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Qué hacer con la herida. Reflexiones en torno a la elaboración del trauma por ASI y su vínculo con la ficción

  • hace 1 día
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Algo curioso sucede en la ficción. Lo que en la realidad podría resultar problemático en la ficción puede ser una gran fuente de placer. Al mismo tiempo, la autora no cree que haya reparación posible en repetir la crueldad. Pensar cómo elaborar el trauma en la ficción (entendida en su sentido amplio ya, no solo como películas, cuentos o novelas) es un tema que debería incumbirnos a todos. La pregunta que la atraviesa en relación a esto es “¿cómo hacer para expresar el horror sin volver a reproducirlo?, ¿cómo pasar de la repetición a la elaboración?, ¿cómo garantizar que la expresión del horror no sirva para el goce de los perversos y sí sirva para la sanación de los heridos?”.



por Carolina Dandois *




  1. La venganza en la ficción


Hace poco tiempo, salió una noticia de un hombre que secuestraba a supuestos pedófilos y los torturaba y exponía en las redes sociales. Finalmente salió a la luz que aquellas personas secuestradas no eran pedófilos, y que aquel mote era la excusa para que el secuestrador ejerciera su crueldad. Pero sí lo hubieran sido, ¿qué de todo eso podría haber sido sanador? No creo que haya reparación posible en repetir la crueldad.


Algo curioso sucede en la ficción. Lo que en la realidad podría resultar problemático en la ficción puede ser una gran fuente de placer. Pienso en la película Mom, en la que la mamá de una joven víctima de una violación grupal, mata uno a uno a los violadores de su hija. O en el cuento “Sangre coagulada” del libro Las voladoras de Ojeda en el que nos enteramos que una niña es abusada por un hombre y al final del cuento descubrimos que el hombre es asesinado y enterrado en el patio de la casa de la familia.


También pienso en la maravillosa y censurada novela Las primas, de Venturini, que, al igual que el cuento de Ojeda, se mete con un tema áspero como pocos: el abuso a personas con discapacidad.En la novela de Venturini, el “profesor de arte” recibe la siguiente amenaza de “o te casás con ella y le das de comer y le cambias los pañales todos los días por el resto de tu vida o te denunciamos como abusador de menores ante la justicia”. Como lectora me sonrío, me lo imagino a él siendo presa de su presa, por siempre. Pero sé que esa chica es ficcional, que no existe.


Pensar cómo elaborar el trauma en la ficción (entendida en su sentido amplio ya, no solo como películas, cuentos o novelas) es un tema que debería incumbirnos a todos. La pregunta que me atraviesa en relación a esto es “¿cómo hacer para expresar el horror sin volver a reproducirlo?, ¿cómo pasar de la repetición a la elaboración?, ¿cómo garantizar que la expresión del horror no sirva para el goce de los perversos y sí sirva para la sanación de los heridos?”.


Quiero empezar a abordar las preguntas sobre cómo elaborar el trauma a partir de dos elementos: mi visita al Ex-Olimpo, ex Centro Clandestino de Detención durante la última dictadura militar y algunas reflexiones que aparecen en el libro Curar y ser curados de Claudia Masin.


Comienzo con la visita al Ex-Olimpo. Lo primero que me llama la atención del predio es que los espacios cerrados son muy pocos. El predio se parece a una cáscara pero sin la fruta, hay algunos lugares cerrados que lo bordean y algunos espacios verdes con pasto y plantas pero el resto es un enorme piso de cemento que mira hacia el cielo. Las guías, excelentes por cierto, nos comentan que el espacio fue modificado estructuralmente por los militares, ya que intentaron borrar las pruebas de que en ese lugar había funcionado un centro de tortura y exterminio. En un momento caminamos sobre el cemento y la vemos: una viga. Ese elemento era la prueba de que antes se habían construido los minúsculos cubículos donde retenían, esposados y con los ojos vendados, a las personas ilegalmente detenidas por aquel régimen del horror, y que permitía corroborar que el relato de los sobrevivientes era cierto. Pero hay algo más: mostrar esa viga era una decisión. 


Las personas encargadas de reconstruir la memoria de lo que había sucedido en ese espacio decidieron dejar la viga y no reconstruir los cubículos porque no querían volver a crear cárceles donde ya no estaban. Porque elegían contar la historia de cómo se había descubierto esa verdad y no volver a reproducir el escenario del horror tal como había existido en los comienzos. No se trataba entonces de contar las cosas tal y como sucedieron sino de encontrar la torcedura para contar la historia de una forma que nos empodere. 

 

En el libro Curar y ser curados Masin se pregunta acerca de la relación de la escritura poética con la curación. Allí sostiene que escribir poesía es también escuchar “la voz del monstruo, la voz de quien oprime y lastima, es también reparar en él, reconocerlo, no para exculparlo sino para devolverlo al territorio de lo humano - al cual pertenece- y a la vez liberarlo de su capacidad de hacer daño como quien le quita el veneno a una serpiente”. Y agrega: “Para liberarlo y liberarnos del mal que ha sufrido, que ha hecho, que sufre, que hace y hará hasta el fin de los tiempos a menos que las palabras encuentren el antídoto¨. Aquí, otra forma de la torcedura: acudir a la voz poética para reconstruir el mundo simbólico de modo de que se neutralice el daño. No perdonar: desarmar desde adentro, con el poder de las palabras. 

 

Por supuesto no nos alcanza con deshacer monstruos a través del discurso, necesitamos algo más, algo que haga mella en lo real, en el hecho concreto de que 1 de cada de 10 niños, 7 de los cuales pertenecen al género femenino son abusados. En este sentido, resulta importante quitarle la máscara de monstruo a los abusadores de menores y ubicar sus prácticas dentro de una sociedad que crea y promueve este tipo de aberraciones. Desde el feminismo se acuñó la frase “no son monstruos son hijos sanos del patriarcado” para referirse a golpeadores, violentos y hasta femicidas, pero por algún motivo el tema del abuso en la infancia sigue permaneciendo como un tabú. Resulta difícil creer que las personas que cometen estas aberraciones no son locos, ni enfermos (o quizás sí lo sean pero en la medida en la que está sociedad está loca y enferma). 


Es fácil pensar a los pedófilos como seres que rompen con las reglas más elementales de la sociedad. Lo difícil es pensar qué de esta sociedad genera que haya tantos pedófilos. 


 

  1. Qué hacer con la herida 


Las personas que sufrimos violencia (ya sea sexual, psicológica y/o física) fuimos (y quizás sigamos siendo) víctimas.El problema sucede cuando nos enamoramos de nuestra herida. El problema es cuando el hecho de ser víctimas lo abarca todo. Cuando en nuestra forma de narrarnos a nosotros mismos solo importa el horror que atravesamos. En otras palabras, cuando hacemos una carrera del dolor. 

 

Esto mismo le sucede al personaje ficcionalizado de Betty Broderick, retratada en la segunda temporada de la serie Dirty John, quien termina asesinando a su ex-esposo y a su nueva esposa, luego de haber sufrido manipulaciones y maltrato económico y psíquico por parte de él. Pero no me interesa centrarme en los motivos del asesinato, que convierten, en un acto fundador, a Betty en victimaria, si no en en lo siguiente: Betty está sentada en un bar, con sus amigas, y habla sobre lo injusto que es su ex con ella. Las amigas se indignan y la consuelan. Pero está escena se repite. Más de una vez. Y mientras el relato de Betty permanece igual, las caras de sus amigas se transforman. Pasan de expresar enojo y compasión a tedio. Y luego empiezan las ausencias. Betty repite una y otra vez el relato de su trauma. No lo elabora y al dejarlo impoluto lo convierte en un agujero negro que succiona todo lo demás. 

 

Los abusos sexuales y otro tipo de experiencias traumáticas, no se pueden dejar atrás, viven con nosotros pase lo que pase lo que pase. La pregunta, entonces, es qué hacer con eso. Y donde ubicar el bulto de ese dolor. Como poder mostrar la herida sin que hieda. 

 

Hace aproximadamente un mes, asistí a un taller breve de lectura de poesía coordinado por el poeta Gustavo Yuste. Una de las preguntas que aparecían dentro de los encuentros que tuvimos fue cómo abordar, lo que en palabras de Yuste (inspirado en la gran Luis Güik) es la carne roja del poema, entendida como aquello que realmente queremos decir y que resulta fuerte e impactante. Uno de los peligros a la hora de escribir, señala Yuste, es el del victimismo. Entiendo al victimismo como aquello que sucede cuando nos enamoramos de nuestra herida y la exhibimos a los demás como si solo eso importara. El victimismo es lo que nos pasa cuando centramos nuestra atención solo en nuestra carne roja, sin que eso logre conectarse con otras cosas. Huart, de acuerdo al libro Las clases de Hebe Huart advierte sobre los peligros de enamorarnos de nuestra herida: “El sentimiento de víctima [también] conspira contra la escritura , porque toda víctima es narcisista. Cuando todo está mal, uno se pregunta: ¿Por qué me tiene que pasar esto justo a mí? La víctima ve el espectáculo del mundo como si este estuviera en su contra”. Hebe Huart piensa en la escritura de textos literarios, pero podemos tomar esta cita para pensar esa otra escritura: la escritura de la narrativa de nuestra vida. 

 

Quisiera comenzar nombrando dos formas (complementarias entre sí) de escapar de las trampas del victimismo: expandirse hacia dentro y expandirse hacia afuera

Expandirse hacia adentro tiene que ver con poder intercalar e interceptar las imágenes y sensaciones del horror, para mezclarlas con imágenes y recuerdos que nos hacen bien. Es volver sobre lo vivido, sin negar el espanto, pero sí poniendo el foco en las otras cosas que pasaron. 


Expandirse hacia fuera , en cambio, se vincula con poner en relación el propio dolor con el dolor de otros. Quitarle su lugar central, para ubicarlo en un marco colectivo. Entender en este acto, que el horror que vivimos no es el único que existe y que no es más importante que el de los demás. Expandirse hacia fuera nos permite politizar el horror, y entenderlo como un fenómeno colectivo. 


Betty Broderick no pudo aplicar ninguno de estos mecanismos y , es en parte por este motivo, que hizo lo que hizo. Ella solo podía pensar en su dolor y quizás fue por eso que no se detuvo a reflexionar sobre las consecuencias de matar a su ex- esposo y a su amante; hecho que afecta no solo a las personas asesinadas, sino también a todos aquellos que tenían algún vínculo afectivo con las víctimas. Para Betty, en su claustrofóbica mente, la única capaz de sufrir era ella. 

 

En el caso del abuso sexual infantil, el segundo mecanismo, en definitiva, de curación, está vetado por el secreto que rodea al tema. Pero esto pareciera estar de a poco empezando a quebrarse. Escribir este ensayo es un intento de martillar un poco más el hueco que se abre en la pared de este brutal tabú. 

 


  1. Formas de la repetición, formas de la elaboración 

 

Hace algunos años, me ronda en la cabeza la siguiente idea: el daño es un mecanismo que se repite. No sale de un repollo, no proviene de nuestro instinto y a la vez no nos resulta ajeno. Hay quienes ponen el daño en sí mismos y se fustigan y hay quienes infieren ese daño en los demás. Me pregunto cómo hacer para frenar ese mecanismo. Qué formas de repetición existen y qué hacer con el daño para que no se vuelva un destino. No volvernos ni Sísifo (sosteniendo la misma piedra una y otra vez), ni Prometeo (sintiendo que comen nuestro estómago los cuervos todos los días hasta el infinito). 


Hace unas semanas vino una amiga a visitarme. Me habló de una película, me dijo: “yo pensé que la entendía, pero tardé en caer”. La película narra una escena en repetición. Zona rural, Europa, contexto de La Gran Guerra. Un hombre de alrededor de 40 años. Una chica joven, casi adolescente. Se miran. No hablan. El hombre la toma, la posee, de una manera brutal, violatoria. La chica vuelve. 

Mi amiga hace un breve silencio. Le pregunto si no había algo de esa brutalidad que le gustara a esa chica, hablamos de las prácticas de sadomasoquismo; pero ella me dice no, no tiene que ver con eso. Tiene que ver con que no pueden evitar hacerlo, con que no pueden evitar repetir esa violencia, que conecta de distintas formas con ambos, que en este “juego” ocupan el lugar del agresor y la agredida. 

No queda claro si en la película hay efectivamente una violación o un juego simbólico que la evoca. Pero en definitiva nos muestra dos formas de repetición que se vinculan con reproducir la escena : una en la que se ocupa el rol de víctima y otra en la que se ocupa el rol de victimario. Entiendo reproducir la escena como volver a involucrarse de forma más o menos consciente en situaciones que remiten al hecho traumático original. 

Ahora bien, el rol que se asume dentro de esa reproducción no es indistinto. No es lo mismo verse involucrada dentro de una escena en la que revivimos y actualizamos el trauma original como víctimas, a ocupar un rol activo dentro de la generación de esa escena traumática. Las responsabilidades no son las mismas. 

 

Otro modo de repetición es la del retorno del recuerdo traumático. Las formas en las que pueden suceder son muy distintas y varían de víctima en víctima. Algunas de ellas son: pesadillas, emociones intensas de tristeza, asco,miedo o rabia, alucinaciones olfativas o auditivas vinculadas con el suceso traumático, imágenes intrusivas o sensaciones de disociación de la propia persona o de la realidad. Todos estos síntomas pueden pensarse como fragmentos de una experiencia abominable que no deja de repetirse en el sujeto. 

El suceso traumático empuja para ubicarse en algún lado, pero pareciera que no hay ningún sitio adecuado para él. El silencio empeora los síntomas. Pareciera que lo que no podemos decirnos nos dice a nosotros. De allí la importancia de elaborar nuestras propias narrativas. 

En síntesis, existen distintas formas de elaborar lo traumático. Previamente mencioné tres de ellas: expandirse hacia dentro (integrar recuerdos del horror, con otro tipo de recuerdos positivos), expandirse hacia afuera (conectar el dolor propio con otras experiencias similares, reconocer el aspecto colectivo del dolor ) y las torceduras. Estas últimas pueden pensarse como formas de lectura de los hechos aberrantes que modifiquen el modo de acercarse a lo horroroso, de una manera que resulte empoderante. Pensé en nombrarlas como torceduras porque me imagino que leer distinto implica torcer la mirada, o quizás torcer el tablero en el que ubicamos nuestra historia. 

 

The tale, dirigida por Jennifer Fox, es una película que narra la historia autobiográfica de cómo su directora comienza a recordar y reconocer el abuso sexual que vivió cuando solo tenía 13 años. Según su testimonio, los primeros borradores del guión eran la crónica directa de lo que había vivido con Ted, el hombre que la abusó (un reconocido entrenador de equitación) pero se dio cuenta de que no era eso lo que quería contar. No quería hablar del abuso propiamente dicho, quería hablar del proceso que le llevó a recordar y aceptar lo que había vivido. En este sentido, se pueden repensar las torceduras no como formas de leer lo traumático sino como modos de bordearlo; es decir “no hablar de eso, sino de algo que se vincula con eso”. En definitiva, las torceduras producen un desplazamiento subjetivo, y nos permiten corrernos del lugar de víctimas, del lugar de sujetos que experimentan el horror para abrirnos hacia otras perspectivas. 

 

Ahora bien, no todas las formas de leer un suceso traumático son sanadoras. Existen lecturas tramposas, que distorsionan, que niegan. En el caso de la película de The Tale la protagonista (que es la versión ficcionalizada de la directora) descubre durante su adultez que lo que había vivido con ese hombre 27 años mayor que ella había sido un abuso y no su primera relación. Según entrevistas que dio Fox , esta percepción distorsionada de lo que había sucedido fue una manera de protegerse, de contarse la historia de un modo que la beneficiara a nivel subjetivo. 

Pero si bien estas lecturas distorsionadas pueden anestesiarnos y volver soportable lo insoportable por un rato, constituyen un obstáculo para acceder a la verdad, y sin reconstrucción de la verdad no hay sanación posible. 


Hasta ahora mencioné formas de elaboración que se vinculan con los modos en los que podemos construir narrativas que nos ayuden a abordar el trauma. Pero no solo se trata de narrar, también es necesario la escucha como acto reparador. 

Gabriela Insúa menciona que la figura del psicoanalista es el del escriba, que acompaña al investigador, el paciente. Ella destaca la importancia de dar carácter de verdad a los hechos y sensaciones que relata la persona que vivió un suceso traumático. La necesidad de hacer borde, para que la verdad del paciente pueda ser oída. Considero que, idealmente, esa escucha activa y contenedora pueda exceder el espacio de análisis. Que sean amigos, familiares y más personas quienes hagan el ejercicio de escuchar haciendo borde

 

No existe elaboración del trauma que se mantenga dentro de la psiquis del individuo, es necesario que haya alguien que escuche, alguien que de valor a lo que contás (en el doble sentido de importancia y valor de verdad). Después de todo, pensar en la elaboración del trauma como acto individual resulta soso, inocuo y desolador: si fuera así el peso del horror pasaría solo por el sujeto, sin incomodar a nadie a su alrededor. Ideal para la reproducción de la violencia patriarcal. 

 


* Carolina Dandois, carolinadandois@gmail.com



Bibliografía 

 

Masin, C. (2022). Curar y ser curados: Poesía y reparación. Las Furias Editora. Villanueva, L. (2015). Las clases de Hebe Uhart. Blatt & Ríos. 

Insúa, G. (2020).Abuso sexual en las infancias y adolescencias. 

 







 
 
 

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