(Muchacha) Ojos de Genocidio

Continuamos con la publicación de las tres exposiciones de la mesa de presentación del libro "Varones de carne y hueso ¿Nuevas masculinidades?" (Noveduc Ediciones) de Lila Feldman llevada a cabo en las jornadas de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM) el 28 de Agosto de 2026. Esta es la segunda exposición, a cargo de Pablo Tajman.
por PabloTajman*
Buenos días, suscribiendo a las palabras de Daniel y agradeciéndole a Lila por la invitación, quisiera comenzar diciendo que me encanta cuando tengo la posibilidad de conocer en persona a colegas que valoro mucho y con quienes solo nos conocíamos a través de los textos que cada unx escribía, como me sucedió con Lila.
Les propongo, entonces, que vayamos a lo que nos junta hoy acá. ¿Vieron esos libros que te dan un lugar donde estar tranquilo, esos libros donde podemos escondernos un poco del mundo y de su hostilidad? Bueno, este no es uno de esos. Lo cual no quiere decir que no te dé un lugar, lo cual no quiere decir que no se explique lo más claramente posible. Por eso me propuse a mí mismo comentar el libro haciendo un trabajo con los efectos que produjo en mí su lectura.
¿Por qué no me dejó tranquilo el libro de Lila? Para empezar a responder algo de esto, les cuento que su lectura, desde la introducción y más fuertemente aún durante el primer capítulo, me llevó a mi adolescencia, a recuperar una serie de vivencias y a repensarlas. El libro se pregunta qué es lo que hace, qué es lo que constituye a un varón hegemónico y también qué es lo que funda para un varón alguna posibilidad de no estar exactamente ahí o, por lo menos, de encontrar algunas líneas de fuga. Enfrentado a estas preguntas me acordé de una primera vivencia. Fui a la secundaria a una escuela técnica. Una escuela técnica en los años noventa del siglo XX en la Ciudad de Buenos Aires era un lugar bastante despoblado de mujeres. Había algunas, pero eran muy pocas. En mi curso, por tomar un ejemplo, de la especialidad en química, no había ninguna.
Lo que recordé pude verlo desde mis ojos del hoy y me di cuenta de algunas de sus implicancias. Empiezo por las implicaciones y luego voy al recuerdo. En esa escuela había una especie de pacto de la cofradía masculina en ciernes (y en prácticamente todas podemos encontrar alguna versión, diría) que versaba así: como eran muy pocas las chicas en la escuela, para no competir entre los varones que íbamos a constituir esa cofradía, se las decretaba “feas” y se las rechazaba. En el caso de que sí se hubiese armado esa competencia, entiendo que hubiese sido demasiada en torno a demasiadas pocas muchachas como para que la cofradía no se desarmase en una creciente violencia intestina.
Ahora vayamos al recuerdo. Resulta que a mí me gustó una de ellas, de otro curso (y me gustó mucho) y se ve que decidí que me importaba muy poco el pacto. Pacto respecto del cual consideré -ahora entiendo que sin ser consciente de ello- que yo no había suscripto; pero en el grupo de varones se daba por hecho de que sí, que todos lo habíamos “firmado”. Así, ruptura mía del pacto mediante, fue que nos pusimos de novios, una de las “feas” y quien (acá sí) suscribe.
La escuela ocupaba el edificio que había pertenecido a un viejo conventillo, es decir que tenía muchos recovecos y, en el último piso, en el aula de lengua, en un momento donde no había adultxs ni presentes ni cerca, se me hizo saber que había transgredido ese pacto; se me hizo saber de modo grupal y con cierta amenaza, amenaza que no era solo verbal, a la cual respondí haciendo “volar” por arriba de una mesa al cabecilla de ese grupo. A partir de ahí se dijo algo así como “Vieron que Pablo es medio raro, dejenló…”. Digamos que…hicieron una excepción.
No reivindico eso que hice, pero al mismo tiempo no olvido lo que nos enseñó León Rozitchner sobre la contraviolencia. En todo caso lo podemos pensar después, en el espacio destinado a conversar. Un tiempo antes de esto que les cuento ocurrió otra situación, a todas las recordé leyendo el libro, no pensaba en esto hacía un montón, vayamos a esa otra vivencia que recuperé.
En una escuela industrial se pasa mucho tiempo, muchas horas diarias entre las materias teóricas y los talleres, en una jornada bastante extendida. En los primeros años no está tan completa la grilla de horarios como en los siguientes, por lo que teníamos baches libres y pasábamos mucho tiempo en la biblioteca. En esa biblioteca se daba la siguiente escena. Había una compañera cuyos rasgos eran claramente los de las pobladoras originarias del norte de nuestro país, partes de Bolivia y del Perú. Esa compañera era dejada de lado, era la única de bastantes personas que estaba sentada sola en una de las mesas, todas largas, preparadas para albergar los trabajos en grupo que teníamos que hacer. Que la dejaran sola de un modo tan horrible a mí me generaba mucha bronca, me hacía hervir la sangre y entonces yo iba y me sentaba con ella y me ponía a charlar.
Pensando en esto, sentí un cierto orgullo por ese Pablo adolescente (que no sólo tenía pelo, sino pelo largo), sentí que ahí ya estaba instalada una capacidad de pensamiento y acción críticos, que ese Pablo seguiría buscando fuentes para desarrollar el haber recibido como regalo paterno temprano Rebelión en la granja, de George Orwell, ilustrado por Lino Palacios [1]. Pero, lamentablemente, aquí es importante que aparezca un “pero”. Hay algo más que me hizo pensar la lectura del libro de Lila, algo por lo que no sentí orgullo. No me dio orgullo y además me dejó un poco anonadado, fue el hallazgo que me llevó a trazar puentes entre el libro de Lila y otras lecturas.
Cuando me juntaba a charlar en esa mesa de la biblioteca con, digámosle, María, me pasó algo más, algo de lo que en ese momento no solo no me di cuenta, sino que ni siquiera llegué a intuir. En ese momento, previo al noviazgo del que conté antes, estaba claramente en búsqueda amorosa, muy interesado por que se diese. Pero de ningún modo pude ver a María con esos ojos. Es decir, el colonialismo y la racialización conforma de tal modo nuestra percepción que yo, que estaba tan en esa búsqueda de tener novia, no pude ni siquiera considerarla a María desde ahí. Claro que hay que ver si ella me hubiera dado bola, pero no es eso lo que importa. Lo importante es que yo no pude verla con esos ojos, ni siquiera para decirme “no me siento atraído por ella”.
Estamos hablando de una condición necesaria para tener la posibilidad de hacer ese ejercicio del gusto (y también para decidir no hacerlo), se trata de la posibilidad de entrar en contacto libidinal, erótico en sentido amplio. Al no ser capaces de hacerlo, ni siquiera podemos enterarnos de si alguien o algo nos gusta o no ¿Cuántas veces creemos que alguien o algo no nos gusta y en realidad ni siquiera llegamos a tener la posibilidad de ejercer nuestra capacidad de averiguarlo? Al no poder entrar en contacto, creemos, nos contamos, que sí lo hemos hecho y que no nos ha gustado. ¿Qué se cifra en esa imposibilidad de entrar en contacto y en el creer que sí lo hemos hecho que además oculta la imposibilidad de hacerlo? ¿Se trata de algo individual, de algo familiar o puede haber otros determinantes?
Dicho de otro modo y para contestar las preguntas recién formuladas, me di cuenta de que el genocidio que nos funda como país constituye mi percepción y mi (in)capacidad de erotizar. Ese Pablo intentaba reparar una injusticia, pero no podía, al mismo tiempo, dejar de prolongar otra. Mis abuelos inmigrantes, que vinieron con una mano adelante y otra detrás (como suele contarse en tantas familias), que habían bajado de los barcos a trabajar, y trabajaron durante toda la vida, tuvieron este lugar al que venir, que el mito de la Argentina abierta a la inmigración cuenta, porque la llamada “Campaña del Desierto”, que produjo el desierto que postulaba en primer lugar [2], es también el comienzo de la búsqueda de una inmigración blanqueadora para este país.
No podría ser más mentiroso lo del “crisol de razas”, aunque también sea parcialmente verdadero. A una cuadra y media de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en Sánchez de Loria e Hipólito Yrigoyen, había un predio donde se separaban a los miembros de las familias sobrevivientes de los pueblos masacrados en la “Campaña del Desierto”, se mandaba a los hombres a trabajar a los ingenios azucareros del norte, pero también a la vendimia en la zona cuyana, a la marina y al ejército, y a las mujeres y los niñxs (separados estxs últimxs de sus padres y sus madres) se lxs mandaba como personal de servicio doméstico a casas de familia de Buenos Aires en condiciones de (a veces semi) esclavitud. Vale recordar los rasgos de quienes limpian actualmente los hogares de las familias de clase media [3] y alta en Argentina.
Se masacraron unas veinte mil personas y se desarmaron las familias de quienes sobrevivieron, “rebautizando”, es decir, borrando las identidades de esos (des) miembros. Durante años caminé por ese cruce de calles cuando iba a cursar a psico, ignorando la brutal violencia que miles de personas habían sufrido en ese lugar durante largo tiempo, sin que haya allí ni un mísero cartelito, siendo que en la actualidad no admitiríamos (espero) que Auschwitz o la ex ESMA no fueran sitios de Memoria o que no hubiera baldosas conmemorativas de lxs desaparedidxs en las veredas de la ciudad.
El genocidio indígena de la década de 1870 es la primera parte, ellos son los primeros desaparecidos (como decía David Viñas), también desparecidos como pueblos y culturas, de ahí que nos pensemos solo descendientes de europeos; luego, en la década de 1970 se avanzará una segunda parte de la tarea, con la siguiente serie de desaparecidos. Es de notar que, para los pueblos originarios, ni siquiera hay un término disponible. Nombrarlos los primeros desaparecidos, es un intento que no ha logrado legitimidad social e inscripción discursiva como sí ocurre con los desaparecidos de la última dictadura. Para nombrar un punto en común más entre estos dos genocidios, en ambos hubo campos de concentración, lugares paradigmáticos fueron la isla Martín García para el primero, la ESMA para el segundo. Hubo curas en ambos lugares, “convirtiendo” a los prisioneros indios, absolviendo a los torturadores en ambos casos.
Por supuesto que los antepasados inmigrantes no tienen la culpa de eso, pero no es malo saber que llegan al “vacío” producido por el genocidio indígena. “Vacío” pleno de restos indigestos. Por eso se hacen necesarias políticas negacionistas a más de un siglo y medio de estos hechos, políticas que niegan las mezclas, la historia de violencias, la historia de formación de élites (élites que no podrían ser más actuales).
Siendo muchxs de nosotrxs, quienes aquí nos juntamos hoy, profesionales de la salud interesados en los fenómenos del lenguaje, no está de más decir que el nombre que los artífices del genocidio de la última dictadura en nuestro país eligieron para lo que estaban haciendo fue “Proceso de Reorganización Nacional” y que el proyecto de fundación de un Estado moderno “integrado” que concluyó con ese otro genocidio, el llevado a cabo en la “Campaña del Desierto”, fue la última parte de otro nombre oficial: “Proceso de Organización Nacional”. No debería sorprender, por lo tanto, el encontrar algunas coincidencias en los apellidos de los protagonistas, de los señores que ahora son calles, tanto en uno como en otro. Caminamos diariamente por la historia de violencias que nos conforma como país y que nos subjetiva como sus ciudadanos, anestesiadxs, casi sin sentirla. Pasamos por la Diagonal Sur a metros del obelisco y no observamos lo que podríamos ver en la estatua del General Roca, que le da nombre oficial a esa avenida y que es quien dirigió el genocidio indígena antes de presidir nuestro país.
Entonces, como decía antes, todo eso, que va desde el “vacío” hecho de matanzas y de esclavización hasta el “llenado” de inmigración blanqueante, pasando por la derrota de las posiciones que existieron, tuvieron fuerza, se ejercieron y llevaban a que Argentina pudiese llegar a ser un estado plurinacional como -en una medida no despreciable- logró ser Bolivia, constituye mi mirada y los límites de mi capacidad de erotizar. Es que, no deja de sorprenderme que me haya llevado tanto tiempo pensarlo, también hay que erotizar para decir “esta persona no me atrae, esta sí”, pero ni enterarme pude…Qué fuerte, ¿no?
Esa amputación de mi capacidad de erotizar, de ver belleza, de sentirla, de desearla, es una muestra de todos los recortes que se nos exigen -más aún a los varones heterocis- para constituirnos como tales. Son una muy importante raíz de nuestras violencias. Volviendo a aquellas vivencias que recuperé leyendo el principio del libro y que relaté antes (aquellas por las que sí siento cierto orgullo), volviendo a esos momentos donde no suscribí a ese pacto (e insisto con que el pasar por ellos de ese modo mantuvo cierta capacidad de seguir construyendo mi pensamiento crítico), me pregunto: ¿de dónde sale esa posibilidad? ¿Acaso es una virtud mía, en el sentido individual? ¿Acaso es realmente atribuible solo a mi persona? Pensando en esto -ya iba leyendo los últimos capítulos del libro- me acordé de dos escenas más…¡estoy en plena asociación libre!...¡te voy a tener que garpar la sesión, Lila!
Primero se me vino a la cabeza una foto, la busqué (y la encontré) en mi álbum familiar, foto de papel, por supuesto, como se imaginarán, donde debo tener unos dos años y medio, más o menos. Estoy mirándome al espejo (desde chiquito buscaba darle el gusto a Lacan), tengo puesto unos tacos de mi mamá, un buzo mío, estoy en bolas de la cintura para abajo, los labios pintados, abrazando a mi oso preferido. Cuenta la leyenda familiar que mi padre protestó. Mi padre, que era un viejo tanguero que ahora tendría, si viviera, noventa y cinco años (me tuvo y al poco tiempo cumplió cincuenta), debe haber dicho algo así como “¡Lo vas a hacer puto al pibe!”. Y mi mamá le hizo saber que no había lugar para eso. Lo cual, creo que, habiendo conocido cómo se expresaba ella, debe haber sonado algo así como "¡Callate, pelotudo!".
Esa fue una escena que considero fundante y que constituye una especie de conjuración para evitar aquello que Judith Butler nombra muy bien como melancolía de género, que es lo que se da cuando durante la crianza no se nos permite explorar, vivir la diversidad de ubicaciones posibles en relación al género. Cuando se produce esa melancolía de género, la heterosexualidad resultante suele ser una bastante amputada, rígida, se le nota a la legua cómo sigue expulsando permanentemente lo que no pudo experienciar para entonces poder mantenerse “igual” a sí misma. Cuando sí se nos permite hacer esas experiencias, esas facetas encontrarán algún lugar (sea uno principal o uno más secundario, pero integrado) en nuestra identidad de género como adultxs y no necesitaremos estar permanentemente expulsándolas de nosotros mismos.
Cuando nos enfrentamos a las violencias machistas, es pertinente pensar qué se ha amputado en la constitución de esa subjetividad. Pensar si no se tratará del descuido de la agresividad y de la violencia resultante de ese descuido, cristalizadas en identidad. Para respetar la exploración espontánea de un enano de dos años y medio (como era ese Pablo en tacos y labios pintados) hace falta valorar la curiosidad y la agresividad que hay que poner en juego para buscar algo por fuera de la imagen que le fueron constituyendo a ese pequeño (siempre fui vestido por mis padres de estricto varoncito). Cuando se descuida esa agresividad exploratoria, cuando se la reprime sistemáticamente, se genera violencia. Curiosa idea contraintuitiva de Winnicott: lo que usualmente llamamos violencia es agresividad que se descuidó [4] durante bastante tiempo. Es agresividad violentada que no puede integrarse y que produce algo violento (reactivo) en quien es descuidado de ese modo. Luego esa persona podrá reproducir y amplificar esa violencia o hacer otras cosas con ella.
Cuando pensamos la identidad hegemónica en los varones, no es lo mismo hacerlo desde qué sensibilidad requiere amputarse como condición de partida que pensar el resultado de esa “operación” como si fuera el punto de inicio de dicha identidad, como si se estuviese en ese estado desde el comienzo por ser un varón heterocis, como si no hubiese un largo trabajo de subjetivación para llegar a ser ese tipo de varón. Un hombre violento es siempre un hombre que ha sido violentado y que sigue violentándose a sí mismo además de a lxs demás. Eso no lo exculpa de sus violencias, pero no creo que colaboremos con que pueda trabajarlas suponiendo que está hecho de insensibilidad en lugar de un haberse amputado de sus posibilidades sensibles (y mantenerse así performativamente).
Pero decía que recuperé dos escenas. La de los tacos fue una y la otra fue que con mi mamá íbamos mucho, también muy en contra de lo que mi papá quería [5], a pasar algunos fines de semana a la quinta de un amigo de ella, Alfredo (y su novio), pareja de hombres que tenía a su vez otras parejas amigas, otras parejas de varones. Este amigo de mi mamá fue, dicho por ella, el mayor amor de su vida, pero tuvieron el “problema” de que, a pesar de que se amaron mucho, en los veintipico de ambos, ella fue el último intento de Alfredo de ser heterosexual. Era muy complicado ser homosexual en esa época. Quedaron amigos toda la vida, y eso a mí también me enseñó que era posible una versión de amar para toda la vida que no fuese la de estar en pareja para toda la vida. Que uno podía separarse (aun teniendo hijxs, lo cual no era el caso de ellxs), y eso no obligaba a que uno tuviera que odiar a la otra persona inmediatamente -como parece dictar el manual- sino que uno podía separarse como pareja y seguir siendo familia, lo cual produce, dicho sea de paso, unas escenas muy divertidas, muy originales.
Desde ahí recuperé otra escena más, de mi primer análisis. Leonor, mi analista de ese momento, me recomendó, apenas salido, el libro Paradojas de la sexualidad masculina de Silvia Bleichmar. Gran libro para entender que no hay heterosexualidad bien llevada en los varones que no saben abrir el culo como Dios manda. De eso podemos decir algunas cosas también en el tiempo que tengamos para conversar. Pero de mínima vale la pena notar que describe, apoyándose en estudios antropológicos, cómo han hecho otros pueblos -no modernos, pero casi contemporáneos a nosotrxs- para darse modos rituales de inaugurar la sexualidad masculina que buscan evitar la amputación de la sensibilidad de sus varones, amputación que Butler nombra con el concepto, antes mencionado, de melancolía de género.
Hay muchas cosas valiosas que podrían decirse de la textualidad del libro de Lila y de los conceptos que trabaja, pero teniendo que elegir un camino entre otros posibles, quise que en mi presentación tuvieran un lugar prioritario todas estas perlas de mi memoria producidas en diálogo con su libro, que, cual collar de fideos del jardín de infantes, me ayudó a recordar, engarzar y repensar. Quería que lo que dijera hoy estuviera implicado en cómo la lectura del libro puso en relación elementos de mi propia historia que nunca había pensado así, en esta serie que les traigo para compartir hoy, y que parte de las ideas, preguntas y cuestionamientos que el texto de Lila desgrana para que sus lectores seamos tocados.
Me parecía que podía ser una buena forma de invitar a los varones que tuvieran ganas, o mejor aún, sobre todo a los que no tuvieran ganas, a que lean Varones de carne y hueso, y de invitar a las mujeres también, porque me parece que, como quedó claro por lo que fui contando, la posibilidad en nuestra crianza de hacerle alguna zancadilla a esa cofradía masculina que está a la espera viene, muchas veces, quizá la gran mayoría de las veces, de la mano de una mujer y de su cedernos sus tacos -o cualquier elemento que pueda tener ese valor- y también de su defensa de nuestro derecho a experimentar con ellos. Así que voy a ir terminando, porque creo que con esto tenemos para jugar un rato entre todes. Les agradezco por su cálida presencia y atención.
* Pablo Tajman
Abrazador de osos, técnico químico, psicólogo clínico.
Bibliografía de las lecturas-puente con Varones de carne y hueso:
-Bleichmar, Silvia (2006). Paradojas de la sexualidad masculina. Editorial Paidós.
-Butler, Judith (1997/2001). Mecanismos psíquicos del poder. Editorial Cátedra.
-Césaire, Aimé (1950/2006). Discurso sobre el colonialismo. Editorial Akal.
-Delrio, Walter. Entrevista, en: https://canalabierto.com.ar/2022/09/08/genocidio-y-politicas-indigenas-una-campana-para-el-desierto/ (hipervínculo Delrio)
-Fujita Hirose, Jun (2026). Los indios de Israel. Una lectura de los textos de Gilles Deleuze sobre Palestina. Tinta Limón ediciones.
-Giller, Diego (2020). Espectros dependentistas. Variaciones sobre la “teoría de la dependencia” y los marxismos latinoamericanos. Ediciones UNGS.
-Reyes Mate, Manuel (2009). Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin «Sobre el concepto de historia». Editorial Trotta.
-Rinesi, Eduardo (2019). Restos y deshechos. El estatuto de lo residual en la política. Editorial Caterva.
-Valko, Marcelo (2013). Pedagogía de la desmemoria. Crónicas y estrategias del genocidio invisible. Ediciones Continente.
Notas:
Este texto es la desgrabación de lo dicho el día de la presentación, con varios agregados para profundizar algunos de los puntos nodales de lo explayado oralmente. Se publicará en algunos días un segundo texto, con el título ¿Cómo es tocar el cadáver de una palabra?, que sigue en la estela del trabajo iniciado con la lectura de Varones de carne y hueso y sus resonancias.
[1] No deja de ser curioso que este talentoso ilustrador argentino, nacido en 1903, haya fallecido -orwellianamente- en 1984.
[2] “Desierto” es un eufemismo que significa “territorio sin indios”, como explica el historiador Walter Delrio. Después diremos algo sobre cómo se llevó a cabo el “sin” (valga su equivalencia en inglés).
[3] No me excluyo de este grupo.
[4] Vale la pena notar que para Winnicott el movimiento espontáneo, la agresividad afirmativa de sí en tanto deseante y la agresividad reactiva (o violencia) se superponen parcialmente entre sí, por lo que el trabajo con la violencia supone, muchas veces, abordarla evitando su rechazo, abordarla desde su integración hacia la agresividad y la curiosidad exploratoria. Esto lo desarrollo en un trabajo sobre Edipo de próxima aparición.
[5] Vale la aclaración: mi viejo, afortunadamente, tenía bastantes contradicciones entre lo que decía y lo que permitía hacer, aunque fuese bajo protesta, así que es justo reconocerle que él también, a su manera, colaboró con que yo no sufriese (o al menos no en toda su posible extensión) la temible melancolía de género. También tenía fecundas contradicciones entre lo que decía y lo que hacía. Cuando conoció a mi madre (que era militante), él, que según decía (antes de enterarse de la militancia de mi madre) apoyaba la dictadura de Videla, al poco tiempo de noviazgo, casi tres años antes de mi nacimiento, como estaban desapareciendo a personas cada vez más cercanas al círculo de mi vieja, ella tuvo que exiliarse y él se la jugó para ayudarla a llegar con su familia (la de mi padre) en La Paz, Bolivia. También soy hijo de esa supervivencia.




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