La paja como analizador del problema de la libertad en psicoanálisis


¿Podría la paja, el vicio solitario, la Cenicienta de la sexualidad, servir como analizador de un tema tan sublime como el de la libertad en psicoanálisis? Jorge N. Reitter no sólo que lo propone, sino que en el mismo guiso mete el matrimonio igualitario, la crianza de los niñes y hasta al mismísimo Beethoven. Pasen y lean.



Artículo basado en la intervención en el Conversatorio ¿Qué de la libertad es posible desde la perspectiva del psicoanálisis?, organizado por Lacan Big Data, el 17 de julio de 2021


Alguien en las redes sociales se quejó del título del Conversatorio, dijo que en su sintaxis copiaba estructuras gramaticales del francés que no significan nada en español. A mí me parece que los idiomas se fecundan mutuamente, y que así mutan y se enriquecen. Y me agrada la pregunta tal como está formulada. Me gusta porque en ese “qué de” asume que se trata de algo de libertad, y nos corre de la idea narcisista, omnipotente, de libertad absoluta, de poder hacer lo que uno quiere en términos no determinados. Pero también asume, o al menos deja abierta la posibilidad de, que la palabra libertad tenga un sentido desde la perspectiva del psicoanálisis.

Por supuesto que “libertad”, como toda palabra, tiene muchos sentidos, y dependerá del contexto discursivo, pero también del contexto cultural, institucional, de relaciones de poder, qué sentido se le esté dando. Las libertades que garantiza la Constitución, por ejemplo, no garantizan que un sujeto las pueda asumir. Digamos que están las libertades que nos dan, y están las libertades de las cuales podemos hacernos cargo, incluso de las que podemos gozar, o las que podemos conseguir, más allá de las que nos otorgaban. Por ejemplo, la libertad de casarse con una persona “del mismo sexo” hubo que conseguirla, pero podemos imaginar perfectamente a alguien que deseara ejercerla y no lo hiciera por miedo al rechazo y la hostilidad de sus seres queridos, o de su entorno.

A mi modo de ver, como psicoanalistas lo que más nos interesa es la libertad desde el punto de vista del sujeto. Supongamos que vamos a llamar libertad a la capacidad de hacer lo que uno quiera. Es una definición muy simple y, sin embargo, desde el punto de vista de la experiencia del análisis, tiene su complejidad. Es complejo lo del “uno”, quién sería ese sujeto de la libertad, y sobre todo si es un sujeto unitario, y es complejo el “quiera”, ya que cualquiera que haya pasado por la experiencia de un análisis, o posiblemente todo el mundo, se da cuenta de que no es nada simple la afirmación “quiero esto”, o “no quiero esto”.

Ilustrémoslo a través de la paja. Vamos a usar la paja como analizador del problema de la libertad en psicoanálisis. La paja que es como la Cenicienta de la sexualidad, pero está justamente en el espíritu del psicoanálisis ocuparse de lo marginal, de las Cenicientas. Un analizante, al que llamaremos Claudio, evocaba sus luchas contra la paja en su adolescencia. Cada día y cada noche, me cuenta, se proponía dejar ese hábito que se había instalado un poco tardíamente en su vida, creo que a los catorce años. Pero cada día y cada noche fracasaba en su propósito. En la desesperación de su lucha apelaba a juramentos a Dios por lo más sagrado, por sus seres queridos. Que si no dejaba de masturbarse murieran su padre y su madre [1]. Hacía esos juramentos y pensaba que sería imposible que se hiciera nunca más una paja, si eso ponía en peligro las vidas de sus seres más queridos y a los que respetaba por encima de todo. Sin embargo, llegaba la noche y su mano agarraba su miembro y volvía a pajearse, para luego sentirse culpable, y así. Tomo lo que me contaba este analizante, pero es un poco la historia, no sé si de todos, pero sin duda de muchos. Es como una historia colectiva de la lucha contra la pulsión explicada a través de Claudio.

¿Era mi analizante libre de no pajearse, como él mismo tantas veces se lo proponía? En términos abstractos, en términos de la ilusión de un yo dueño de sí mismo, no es impensable pensar que hubiese “ganado la batalla” y dejado el “vicio”. Pero la experiencia del análisis nos permite justamente pensar de otro modo. Una primera pregunta sería ¿qué costo hubiese tenido dejar ese hábito? En la base de la idea de ese yo autónomo está el presupuesto de que se podría derrotar el vicio sin costo alguno más allá de la renuncia, que tan sólo habría que ser fuerte. Pero la experiencia del análisis, o sea, la experiencia de escuchar cómo cada sujeto se las arregla con la vida y sus múltiples y contradictorias demandas, nos enseña que no se abandona una forma de goce sin costo. Por ejemplo, el abandono de la masturbación podría haber supuesto (y casi seguramente hubiera supuesto) un incremento de la severidad del superyó. Es cierto que el superyó también cobra su tasa por no renunciar a la paja, ¡oh, difícil elección!

La experiencia del análisis nos permite hacernos otra pregunta.¿El Claudio que se proponía no hacerse más la paja (propósito que mucho más que a un problema moral o religioso, que también le planteaba, estaba vinculado a una fantasía de debilitamiento), es el mismo que el Claudio cuya mano, casi a pesar suyo, se dirigía a su órgano? Ilusión de mismisidad del yo, vinculada a otra ilusión, la de homologar el sujeto con la representación que se hace de sí mismo, llamada en nuestro lenguaje “yo”. Y por último, y este es tal vez el punto crítico, ¿no podríamos pensar que hacerse la paja era en sí mismo un acto de libertad? El acto de tirar abajo todos los mandatos y los temores y de entregarse por fin, libremente, a su goce. De gozar libremente de su cuerpo y de sus fantasías-deseos. Entonces todo se podría leer al revés, es decir, al revés de la conciencia, o del yo, y entonces para Claudio hacerse la paja podría haber sido un acto de libertad, de una libertad ejercida, aunque suene contradictorio, a pesar de sí mismo.

Pero justamente es función de un psicoanálisis navegar en aguas de contradicciones, y hacerlo, como decía Winnicott, sin resolver la paradoja. La experiencia del análisis enseña, respecto de la libertad, algo que en principio formularía así: no hay libertad sin sometimiento. La primera vez que tomé conciencia de esta aparente paradoja fue leyendo una novela de Thomas Mann, Doktor Faustus. ¡Cómo disfruté de esa reescritura del mito fáustico! Según mi recuerdo, había una discusión sobre la libertad creativa en la música (el protagonista de la novela es un músico), y explicaba que la libertad total en música es equivalente a la imposibilidad absoluta, que la libertad creativa empieza cuando se acepta una ley, por ejemplo, el sistema tonal, o, como el músico de la novela, el dodecafónico. Hay libertad de elegir qué ley seguir, pero sin ley, no hay creación, no hay música. También podríamos tomar el ejemplo de la improvisación en el jazz. La improvisación es un gran y bello ejercicio de libertad, pero no sería posible si se tratara de una libertad absoluta. Una vez que los músicos se ponen de acuerdo en cierto standard y en ciertas escalas, la libertad es posible. O, yendo a un ejemplo más cercano a la experiencia del análisis, supongamos un niñe al que los padres, literalmente, lo dejen hacer “lo que quiera”, que nunca le pongan un límite, que nunca se impongan. No se producirá así un sujeto de libertad absoluta, sino todo lo contrario, un sujeto que seguramente ni va a saber lo que quiere. Como decían mis tías, un little monster. Afortunadamente ese experimento no es nunca completamente posible, no hay figuras paternas que pudieran tolerarlo, pero a veces se hacen bastantes desastres en nombre de la “libertad”. Apostar en esos términos a la libertad de un niñe es creer que hay un sujeto por fuera del deseo, la demanda y la ley del Otro, y es cargar al niño con una decisión que no está ni remotamente en condiciones de asumir. Por eso en Edipo gay sostengo una posición contraria a la de esos padres que no quieren asignar ningún género a sus hijes, creyendo que con eso respetan su libertad. Por supuesto que tampoco estoy de acuerdo con los que no aceptan que sus hijes rechacen el género asignado originariamente, porque ahí sí veo un acto de libertad del hije, y cuántas veces tan dolorosamente ejercido.

Y así vamos llegando a una cuestión fundamental para pensar el tema de la libertad en psicoanálisis: cómo pensamos al sujeto. Hay un principio que es una piedra angular de la forma en que yo entiendo el psicoanálisis, y de enormes consecuencias, que es el siguiente: el sujeto no se funda a sí mismo, sino que se funda a partir del Otro. Y, podríamos agregar, ya que estamos hablando del “hacer lo que uno quiera”, se funda a partir del deseo del Otro. Y esto es una estructura, no una génesis. Nunca hay deseo, así, en singular, sólo hay redes de deseo. Entonces, hacer lo que quiero no es nunca, insisto, nunca separable clara y distintamente (para decirlo en términos cartesianos) del deseo del Otro. No hay modo de apropiarse de un deseo que está quirúrgicamente separado del deseo del Otro. También podremos decir que no hay propiedad (en el sentido económico de la palabra) del deseo, y eso afecta la manera de pensar la libertad.

Esto lleva a otra cuestión que es muy interesante, si continuamos navegando las aguas turbulentas por donde navegan los análisis: no hay una relación de simple oposición entre deseos y mandatos. Para el pensamiento yoico son lo contrario, pero pensados psicoanalíticamente se ve que la relación es más compleja. Ya que nombramos la música, voy a ilustrarlo a través de uno de los amores de mi vida: Beethoven. En principio odiaba la música, impuesta por su padre. Se reconcilió cuando se cruzó con otra figura paterna, un maestro que le enseñó con amor, y que le permitió a su vez amar la música. Pero ¿hubiese Beethoven sido el músico que fue sin el violento deseo de su padre queriendo imponerle la música? No lo creo. Es, lo sé, un ejemplo extremo (como el mismo Beethoven, desaforado y extremo), pero me atrevería a afirmar que todo deseo (al menos de los deseos fuertes, los que marcan destinos) está vinculado a algún mandato. No quiero decir que simplemente lo acate, sino que estoy queriendo llevar al límite las consecuencias de esa piedra angular a la que me refería: que el sujeto se funda en el deseo del Otro. Eso es como el ombligo, cicatriza, pero no desaparece.


[1] Acá se podría abrir toda una vida sobre el deseo de muerte de los padres, pero para los fines de este artículo prefiero no internarme por esa senda.



* Jorge N. Reitter, psicoanalista, docente en la Universidad Autónoma de Zacatecas (México) y en la Universidad de la República (Uruguay), fugitivo del lacanismo, homoanalista.

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