienes se proclaman dueños del saber y la experiencia dificulta mucho la expresión, y de alguna manera el dispositivo de poder impide discutir o cuestionar el supuesto saber de quien se para frente a un grupo con un micrófono y una pila de libros subrayados en su morral de cuero gastado.

Pocos días después de recordar este suceso me encuentro con un artículo donde reconocidos y legitimados psicoanalistas (vale preguntar legitimados por quién), plantean que “después de años de práctica del psicoanálisis, estamos en condiciones de afirmar que los varones no aman a las mujeres” (entre otras aberraciones generalizadas). Literalmente sentí un malestar bastante similar a una arcada al leer el artículo completo.

Automáticamente rememoré (otra vez) aquella frase inicial. Pero, ¿cómo hacen para que sus opiniones queden camufladas en discursos ajenos? ¿Elles pueden visibilizar sus prejuicios y los supuestos biologicistas y heteronormativos implícitos en sus lógicas de pensamiento?

El camuflaje resulta bastante sencillo. Se trata de hacer un gran menjunje de supuestos y generalidades sostenidas en argumentos conceptuales vagos. Vagos en tanto poco claros y apoyados en un sentido común heteronormativo, dando por supuesto que todos y todas tenemos la misma concepción de lo que es un varón, una mujer, un psicoanalista, la transferencia y el amor.

Esta simplificación de la teoría oculta los machismos y binarismos que las subyacen dándolos como naturales. Y para dales el último toque de gracia y simpatía, citan alguna canción “cool” para que los creamos más humanos y sensibles.

Este tipo de textos, posiciones y autores replican una trama argumental que sostiene las relaciones asimétricas entre los géneros. Esconden una mirada que desencadena en patologizar lo diverso.

Cabe aclarar que muchas veces uno puede apoyarse en estos supuestos sin saberlo, sin haberse cuestionado y, por lo tanto, esto es invisible para quien lo enuncia. Por eso considero vital repensar nuestra practica constantemente y animarnos a discutir con nosotres mismes.

Lo que más me llama la atención, es que muchas veces estos discursos camuflados de progresistas e intelectuales, hacen uso de su posición de poder para proclamarse voceros oficiales de “EL” psicoanálisis, y pocas veces esto es cuestionado. Como consecuencia, tenemos una clínica que se sostiene y apoya en este discurso hegemónico que patologiza lo diverso. Cabría preguntarnos como lo hace Hugo Bleichmar en Avances en psicoterapia psicoanalítica: hacia una técnica de intervenciones específicas: “¿Por qué si cada analizado tiene un inconsciente diferente, los analistas, aceptamos categorías que recortan la normalidad y la patología de esa infinidad de analizados en ciertos tipos categóricos y psicopatológicos que imprimen un curso tipificado al tratamiento?”

En la reducción de los psicoanálisis a EL psicoanálisis se ocultan opiniones e intereses, generando un único discurso valido, lo que sería el llamado “psicoanálisis hegemónico”. Es interesante preguntarse cómo surgen estos discursos imperantes y cuál es su sostén. Si entendemos que el psicoanálisis piensa al sujeto en su singularidad, podemos entender que los prejuicios son enemigos del psicoanálisis y el sentido común su reverso. No hay lugar para ellos, pero a su vez entendemos al psicoanálisis como una praxis y en esta muchas veces la experiencia puede jugarnos una mala pasada.

Así como pasan los años y se avanza en la práctica, uno va sumando junto con la experiencia ciertos yeites y modos de hacer que se consolidan y rápidamente olvidamos de donde salieron, generando que los demos por hechos. Son esquemas y clasificaciones que ya no se sabe si son propias o ajenas, sabidas o aprendidas, y hacen lazo con los saberes hegemónicos, grupales o institucionales, permitiendo que allí se escondan prejuicios (propios o colectivos) maquillados de saber. Esto acontece en espacios de pensamiento y trabajo como escuelas, universidades y demás espacios de transmisión, generando consensos que la clínica debe cuestionar cada vez.

Allí surge un acuerdo tácito con “los que saben”, un sentido común que deja un halo de duda de si la totalidad del grupo coincide y acuerda o si algunos piensan por todos. Si ese saber es aprendido o repetido. Esto me recuerda a la cita no chequeada y hecha meme de Freud que dice: “Si dos individuos están siempre de acuerdo en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos”.

Pero retomando la primera escena resulta interesante pensar si les estudiantes pueden cuestionar los saberes impartidos y dados por válidos. El oficio de alumno es muy complejo y muchas veces consiste también en poder leer en el docente qué es lo que va a preguntar y qué respuesta espera recibir. Está claro que poder que pueden hacerlo, pero ¿a qué precio? ¿Hay lugar para esos cuestionamientos?

El supuesto saber hegemónico e incuestionable termina deviniendo en un dogma aceptado por la comunidad, y tomando lo planteado por Alice Miller (psicóloga conocida por su trabajo en maltrato infantil y sus efectos en la sociedad), así como en la vida de los individuos, los dogmas no pueden rebatirse en tanto se alimentan del miedo de sus partidarios a ser excluidos del grupo que los sostiene. Si alguien se ubica en una actitud crítica o los desafía, corre el riesgo del ostracismo.

Existe una asimetría entre el maestro y el alumno, el analista con experiencia y el novato, y en esta asimetría se ponen en juego dinámicas de poder que es importante cuestionar, como plantea Bleichmar en el escrito anteriormente citado, “la asimetría esencial de la situación analítica (el analizado es el único que tiene problemas, si no progresa su responsabilidad) se reproduce entre el analista y su grupo de pertenencia, grupo que lo acepta a condición de que siempre esté revisando su propia técnica individual pero nunca los fundamentos teóricos de LA técnica”.

Puede suceder que se instale una idea en la comunidad analítica que sostenga por ejemplo que “todo trans es de estructura psicótica” y que en tanto instalada y difundida, sea legitimada, generándose así una unión indisoluble entre prejuicio y consenso de la comunidad analítica.

Muchas veces esto sucede por confiar el saber a la experiencia acumulada, que esconde sus sesgos y prejuicios en frases tales como “se ve en la clínica” o “después de tantos años de atender uno sabe” o el temido “ojo clínico” fenómeno mágico que prescinde de teorías y técnicas.

Tanto Freud como Lacan, plantean que las experiencias de análisis no son acumulables. Es por ello que “todo en un análisis ha de ser recogido como si nada hubiera quedado establecido en ninguna parte. Esto quiere decir, ni más ni menos, que la fuga del tonel siempre ha de ser abierta de nuevo», tal como lo sostuvo Lacan en Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos.

Claro está que no existe EL psicoanálisis, pero ninguno de los posibles debiera quedar por fuera de su época y sostenido en prejuicios. Debemos cuestionar los consensos y hacer un trabajo de revisión cada vez. Como le comentaba a un colega (impulsor de este escrito), estoy seguro que si me encuentro con el Manuel de hace 5 años tendíamos discusiones y no acordaríamos.

Poder visibilizar los propios automatismos y prejuicios es clave para pensar la clínica y la propia posición como psicoanalista. Poder cuestionar para poder tomar posición, para poder luego volver a cuestionarla.

Para que esto suceda creo que basta con tener la sinceridad de preguntarse: ¿qué es lo que del psicoanálisis y qué lo que me dijeron?


*Lic. y Prof. en Psicología, Artista escénico y Psicoanalista. – manuelrivadeneira91@gmail.com


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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