Las aventuras de la identidad: sobre la confusión psi entre transición y psicopatología (I)

Actualizado: ago 13

Desde el psicoanálisis hegemónico continuamente se confunden las transformaciones que se dan en la identidad con psicopatología (sobre todo si ocurren en relación a la identidad de género y a la sexualidad) ¿Desde dónde, entonces, pensar que lo que es patológico es el no poder transformar nuestras identidades?




Es la modernidad capitalista (occidental y colonial, valga la redundancia) la que produce lo que entendemos por “mundo” y nos impone la tarea de conformar una identidad y mantener algún grado de su continuidad a través del tiempo. Es un modo de “tener forma”, de quedar ubicados con respecto a dicho “mundo” y de diferenciarnos de otres pero también de juntarnos con otres.

Importa con respecto a qué “mundo” tomamos forma porque es con respecto a ese mundo -en un tiempo y un lugar- que construimos vincularmente lo que conocemos por “yo”. Y, paradojalmente, aunque es una construcción vincular, lo que se produce es une “individuo”. Hay modalidades de la identidad que refuerzan lo “individual” y otras que lo permean.

La identidad tiene muchas variables:

– Nos representamos como estando en una etapa de la vida: el hombre de cuarenta y tres años viviendo con sus papás y comportándose como un adolescente resulta disonante según el modelo de familia nuclear y de trabajo de la “clase media”.

– Nos sentimos como “siendo” -o no- de un género: de acuerdo con eso se construye nuestro cuerpo erógeno, basta ver la dificultad en habilitar el erotismo anal que puede llegar a tener un hombre heterosexual “clásicamente” conformado.

– Nos pensamos como pertenecientes a una clase social: pobres o no pobres sería la distinción más usualmente impuesta que conlleva la imposición de cierta idea del trabajo como ideal de salud. Una idea que es bien distinta de la línea que traza el tener que trabajar para vivir o el tener los medios para no necesitar hacerlo. Y que pone en el centro el si no habría otra manera de pensar el trabajo como organización social que, por principio, no lo hiciese obligatorio.

– Nos representamos como “pertenecientes” a una “raza”: “negro”, “chino” e “indio” bajo alguna forma de subordinación al “blanco”, serían las distinciones usuales en Buenos Aires.

Podemos seguir agregando vectores: definición con respecto a la religión, a una formalización estatal de la vida en pareja, nivel de educación formal y no formal, el tener trabajo o estar desempleado o jubilado, el ser de tal o cual club de fútbol, el cuán lindes somos medido con respecto al grado de cercanía a un estándar de belleza hegemónica, definición política, etc.

Todos ellos implican algún grado y algún modo de adhesión -implícito o no- a un proyecto de sociedad. El vector de la belleza, por ejemplo, estará definido también en relación a la “raza”, a la clase social, al tener o no medios económicos, al tener un aspecto que cumpla con los estándares de un género (a no mezclar, ¿eh?), etc. Algo similar ocurre con cada uno de estos tópicos identitarios. Observemos cuán cruzados están todos estos vectores por cuestiones definidas desde esquemas de poder, validadas y reproducidas por el Estado-Nación y por cada une de nosotres -en mayor o menor medida- en el ejercicio conjunto de “sostener” nuestra identidad.

De acuerdo a cómo estemos posicionados y a cuán auténtico sintamos nuestro “estar” en relación a la identidad, resultante de un trabajo que se hace a lo largo del tiempo (pensemos en la cantidad de tiempo jugando a juegos muy específicos y con juguetes también muy específicos que tiene que emplear une niñe para conformarse -en el doble sentido de la palabra- nena o nene), es que resultará un estado de la identidad más flexible o más rígido.

Uno que vivamos como auténtico o como falso, seamos o no conscientes de ello, ya que puede manifestarse como un sufrimiento “sin pensamiento”. Como “Falso self” lo nombró en 1965 Donald Woods Winnicott, psicoanalista y pediatra inglés. Tan es así (que dicha identidad requiere de un trabajo de mantenimiento), que podemos experimentar como esa exigencia afloja o aprieta en determinadas condiciones. No es lo mismo tener ideas de izquierda en la universidad hoy que durante la dictadura cívico-empresarial-clerical-militar.

Todo esto se hace necesario para “tener” un “yo” que se diferenciará mejor o peor de aquello que, en un movimiento de ida y vuelta, quedará mejor o peor conformado como “no yo”. Desde el momento en que es muy posible enojarse con alguien que no fue por algo que no hizo (además de que no sabríamos explicar muy bien la “causa” de nuestro enojo), pero sí a causa de un dolor que muy efectivamente sentimos, es que la identidad no funciona nunca del todo bien, ni es del todo estable, ni puede sostenerse sin trabajo.

Podemos decir que todo ese trabajo puede estar muy del lado de conformar y sostener algo que nos fue “pedido” (por las instituciones en las que estamos inmersos, por ejemplo, nuestro barrio, nuestra familia, etc.). En cuyo caso es muy probable que sintamos o al menos sospechemos que hay algo falso, inauténtico, de cartón pintado o, por el contrario, que nuestra identidad, además de cumplir con lo anterior (conformarnos a algunes “ciudadanos” acorde a un “contrato social” que tiene sus cláusulas explícitas e implícitas -dejando a otres por fuera de esa definición-) cumpla con el sentir que “la vida vale la pena de ser vivida”, que somos bastante parecidos a quien decimos y parecemos ser, que eso que “somos” tiene cierta posibilidad de ir transformándose sin por eso dejar de ser la misma persona que fuimos.

Hoy que los feminismos ponen en el centro del debate a la identidad, ¿Qué relevancia tiene esto? ¿Cómo hacer para que la situación analítica incluya a las instituciones que delimitan aquello que «hay» que ser?

En palabras del historiador argentino Omar Acha en su última visita al Centro de Salud Mental Ameghino: «No se puede pensar sin luchar, los conceptos no están dados, no son autoevidentes, están en relaciones de fuerza. Son construcciones que obedecen a tensiones, a proyectos encontrados, muchas veces en combate. Y no podemos dejar de situar nuestro pensamiento en esa relación de fuerzas».

No es inocente ni produce la misma práctica clínica si incorporamos un pensamiento sobre los fenómenos que conforman la identidad incluyendo esa relación de fuerzas como algo en tensión y transformación o si las damos por fijas y eternizadas. Son adhesiones a distintos proyectos de sociedad, de las que toda “abstinencia” equivale a elección política.



*Trabajador de la salud / psicoanalista. pablotajman@gmail.com


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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