Mi herida estaba antes que yo; yo he nacido para encarnarla

Iniciamos la publicación de las tres exposiciones de la mesa de presentación del libro "Varones de carne y hueso ¿Nuevas masculinidades?" (Noveduc Ediciones) de Lila Feldman llevada a cabo en las jornadas de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM) el 28 de Agosto de 2026. Comenzamos por la presentación de Daniel Ripesi.
por Daniel Ripesi*
Buenos días, quiero agradecer a Lila por haberme invitado a presentar su libro Varones de carne y hueso, y por permitirme compartir algunos efectos de lectura que me fueron surgiendo al recorrer sus capítulos.
Lo primero que me gustaría señalar es que mis comentarios nacen de haber sido un «lector desprevenido». Lila tiene gran responsabilidad en esto: fue ella quien, hábilmente, me colocó en esa posición.
Me explico: cuando me invitó, me contó que quería que la presentación estuviera a cargo de varones. La idea me encantó al instante, aunque en ese momento no entendí bien por qué me resultaba tan atractiva; fue una reacción espontánea.
Sin embargo, al disponerme a leerlo, su propuesta regresó de un modo inquietante. Comprendí que mi presentación dependía de leer el texto necesariamente como varón, para transmitir lo que provocaba en mí desde esa condición.
De entrada, la indicación me obligaba a pensar qué tipo de varón era yo para poder comentar el libro. Pero la paradoja era evidente: solo me enteraría de qué tipo de varón era después de leerlo.
Lila me enfrentó a un motivo de reflexión inesperado. Me obligó a preguntarme por esa condición, y ese cuestionamiento fue uno de los mayores beneficios de su invitación.
Debo confesar que el libro me ofreció algunas respuestas… y que no salí del todo ileso. Le agradezco las heridas. En este sentido, me remito al poeta francés Joë Bousquet, quien tras sufrir una grave herida en la Primera Guerra Mundial declaró: «Mi herida estaba antes que yo; yo he nacido para encarnarla».
Los lectores varones que se adentren en Varones de carne y hueso tendrán que encarnar heridas y descubrirse; deberán ponerse a la altura de lo que el texto provoca en su intimidad. El libro no solo interpela al preguntar «¿qué tipo de varón sos?», sino «¿qué tipo de varón sos capaz de devenir?». Para eso hay que leerse en estas páginas. Por eso digo que fui un lector desprevenido: en gran medida, fue el libro el que me leyó a mí.
Este no es el único desafío. En el prólogo, Lila sugiere leer la obra al modo de Rayuela, de Cortázar: empezando por cualquier capítulo, ya que no son unidades cerradas, sino piezas en constante diálogo. Leerlo implica entrar en esa conversación y no quedarse callado.
Lo interesante es cómo justifica esta propuesta: advierte que no es obligatorio ajustarse a una lectura lineal ni a los usos tradicionales. Lila propone explícitamente que «el orden puede alterarse». Es una propuesta subversiva, o al menos escandalosa para un espíritu conservador.
De eso se trata el texto: de alterar el orden del conformismo lineal para que emerjan lectores «de carne y hueso». Para estar a la altura del compromiso de escritura de Lila, cada lector debe decidir dónde empezar a desordenar sus hábitos. No se puede leer de otro modo que decidiendo, y eso supone un compromiso político.
Esta invitación a devenir lectores de carne y hueso es posible porque Lila asume un compromiso ético al hacer coincidir la estructura formal con el desarrollo teórico de sus capítulos. Lograr ese punto de encuentro y tensión entre lo que se dice y cómo se dice no es sencillo; es la operación que pone en marcha para subvertir la lógica binaria en el encuentro con otres.
Destaco esto porque esa coincidencia entre estilo y convicciones convierte a Lila en una escritora de carne y hueso. Como ella misma señala: «Escribo acerca de varones de carne y hueso; escribo con la pluma, pero también con mi carne y mis huesos». No es fácil igualar como lectores esa postura descarnada y honesta cuando cargamos con tantos prejuicios y conceptos abstractos.
¿Qué significa ser una escritora de carne y hueso? Lila lo anticipa con una cita de Sara Ahmed en el epígrafe: «Escribo con manos parciales. Unas manos imparciales dejarían demasiadas cosas intactas». Es la propuesta de poner las cartas sobre la mesa y desordenar la aparente neutralidad de las lecturas establecidas.

Lila nos invita a un viaje de iniciación: «Cuando pienso en ese viaje de iniciación pendiente para los varones, me refiero (...) a una experiencia capaz de permitirles revisar y redefinir ideales, mandatos, estereotipos, su erotismo, sus vínculos (...) los viajes de iniciación son experiencias sin retorno (...) no se planifican ni programan, más bien ocurren, acontecen».
Es una travesía difícil en la que hay que suspender los criterios habituales de orientación. Se sueltan amarras para transformarse en el camino, en un proceso donde no dejamos de «transicionar».
En esta propuesta, la transformación no consiste en dejar atrás el pasado para avanzar hacia «nuevas masculinidades» más progres o modernas. No es un viaje en el tiempo, sino un desplazamiento en el espacio: un acto de territorialización que da lugar a cualidades expresivas inéditas. No lo impulsa la nostalgia ni el afán de colonizar, sino el coraje de explorar y transformarse en el intento. Si Lila me lo permite, diría que el viaje inventa el territorio y el territorio determina al viajero.
A diferencia de los ritos que buscan confirmar una identidad fija —como el cafetín porteño de los años 40, donde se ingresaba a «hacerse hombre» y llorar el primer desengaño—, el viaje de iniciación plantea deconstruir certezas.
Esto se vincula con la experiencia clínica que Lila comparte sobre los varones de la periferia: aquellos que habitan en los márgenes con angustia, como Mateo («entrenado en seguir adelante» pero estancado), Emiliano («que esboza inicios») o Dante («afligido por no tener quién lo ayude a abrirse paso»). En compañía de Lila, ellos inician un viaje hacia esa «tercera margen» de la que hablaba Guimarães Rosa.
De ese viaje también forma parte la necesidad de abandonar el «lenguaje oficial»: ese lenguaje muerto que solo define, discrimina y fija límites. Como decía Octavio Paz, la poesía es al lenguaje lo que el erotismo al sexo: ambas prácticas se desentienden de sus funciones «normales» o reproductivas. Este lenguaje oficial abunda en una práctica clínica desprovista de perspectiva de género, llena de palabras cerradas y con poca vocación poética o de diálogo.
El viaje de iniciación exige lo que Sara Ahmed llama obstinación: una voluntad emancipada de la sumisión y de los mandatos patriarcales.
Para concluir, Varones de carne y hueso nos invita a asumir el riesgo de la desorientación. Ser un lector desprevenido en esta travesía me recuerda los versos de Fernando Pessoa: «...no conociendo el camino o el porqué del camino, no sabíamos si partíamos o llegábamos...».
* Daniel Ripesi
Psicoanalista y escritor, acuarelista ocasional




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