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Lo que no entra en la agenda

hace 12 horas
6 min de lectura

Prevención del suicidio y continuidad de cuidados en tiempos de agendas completas



Las políticas de prevención suelen poner el foco en la detección temprana y el acceso. Pero prevenir también exige tiempo, continuidad y margen para responder a lo imprevisto. Una reflexión sobre qué queda afuera cuando el objetivo es mantener las agendas siempre completas.

Rebeca Faur*


Cada 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, volvemos a hablar de señales de alarma, detección temprana y acceso a la atención. Este año lo hacemos frente a un dato especialmente preocupante: en 2025 se registraron en Argentina 5.209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior. También volvemos a hablar de políticas de prevención. Esta semana Nación anunció medidas centradas en vigilancia, construcción del dato y detección temprana, mientras que la Provincia de Buenos Aires presentó un plan que incluye el fortalecimiento de la capacidad asistencial. En la Ciudad, el Ministerio Público Tutelar lanzó una campaña dirigida a niñas, niños y adolescentes, centrada en el resguardo de medicamentos en los hogares. No encontramos, en cambio, anuncios del Ministerio de Salud porteño por el 10 de septiembre, aunque una ley de la Ciudad establece que durante este mes deben fortalecerse las acciones de prevención.


Pero ¿qué significa, concretamente, prevenir un suicidio?

Detectar es necesario. Pero detectar no alcanza.

No nos faltan lineamientos. La Ley Nacional 27.130 habla de prevención, asistencia y posvención; de abordajes interdisciplinarios e interinstitucionales y de acompañamiento durante las distintas etapas del tratamiento. La OMS incluye en sus recomendaciones la identificación temprana, la evaluación, el manejo y el seguimiento de las personas en riesgo.

Detectar genera una obligación de cuidado. Y cuidar requiere tiempo.


La prevención empieza mucho antes de la urgencia. No necesitamos esperar a que aparezcan ideas de muerte para intervenir. Podemos advertir que una persona está perdiendo apoyos, que se está aislando, que atravesó un cambio vital importante o que una red que hasta entonces la sostenía empieza a debilitarse. A veces prevenir consiste justamente en actuar ahí: ayudar a construir apoyos, convocar a otros, revisar un tratamiento o acercar recursos antes de que el sufrimiento se transforme en una crisis.

En otras situaciones ya aparecen señales de agravamiento o un aumento del riesgo y necesitamos intensificar transitoriamente el seguimiento: volver a evaluar al día siguiente o en 48 horas, hablar con terapeutas, convocar a un familiar, sumar a trabajo social o enfermería, revisar pautas de cuidado y reforzar la red.

Nada de esto supone convertir el consultorio en una guardia. Supone que la atención ambulatoria pueda intervenir en distintos momentos, incluido aquel en el que todavía estamos a tiempo de evitar que una situación se convierta en una urgencia.

Y para eso hace falta algo difícil de programar de antemano: cierto margen para responder a lo que va ocurriendo.


Agendas completas


En la Ciudad de Buenos Aires se viene implementando un nuevo modelo de gestión de agendas para la atención ambulatoria en salud mental. La guía oficial propone una carga horaria mínima de agenda, porcentajes destinados a orientación, admisión y seguimiento y tiempos sugeridos para las distintas prestaciones. También permite que determinados espacios remanentes en las agendas asistenciales sean utilizados por el efector sin autorización previa del profesional.

En el centro de salud mental en el que trabajo, la implementación fue progresiva. Actualmente se nos asigna una cantidad determinada de turnos semanales, con una duración prefijada. No conocemos qué criterio clínico fundamenta esa cantidad ni esos tiempos. Si un turno queda disponible, puede ser asignado desde fuera del equipo a otra persona que solicita atención. Para quien administra esa agenda, lo que aparece es un espacio disponible; no necesariamente el trabajo que ocurre alrededor de él.

Mejorar el acceso es un objetivo que quienes trabajamos en el sistema público no podemos sino compartir. La pregunta es otra: ¿una agenda completamente ocupada es necesariamente una agenda que ofrece más cuidados?

Una agenda muestra turnos. No muestra todo el trabajo.

No muestra la conversación con otro profesional para pensar cómo continuar un tratamiento, el llamado a una familia, la articulación con una escuela, un juzgado u otro efector, una reunión de equipo. Tampoco muestra el tiempo necesario para reorganizar un seguimiento cuando una situación cambia. Que en ese momento no haya un paciente sentado frente a nosotros no significa que ese tiempo no forme parte de su atención.

Un hueco en la agenda no es necesariamente tiempo disponible.

Y hay algo más: no ocupar de antemano cada minuto permite cierto margen para responder a necesidades que no pueden preverse al confeccionar una agenda.

Por otro lado, que un espacio sin turno pueda ser asignado desde fuera del equipo no elimina nuestro criterio clínico. Seguimos decidiendo tratamientos, frecuencias, estrategias, altas y derivaciones. Pero sí desplaza una decisión que también tiene consecuencias clínicas: hasta dónde puede ampliarse la cantidad de pacientes que recibe un equipo sin comprometer el cuidado de quienes ya atiende y su posibilidad de responder cuando una situación cambia.

Una agenda ocupada al cien por ciento puede mostrar un excelente aprovechamiento de la oferta. Puede ser, al mismo tiempo, una agenda con muy poca capacidad de respuesta.

Porque en salud mental lo imprevisto no es una anomalía del sistema. Es parte de nuestro trabajo.


Lo que una agenda no puede decidir


Se nos dice que existe “demanda insatisfecha” y que necesitamos aumentar la cantidad de personas que reciben atención. La dificultad para acceder a tratamientos en el sistema público es evidente. Sin embargo, quienes trabajamos en los servicios no conocemos con claridad cómo se construye ese indicador ni qué significa exactamente satisfacer una demanda.

Si una persona solicita atención y obtiene un turno, ¿su demanda está satisfecha? ¿También si el dispositivo al que llega no resulta adecuado para su situación? ¿Si necesita otro tipo de tratamiento? ¿Si conseguir una primera entrevista no garantiza después la frecuencia de atención que necesita?

No se trata de una discusión contra los números. Necesitamos datos para conocer la demanda, evaluar nuestro trabajo y saber cómo utilizamos recursos que son públicos. La pregunta es qué ocurre cuando aquello que se decide medir empieza a organizar la práctica.

Cantidad de prestaciones, horas de agenda, turnos ocupados y admisiones nos dicen algo sobre nuestra actividad. No necesariamente nos dicen qué cuidado estamos produciendo. La continuidad, la pertinencia de una derivación, el trabajo interdisciplinario, la posibilidad de responder a un cambio o la construcción de una red son aspectos más difíciles de medir. Y son, sin embargo, parte de aquello que nuestras propias leyes y recomendaciones consideran necesario para prevenir.

Tenemos entonces una paradoja extraña. Podemos perfeccionar cada vez más nuestra capacidad para detectar situaciones que requieren atención y, al mismo tiempo, reducir el margen para intervenir de manera adecuada.

Quizás el 10 de septiembre también pueda servirnos para preguntarnos por las condiciones en las que intentamos hacer prevención dentro de nuestros propios servicios.

Reivindicar el criterio clínico no significa defender una autonomía profesional sin límites. Nuestro criterio puede estar equivocado: necesita ser discutido, supervisado y construido con otros. Tampoco supone rechazar reglas, sistemas de información o políticas destinadas a mejorar el acceso.

Una agenda es una herramienta para organizar nuestro trabajo; no puede reemplazar el criterio con el que lo hacemos.

Que una decisión haya sido incorporada a un sistema informático no la convierte, por eso, en una decisión clínicamente adecuada. Que algo pueda medirse no significa que sea lo más importante. Y que una regla venga dada no nos exime de observar qué produce.

Tal vez quienes trabajamos en los servicios públicos necesitemos recuperar algo bastante elemental: la confianza en que sabemos cosas acerca de nuestro trabajo.

Somos quienes estamos ahí cuando una situación cambia. Quienes podemos advertir que alguien está perdiendo apoyos, que hace falta llamar a una familia, convocar a otro profesional, modificar una frecuencia o detenernos a pensar. También podemos reconocer cuándo una regla organizativa empieza a interferir con aquello que necesitamos hacer para cuidar.

Podemos verlo. Podemos discutirlo. Y necesitamos decirlo.

Tenemos leyes, programas, recomendaciones y herramientas para prevenir el suicidio. Quizás la pregunta ya no sea solamente qué más necesitamos crear. También necesitamos preguntarnos si la manera en que estamos organizando la asistencia nos permite hacer aquello que ya sabemos que hay que hacer.

Porque prevenir no es solamente detectar el riesgo y actuar en consecuencia. También es organizar nuestros servicios de modo que podamos intervenir antes, acompañar cuando algo cambia y responder de manera adecuada cuando hace falta.





*Psiquiatra. Trabajadora del Centro de Salud Mental "Dr. Arturo Ameghino" en la Ciudad de Buenos Aires; rebecafaur@gmail.com 


 
 
 

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