Lo abusivo en la práctica del psicoanálisis
- Eduardo Smalinsky
- hace 4 días
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Nos parece importante continuar analizando el fenómeno de banalización del abuso por parte de psicoanalistas especialmente ocupados en resultar instagrameables. Se inauguró la serie con la nota de Pablo Tajman, seguida por la de Roberto Salazar. En esta nota, Eduardo Smalinsky aborda la temática desde la perspectiva de la dependencia en la relación de crianza puesta en paralelo con el vínculo que, en un psicoanálisis, se establece entre paciente y analista.
por Eduardo Smalinsky *
En los últimos días han tenido difusión pública las declaraciones de un profesional psicólogo en las redes, que relativiza las prácticas abusivas en psicoanálisis. Quisiera recordar que en la historia del psicoanálisis, desde Freud en adelante, ha sido una cuestión central el problema de lo que implica el sostener transferencias y la posibilidad de que les analistes seamos consciente o inconscientemente parte y/o cómplices de prácticas abusivas sobre las personas que depositan su confianza sobre nosotres para resolver sus padecimientos. Tanto Jung, Ferenczi y otres analistes, fruto entre otros motivos de la poca experiencia, de las limitaciones de la teoría y de una época donde lo abusivo estaba muy naturalizado, fueron parte de este tipo de situaciones.
No pretendo hacer un juicio moral ni ético sobre lo que implican las prácticas abusivas.
Debemos ser cuidadosos para evitarlas, pero quiero dimensionar la amplitud que pueden tener y lo catastrófico de sus consecuencias. Quizás debiéramos considerar que lo que se pone en juego en un análisis, y esto lo sabemos a partir del desarrollo del psicoanálisis en niños, es que tanto en éstos cómo en los adultos, el padecimiento psíquico es producto de alguna forma de fracaso del periodo de dependencia infantil. Esta cuestión de la dependencia se instala centralmente en el vínculo analítico, ya sea que su manifestación tenga un carácter explícito o implícito. Esta dependencia, que es semejante a la que existe entre un niño y un adulto, es la que determina una asimetría. Esta asimetría transitoria plantea responsabilidades diferentes.
Así como esperamos que les adultes se responsabilicen de les niñes que tengan a su cuidado, posibilitando su desarrollo y su creatividad, protegiéndolos de riesgos excesivos y, sobre todo, de no abusar del poder que otorga esa asimetría para satisfacer las propias tendencias narcisistas de los cuidadores, desde la perspectiva analítica, se espera que el analista acompañe al analizante según las necesidades de éste y no de las propias de la persona del analista.
Es relevante señalar que la oportunidad que ofrece un análisis es que el analizante corra nuevamente el riesgo de depender, justamente para revivir algo de los “fracasos” de la dependencia, elaborarlos y eventualmente transformarlos en fallas. Por ello es central que el analista tenga presente que quizás las posibilidades de ayudar al analizante sean limitadas, sin embargo es importante saber que la oportunidad ofrece el riesgo de que el “fracaso” en la dependencia se reduplique. Esto será una catástrofe, causará daño, y es una cuestión básica que les analistes no podemos dejar de considerar. Cuánto podemos ayudar, pero también cuánto daño podemos hacer.
En este sentido, la cuestión de lo abusivo está en un lugar nuclear, porque es posible que el analizante, cómo les niñes, haga un uso abusivo del analista y, eventualmente, un análisis consiste en parte en eso. Esa abusividad del del analizante no autoriza al analista a una respuesta simétrica, especular y/o reactiva. Les analistes nos entrenamos justamente en no responder reactivamente a esas transferencias imaginarias e intensas. No quiere decir que no las sintamos o que no experimentemos sentimientos, sino que estamos atentos a ellos, los reconocemos y los guardamos para cuando nos parezca oportuno hacerlos presentes si eso nos parece relevante.
Creo que lo erótico puede manifestarse de un modo semejante a como Winnicott piensa el odio en la contratransferencia. Él plantea que es el adulto el primero que odia al niño, así como es el analista el primero que padece al analizante. Les niñes y les analizantes no son proyecciones ideales de nuestros deseos, tienen una existencia real y nos ponen a prueba. Necesitan depender y vivir la experiencia de que no fracasaremos en ese tránsito. El fracaso sería tanto que actuáramos el odio, por sentirnos defraudados, como que la seducción amorosa que despliegue un analizante sea respondida con una corriente erótica. Esa es la repetición de un fracaso en la dependencia. Esto no significa que seamos insensibles hacia nuestros analizantes, pero no debemos desplegar nuestros sentimientos para satisfacer nuestras propias tendencias . Siempre tendremos en cuenta que lo que hagamos o digamos será en función de las necesidades del análisis y no de nuestras propias personas.
En este sentido, cuando trabajamos como analistes, aceptamos hacerle lugar a esos fracasos, a esas transferencias, a esas locuras y nuestro compromiso es el de intentar alojarlas, escucharlas y permitir su despliegue en el mejor de los casos. En el peor, si por alguna razón poderosa, el analizante no quiere o no puede continuar, o es el analista el que no se siente en condiciones de sostener ese recorrido, tendrá que encontrar el modo de aclararlo y permitir que el analizante encuentre la mejor alternativa a ese obstáculo.
Ya Freud advirtió lo desaconsejable de considerar la cura por amor como una opción recomendable para un análisis. Difícilmente puede prosperar un vínculo amoroso armado sobre semejante idealización y asimetría. Pero lo más grave lo constituye el que le analiste traicione el acuerdo de no abusar del poder que le fue concedido cuando el analizante abrió su intimidad, su vulnerabilidad y su dependencia, confiando en que el analiste no iba a aprovecharla para satisfacerse a sí mismo.
No importa cuán idealizado se tenga al amor, siempre será catastrófico que le analiste acceda a esa seducción o crea que su propio amor es una alternativa conveniente para le analizante. Sin ir muy lejos, pensaríamos lo mismo de cualquier adulto que intentara justificar los abusos a los que somete a une niñe argumentando que el “sabe” lo que es mejor para ese niñe o incluso que ese niñe lo consintió.
No intento saldar el problema que salió a la luz a partir de las declaraciones de este personaje de las redes. Creo que las redes, como otros medios, son lugares posibles para dialogar e intercambiar ideas. Otro tema es cuando son usadas por personajes que tienen como fin último alcanzar popularidad, que también es dinero, y que para ello recurren a divulgaciones, muy discutibles y escandalosas para lograr mayor visibilidad. La ocasión puede servirnos tanto para evidenciar ciertas formas de machismo, naturalizadas dentro de las prácticas de los psicoanálisis, como para reflexionar sobre nuestra práctica, interrogando ciertos aforismos que se repiten acríticamente sin cuestionar sus implicancias.
* Eduardo Smalinsky
Psicoanalista, trabajador del CSM N° 3 GCBA. Investigador sobre fenómenos transicionales




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