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Pan, queso

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Carla Menchi y Rebeca Faur, compañeras de equipo en el Centro de Salud Mental Ameghino, nos muestran su juego. Un escenario no neutral, una labor que "tiene un costo físico y emocional que no aparece en los organigramas", pero también "la posibilidad de pensar con otros, de sostener preguntas que nadie podría resolver solo, de construir pequeñas invenciones colectivas en una cancha embarrada, frente a problemas que exceden a los campos disciplinares aislados."




por Carla Menchi y Rebeca Faur*


Pan, queso, pan, queso, pan… elijo a… Desde la infancia armamos equipos: para jugar al fútbol, al delegado, para hacer un trabajo práctico del colegio, para trabajar. Pero, ¿qué hace a un equipo? Cuando podemos elegir, ¿por qué elegimos a quien elegimos y no a otra persona? Elegir (o ser elegidos) siempre tuvo algo de juego. Y cuando no se puede elegir, ¿es posible llegar a armar equipo? Quienes optamos por trabajar en salud pública, ¿por qué lo hacemos? ¿Por la estabilidad de la planta? ¿Por seguridad? ¿O porque acá hay más cancha para jugar, inventar, cranear con otros?

Cuando podemos elegir, algo del juego se cuela en esa decisión. No siempre es el recorrido o el currículum lo que termina de inclinar la balanza. A veces es un guiño, una frase dicha en el momento justo, una risa compartida frente a algo que no todo el mundo hubiera encontrado gracioso. Una mirada cómplice que dice, sin palabras, que del otro lado alguien va a seguir el juego. Que se va a copar. Elegimos, también, a quienes intuimos que van a entrar en la escena con nosotros.

Pero esa escena del juego nunca ocurre en el vacío y esa elección nunca es tan libre como parece. Ya estamos dentro de un campo con historias, jerarquías, afectos y lenguajes compartidos que nos orientan antes de que decidamos. Y en ese sentido, la distancia entre elegir y no poder elegir es menor de lo que creemos.

En el trabajo institucional, esto se vuelve aún más evidente. En las instituciones públicas el equipo rara vez surge de una elección libre. Más bien aparece como un encuentro forzado entre trayectorias, saberes y tiempos distintos. No se elige con quién se comparte una guardia, la reunión o una admisión. Sin embargo, podemos pensar que esa ausencia de elección no impide la construcción de un equipo. En muchos casos, la vuelve más interesante.

En ese escenario, trabajar en salud pública no es neutral. Tiene un costo físico y emocional que no aparece en los organigramas. El cansancio, la demanda infinita, la complejidad de los problemas, la escasez de recursos. Todo eso forma parte del campo. Aun así, algo hace que muchos elijan quedarse. No por la estabilidad laboral, cada vez más ficticia, sino por la posibilidad de pensar con otros, de sostener preguntas que nadie podría resolver solo, de construir pequeñas invenciones colectivas en una cancha embarrada, frente a problemas que exceden a los campos disciplinares aislados.

Es ahí donde la idea de equipo deja de ser obvia. Pichon-Rivière plantea que un equipo no se define simplemente por la suma de personas que trabajan en un mismo lugar, sino por la posibilidad de construir una tarea común, y que el grupo se organiza alrededor de una tarea explícita, pero también de múltiples tareas implícitas: resolver ansiedades, negociar lugares, tramitar diferencias. Dicho de otro modo, un equipo no se arma solo para hacer algo; también se arma para soportar juntos lo que ese hacer despierta.

Pero que un equipo pueda pensarse de ese modo no garantiza que efectivamente funcione así. A veces el equipo no llega a armarse, o se desarma antes de tiempo. Cuando el diálogo se vuelve monólogo, o directamente desaparece. Cuando no hay reciprocidad, cada uno en su carril, haciendo lo que se supone que tiene que hacer, y salirse de eso es un sacrilegio o un fastidio. Cuando el trabajo se vuelve burocrático, previsible, y la pregunta que incomoda no tiene lugar porque ya se sabe de antemano lo que se puede y lo que no. Es un poco como cuando alguien abandona el juego justo antes de que se defina la partida — algo se corta, y lo que quedaba por construir se queda sin campo.

Pero hay algo más que ocurre cuando un equipo funciona de verdad, algo que se parece menos a la gestión y más al juego: la posibilidad de que una conversación abra lo que parecía cerrado. No porque alguien tenga la respuesta, sino porque pensar juntos genera algo que ninguno traía por separado. Las situaciones se mantienen vivas, se sostienen abiertas el tiempo suficiente para que aparezca una figuración nueva — una forma de ver, de hacer, de crear que no existía antes de pensar juntos. En ese sentido, un equipo no solo resuelve problemas: a veces los transforma. Y al transformarlos, transforma también a quienes participan.

Esto se vuelve posible cuando hay espacio para lo que todavía no tiene nombre. Para la pregunta que incomoda, para la duda que no parece técnica pero abre una puerta. Sostener esos momentos — no apurarse a cerrarlos — requiere de una habilidad que los equipos construyen con el tiempo: la de tolerar la incertidumbre juntos. No como resignación sino como una decisión colectiva de no saber todavía, de dejar que la situación se construya antes de que alguien la clausure. Implica, también, animarse a entrar y quedarse en lo que todavía no tiene forma. Como el "dale que…" de la infancia: ese acuerdo tácito para entrar juntos en una escena que todavía no existe, creyéndosela a fondo, sabiendo al mismo tiempo que es un juego. Esa realidad a medias solo se sostiene si el equipo la sostiene junto. Ahí, en ese borde, suele aparecer lo más creativo.

Un equipo que logra, aunque sea de a ratos, distribuir el peso — donde alguien puede decir "no puedo con esto" sin que eso sea un fracaso o una traición — quizás esté construyendo algo más raro: un espacio donde mostrarse vulnerable no cueste demasiado, donde esa vulnerabilidad se vuelva un tesoro, una condición de posibilidad. Un lugar donde no hay que defenderse. No es poca cosa en instituciones donde el espacio puede volverse hostil rápido, donde aprendemos antes a blindarnos que a mostrarnos. Es ahí, en esa seguridad sostenida entre todos, en ese permiso para humanizarnos, donde algo se habilita: la pregunta descolgada, la idea a medio formar que alguien se anima a tirar. Crear. Jugar de verdad.

Volviendo al juego infantil: cuando decíamos "pan, queso", la elección parecía clara y rápida, aunque seguramente no sencilla. En el trabajo institucional, en cambio, el equipo no siempre se elige. A veces se construye lentamente, en el roce cotidiano, en las discusiones de pasillo, en los encuentros improvisados, en la cola para sacar agua del bidón. Ahí, sin agenda, aparece el equipo. No como estructura sino como algo más parecido a una red que se tensa, se afloja, falla y se rearma, que sostiene. Quizás ahí aparece algo de su potencia: descubrir que, incluso cuando no elegimos el equipo, sí podemos elegir cómo jugar juntos.




*Compañeras de equipo en el Centro de Salud Mental Ameghino.

 


 
 
 

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