Instrucciones para transformar un concepto en herramienta

Actualizado: 19 mar

por Manuel Murillo*


El propósito de este escrito es reflexionar sobre el carácter instrumental de los conceptos en psicoanálisis. ¿Qué significa o qué sentido tendría considerar los conceptos como herramientas? Lo que supone un problema epistemológico, pero sobre todo político: aquel relativo a la transmisión y la formación en psicoanálisis; los presupuestos bajo los cuales nos analizamos, supervisamos, estudiamos y practicamos nuestro oficio.


El propósito de este escrito es reflexionar sobre el carácter instrumental de los conceptos en psicoanálisis. Para ello voy a sugerir de inicio al lector/a una especie de ejercicio o juego: preguntarse por la actitud y relación que establece con los conceptos psicoanalíticos; y en algún sentido, por extensión, con el saber o conjuntos de saberes –nociones, conceptualizaciones, modelos, teorías– que esta disciplina supone.

Esta pregunta disparadora puede servir de plataforma a muy diversas consideraciones. De todas ellas quisiera detenerme aquí en una: considerar que los conceptos dan cuenta de un objeto –experiencia analítica, transferencia, aparato psíquico, estructura, sujeto, etc.– y/o considerar que los conceptos sirven para intervenir sobre un objeto.

Creo que de aquí se derivan dos dimensiones de vinculación –relaciones, actitudes– que suponen muchos efectos en nuestra experiencia: vínculos con los conceptos, con los pacientes, con los colegas, y, por tanto, los grupos y las instituciones psicoanalíticas.

Lo propongo bajo forma “y/o” para alojar las múltiples conjunciones y disyunciones que pueden darse para cada analista en esta relación. La idea de “dar cuenta” refiere también a expresar, nombrar, formalizar, ya sea que consideremos esto como un intento más o menos logrado o exitoso por parte de nuestra disciplina. Por otro lado, bajo el supuesto de intervenir, no se trata tanto de dar cuenta o nombrar algo sino de servir, aparecer bajo la forma de un útil, una herramienta.

El primer aspecto –nombrar– concierne predominantemente a un problema de tipo epistemológico. El segundo –servir–, en cambio, nos remite a un problema predominantemente político. En este caso, relativo a la transmisión del psicoanálisis y la formación de los analistas. A saber: cuáles son los presupuestos bajo los cuales nos formamos, nos analizamos, supervisamos y estudiamos. Y a partir de todo ello, trabajamos con pacientes.

El problema epistemológico remite a la querella de los universales, que ha atravesado toda la historia de la filosofía occidental. Y del que han salido las tradiciones nominalistas, idealistas, realistas, dialécticas, materialistas. ¿En qué medida es posible construir universales –en el tiempo y el espacio– de entidades o existencias que son siempre particulares, terrenales? Incluso: ¿qué nos autoriza o habilita a pensar que esas entidades de las cuales versan los conceptos realmente existan, preexistan al concepto o sea éste el que las engendra? Para figurarlo con un interrogante filosófico muy conocido, podemos recordar la pregunta por el ruido que haría –o no– el árbol que cae en un bosque, en que no haya nadie para oírlo.

En una o dos oportunidades he oído en nuestro medio analítico –y el lector podrá recordarlo también si le ocurrió– una suerte de transposición de esta pregunta al psicoanálisis. La idea de que los griegos tenían inconsciente –actos fallidos, síntomas–, pero dado que aún no había sido inventado el psicoanálisis, no había ningún analista que pudiera oírlos, o sancionar alguna lectura. Pero también la posición contraria: que, dado que no había analista allí, no se trataba entonces de una formación del inconsciente en sentido estricto.

En Freud mismo podemos leer diversas posiciones que va tomando en la materia, muchas de ellas próximas al idealismo kantiano. Pensar, por ejemplo, que no accedemos como tal a lo inconsciente, pero que tenemos noticias suyas a partir de sus efectos o manifestaciones. Desde esta perspectiva no interesa tanto debatir si lo inconsciente como tal existe o no, sino que es una conjetura o hipótesis que sostenemos a partir de un conjunto determinado y situable de fenómenos: síntomas, actos fallidos, olvidos, chistes.

Habiendo dicho esto, la perspectiva que me interesa no implica tomar alguna posición filosófica o “psicoanalítica” respeto de este debate. Recuerdo aquí las palabras de Gastón Córdova, que con poesía y humor puso a jugar las ideas de Heráclito con el lacanismo: “Nadie se baña dos veces en el mismo seminario.” Quisiera señalar el obstáculo que supone para nuestro oficio quedar encerrados en este debate, y obviar el otro vector que he llamado instrumental.

¿Qué significa o qué sentido tendría considerar los conceptos como herramientas? Voy a recurrir aquí a una metáfora mecánica. El campo de la mecánica supone un conjunto de objetos, funcionamientos, piezas, mecanismos y sobre todo herramientas. Difícilmente un mecánico pueda intervenir sobre ningún objeto simplemente con sus manos. Debe irremediablemente servirse de herramientas. Consideremos por ejemplo un destornillador. Existen destornilladores de diferentes formas y medidas, estandarizadas o universales o tan singulares que no pueden sustituirse por otros. En cualquier caso, se supone que determinado tornillo deberá aflojarse o apretarse con una forma y medida particular de destornillador.

En algún sentido así opera también un psicoanalista con sus conceptos. Pero con un añadido, que es lo que me interesa resaltar. Los conceptos psicoanalíticos no son herramientas acabadas, sino muy rudimentarias, precarias, frágiles, que deben terminar de ajustarse, pulirse, adaptarse al uso en cada caso.

No creo que esto ocurra solamente con los conceptos en psicoanálisis. Muy probablemente sea la situación de muchas ciencias, si no de todas. En definitiva, y volviendo sobre la dimensión epistemológica, estamos ante la diferencia que la tradición dialéctica estableció entre lo particular y lo singular. Pero más allá de esto, y situando la reflexión en nuestro campo, no hay duda que esta es una característica determinante de nuestros conceptos. No existe entre las presentaciones clínicas que recibimos en consulta y la teoría que disponemos una relación fluida y acomodada. Por el contrario, lo que se da entre ambas instancias es una situación de mucha artesanía: ajustes, desajustes, aplicaciones parciales, impugnaciones, revisiones, invenciones.

De este carácter rudimentario de los conceptos hay otro aspecto muy importante a señalar: los límites que tiene cada concepto. Esto punto nos remite también a la consideración epistemológica, donde podemos preguntarnos si sabemos por ejemplo lo que es el inconsciente, si entendemos lo que Freud intentó transmitirnos con este término, si los post-freudianos entendieron bien o mal esa idea, etc. Muchos de nosotros –formados como psicoanalistas, o en psicoanálisis– nos hemos preguntado, y lo seguimos haciendo, si hemos comprendido o no el sentido de nuestros conceptos. Y seguimos estudiando, profundizando, bordeando la cuestión. Creo que como psicoanalistas sólo llegamos a captar cabalmente el sentido de un concepto cuando alcanzamos a comprender su límite, su falla, su punto ciego, o donde ya no sirve. En este punto, un concepto no queda necesariamente en crisis, aunque eso puede suceder. Pero lo que ocurre antes es que advertimos hasta donde llega, dónde termina, y eso nos permite saber qué uso podemos hacer de él, y cuáles no. Y, por otro lado, en función de este límite, un concepto puede ser articulado y/o relevado por otro, de la propia disciplina o de otra disciplina próxima a la materia –psiquiatría, medicina, sociología, historia, economía, etc. A la inversa, mientras no sentimos ese límite, podemos estar siempre bajo el influjo de una doble fantasía: la potencia ilimitada del concepto y lo que nosotros aún no sabemos de él. Con ese efecto de prestigio y prestancia que supone todo grado de fascinación por una teoría.

La dificultad de poder analizar las dimensiones instrumentales de un concepto –sus alcances y límites– da lugar muchas veces a algo que Alejandro Vainer (Al rescate de la técnica psicoanalítica) llamó un “desvío teoricista”: el analista relativamente desconectado del valor instrumental de sus conceptos, y preocupado mayormente por su sentido, significado, lo que termina por hacer es intervenir desde la teoría. Lo voy a caricaturizar, pero no tanto, porque estas situaciones son muy frecuentes: cuando un analista cualquiera le pregunta a un paciente cualquiera “¿y usted qué tiene que ver en esto que le pasa?”. No creo que el concepto de “implicación subjetiva” sea malo o tenga un problema. Pero el punto de interés radica en que ese concepto pueda ser usado y de maneras que irremediablemente deben ser singulares para cada analista, cada transferencia y en cada caso.

Vainer sitúa además otro desvío, al que llama “desvío practicista”, donde lo que ocurre es que se interviene aplicando recetas. Esto se advierte muchas veces cuando hacemos intervenciones que hemos extraído de nuestro propio análisis, que hemos oído de un colega, en un espacio de supervisión, etc. A veces sorprende lo literal de esa extracción, una suerte de copy-paste de la interpretación. Por un lado, me parece natural y hasta amoroso que en una comunidad las herramientas puedan circular, transmitirse. Pienso sobre todo en todas las marcas que deja el propio análisis en el armado que un analista hace de sus herramientas. Pero cabe diferenciar el trabajo imaginario, identificatorio, mimético de este proceso de otra cosa que podría ser quedar fijado a conceptos que no son herramientas sino recetas, fórmulas, o mantras.

Además de estos dos efectos de desvíos, ocurre en nuestra formación y nuestra práctica un efecto de disociación, que hace nuestro trabajo aún más imposible de lo que ya es. Me refiero aquí a un imposible que se vivencia con fastidio, tedio, desgano y rechazo. Me parece algo muy natural, porque equivale a la situación de un mecánico que debe intervenir sobre un objeto, pero sin herramientas. Con el añadido de que ese “objeto” esta sufriendo y transfiriendo ese malestar al analista. De esa manera todo trabajo creativo posible con sus aspectos de artesanía y desafío resulta aplastado, y lo único que resta es intentar aplicar abstractamente, forzadamente las teorías o las recetas. Otto Fenichel (Problemas de técnica psicoanalítica) sugirió para esto una metáfora muy gráfica, retomando la primera idea freudiana del tema: es como si un médico cirujano pusiera mucho esmero en el conocimiento de la anatomía del cuerpo humano, pero se desinteresara por la técnica quirúrgica. Le será muy difícil, si no imposible, operar. En nuestras prácticas esto se expresa de múltiples maneras, pero tal vez la forma más extrema es aquella en la cual atendemos con lujo de detalle, lupas muy finas a cada palabra que dijo el paciente, consideraciones sobre la estructura o episodios de su infancia, pero desatendemos el único elemento que podrá darnos una entrada y una salida de cada situación analítica: la transferencia.

Continuando con el ejercicio de preguntarse por la relación singular, libidinal, fascinada, desilusionada, etc., que cada analista establece con los conceptos, podemos añadir otro punto. Tomando la expresión “caja de herramientas” de Michel Foucault, que resuena además con la “caja de juegos” que introdujo la clínica de niños: ¿cuál es el set de herramientas con que trabaja cada analista? ¿De qué manera se ha constituido esa caja, a partir de las marcas de su propia formación (análisis, supervisión, estudio)?

Intercambiando con colegas me ha sorprendido lo disímil y dispar que puede resultar esta caja. Conceptos que podrían suponerse nucleares o medulares para la teoría de un maestro, pueden ser soslayados por un practicante de ese paradigma. Uno puede servirse de recursos que provienen de una etapa de la obra de un autor, mientras otros ignorarlos y servirse de otra etapa. No pienso que esto sea un problema en sí mismo. Como tampoco supongo que debamos pensar en una suerte de caja absoluta o total de herramientas de las que todos tengamos que servirnos por igual. Pero lo que quiero señalar es la existencia de esta caja, siempre hecha de recortes singulares (selecciones, usos), y que muchas veces opera de manera inadvertida para un psicoanalista, bajo la suposición de que todos trabajamos con los mismos conceptos porque compartimos una disciplina o unos paradigmas.

Esta caja es siempre singular, en al menos dos sentidos: es una caja que inexorablemente debe armarse cada analista en el recorrido de su formación, como asimismo debe adiestrarse en la tarea más artesanal de ajustar, adaptar esas herramientas; es también una caja que se arma en cada análisis, poniendo a prueba, en cuestión, y ensayando qué herramientas requiere cada situación analítica.

Si se me permite recuperar el humor, la ironía y la seriedad con que Cortázar escribió sus “Instrucciones para llorar”, “Instrucciones para subir una escalera”, “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”, podríamos formular aquí las instrucciones para transformar un concepto en herramienta. Debe intentarse dejar en un segundo plano, aunque no hacer desaparecer, la preocupación por el sentido o significado del concepto; la pregunta ¿qué es? Y llevarse a un primer plano el ejercicio instrumental. Dado un concepto, podemos preguntarnos ¿para qué sirve? Y dada una situación analítica cualquiera, podemos preguntarnos ¿qué herramientas podrán servirnos aquí?


*Psicólogo / psicoanalista: manuelmurillo@psi.uba.ar