El inconsciente, esa política



El presente texto apunta a interrogar un nexo entre política e inconsciente que no sea ajeno al psicoanálisis. Para ello, será menester no permitir que la pregunta caiga en una relación de conocimiento, oposición clásica entre sujeto y objeto. Es extraño el placer que obtenemos de creernos máquinas, la insistencia que solemos poner en nuestras determinaciones. Intentaré un recorrido en abstinencia.


por Manuel Rial*


A partir de los sucesivos encuentros con los compañeros del laboratorio me hago una idea respecto a la inquietud que habita el sintagma “politizar el inconsciente”, la cual encuentro que no coincide con aquello que podría designarse como “política del inconsciente”.


La idea de “politizar”, “volver político”, puedo pensarla como aquella tarea de dar efectividad en la esfera del orden político a algo que pareciera estar sustraído de la misma. Así, lo inconsciente aparece como una dinámica particular de la cual se indica que opera en la constitución de las regulaciones, normas y relaciones entre las personas en el ámbito social. He dicho dinámica, pero existe la posibilidad que se intente hacer participar lo inconsciente a título de “cosa”, elemento más o menos objetivo a considerar o incluso calcular en aquellas relaciones sociales. Por otro lado, que el inconsciente deba ser politizado podría obedecer a que se trate de algo que a priori no perteneciera a la esfera política y fuera preciso un ejercicio intencional para su inclusión. Podría también ser el caso, dado la particularidad de lo inconsciente y que lo diferencia de otros elementos en juego, que estuviera siempre ya incluido y que de lo que se tratara fuera de… hacerlo consciente.





En este esquema, el “sujeto” opera desde el exterior constituyendo el campo político y así tiene una relación de exterioridad con el inconsciente de tal suerte que desde su consciencia pueda observar, considerar, calcular el inconsciente entre otros elementos que ha metido en aquél campo.


Tanto si se piensa la inclusión como una operación del “sujeto” que constituye el campo o como una “revelación” de lo que estaba allí pero sin saberse, el resultado es el mismo: la desaparición de toda la especificidad del inconsciente psicoanalítico y su absorción en el conjunto de los saberes y “cosas” objeto de conocimiento.


Encuentro que esta burda esquematización me permite precisar el problema, lo que es problemático para mí al menos, al intentar pensar una articulación entre política e inconsciente. Retomo aquella diferencia planteada de inicio: el sintagma “política del inconsciente” creo que puede leerse en un sentido tal que el Ics sea el resultado de cierta política. Y pienso aquí política como una posición con respecto a la polis, a la cultura, la civilización, etc. Estoy utilizando los términos (sujeto, Icsc, Política, etc.) de manera intuitiva:





El problema que observo y que requeriría precisiones es el hecho de que en este esquema habría un sujeto previo a la posición o política que constituye el Ics inconsciente y su retorno cuando lo que me gustaría pensar es que sujeto y elección/posición/política son equivalentes. Sí habrá que hablar de una virtualidad o potencia de elección, por qué no llamarla libertad, como posibilidad siempre abierta. Esta libertad anterior a la consciencia aparece como una responsabilidad intransferible, “nadie puede morir la muerte de otro” (Heidegger) pero también nadie puede desear/gozar en mi lugar, vida y muerte son en cada caso la mía. La violencia constitutiva del estado de excepción que constituye Inconsciente y Política obedece a un “sueño de eternidad” (Lacan) o de quiasma Sujeto-Otro graficado en la alethosfera lacaniana que constituye un sujeto resistente (al deseo y a la realidad). En este sentido, creo que quizás lo que pueda devenir consciente es la política misma, la elección, en el punto en que no se sueña con un “Todo es político”; en todo caso podrá devenir político al producir realidad (la acción específica, Freud). Politizar el inconsciente sería así el cuidado de una esfera heterogénea al socius y su posibilidad de actuar cuando la situación lo permita.




En cierta ocasión Jacques Lacan enunció, en su estilo aforístico, “el inconsciente es la política”. Lo cual me parece bastante distanciado de decir que el inconsciente es político. Como siempre de un sintagma aislado pueden extraerse las conclusiones más variopintas y hasta opuestas, no entraré en disquisiciones respecto a la definición de inconsciente o de política para así reponer un supuesto significado verdadero. Más bien aprovecharé la ocasión para seguir hablando, escribiendo, o como se quiera. El inconsciente es la política de la cual soy siempre responsable, más aparatosa cuanto menos quiera saber de ello. Esa toma de posición es lo único que merece el título de individual. Que más acá o más allá existan determinaciones, mecanismos, máquinas, no podrá exculparme de tener que sostener esa individualidad con el cuerpo (y es la histeria), con la mente (y es la obsesión), con el temor (lo que se llama fobia). incluso con la fragmentación o la persecución (esquizofrenia o paranoia). Digo entonces que la política rechazada, abandonada al inconsciente, se vuelve aparato psíquico-burocrático, esfera donde nos convertimos en sujeto (vale decir, nos dividimos) y actuar, no es posible, incluso si pudiéramos (Fisher).


Lo individual cambia de naturaleza hacia arriba (hace grupo, masa) y hacia abajo (se dispersa en una red de significantes). Pero nuestra participación, política, infesta esos en-síes (Sartre), de manera más dramática cuanto menos advertidos. De allí que pueda corregirse con Lacan a Spinoza y decir que el deseo es la esencia… de la realidad. Mejor si es práctica que psíquica, realización que fantasía. Sobre todo cuando el desconocer la participación, nuestra política, hace que no se separen esas realidades y todo deviene psíquico, el mundo es interpretado fantasiosamente para sostener el deseo en formas enredadas e insatisfactorias. Quizás entonces, se trate menos de politizar lo inconsciente que de habilitar una política individual. De otra manera, la pérdida de esta individualidad nos entrega a las promesas de recuperación masificadas y sintomatizadas: máquinas imaginarias y simbólicas. Conviene una política real.


* manu.r1990@gmail.com