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De-Castración II

  • hace 1 hora
  • 13 min de lectura

Crédito imagen: Karin Shammah


En esta artículo Feldman y Cicalese profundizan la importante puesta en cuestión del término Castración en la teoría psicoanalítica realizando, además, un aporte crucial para pensar el sufrimiento con otras coordenadas “en torno al eje amparo-desamparo, al desvalimiento constitutivo y sus derroteros interminables, al destiempo y la des-hora”


Mercedes Cicalese y Lila María Feldman*

 

En esta oportunidad, volvemos a escribir, volvemos a escribir para seguir pensando, luego de aquel escrito primero en el que nos propusimos comenzar a desmontar el término ‘castración’, bajar al santo falo de su pedestal como organizador del psiquismo y del deseo (¿un único deseo?), reaseguro de todo pensamiento posible y garante de una pretendida “pureza” del psicoanálisis. No se trataba, ni más ni menos, que de desmontar la falta sostenida en la idea de la diferencia sexual como ley esencial y trascendente. Doble movimiento:

1- interrogar la idea de “la” falta.

2- interrogar la idea de diferencia sexual entendida como reconocimiento de la castración y como condición de reconocimiento de toda diferencia. Es decir, desenlazar falta a diferencia sexual.

Deberíamos decir: triple movimiento,

3- dar una discusión epistemológica al interior del pensamiento psicoanalítico, una discusión tendiente a quebrar ese nexo-cerrojo entre pensamiento psicoanalítico y pensamiento patriarcal.

Ana María Fernández y Graciela Sikos, en el año 1979, se preguntaban: “¿Cuáles son las mutilaciones de la mujer occidental? ¿De qué resortes se vale nuestra civilización, sin lugar a dudas más sofisticada que la africana, para obtener resultados similares en cuanto a la opacidad del placer sexual de las mujeres? ¿A través de qué mecanismos se logra la mutilación de la sexualidad en un físico no mutilado?”. Algunos pocos años después, en 1982, Ana María Fernández lleva adelante un trabajo de importancia capital: “La diferencia sexual en psicoanálisis. ¿Teoría o ilusión?”. Allí la autora se pregunta desde qué campo epistémico es pensada la diferencia sexual en psicoanálisis. En principio, se trata de una diferencia situada, ubicada desde la posición de hombre, como medida de todas las cosas y como sinónimo de humano. Ese sitio androcéntrico organiza el campo desde el cual se piensan las diferencias, entre ellas la diferencia sexual, pero no únicamente. La colonialidad también se organiza desde ese mismo campo epistémico, en el que lo “diferente” es necesariamente subalterno, devaluado e inferior. Es así que hablar de diferencias supone en verdad no la posibilidad de contemplar diversidades de manera afirmativa sino más bien distancias respecto de la medida oficial. Es así que la diferencia sexual se establece como diferencia binaria, desigualada y jerarquizada, en la que uno de los polos representa el punto de positividad respecto del otro, entregado a la representación de carencia y déficit.

Lo Otro, desde este campo epistémico particular, está vaciado de positividad y potencia afirmativa, y está diseñado en función de lo que Luce Irigaray caracterizó como “ilusión de simetría”. La sexualidad femenina queda definida y delimitada desde la ilusión de simetría respecto de la sexualidad masculina, desde esos particulares parámetros. Cual si fuera su espejo, su par complementario en cuanto a realidades biológicas y reproductivas como en cuanto a realidades fantasmáticas.

Fernández sitúa -además- que lo universal se establece de la mano de una operación de generalización, se eleva a la categoría de universal, o estructural, aquello que es propio de un grupo humano y que responde más a factores culturales que a factores “naturales” o “esenciales”. Cada teoría tiene su propia distribución de visibles e invisibles, pero además inaugura una determinada prohibición de ver. Lo invisible no pertenece al territorio de lo opaco u oculto, escondido en alguna profundidad, sino más bien a lo interdicto, prohibido de ver aunque se encuentre a la vista de todxs.

Es de este modo que el “tener” queda asociado por completo a lo masculino y es denegado para las mujeres. Una teoría sexual infantil pasa a comportarse como uno de los pilares y fundamento -paradójicamente- de la teoría más revolucionaria con la que se atiende a los padecimientos humanos desde hace más de un siglo.

Escribe Ana María Fernández: “Dado que el cuerpo no se descubre, sino que se construye, entonces podríamos preguntarnos, como psicoanalistas, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué construye desvalorizadamente lo que sí tiene y se precipita a una envidia idealizante de lo que no tiene?”  (Ana María Fernández, 1982). Ahora bien, la teoría produce efectos subjetivantes particulares porque desde la atribución de la envidia del pene a las mujeres, los varones se reafirman frente a su propia angustia de castración, tanto como pueden desmentir sus propios deseos de ser penetrados, sigue diciendo Fernández. Añadimos que esto tiene consecuencias psíquicas, subjetivas y sociales, singulares y colectivas.

El clítoris pasa a ser un objeto prohibido para la teoría, sólo reconocido como equivalente infantil, menor y pasajero de la condición erótica de las mujeres, zona erógena a abandonar si se quiere avanzar por el camino de la salud, que por supuesto nos conduce a la maternidad. El clítoris, como equivalente despreciado del pene, sólo puede sostenerse desde aquella ilusión de simetría, nos sigue diciendo Ana María, leyendo a Irigaray. Zonas ampliadas y propias, afirmativas, de la sexualidad y el erotismo de las mujeres, vulva, labios mayores y menores, son opacadas o desmentidas, porque ya sabemos que lo nuestro es la carencia, y sus equivalentes fantasmáticos y concretos con los que podremos lidiar con ella, pero no tanto, salvo que nos arriesguemos a que se nos tilde de frígidas o fálicas.

Si Freud recurre a un naturalismo sostenido en la diferencia anatómica, Lacan recurrirá a un naturalismo simbólico. Paul B. Preciado lo dice de manera brillante y contundente:

“Queridos y queridas psicoanalistas lacanianos, no hace falta emprender tan alto vuelo hacia el orden simbólico si es para llegar a la misma conclusión que los grupos nacionalcatólicos españoles cuando afirman: que no te engañen, un niño tiene pene, una niña tiene vulva… y si las diferencias genitales no fueran el criterio de aceptación de un cuerpo humano en una colectividad social y política?”... y luego: “Ya no pueden volver a los textos de Freud o de Lacan como si hubiera en ellos un valor universal, como si esos textos no hubieran sido escritos dentro de la epistemología patriarcal de la diferencia sexual. Eso equivaldría a pedir a Galileo que volviera a los textos de Platón o de Ptolomeo. O exigir a Einstein que renunciara a la relatividad y siguiera pensando con la física de Aristóteles”. Por último, Preciado propone una crítica política de nuestros lenguajes y prácticas. Por cierto, desmontar la epistemología patriarco-colonial que sustenta nuestras teorías requiere, demanda, revisar no solo lo que queremos decir en realidad… sino lo que decimos.

Es precisamente en este sentido que no nos importaba únicamente revisar lo que “castración” quiere decir en la historia del psicoanálisis y aún hoy, incluso cuando ese término es defendido bajo el velo de “eufemismo”. Cuestionábamos el propio término, por empezar, y su reproducción naturalizada, cual si fuese inocua. Nos importa -nos sigue importando- entonces, contribuir a desmontar aquello que de nuestra teoría se ha constituido como dispositivo de inferiorización y pasivización de las mujeres, dispositivo de poder productor de violencia simbólica, y que sigue vigente, sostenido como núcleo duro psicoanalítico. La teoría psicoanalítica no ha sido tanto una teoría que implique la lectura crítica de las desigualaciones, que por supuesto son muy anteriores al surgimiento del psicoanálisis, tanto como sí ha sido un mecanismo reproductor de las mismas. El concepto de la castración es uno de sus engranajes, ese que consolida la representación de mujer como hombre inacabado o defectuoso.

El trabajo incesante de lidiar con la incompletud, con las faltas y también con los excesos, muchas veces traumáticos, es propio de cualquier existencia humana. La subjetividad se enfrenta siempre al trabajo de investir, representar, metabolizar, desear, bajo dos grandes coordenadas, y esto es algo de lo que hoy queremos plantear, que son las faltas y los excesos. No “la” falta pensada siempre satelital al “falo” como significante absoluto, sino -en todo caso- la dimensión de diferencias, sí, diferencias en plural.

Entre lo deseado y lo encontrado, entre lo que la ilusión engendra y las múltiples desilusiones y pérdidas a las que la vida nos confronta. En el desafío que siempre representa, de principio a fin, la alteridad, incluso la alteridad que a cada una, a cada uno, nos constituye y nos habita, incluso la diferencia al interior del propio género.

El destiempo, el desamparo originario y la alteridad son tres enormes fuentes y motores de trabajo psíquico, el trabajo de lidiar, procesar la conflictiva en la que nos enfrentamos a los excesos y las faltas. Las diferencias, múltiples, diversas e interminables.

Lo “intolerable” más que el descubrimiento de la diferencia sexual anatómica son los descubrimientos de las fallas, diferencias, distancias, que nos obligan a vivir en la tensión y en las frágiles y provisorias resoluciones que establecemos con nuestros vasallajes: el ello, el superyo… y la realidad.

También los excesos motorizan y marcan nuestros deseos y trayectos pulsionales, aquellos que, desde la violencia primaria y la intromisión que en los primeros cuidados se infligen, indefectiblemente, con carga erotizante. Pero además nos referimos a otros excesos, en tiempos en los que las consultas que recibimos tanto en el sector privado como en el sector público son, mayoritariamente, consultas en las que la violencia y los abusos representan un vector transversal a todas ellas.

Nos impulsa no únicamente el ánimo de dar discusiones teoricistas sino la inquietud por el vínculo entre teoría y clínica. Nos sigue impulsando la preocupación por el lugar que le damos a la realidad en cuanto al funcionamiento psíquico, el de nuestros pacientes, y el nuestro.

Nos proponemos compartir aquí un primer ejercicio, el de poner por escrito nuestros interrogantes e hipótesis, los que apuntamos hoy en las páginas cotidianas de nuestro quehacer como psicoanalistas.

Una primera pregunta es si es posible “despatriarcalizar” las lecturas que hacemos sin tocar ese elemento que es el de Complejo de Edipo – Complejo de Castración como elemento nodal y nuclear de la causación de las neurosis, elemento nodal de la estructuración psíquica de lo que llamamos -por lo general- “normal”. Un hereje atrevimiento. Pero ¿podemos leer diferente si no nos atrevemos a reescribir a partir de lo ya escrito?

A pocos días de que saliese publicado el artículo De-castración leímos una conferencia llamada “Edipos" que dio Leon Rozitchner en la EOL, en el año 2006.

Allí planteaba, junto a una lectura crítica de la castración, la posibilidad de reconocer diferentes mitos para pensar la producción de sujetos. Proponía un modo decolonial de leer el Edipo. Nos dice Rozitchner: “Para decirlo en pocas palabras, no creo que haya un complejo de Edipo universal, típico, que organiza los diferentes complejos parentales. Eso forma sistema con el  “mito científico” que Freud mismo describe. Tenemos entonces que pensar si esta concepción patriarcalista que aparece presente en el Edipo griego de Freud es una forma canónica con la cual pueda analizarse toda producción de sujetos en cualquier cultura humana por más patriarcal que esta sea. Si el papel de madre en los diversos mitos que nos son próximos fue considerado como determinando el sentido y la resolución de cada uno de ellos.”

 

Nosotras pensamos en términos de complejos parentales la diversidad y multiplicidad de complejos posibles, tantos como mitos fundantes hay propios de cada cultura. Complejos parentales que se sostienen en una invariante universal: la dependencia de la cría humana y su desamparo constitutivo.

Un complejo parental es una formación inconsciente, una precipitación de cifrados y enigmas que serán sostén y soporte de la “novela familiar”, esa novela que tiene mucho de tragedia y mito, precedida por las teorías sexuales infantiles, esas construcciones siempre singulares que anudan existencia, deseos y origen.

Se trata de descentrar el hegemónico punto de mira y la propia idea de centro.

 

Empezaremos por considerar el lugar que ocupa la temporalidad junto con sus des-horas[1] en la subjetividad humana, para también considerar cómo ha operado la temporalidad en nosotrxs, analistas. ¿Seguimos repitiendo nuestras letras sagradas, no ha pasado el tiempo?

Pensamos a las denominadas “fases” de la evolución libidinal como formas de establecimiento de un predominio alrededor de una determinada zona erógena, enclave pulsional y enclave de fantasmáticas.  Pensamos en términos diferentes al de un camino de sucesivas superaciones hasta arribar a la zona “correcta”, esa que libre y guarde a nuestra necesaria reproducción de la especie, tanto como a la reproducción de varones y mujeres bien hechos y derechos, es decir, heteronormados y guardianes de la heteronorma.

 

Hablemos de clínica psicoanalítica.

¿Es lo que se llama “Complejo de castración” el núcleo de los sufrimientos con los que trabajamos? ¿Es la diferencia sexual anatómica y-o simbólica sede de nuestras heridas y defensas que desde allí nacen y se movilizan, marca diferencial de lo representable y de lo irrepresentable para la vida psíquica?

Lo que observamos,  recibimos en nuestras consultas, es el sufrimiento que se despliega en torno al eje amparo-desamparo, al desvalimiento constitutivo y sus derroteros interminables, al destiempo y la des-hora. En todo caso, las innumerables diferencias a las que desde que nacemos nos enfrentamos.

Nos negamos a nombrar eso con la palabra “castración” y subsumir todo ese enormísimo movimiento en “la falta”, sellada al falo e instaurada como habilitadora y organizadora del deseo y sus avatares. Nos negamos a que la aceptación de la castración materna sea equivalente a aceptación de la realidad.

Se convierte en una nominación y una reducción insostenible desde la crítica epistemológica.

¿Cuáles mecanismos deben ponerse en marcha para que la aceptación de la diferencia sexual resulte “insoportable"? La teoría naturaliza, imprime destinos fantasmáticos desigualados y muchas veces psicopatologizados, decide acerca de la relación renegatoria frente a una realidad que se debe aceptar, decide sobre la relación con la realidad en torno al tratamiento que se haga de esa diferencia, mientras invisibiliza la dimensión política de la sexuación.

Entendemos el deseo como movimiento. Freud define el deseo como un movimiento displacer-placer y cuando habla de deseos y pulsiones utiliza la palabra moción. Moción es la acción y efecto de mover o ser movido. En las antípodas de  toda esencialización del deseo, tomamos la idea de movimiento.

Ana Berezín en "Trauma y tiempo. El oficio de analista en tres generaciones" plantea que los encuentros con el mundo desde la prematurez constitutiva y en la infancia siempre ocurren bajo el signo de lo excesivo.

El exceso es traumático pero a su vez es el gran desafío para la potencia deseante humana que promueve las situaciones de placer, de constancia, de cierto equilibrio, la búsqueda de abarcar en algún grado ese mundo complejo y diverso.

Cuestiona como insuficiente definir la constitución  del deseo a partir de una falta.

En sus escritos Freud habla de una fuerza libidinal que potencia y se anuda a través del trabajo de representación. Es decir, lo pulsional y lo deseante se anudan a través de ese mundo representacional que hace a nuestro trabajo psíquico permanente.

Eros y Tánatos organizan un campo de tensiones irresolubles. Es en ese campo de tensiones y en la composición con otros, donde la potencia deseante se despliega, entre investiduras y desinvestiduras, corrientes plurales de la vida psíquica.

La organización de deseos y prohibiciones, renuncias y habilitaciones que el comienzo de la pubertad sella y la experiencia adolescente recorre, no se articula necesariamente en esos  complejos.

Sí se despliegan respecto de la resolución de deseos incestuosos y encrucijadas identificatorias que el empuje a la exogamia con sus deseantes enigmas e investimientos, y con el abandono de las ilusiones infantiles, motorizan.

De hecho, en la clínica, territorio privilegiado de pensamiento, notamos que es el trauma y sus esquirlas y avatares, lo que predomina en cuanto a sufrimiento por el que se consulta

 

Un aspecto que no podemos soslayar son las condiciones que en el espacio social histórico obstaculizan o posibilitan el trabajo singular con lo traumático. Específicamente nos referimos a las condiciones de inscripción y existencia de los traumatismos en el imaginario social.

En nuestra historia reciente tenemos el aporte de los psicoanalistas que trabajaron en los organismos de Derechos Humanos que han dado cuenta de los cambios en los procesos de trabajo con las victimas del terrorismo de Estado, en un tiempo donde esos espacios eran los unicos confiables en la medida en que reconocían la existencia de lo que estaba ocurriendo. El Juicio a las Juntas, los juicios de lesa humanidad y las políticas de memoria en su conjunto han sido y siguen siendo claves respecto de la consideración y abordaje de lo traumático.

Del mismo modo, aquellos equipos que trabajaron -en un inicio en los 90 en la provincia de Buenos Aires- con ex combatientes de Malvinas. En pleno tiempo de desmalvinización posibilitaron el giro que operó a partir del reconocimiento de la figura de ex-combatientes, y luego, con la instauración oficial del 2 de abril como día recordatorio, que impactó en la reducción de la sangría de suicidios.

Las denuncias de abusos sexuales acompañadas por colectivos feministas, la sanción y en algunos casos, las condenas a los abusadores, generó la posibilidad en el espacio social de que algo silenciado, invisibilizado tuviese la chance de ser dicho y ser creído. También allanaron el camino el trabajo que algunxs pocxs  psicoanalistas empezaron a realizar desde hace décadas, asistiendo en la clinica y teorizando sobre el abuso sexual infantil.

Los abusos en la infancia y en la adolescencia, las violencias abusivas,  las reviviscencias, y recuerdos fragmentarios de abusos acontecidos en el pasado, atraviesan las consultas actuales, en los centros de salud, en los hospitales y los consultorios.

Nos preguntábamos por el lugar que le damos a la realidad en nuestra tarea y  en el funcionamiento psíquico, es necesario detenernos en este punto, especialmente en relación a los abusos.

Consideramos que es importante diferenciar lo traumático constitutivo de lo traumático causado por el abuso y la violencia sexual. Hacemos esta distinción porque en algunas lecturas esta diferenciación se desdibuja provocando una “confusión” que en la clínica re traumatiza o abona la desmentida.

Durante muchos años y aun en la actualidad, fue y es común escuchar en el ámbito psicoanalítico, frente a un relato de incesto o abuso algo que se enuncia aproximadamente de la siguiente manera: “Más allá de que el abuso haya ocurrido, nosotros trabajamos con la realidad psíquica”. Como si el concepto de realidad psíquica excluyese y fuese indiferente a lo realmente acontecido, convirtiéndose en un artilugio renegatorio, produciendo una asimilación entre trauma y fantasía con enormes consecuencias iatrogénicas para lxs pacientes.

En cuanto a la desmentida de los abusos, que no son excepciones por lo visto, nos encontramos con dos formas igualmente catastróficas. La que desmiente el suceso ocurrido, y la que lo admite o reconoce pero restando su valor o naturalizando y alterando su sentido. Estas dos formas comparten una raíz negacionista.

Es también la experiencia clínica la que nos empuja a preguntarnos por el lugar que ocupa la “prohibición del incesto” en nuestra cultura y en la vida psíquica. A preguntarnos por el lugar que ocupan las prohibiciones y renuncias en general, en tiempos en los que se propone una doble exigencia: la de deseo ilimitado y de invitación irrestricta al consumo, mientras se impone un impedimento creciente.

Nuestras vidas transcurren al compás de esa propuesta que la cultura -cada vez más- reúne: todo es posible, todo está al alcance, al mismo tiempo que los impedimentos, pauperizaciones y restricciones avanzan, crecen. En el medio, o al mismo tiempo, la pregunta es por el lugar que ocupa la propia renuncia, el lugar en el que prohibición y límite pueden inscribirse en cada psiquismo. El incesto, por empezar, pero no únicamente.

Mientras los abusos y ataques incestuosos son moneda corriente y un vector transversal a la multiplicidad de complejos parentales, no solamente el de Edipo, que constituyen subjetividades, nos preguntamos, y dejamos la pregunta abierta, cómo pensar la prohibición del incesto y su operatoria en una cultura que la afrenta, reniega de ella, conformando no ya un “malestar en la cultura” sino un horror en la cultura. No queremos una teoría ni una práctica que se plieguen a los silencios, complicidades y naturalizaciones sino que trabajen para desmontarlos.

Una y otra vez.

 

 

 

 

Bibliografía:

 

-Berezin, Ana N. (2025) Trauma y tiempo. El oficio de analista en tres generaciones. Buenos Aires. Ediciones La Cebra. (Libro escrito junto a Mariana Wikinski y Lila María Feldman).

-Castoriadis-Auglanier Piera (1991) La violencia de la interpretación. Buenos Aires. Amorrortu Editores.

-Ceccato, Melina y Martín, Laura (2023) “La sagrada familia. ¿Está el incesto prohibido?”. Revista Topía.

-Feldman, Lila y Cicalese, Mercedes (2022) “De-Castración”. Publicado en el “Rumor de multitudes” Diario El Salto (España) y luego en el Blog Lobo Suelto.

-Fernández, Ana María (2021) Psicoanálisis. De los lapsus fundacionales a los feminismos del siglo XXI. Buenos Aires. Paidós.

- Méndez Maria Laura y Farneda Pablo (2025) Lecturas de Spinoza. Perspectivas epistemológicas para pensar lo vincular. Buenos Aires. Ediciones Conjunto.

-Pontalis, J-B. (1978) Entre el sueño y el dolor. Buenos Aires. Editorial sudamericana.

-Preciado, Paul B. (2020) “Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas”. España. Editorial Anagrama.

-Rozitchner, León.(2007) Edipos. Revista Topía. Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura. Buenos Aires.

 

 

*Mercedes Cicalese es psicoanalista y psicodramatista. mercedescicalese@gmail.com

Lila Feldman es psicoanalista y escritora. feldmanlilamaria@gmail.com


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Término que acuñó Ana N. Berezin en “Trauma y tiempo. El oficio de analista en tres generaciones”.

 
 
 

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