Como el roble para la hiedra

Revisar los mitos fundantes de nuestras disciplinas y nuestras sociedades es una tarea que tenemos pendiente. Para ello, hay que realizar una lectura no tradicionalista de las tradiciones, como proponía Walter Benjamin. En esa línea, hoy publicamos un aporte de Elisa Ponieman sobre Tótem y tabú y el mito del Padre de la horda.
Por Elisa Ponieman*
El cruce del psicoanálisis lacaniano con los feminismos, hace ya algunos años, viene aportando interesantes perspectivas y preguntas sobre algunos términos. En diversas ocasiones, al conversar acerca del alcance de revisar el término “paterna” para aquello que nombra a la importante función de referencia, de organización de la subjetivación, encontré analistas que argumentaban la relevancia que tiene para Lacan el mito del padre de la horda primitiva desarrollado por Freud en Tótem y tabú. Preguntándome si podría tratarse de involuntarios remanentes patriarcales en el medio lacaniano, escribo estas líneas.
Encontramos la importancia del mito del padre de la horda para captar la función a nombrar como paterna explícitamente en Lacan en distintos momentos, por ejemplo, en su Seminario interrumpido de 1963, “Los nombres del padre”:
“Si, míticamente, el padre solo puede ser un animal, el padre primordial, el padre de antes de la prohibición del incesto, antes del advenimiento de la cultura; el padre es ese jefe de la horda”[1]
O años más tarde, en 1972, en sus charlas en Saint-Anne tituladas “El saber del analista”, cuando dice:
“[…] las aventuras míticas de Edipo, que en sí mismas no tienen ningún inconveniente, por cuanto estructuran admirablemente la necesidad de que haya en alguna parte al menos uno que trascienda lo que concierne a la captura de la función fálica. El mito del Padre primitivo no quiere decir otra cosa”[2].
Afirmaciones así me han llevado a querer releer este libro de Freud, Tótem y tabú, texto que había leído azarosamente en el secundario. Se trata de un libro publicado en 1913. Allí Freud intenta aplicar la perspectiva del psicoanálisis, de los deseos que había situado como propios del complejo nuclear de las neurosis -incesto y parricidio- a problemas que considera no resueltos de la psicología de los pueblos llamados “primitivos”.
A partir de la literatura antropológica de su época, Freud toma como punto de partida la relación entre las prohibiciones de los tabúes y las dos prohibiciones que considera fundamentales del totemismo: no matar al animal totémico y evitar el comercio sexual con los miembros del mismo clan totémico.
Se interesa por el horror del incesto. Al recorrer las teorías sobre su origen, las respuestas que encuentra le resultan insuficientes. Para ensayar una respuesta, una hipótesis, toma Freud la conjetura de Darwin de una horda primordial dominada por un macho adulto, y articula esta hipótesis con afirmaciones y elementos tomados de otros autores de la época, para armar su propia conjetura/mito: El protopadre habría sido asesinado, acontecimiento a raíz del cual, por sus efectos de culpa y ambivalencia, da lugar a la instauración de prohibiciones, a formas fundamentales de la organización social.
El título completo del libro fue: Tótem y tabú. Algunas consideraciones en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos. Al leerlo hoy, diría también, para aproximar lo que podríamos llamar el “contexto epistémico” de la época en que fue escrito, que Freud emplea ya desde el título, el adjetivo sustantivado "salvaje", así como el adjetivo, para hablar de diversas poblaciones nativas. De las ¡65! veces que lo emplea, solo una dice: pueblos llamados salvajes. Y primitivos, en la misma acepción, la emplea todavía muchas más.
Luego, quería compartir observaciones sobre algunas de sus autores/fuentes. Estas últimas han sido múltiplemente criticadas desde un amplio abanico científico, metodológico, de contenido, etc. Me interesa tomar un punto específico, esto es, la referencia principal que Freud toma para tematizar al padre de la horda primitiva. Freud la construye, a partir de lo desarrollado por el naturalista británico Charles Darwin, en su libro de 1871, El origen del hombre.
En Tótem y tabú, en el último capítulo, el IV, Freud nos cuenta que Darwin infirió que el hombre vivió en hordas, en las cuales el macho más viejo y fuerte podía, como entre los gorilas, guardar para sí celosamente a las mujeres y matar o expulsar a los varones más jóvenes. Este aspecto es retomado en varias ocasiones por Freud, y en Psicología de las masas y análisis del yo nos recuerda cómo en 1912 él recogió lo que era la conjetura de Darwin, de este macho despótico.
Charles Darwin, como sabemos, es el autor de la teoría que aún hoy es referencia válida en el mundo científico, de la evolución de las especies, plasmada en 1859 en su libro El origen de las especies. Entonces, el texto al que Freud se está refiriendo en Tótem y tabú no es El origen de las especies sino el texto posterior, de 1871: El origen del hombre. Es de allí que Freud extrae la conjetura del padre de la horda primitiva, un macho por grupo, que expulsa a los machos jóvenes para quedarse todas las mujeres a su disposición.
Algunas afirmaciones de Darwin allí se nos enrarecen un poco si notamos que se trata de una conjetura. Es decir, podríamos preguntarnos cómo fue que se le ocurrió que fuera un padre primordial alrededor del cual giran las mujeres. Para intentar desnaturalizar lo que se presenta para Darwin con naturalidad en dicha conjetura, podemos observar que, en su texto, viene precedida por otras afirmaciones, u opiniones, como la siguiente:
“La principal distinción en las facultades intelectuales de los dos sexos se muestra en que el hombre alcanza una mayor eminencia, en cualquier cosa que emprenda, que la que puede alcanzar la mujer, ya sea que requiera pensamiento profundo, razón o imaginación, o simplemente el uso de los sentidos y las manos”[3]
También encontramos otras afirmaciones, como que el hombre tiene el cerebro más grande que el de la mujer, y que por eso son más inteligentes, etc. Tesis que el sentido común actual permite problematizar y discutir. Encontramos diversa evidencia científica, tal como por ejemplo la desarrollada por la biotecnóloga Lu Ciccia en su libro La invención de los sexos [4], donde rebate la correlación darwiniana entre tamaño cerebral e inteligencia. Mi interés apunta a subrayar un aspecto específico, que es el modo en que Darwin da por sentado que se trata de un hombre que hace las veces de lo que Freud luego denominó protopadre.
Hay muchos autores que nos ayudan y acompañan a tomar distancia y revisar dicha naturalizada perspectiva, autopercibida como científica. De los diversos sesgos y autores que han tomado este punto, querría detenerme en una: Antoinette Brown Blackwell. En su libro de 1875, Los sexos a través de la Naturaleza [5], cuestionó las conclusiones de Darwin sobre las diferencias entre los sexos. Su crítica no suponía un rechazo de la teoría de la evolución: por el contrario, Brown Blackwell se inscribió en el campo evolucionista. Sin contar con el mismo respaldo institucional ni con las condiciones materiales que habían favorecido la dedicación científica de Darwin, Brown Blackwell recurrió a las propias investigaciones de éste para cuestionar la interpretación según la cual se atribuía a los machos superioridad en músculo y cerebro respecto de las mujeres.
En las investigaciones sobre el desarrollo de caracteres sexuales, no se había observado que las diferencias específicas entre los sexos respondían a requerimientos evolutivos distintos —como la procreación o la alimentación de las crías—, y que tales diferencias no implicaban, en modo alguno, una jerarquía entre ellos. Hace inclusive la broma de que son las hembras las que disponen de aquello cuya importancia ha dado nombre a su clase: mamíferos. Critica especialmente que Darwin haya construido la inferencia del macho polígamo jefe, cuando en realidad la mayoría de los carnívoros terrestres machos no son necesariamente polígamos. Al ser la única excepción el león sudafricano, no habría justificación evolutiva para pensar que así ha sido en los humanos. Señala A. Brown Blackwell que, al mirar la totalidad del reino animal, los carnívoros y muchas especies avanzadas recurren a la cooperación y a la monogamia.
Al tomar las críticas de Antoinette Brown Blackwell, las frases citadas de Lacan del mito del Padre primitivo, polígamo, situadas retrospectivamente, perderían algo de su naturalización, se enrarecerían. Es decir, la conjetura de Darwin, retomada por Freud, y luego retomada por Lacan en distintas ocasiones, tiene su historia, su contexto. Resultan interesantes varios aspectos de las críticas, de los reparos al científico eminente por parte de A. Brown Blackwell: su forma temprana, en 1875, su retórica al introducir sus ideas iniciales en el texto, sus ideas, su audacia, inclusive aspectos de su vida.
Ella comienza su libro Los sexos en la naturaleza, en el que expresa sus controversias, aterciopelando sus decires, porque Darwin era quien era. Y aclara que los grandes nombres de los caballeros con los que se discute son un sostén, como el roble para la hiedra. El CV de Antoinette es interesante. En 1847 completó sus estudios literarios en la Universidad de Oberlin, continuando allí sus estudios de teología. En 1850 completó dicho curso, pero la Universidad no la reconoció como graduada en teología ni le otorgó la licencia para predicar debido a que era mujer. Esta negativa no sería solo una decisión particular de Oberlin, sino que expone el contexto de las instituciones educativas privadas estadounidenses del siglo XIX, que gozaban de un amplio margen de autonomía para establecer sus propias normas de admisión, titulación y ejercicio de determinadas funciones profesionales.
En 1853, sin embargo, pudo ser ordenada ministra de una iglesia congregacional en South Butler, Nueva York. Se casó en 1856 luego de acordar con su esposo que continuaría trabajando por fuera de la casa. Participó de diversas charlas y publicaciones -en las que se incluye el texto mencionado de 1875, en el que critica afirmaciones de Darwin-.
En 1878, como reconocimiento posterior, Oberlin le concedió un A.M. (Master of Arts / Maestría en Artes) honorario y, en 1908, un D.D. (Doctor of Divinity / Doctor en Divinidad) honorario. El A.M. de 1878, es decir 28 años más tarde, fue el primer grado que Oberlin le otorgó después de que hubiera completado sus estudios de teología.
También, para sumar información quizás lateral al complejo contexto epistémico, recién en 1920, a los 95 años, tras la ratificación de la 19.ª Enmienda, Antoinette ejerció por primera vez el derecho al voto en las elecciones presidenciales. En el conjunto de anécdotas, la hija tuvo que llevarle un banquito para que le fuera posible esperar a ejercer la acción.
Notas:
[1] Las traducciones son de mi autoría. J. Lacan. Seminario interrumpido de Los nombres del padre. 23-11-1963-https://ecole-lacanienne.net/es/bibliolacan/seminaires-version-j-l-et-non-j-l-2/
[2] J. Lacan. Le savoir du psychanalyste -inédit- Version Lyon: Bosc Frères. Sesión 5 (3-3-72) P. 83.
[3] La traducción es de mi autoría. Ch. Darwin. The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex. Vol II. Capítulo XIX. P. 327
[4] L. Ciccia. El título completo es: La invención de los sexos. Cómo la ciencia puso el binarismo en nuestros cerebros y cómo los feminismos pueden ayudarnos a salir de ahí.
[5] El texto de Antoinette Brown Blackwell es Sexes throughout nature, no lo encontré en castellano. Ed. G.P. Putnam's Sons. Nueva York. 1875. P. 30 https://archive.org/details/cu31924031174372/page/22/mode/2up
*Elisa Ponieman
Psicoanalista




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