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Confieso que he leído

Actualizado: 18 sept 2023



En este quinto trabajo del dossier "Psicoanálisis y modernidad", Lila M. Feldman nos propone un ejercicio de lectura que ponga en evidencia las violencias, que nos permita identificar las negaciones y silenciamientos que hicieron falta para dar existencia a algunos de nuestros más valiosos conceptos.



* por Lila M. Feldman


Si toda escritura es la confesión de una lectura, esta escritura confesará varias cosas. La primera, puntapié de este texto, es la lectura de varios textos de Pablo Tajman, a quien yo no conocía, pero en quien encuentro a un desconocido afín o familiar, como si se tratara de un viejo interlocutor o amigo. Luego, este texto confesará lo mal que yo he leído en el pasado o, mejor dicho, todo lo que mi trabajo de lectura se ha visto modificado, y cuáles encuentros y encrucijadas lo han convertido en esto que es hoy mi oficio de escribir: intentar aprender a leer cada vez mejor.

Ya me tocará precisar de qué se trata leer mejor, pero ahora empiezo por confesar –yo también- que no he leído en vano.

A los 20 o 21 años coordinaba talleres literarios en la facultad de psicología de la UBA y en alguna que otra pequeña institución. En esos espacios utilizaba algún disparador para propiciar la escritura en el taller. Entre esos textos, recuerdo éste de Pablo Neruda, parte final de su libro autobiográfico “Confieso que he vivido”.


Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas...Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que la obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevo fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra. Pero a los barbaros se les caían de las botas, de las barbas, de las yemas, de las herraduras, como piedricitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí respandecientes.... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.

Todo acto de cultura es también un acto de barbarie, escribió Walter Benjamin, y vaya que el texto de Neruda es testimonio de eso. Sólo que es un texto en el que la barbarie se romantiza, y hasta se agradece. Más inadvertido aún, pasó sin dejar huella en mi memoria este párrafo ubicado en el capítulo 4 del mismo libro:

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente. Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.


¿De qué modos hemos logrado leer sin revolvernos frente a este relato? ¿De cuáles maneras se ocupa el patriarcado de camuflarse, incluso en el territorio de la poesía? Camuflarse, escribo, y esa palabra no llega a nombrar precisamente a esa operación que transforma una violación en un encuentro sexual más, narrado sin asomo de vergüenza, expuesto ante todxs. Me espanta más nuestra lectura que lo que Neruda ha escrito.

¿Les psicoanalistas venimos de París, de Viena, de Londres? Eso –tal vez con otras palabras- se preguntaba Silvia Bleichmar cuando señalaba nuestras propias teorías sexuales infantiles, las de lxs psicoanalistas. Agrego que nuestras teorías sexuales infantiles son también teorías coloniales y patriarcales. Agrego que lxs psicoanalistas también hemos romantizado y agradecido, incluso desmentido, nuestro propio potencial de barbarie, las aniquilaciones, negaciones y silenciamientos que hicieron falta para dar existencia a algunos de nuestros más valiosos conceptos. Para darme cuenta de todo eso es que tuve que aprender, de nuevo, a leer. Sigo aprendiendo. Sobretodo a partir de mi vuelta a grandes psicoanalistas y filósofos argentinos, de los que ya no están y de los que siguen por aquí, vivitos y coleando, escribiendo cosas que han sido dichas y escritas ya hace mucho mucho tiempo y que sin embargo parecen nuevas, o vanguardia, y es que no han dejado de ser nunca lo que son: herejías.

Junto a Mercedes Cicalese, hemos escrito un artículo al que titulamos “De-castración”, y en el que de un modo más elegante decíamos que es una canallada seguir hablando de Complejo de castración, y defendiendo con uñas y dientes ese concepto, el de castración, como si se tratara de un tesoro sagrado, y como si de él dependiera la subsistencia de nuestra teoría. Es que para muchxs es así. Hacer un profundo trabajo de de-construcción, tal vez sea también hacer un recorrido de todos los silencios y omisiones, de todos los pactos negacionistas que conservan nuestras teorías. A mí me interesa el lenguaje que es capaz de desnaturalizar e iluminar opresiones, no el lenguaje que trabaja para protegerlas, mantenerlas o desmentirlas. El lenguaje inclusivo que me interesa es exactamente ese mismo, mucho más allá de utilizar la “e” o la “x”, y aun haciéndolo, me interesa el lenguaje que se reinventa a sí mismo y que restituye a lo desmentido al lugar que le corresponde. El lenguaje es un campo de batalla, también lo es. Sigo aprendiendo a leer.

Como les decía, me encontré con los escritos de Pablo Tajman. Los devoré. No voy aquí a extenderme en citas ni repetir lo que él ya dice, pero sí quiero señalar la confluencia de preocupaciones, y algunas cosas que me hizo pensar: el sepultamiento de capas reprimidas dentro del propio lenguaje psicoanalítico y las limitaciones que los conceptos han forjado en nuestro pensamiento. A propósito de la presentación de un libro recientemente publicado por la Editorial Topía (Los procesos de subjetivación en psicoanálisis. El psicoanálisis ante el apremio de una revolución paradigmática) de Luciano Rodríguez Costa, me encuentro hoy pensando en torno a lo que Pablo señala en su título: ¿Dónde empieza y dónde termina el psicoanálisis?, y que Luciano trabaja en otros términos, pero de un modo similar, cuando afirma que lo histórico-político reclama su lugar en la constitución subjetiva y en el trabajo analítico, no sólo respecto de la sesión con un paciente particular, sino con el análisis de las propias implicaciones y procesos de subjetivación de cada analista. Luciano –su libro es imperdible- realiza un minucioso trabajo que se propone explicar por qué lxs psicoanalistas hablamos de “procesos de subjetivación”, y que los mismos no sólo corresponden al campo de la sociología o de otros campos de conocimiento, sino también al nuestro. En algunos de estos artículos que escribí recientemente, me vengo preguntando qué lugar le damos lxs psicoanalistas a la realidad, y sostengo que la misma es una cuarta instancia psíquica. Claro que todo esto se aproxima a aquellas cuestiones que Pablo plantea: la de los inicios, los finales, los límites, el adentro y el afuera del psicoanálisis. Sigo aprendiendo a leer. Eso para mí ha abarcado la redefinición de todas esas cosas que recién enumeré.

Entonces, los procesos de subjetivación que nos involucran tanto a pacientes como a analistas son también objeto del psicoanálisis, los procesos de subjetivación no son un “afuera” o un contexto o coyuntura de lo que supuestamente importa que es la “estructura psíquica”, individual, y por supuesto a-histórica, que se ubica “adentro” del sujeto, que es sujeto del inconciente y que no tiene nada que ver con la realidad histórico-política que lo ha constituído… Los procesos de subjetivación nos importan no solamente porque los abusos y violencias se repiten todos los días, arrasadores, inundando los consultorios del ámbito público y privado. Hacemos muy bien si nos interrogamos por la producción social de padecimiento, si nos sentimos concernidxs por ello, y claro que nos concierne eso a lxs psicoanalistas y trabajadores del campo de la salud mental en general, pero quiero decir, además, que los procesos de subjetivación nos importan también aunque el padecimiento por el que cualquier paciente nos consulta no se incluya en el de los efectos sufridos por algún traumatismo. Nos importan siempre, están siempre, no empiezan ni terminan allí. En ese sentido, recomiendo también el artículo de León Rozitchner llamado “Edipos”. Sí, Edipos en plural. Porque formas de subjetivación edípica hay varias, no es una sola, y porque el Edipo también puede ser un dispositivo de normativización psíquico-cultural con su propio campo de desmentidas. No sólo por lo familiarista, sino también por lo colonial.

Tuve que aprender de nuevo a leer para descubrir que cuando leo también tengo que ubicar al poder como punto de vista. Los feminismos no son únicamente una teoría política porque se ocupan de los derechos de mujeres y disidencias, sino que son una teoría política en tanto analiza y discute el poder. Y el poder patriarcal y colonial nos ha subjetivado y nos subjetiva a todxs.

El psicoanálisis también es una teoría política, que ha sido y es revolucionaria, y que ha sido y es conservadora. El psicoanálisis, sus teorías y conceptos y prácticas son asimismo campo de conflictos y batallas. No son un sitio neutral, puro, ni mucho menos un sitio superior desde el cual mirar a todo lo demás. El psicoanálisis no ha terminado aún de construirse. No hay textos sagrados, o no debería haberlos. El psicoanálisis es una teoría política que puede ser encarnada en prácticas emancipatorias o en prácticas alienantes y violentas (Recomiendo la lectura de Piera Aulagnier y sus trabajos en torno a la alienación. Ella también me enseña a leer, ella también se ocupa de pensar acerca de lo que el poder es capaz de hacer, en la transferencia y su campo de asimetrías). De esas experiencias alienantes, violentas y añado abusivas, también las hay dentro del ámbito psicoanalítico. En muchas instituciones. En muchos consultorios.

Así como no sabemos de antemano dónde ni cuándo termina o empieza una sesión, tampoco sabemos a lo que nos enfrentamos cuando abrimos un libro o cliqueamos en un texto. No sabemos qué empezará allí, ni cuándo terminará de atravesarnos, no sabemos cuántas transformaciones puede desencadenar. En una de esas nos llevará a revisar toda nuestra biblioteca. En una de esas seguiremos aprendiendo a leer.

Ah… me faltó contarles qué entiendo por leer mejor. Sigo a uno de mis maestros, Eduardo Muller, que habla de las “malas lecturas” como condición de pensamiento propio y condición de escritura. Leer mejor es leer para el desvío y la desobediencia. A riesgo de alguna herejía. Confieso que alguna vez he leído al pie de la letra. Confieso que he leído en estado de alienación. Afortunadamente sigo aprendiendo.

Confieso que por eso escribo. Confieso que no le rezo a ningún dios.


* Lila María Feldman.

Psicoanalista y escritora.

@lifeldman



Bibliografía general:


Aulgangier, Piera. “Los destinos del placer. Alienación, amor, pasión”. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1998.

Cicalese, Mercedes y Feldman, Lila: “De-castración

Martin, Laura y Ceccato, Melina. “La sagrada familia. ¿Está el incesto prohibido?”. Revista Topía

Muller, Eduardo. “La angustia de las influencias”. No rastreable. Publicado por el Colegio de psicoanalistas.

Neruda, Pablo. “Confieso que he vivido”. Seix Barral. España, 1984.

Rodriguez Costa, Luciano. “Los procesos de subjetivación en psicoanálisis. El psicoanálisis ante el apremio de una revolución paradigmática”. Editorial Topía. Bs. As; Junio 2023.

Rozitchner, León. Revista Topía Nº 48, noviembre 2006. Este texto fue leído en las Jornadas “Acontecimiento Freud” organizadas por la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), dedicadas al 150º aniversario del nacimiento de Freud, el 6 de mayo de 2006, disponible en https://www.topia.com.ar/articulos/edipos

Wiener, Gabriela. “Huaco retrato”. Random House. España, 2022.


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