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Salud Mental y Terrorismo de Estado: Defender la memoria, recuperar un legado

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Conmemorando un nuevo día internacional de lxs trabajadorxs y a 50 años del golpe de Estado, el autor reflexiona sobre cómo el terrorismo de Estado impactó en el campo de la salud mental, “desapareciendo” las experiencias y prácticas contrahegemónicas que se estaban experimentando, así como los debates teórico-políticos que habían tomado fuerza los últimos años antes del golpe. Reivindica el legado de una generación de psicoanalistas y psicólogxs de los 60´/70´que, desde su lugar de trabajadorxs de la salud mental y militantes de izquierda (posiciones indisociables para ese colectivo), apostaron por la emancipación de la clase obrera, como el lugar desde el cual retomar un presente posible para la salud mental.


                         Por Sebastián Soto-Lafoy *


El golpe de Estado en Argentina se dio en el marco de un ascenso de la lucha de clases a nivel mundial. El Mayo Francés, la Guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, el Cordobazo, son hechos que marcaron años convulsionados en el campo social, político e ideológico. En ese contexto, las luchas en el ámbito de la salud mental no estuvieron exentas de debates, tensiones y transformaciones. El movimiento antipsiquiátrico que se estaba desarrollando en Europa de la mano de Franco Basaglia en Italia, Felix Guattari en Francia, David Cooper y R.D. Laing en Reino Unido, tuvo un impacto importante en lo que refiere al abordaje de la locura en general, y las prácticas en salud mental en particular.

En nuestro país Pichon-Rivière introdujo el psicoanálisis, que en aquel entonces estaba hegemonizado por el kleinismo, y logró darle una orientación social y aplicarlo a los grupos y comunidades. Así, el psicoanálisis en Argentina desde sus orígenes estuvo vinculado al ámbito comunitario, a diferencia de otras partes en el mundo en el que prevaleció la práctica clínica individual.

En ese marco, durante la década de los 60´ y 70´, se produjeron una serie de transformaciones teóricas, prácticas, institucionales y políticas, que derivaron en numerosas experiencias colectivas. En el ámbito político-gremial, surgieron diversos espacios organizativos como la Coordinadora de Trabajadorxs de Salud Mental, la Coordinadora de Psicólogos de la República Argentina, la Federación Argentina de Psiquiatras, la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, entre otros. En lo que refiere a las prácticas de salud mental, a partir de la influencia de la antipsiquiatría y la psicología social pichoniana, se multiplicaron las prácticas grupales y comunitarias en las instituciones de salud, implementándose nuevos dispositivos alternativos como las comunidades terapéuticas, centros de día, talleres terapéuticos, etc. La perspectiva sociocomunitaria de la salud mental empezaba a incorporarse progresivamente[1]. Y en cuanto a los debates político-ideológicos, un grupo de psicoanalistas heterodoxos, muchxs de ellxs militantes de izquierda, rompieron con el conservadurismo de la Asociación Psicoanalítica Argentina y conformaron los colectivos Plataforma y Documento. Esta ruptura (única en el mundo por motivos político-ideológicos) estuvo influenciada en gran parte por los debates teóricos que se venían llevando a cabo entre psicoanálisis, marxismo y teoría crítica, lo cual conllevó a una crítica radical de los aspectos más reaccionarios y burgueses tanto de la institución psicoanalítica como de la teoría y la práctica psicoanalítica.[2]

Todas estas experiencias fueron impulsadas por una generación de psicoanalistas, psicólogxs, psiquiatras y trabajadores de la salud en general, para quienes había una imbricación entre militancia política y psicoanálisis, prácticas de salud mental y lucha de clases, desmanicomialización y proyecto revolucionario. Salud mental y revolución socialista no eran palabras contrapuestas para este movimiento. Al contrario, hablar de salud mental era sinónimo de hablar de política. Esto se vio reflejado en dos dimensiones: 1) Cuestionamiento al rol tradicional del psicoanalista, principalmente a la supuesta neutralidad y el ejercicio profesional restringido a la clínica individual del consultorio, proponiendo en cambio un compromiso social y político explícito con las luchas obreras y populares, y, asimismo, la inserción en instituciones públicas y promoción de la salud mental comunitaria. 2) Las elaboraciones teóricas que se comenzaron a desarrollar en torno a la producción social del sufrimiento psíquico, la subjetividad y lo inconsciente. De esta manera, el malestar subjetivo no podía entenderse sin contemplar el impacto de las estructuras opresivas, las desigualdades e injusticias sociales. Desindividualizar y despsicologizar “lo psíquico”, desde una mirada marxista, fue una de las apuestas teórico-conceptuales más radicales en aquel entonces.

Marie Langer, Tato Pavlovsky, Fernando Ulloa, José Bleger, Enrique Pichon-Riviere, Armando Bauleo, Emilio Rodrigué, Hernán Kesselman, Gregorio Baremblitt, son algunos de los nombres de ese movimiento que, vinculados a vanguardias políticas revolucionarias, apostaron por conjugar el rol profesional y las prácticas en salud mental con una función militante muy clara: la emancipación de la clase obrera. “Mimi” Langer fue quien de manera más abierta y explícita propuso que el psicoanálisis debe ser una herramienta útil a fines de la transformación sociopolítica de la realidad. Inclusive sostuvo que el psicoanálisis debe estar al servicio de la liberación de la clase obrera y de la revolución social, cuestionando su uso para domesticar la subjetividad acorde a los parámetros de la moral burguesa. Afirmó por tanto que el/a trabajador/a de la salud mental debe ser un agente de cambio social (Pichon-Riviere) y tomar partido por los sectores más explotados y oprimidos de la sociedad.[3]

Otras de las discusiones que prevalecieron en los sectores más politizados de trabajadorxs fue la construcción de un proyecto colectivo de salud. Ana María del Cueto (2014), quien fue parte de esa generación, menciona que los principales debates para la Federación Argentina de Psiquiatras eran: “1) hablar de salud mental es sin lugar a dudas una cuestión política; 2) la necesidad de discutir un modelo alternativo de atención en términos políticos e ideológicos; 3) que esa discusión solo es posible con la participación del conjunto de los trabajadores de la salud mental y con el consenso de la comunidad” (pág.19). Sin una Ley de Salud Mental de por medio, había un entusiasmo marcado en debatir y construir, democráticamente y desde abajo, un modelo de salud alternativo al paradigma del modelo médico hegemónico en general y a la lógica asilar-manicomial en particular.


La última dictadura cívico-militar (antecedida por el accionar terrorista de la Triple A) vino a interrumpir y borrar las múltiples experiencias organizativas, prácticas terapéuticas-militantes y debates teórico-políticos que se estaban desarrollando en aquel entonces. Fundamentalmente, las prácticas grupales y comunitarias, y los debates entre psicoanálisis y marxismo fueron los ámbitos más afectados. Las secuelas las seguimos viviendo hasta hoy en día.

Para Alejandro Vainer (2009), además de lxs detenidxs-desaparecidxs por el aparato estatal (121 trabajadorxs de distintas disciplinas en nuestro campo), tenemos también los “otros desaparecidos” de la salud mental: las teorías y prácticas grupales y comunitarias que se estaban desarrollando por aquellos años, las cuales fueron prohibidas, deslegitimadas y relegadas al olvido de la memoria colectiva. Cabe recordar que por aquellos años estaban prohibidos o muy restringidos los dispositivos grupales, sobre todo en los hospitales públicos. Las terapias familiares, grupos terapéuticos, psicodrama, entre otras formas de abordaje, se limitaron enormemente o se dejaron de llevar a cabo. Esto llevó a una individualización de la práctica psicoterapéutica y a un repliegue a los consultorios. La represión política por tanto no fue solo física y material: también fue teórica, ideológica y simbólica. Se intentó desaparecer y aniquilar una manera determinada de pensar la subjetividad y de tratar el padecimiento mental.

En el caso de los debates entre psicoanálisis y marxismo, la persecución política e ideológica implicó el exilio de la mayoría de lxs psicoanalistas que estaban desarrollando elaboraciones teóricas al respecto, por lo que fue un proceso interrumpido abruptamente que socavó la posibilidad de profundizar y continuar desarrollando ese diálogo y reflexiones teórico-políticos. Es sabido que durante la última dictadura cívico-militar se prohibieron tanto los textos de Marx como los textos de Freud, siendo dos figuras consideradas subversivas para el régimen dictatorial.

Finalizada la dictadura y devuelta la democracia (neoliberalismo mediante), los posteriores años se caracterizaron, entre otras cosas, por la consolidación del Modelo Médico Hegemónico, el desarrollo y crecimiento del psicoanálisis lacaniano (en su versión más conservadora y derechista). Se estableció como una orientación hegemónica en el campo psi, la difusión y enseñanza en la formación universitaria de la práctica clínica individual como la mejor forma de tratamiento, en desmedro de los abordajes grupales y comunitarios. Esto ha tenido como producto mayoritariamente un ejercicio liberal de la profesión, pensada y practicada en el consultorio privado como ámbito por excelencia.  Despolitización de la praxis que, en aras de la supuesta neutralidad, se ha distanciado de las luchas obreras y populares. El psicoanálisis de orientación burguesa (lacaniano-milleriano) vino a consolidar una idea de “singularidad privatizada”, minimizando o incluso invisibilizando cómo los sistemas de opresión y dominación (capitalismo, patriarcado, colonialismo) son causantes de múltiples formas de padecimiento subjetivo. El campo social se termina reduciendo a una abstracción simbólica bajo la figura del “gran Otro”, sin incluir en esa lectura la violencia política, las desigualdades sociales y la lucha de clases. El capitalismo se limitaría simplemente a una operación discursiva.

La aprobación de la Ley Nacional de Salud Mental (LNSM) en el año 2010 nos trajo nuevos desafíos y tareas para las generaciones actuales. Cabe pensar cómo articular las propuestas, ideas, reflexiones y posiciones de las generaciones pasadas y adecuarlas a las coordenadas epocales actuales. Considero fundamental en este punto retomar los debates en torno al rol del psicólogx como agente de cambio social, como militante político, implicado y comprometido en transformar la realidad. Cabe preguntarnos en ese sentido, entre otras cosas, cuál es el tipo de formación que estamos recibiendo en las facultades de psicología, a qué intereses responde, cuáles son las teorías que circulan y de cuáles no se habla o se fue dejando de hablar[4].  Y, por otro lado, retomar la discusión sobre la construcción colectiva de un proyecto de salud. La LNSM nos da una orientación, un camino, pero por sí misma -como toda ley en el marco de un régimen capitalista- es insuficiente[5]. Necesitamos volver a debatir un modelo de salud mental comunitario, obrero, popular y antimanicomial. Y para ello es fundamental plantear la necesidad de una planificación democrática y desde abajo de todo el sistema de salud mental (y de salud en general) entre trabajadorxs, usuarixs/pacientes, familiares y la comunidad. Dicho de otro modo, necesitamos un plan de lucha por un modelo de salud mental que responda a las realidades, necesidades e intereses de la clase trabajadora, y no de las corporaciones psiquiátricas, farmacéuticas o psicoanalíticas.

En definitiva, de lo que se trata es de resituar una orientación emancipatoria y un horizonte revolucionario de nuestro quehacer político-militante y clínico-terapéutico. Volver a juntar, a poner a dialogar dos ámbitos que el terrorismo de estado vino a desarticular. Ese es el desafío de nuestra generación: Volver a trazar un puente intergeneracional, rescatando lo mejor de quienes nos antecedieron y recuperar “la memoria histórica reprimida de nuestra práctica, en la historia radical de la izquierda freudiana, en las alianzas del psicoanálisis con el movimiento socialista”. (Pavón-Cuéllar y Parker, 2018, pág. 142).

Así como afirmó Mimi Langer en su momento, y hoy en tiempos de ultraderecha, afirmamos nuevamente: no renunciaremos ni al psicoanálisis, ni al marxismo.


Son 30.000.

No perdonamos, no olvidamos, no nos reconciliamos.


Notas:

[1] Tal vez uno de los ejemplos más significativo por aquellos fue la Peña Carlos Gardel, una comunidad autogestiva nacida en el Hospital Borda liderada por Alfredo Moffat y Pichon Riviere. Para indagar sobre esta experiencia sugiero leer el libro “Psicoterapia del oprimido” (1974) de Moffat.

[2] En los dos tomos del libro “Las Huellas de la Memoria” (2018) de Alejandro Vainer y Enrique Carpintero se puede leer una historización detallada sobre cada uno de los aspectos mencionados.

[3] Para ahondar en las lecturas sobre estos temas, recomiendo leer los dos tomos de Cuestionamos, un compilado de ensayos publicado en los 70´, en el que se condensan los distintos debates que marcaron a esta generación de profesionales del campo psi.

[4] El ejemplo más paradigmático es la Facultad de Psicología UBA, conocida por la preponderancia exagerada de las materias de orientación psicoanalítica (restringida su enseñanza a la práctica clínica individual en el ámbito privado), en desmedro, comparativamente, de las materias de orientación sociocomunitaria. El ajuste de la conducción de la Facultad ha afectado únicamente a estas últimas. Cuestión que no es casual, sino que responde a los intereses corporativos de la casta psicoanalítica en alianzas con el radicalismo.

[5] Osvaldo Saidón plantea algo muy interesante respecto a la posición del colectivo de trabajadorxs pre y post aprobación de la LNSM. Afirma que a partir de los 60/70 había un entusiasmo y un debate colectivo permanente en las cuestiones que atañen al campo de la salud mental. Posterior a la aprobación de la LNSM en el 2010, ese entusiasmo decayó enormemente. Una lectura posible es que se depositó toda la confianza en la aplicación de la ley en el Estado burgués, delegando la responsabilidad de su aplicación en el gobierno de turno. Cuestión que tuvo como efecto indeseado la desmovilización de las propias bases que militaron en su momento por la aprobación de la ley. Cabe preguntarnos cómo volver a entusiasmar, politizar y movilizar socialmente por la aplicación efectiva de la ley.


Referencias bibliográficas

-Del Cueto, A. M. (2014). La salud mental comunitaria: Vivir, pensar, desear. Fondo de Cultura Económica.

-Parker, I. & Pavón-Cuéllar, D. (2021). Psicoanálisis y revolución: psicología crítica para movimientos de liberación. Pólvora Editorial.

-Vainer, A. (2009). Los desaparecidos de la salud mental. Topía: un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura. Enlace: https://www.topia.com.ar/articulos/los-desaparecidos-de-la-salud-mental.



* Sebastián Soto-Lafoy: Trabajador de la salud mental. Miembro de Manar.


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