Estallido social chileno: Clínica, política y militancia




En Manar, espacio clínico-político-militante de trabajadorxs de la salud mental, venimos pensando el campo de la Salud Mental desde una perspectiva que incluye el esquizoanálisis, las teorías críticas, los feminismos, la teoría queer, entre otros saberes críticos con los discursos psi. La relación entre politización colectiva de los malestares, revueltas antineoliberales y eficacia terapéutica es uno de los tantos temas que nos convoca a debatir y reflexionar. Es en ese marco que surge el presente texto, cuya producción es individual y colectiva a la vez.



Por Sebastián Soto-Lafoy*



“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”

Salvador Allende


"Sí, yo creo que existe un pueblo múltiple, un pueblo de mutantes, un pueblo de potencialidades que aparece y desaparece, que se encarna en hechos sociales, en hechos literarios, en hechos musicales. Es común que me acusen de ser exagerado, bestial, estúpidamente optimista, de no ver la miseria de los pueblos. Puedo verla, pero… no sé, tal vez sea delirante, pero pienso que estamos en un período de productividad, de proliferación, de creación, de revoluciones absolutamente fabulosas desde el punto de vista de emergencia de un pueblo. Es la revolución molecular: no es una consigna, un programa, es algo que siento, que vivo, en algunos encuentros, en algunas instituciones, en los afectos, y también a veces a través de algunas reflexiones".

Felix Guattari



El octubre chileno es un acontecimiento histórico que la mayoría de lxs chilenxs sabíamos que en algún momento - tarde o temprano- iba a ocurrir. Hablamos de una ruptura radical con la normalidad capitalista. Un cuestionamiento generalizado a un modo de vida que nos impusieron a sangre, fuego y balas hace 48 años a través de un golpe de Estado, dando inicio a una dictadura cívico-militar por 17 años. La implementación del modelo neoliberal, amarrado jurídicamente en la Constitución de 1980, solo se pudo lograr vía el terrorismo de Estado (desapariciones, asesinatos, torturas, exilios, secuestros, violaciones), impidiendo de esta manera cualquier tipo de resistencia por parte de las fuerzas sociales y políticas revolucionarias. Reinstaurada la democracia, al contrario de las demandas de los movimientos sociales de superar la herencia del modelo político-económico ideado por Milton Friedman y los Chicago Boys, los gobiernos concertacionistas consolidaron el sistema neoliberal, profundizando de esta manera las desigualdades sociales, la pobreza, la mercantilización de derechos sociales, el extractivismo, los valores individualistas, consumistas, competitivistas, meritocráticos, la despolitización de la sociedad, tecnificación de la política, etc. Pero por otro lado, en paralelo a ese proceso de “neoliberalización” de la sociedad que se estaba organizando por arriba, por abajo se estuvieron desarrollando experiencias de lucha y organización popular desde diversos sectores: pobladorxs, mujeres, jóvenes, estudiantes, trabajadorxs, jubiladxs, mapuches, activistas, entre otrxs, que venían denunciando las consecuencias de la dictadura en diversos ámbitos de la vida. Después de años de acumulación de fuerzas, en octubre de 2019 se transversalizaron los malestares, produciéndose una disposición colectiva que se expresó fundamentalmente en una guerra anímica frente al Estado neoliberal pinochetista. De esta manera se traspasan las barreras de los límites de lo posible. La normalidad ya no es capitalista. La voz de Salvador Allende se vuelve a escuchar en las calles: Las grandes alamedas se volvieron a abrir.


El presente texto se sirve del estallido social chileno como excusa para reflexionar sobre la articulación entre tres variables cuya relación, tanto dentro del campo de la salud mental como de las izquierdas, suele ser desestimada, ignorada o derechamente rechazada. Hablamos de clínica (o salud mental), política y militancia. Cabe aclarar que la manera de abordar las siguientes reflexiones, formuladas a modo de apuntes dispersos e inacabados, se orientan desde una perspectiva analítica militante de izquierda. En ese sentido, nos posicionamos por fuera de cualquier ideal de cientificidad, neutralidad y universalismo, privilegiando una lectura situada y contextual.



1.

Chile. Octubre. 2019. Una revolución molecular recorre las calles de Santiago y se multiplica por todo el país. Cuerpos hastiados de décadas de neoliberalismo impuesto a sangre y fuego durante la dictadura cívico-militar salen del espacio doméstico, privado, individual, y se vuelcan sobre las calles para protestar contra un modo de vida alienante y mortificante. Son, al decir de Deleuze y Guattari, inconscientes que protestan, se organizan, luchan, hacen rizoma. Y esta rebelión popular no es sólo contra un modelo económico (nivel molar), sino que también contra los valores y las significaciones dominantes (nivel molecular). La subjetividad capitalística neoliberal es puesta en cuestión por el conjunto del cuerpo social.


Estallido social, revuelta de octubre, rebelión popular, distintos significantes para nombrar un mismo acontecimiento político que marcó un antes y un después en el ciclo político de luchas sociales desde la post-dictadura en adelante, hasta ese entonces fragmentadas por demandas sectoriales. Se abre un nuevo escenario en las luchas de clases marcado por un malestar social latente, pero privatizado hasta ese entonces, y que de un momento a otro muta en un deseo colectivo de querer cambiarlo todo. No se trata (solamente) de un gobierno, sino de un modo de vida invivible. Por eso las protestas no se acotaron a demandas programáticas, reivindicativas, se trataron de la organización de la vida misma. ¿Qué vida queremos vivir? ¿De qué manera reorganizamos la vida?


El estallido social impulsó la proliferación de prácticas micropolíticas basadas en la autogestión, la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad, por fuera de las lógicas del capital y el Estado. Prácticas subjetivantes que surgieron desde abajo e implicaron líneas de fuga tanto del individualismo capitalista como de la cooptación institucional (estatal, partidaria, empresarial, etc.). Surge una forma distinta de hacer política en la que deseo y revolución se encuentran bajo la forma de potencias destituyentes del realismo neoliberal.


Una ola de transformaciones moleculares avecina cambios en el campo de la macropolítica.


Nueva Constitución o nada.



2.

La subjetividad neoliberal se ha inscrito en todas las esferas de la vida, incluyendo en el campo de la salud mental. La psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis hegemónico han contribuido, voluntaria o involuntariamente, en reproducir un paradigma individualista del padecimiento subjetivo, ya sea reduciéndolo a una dimensión únicamente intrapsíquica o biológica.


La frase inscrita en una pared en alguna calle de Chile durante la revuelta, "no era depresión, era capitalismo", se podría leer como un rechazo hacia los dispositivos psi que intentan apaciguar el malestar social a través de diversos mecanismos de control. La patologización, medicalización e individualización del malestar son las herramientas por excelencia.


El estallido social abrió el camino de una politización de los malestares desde abajo y hacia la izquierda[1]. Entendiendo que todo síntoma es político, surgieron nuevas narrativas que comenzaron a identificar las determinaciones estructurales del sufrimiento psíquico, desprivatizando, despsicologizando, desindividualizando el mismo.


Franco Berardi, a propósito de la revuelta chilena, refiere que "la revuelta en sí misma es un acto terapéutico". En ese sentido, ¿cómo se puede pensar la relación entre militancia, política y salud mental? ¿De qué manera es posible colectivizar el malestar? ¿Cuál es nuestro rol como trabajadorxs de la salud mental?



3.

La sensación de hartazgo por las injusticias sociales, la desigualdad, la impunidad, la violencia estatal, la mercantilización de la vida, generó un clima emocional en el que las viejas narrativas dominantes del neoliberalismo (meritocracia, individualismo, consumismo, conformismo, etc.) comenzaron a ser rechazadas por la gran mayoría de la sociedad. Surge, en la esfera de la subjetividad colectiva, un momento destituyente del orden instituido.


El malestar traspasa los límites de la queja individual y deviene acción colectiva, la cual irrumpe por medio de una insurrección de masas. La politización del malestar se pone en marcha. Subjetividad y política se articulan y expresan en prácticas concretas situadas. Desde la lucha callejera hasta las asambleas territoriales, en un contexto de impugnación del régimen neoliberal, son formas de resistencia ante una estrategia en común: derrumbar el modelo de Pinochet, empezando por su cuerpo jurídico (la Constitución de 1980). La salud mental en este punto se vincula de manera estrecha al protagonismo popular. Si toda clínica es política, también lo podemos pensar a la inversa, es decir, las prácticas militantes pueden tener efectos clínicos. En el contexto de la revuelta, se podrían ubicar estos efectos vinculados a las acciones de solidaridad, apoyo mutuo, cooperación, las cuáles abren el terreno afectivo de sensación de pertenencia a un pueblo. O dicho de otra manera, la reconstrucción de lo común a partir de la participación activa y creativa de la población. En esa línea, se trata de pensar la salud mental, al decir de Pichon Rivière, en tanto adaptación activa a la realidad, adaptación que va de la mano con la invención de proyectos colectivos.


Cabe destacar que los efectos terapéuticos de la revuelta popular no necesitaron de la mediación del poder psi (psiquiatras, psicólogxs, psicoanalistas), porque la salud mental no se acota a una cuestión técnica, sino que es fundamentalmente una producción cultural que requiere imprescindiblemente del protagonismo de la ciudadanía. Así como no hay salud mental sin justicia social, es posible afirmar que no hay salud mental sin protagonismo popular.


Del diván a la calle.



4.

La secuencia de la evasión de los torniquetes del subte por parte de estudiantes secundarixs, producto del alza del precio del pasaje, es una manera de hacer política que indirectamente cuestiona las formas tradicionales de organización y protesta de la izquierda chilena -adulta-, proponiendo otras acciones que vinculen espontaneísmo, autonomía y autoorganización.

El acto de evadir y no pagar arrasa con el sentido común de la normalidad capitalista, desplegándose una fuerza, una potencia colectiva cuyo accionar produjo afectaciones en los demás cuerpos que se estaban desplazando por ese lugar y en ese momento, generando un efecto, un movimiento subjetivo (ya sea de adherencia, rechazo, asombro, contemplación, susto, etc.). Las pasiones alegres de lxs adolescentes, reflejadas en el entusiasmo, la ebullición, la solidaridad, se sobrepusieron por un instante -a ratos más breves, a ratos más extensos- a las pasiones tristes propias de la rutina alienante, individualista y depresiva del transporte público. Con el paso de los días, la queja silenciosa, individual, privatizada de la sociedad, se colectiviza y deviene revuelta.


Felix Guattari decía que la lucha revolucionaria contra la opresión capitalista debe ir por donde está más arraigada, que es en el propio cuerpo. En ese sentido, en sus palabras, “la conciencia revolucionaria es una mistificación siempre que no pase por el cuerpo revolucionario”. No es casualidad que hayan sido cuerpos adolescentes -minorizados, infantilizados, disciplinados, violentados por el sistema adultocéntrico- los que hayan tomado la iniciativa de romper con el miedo a la autoridad adulta (la que lxs lacanianxs les gusta asociar con El Nombre del Padre), transgrediendo de manera creativa la rutina impuesta por el mundo adulto, poniendo el cuerpo y los afectos para llevar a cabo dicha transgresión.


El cuerpo es utilizado como una herramienta de lucha política.



5.

La movilización popular -los cacerolazos, las barricadas, los cortes de calle, las protestas masivas- impugnaron los tiempos productivistas del sistema. La suspensión de los tiempos del capital propició la formación de dispositivos de enunciación colectiva como lo son los cabildos, asambleas territoriales, barriales, autoconvocadas, etc. Un momento de repolitización de lo social en el que se masificaron los espacios de participación ciudadana. La reconfiguración de una sensibilidad común que puso en el centro la dimensión de los afectos en la actividad política, dio paso al surgimiento de una nueva subjetividad militante que comenzó a hacerse cargo del sufrimiento, privatizado por el poder terapéutico.


Privatización y patologización del malestar son los métodos a partir de los cuales el poder terapéutico neoliberal culpabiliza e individualiza el padecimiento subjetivo. Son estrategias psicopolíticas que contribuyen en la naturalización de la servidumbre voluntaria. “No era capitalismo, era depresión”. La responsabilización personal obstruye la posibilidad de transformación social de la realidad.


La politización del malestar en la revuelta, en tanto recomposición anímica de los sujetos en lucha, se pudo observar, entre otras cosas, en un accionar organizativo de articulación territorial, de rearmado del tejido sociocomunitario, que conllevó un redireccionamiento del malestar. El otro, la otra, le otre, ya no es vistx como un enemigx, como una competencia, sino como un aliadx de lucha. El nuevo enemigo interno es la oligarquía empresarial, la derecha económica que se tomó el Estado desde la dictadura hasta la actualidad. Ahora bien, ¿cómo pensar la construcción de poder popular, de las luchas sociales desde abajo, anclado a las luchas del deseo? Es decir, ¿cómo ampliar la mirada de la clásica lectura marxista de la lucha de clases e incluir dimensiones del registro de lo sensible (cuerpos, afectos, placeres, deseos)?. El deseo entendido no como lo concibe el psicoanálisis clásico, a partir de la falta, sino en términos productivos, creativos, imaginativos.


El deseo como invención de otro mundo de posibles.



6.

Pinochet no es solo Pinochet. Su figura no se extinguió con su muerte física. Su encarnación simbólica -que no necesita del nombramiento explícito de su persona- se presenta en distintas expresiones de la vida social relativas al rechazo odioso de la diferencia: anticomunismo, xenofobia, racismo, sexismo, adultocentrismo, aporofobia, homolesbotransfobia, capacitismo, etc. Es lo que el filósofo chileno Rodrigo Karmy denomina como pinochetismo cyborg[2], cuya configuración responde a la fase actual de su devenir histórico, desmaterializándose de la forma física (figura de Pinochet) y jurídica (Constitución de 1980).


El pinochetismo es actualmente un dispositivo de subjetivación que, por medio de ciertas prácticas, mecanismos y relatos, construye una subjetividad caracterizada por el autoritarismo, las jerarquías, el control, el punitivismo, el verticalismo. Es decir, una subjetividad policíaca, cuya expresión se puede observar desde la violencia estatal de parte de los aparatos represivos del Estado hasta en las relaciones sociales antagónicas (hombre - mujer, adultx-niñx, patrón - obrerx, ricx-pobre, jefx-empleadx, psiquiatra-paciente, psicoanalista-analizadx, etc.). Desde la violencia fascista a nivel institucional hasta los microfascismos cotidianos. Ahora bien, todxs tenemos un Pinochet dentro: La dictadura cívico-militar insertó el pinochetismo en lo más lo más profundo de nuestra subjetividad. Todxs estamos atravesadxs por la subjetividad pinochetista, incluso el sujeto más revolucionario (el polo revolucionario coexiste con el polo fascista). La pregunta es qué hacemos con esto. Qué y cómo hacemos para revertir los agenciamientos microfascistas, cuáles son las líneas de fuga que puedan escapar del orden establecido, cuáles son los devenires minoritarios posibles.



7.

El psicoanálisis hegemónico (burgués, colonialista, patriarcal, academicista, elitista, conservador) que se vanagloria con la supuesta subversión inherente de la práctica psicoanalítica ha sido, en realidad, cómplice del aparato privatizador de la subjetividad a través de lógicas edipizantes de lo social. Nos dicen lxs defensorxs de la parroquia: “El problema no es un sistema social, político y económico explotador y desigual, sino la novela familiar del neurótico”. Estrategia ideológica que mantiene y reproduce el orden capitalista al omitir las condiciones estructurales del malestar subjetivo.


Con la biblia y la cruz (los textos de Lacan y Miller respectivamente), lxs sacerdotes del deseo nos dicen que en el análisis no se hace política, que el psicoanalista -el profesional liberal y no el trabajador de la salud mental- no impone su ideología, que lo que prima es la neutralidad analítica. Es curioso que ese discurso de pureza e inmunidad sea similar al desprecio que Pinochet expresaba hacia todo lo que tuviese que ver con lo político, solo que ese aparente camuflaje de “apoliticidad” y “neutralidad” era una excusa para reafirmar su profundo anticomunismo y antimarxismo (y al mismo tiempo su adherencia a la ideología fascista neoliberal). Algo no muy distinto ocurre con la mayoría de lxs psicoanalistas al negar la conexión entre inconsciente y lucha de clases, deseo y revolución. La neutralidad analítica deviene en una neutralización de lo político, y particularmente del conflicto sociopolítico propio de las luchas de clases, que participa también del conflicto psíquico en el terreno de lo inconsciente.


La producción de la subjetividad neoliberal no se puede pensar sin dimensionar el impacto en la sociedad del proyecto ideológico, cultural, político y social de la dictadura cívico-militar. Pero la reproducción de este tipo de subjetividad no se acota a los aparatos ideológicos y represivos del Estado. Es necesario identificar los dispositivos de control para poder combatirlos.


El pinochetismo, la razón pinochetista, llegó para profundizar y naturalizar en el imaginario social una serie de significaciones vinculadas a la primacía de lo individual por sobre lo colectivo, la meritocracia por sobre la solidaridad, la familia por sobre la comunidad, lo privado por sobre lo público. Lógica de lo social que viene a reforzar la ideología familiarista (¡La sagrada familia llegó a institucionalizarse incluso en la propia Constitución!)[3]. ¿Y qué tiene que ver el psicoanálisis con todo esto? Siguiendo la lectura crítica de Deleuze, Guattari y Rozitchner, el psicoanálisis freudiano-lacaniano refuerza la existencia de la familia burguesa patriarcal en el inconsciente a través del imperialismo de Edipo. Algunas de sus consecuencias son: 1) Edipización del campo sociopolítico, 2) Privatización de la singularidad, y 3) Represión del deseo revolucionario. Ley, Familia y Moral se imponen como los significantes despóticos que aplastan la producción deseante, reduciendo el deseo al triángulo edípico yo-papá-mamá. Complicidad ideológica: tanto el psicoanálisis hegemónico como el pinochetismo son dos dispositivos de control que reproducen una subjetividad individualizada, privatizada, familiarista y a-política.


Pinochet y Edipo: dos caras de la misma moneda.



8.


Los discursos “psi” no son ajenos a la criminalización de la protesta social. Psicologización de lo social y despolitización de lo público son dos de los mecanismos discursivos que aportan, desde su lugar, en legitimar la violencia estatal, camuflada en el eufemismo de preservar la “seguridad pública” bajo el alero del “Estado de Derecho”. La policía del inconsciente en conjunto con la policía militarizada se propone un mismo fin: resguardar la maquinaria estatal relegando la subjetividad politizada al ámbito privado. Si la policía militarizada lo hace desde la represión material de los cuerpos, la policía del inconsciente lo ejerce desde el disciplinamiento del deseo revolucionario.


En el contexto de la revuelta, desde una lógica conservadora, clasista[4] y pacifista, la policía del inconsciente interpretó la lucha callejera como una problemática psicopatológica individual[5], desconociendo que responde más bien a un pensamiento estratégico, materializado en tácticas colectivas de resistencia frente a la violencia policial (lo que fue en su momento la Primera Línea). En un afán de consenso representacional de cómo hacer política (limitado a los parámetros de la democracia burguesa), predominaron visiones moralizantes del conflicto social, y particularmente del antagonismo de clases. Mientras que la violencia revolucionaria –que no fue más que autodefensa frente al terrorismo de Estado- es condenada desde este sesgo moralizante, normativo y familiarista, por otro lado, la violencia del capital y del Estado simplemente se naturalizan como parte del orden existente (La “responsabilidad subjetiva” siempre cae en lxs manifestantes).


Salud mental, derechos humanos, lucha de clases, acción colectiva, militancia, inconsciente, transformación social: conceptos que desde la psiquiatría positivista-biologicista hasta el psicoanálisis freudiano-lacaniano-milleriano son concebidos de manera separada, aislada y desconectada. La propuesta es entonces identificar conexiones entre ámbitos en principio aparentemente disímiles, como lo son el activismo militante y las prácticas en salud mental.



9.


En el actual contexto chileno pos estallido social, proceso constituyente en curso, asunción reciente de un gobierno progresista, cabe formular algunas preguntas concernientes al devenir de la subjetividad colectiva. ¿Qué prácticas en salud mental desde abajo se están organizando? ¿Existe una relación entre la creación de nueva constitución que reemplace la de la dictadura, con transformaciones en el plano de la subjetividad política? Si el estallido es, a grandes rasgos, una respuesta a la herencia de la dictadura, ¿implicó entonces un proceso de “despinochetización” del inconsciente?

[1] Para profundizar sobre la relación entre politización de los malestares, revueltas y eficacia terapéutica, sugiero leer el texto de Emiliano Exposto (2021), “Las maquinas psíquicas. Crisis, fascismos y revueltas”. [2] Véase el texto de Karmy en El Lobo Suelto: https://lobosuelto.com/pinochetismo-cyborg-rodrigo-karmy-bolton/. [3] Para introducirse en esta reflexión sobre esto véase el texto de Rodrigo Aguilera (2020), “El fin de la Constitución familiarista-neoliberal”. https://nuestrarepublica.org/columna/el-fin-de-la-constitucion-familiarista-neoliberal. [4] No es casualidad, y sobre todo por la composición de clase que caracteriza a la comunidad psicoanalítica chilena, que el sesgo en esta lectura está atravesado por los privilegios de clase. [5] El ejemplo más conocido de esto son las declaraciones de Carlos Peña, rector de una universidad chilena, quien tras los primeros días del estallido social hizo declaraciones en los medios de comunicación opinando que las manifestaciones protagonizadas principalmente por jóvenes respondían a que estaban “presos de sus pulsiones”, aludiendo a un accionar impulsivo e irreflexivo.



* Sebastián Soto-Lafoy: Trabajador de la salud mental. Miembro de Manar.