Notas sobre el tiempo de la agonía

Por Natalia Maldonado

Imagen: Sueño de una tarde dominical en la alameda de Diego Rivera




Esto lo estoy tocando mañana” El perseguidor, Cortázar


“La vida y la muerte se desgarran entre sí como el silencio y el rayo” Cita de Bataille por Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo


“Las despedidas son esos dolores dulces” Patricio Rey y sus redonditos de ricota



Voy a intentar recorrer parcialmente una problemática muy delicada que atravesaron una amiga y sus afectos, me incluyo.

Luego de varios meses, los médicos, dieron el diagnóstico de una enfermedad terminal en su padre. Digo en su padre y no de su padre, por lo que quiero intentar decir: ¿terminal? ¿Qué termina? ¿Qué nace?


Cuesta empezar por ahí, hablar de enfermedades de estas características es tabú, es de lo que parece que algo quisiera fugarse. No hay experiencia previa. Un grupo de personas se embarca en el tiempo-espacio del sin sentido.

La noticia abre el umbral del pasaje a ese otro tiempo, el de las despedidas, el de la vida que se va apagando como la conocíamos. El mientras tanto que hace nacer, refuerza e instaura complicidades, perplejidades, extrañamientos, agenciamientos, sentidos y sin sentidos.

La agonía resulta más habitual de lo que se habla de esto. Sin embargo, parece como si no dieran las matrices de inteligibilidad para ser nombrada, pensada y, por ende, acompañada.


No se trata de escribir acerca de cómo se habita este tiempo (no es posible para mí) sino de habilitar la construcción de espacios sentipensantes entre los afectados y, cuestionar, qué lugar social encuentra el tiempo de la agonía.


Suelen decir de estos momentos, quienes lo recorren o recorrieron, que se siente como un “entre paréntesis”, una pausa flotante en la que importa paliar dolores, dar gustos, abrazar mucho, decir algunas cosas, hacer pedidos... Un tiempo en futuro anterior. La espiral arremolinada, el reloj derretido, un intervalo potente, vulnerable, zona de rarezas, de silencios cargados, de ternuras.


Se marca, como nunca, el contraste del seguir girando del mundo y su rítmica. En el mejor de los casos, una rítmica deseante. Ese andar que tirará los hilos, armará las tramas para las vueltas de la suspensión. Por eso, no puedo pensarla como individual.


Pero hay otro contraste, además del que comenté antes, uno cruel, del que quiero decir: el llamado de quienes encarnan la pretensión de detener esa experiencia colectiva de una red de afectos que escoltan al ser querido en ese pasaje. Esa insistencia que no soporta el dolor porque el dolor no genera renta. Que no acompaña a la persona porque pretende al trabajador.


¿Con qué se encuentra mi amiga? Con empleadores que le exigen certificados, exactitud en los días que va a necesitar faltar al empleo, pedidos de certidumbres “decime cuándo vas a volver”. ¿Cómo saber con exactitud cuándo llegará la muerte? Esos pedidos ridículos que alimentan pesares. Las habladurías del capital que insiste en seguir produciendo, en garantizar y reasegurar lo que es imposible de saber, suturan la rasgadura, la grieta. Políticas de la crueldad. Porque no basta con ganar poquito, con laburar muchísimo, con la precariedad. Pretenden, también, anular estas experiencias tan importantes para la vida.


Entiendo que no todos toman la ¿decisión? de acompañar y, otros que no pueden. Pienso en los monotributistas…la precarización laboral va en la misma dirección que la precarización de los lazos….Un monotributista que si no trabaja no cobra ¿podría acompañar esta experiencia? Habría que generar un fondo de monotributistas unidos para poderse tomar días y poder seguir cobrando. Porque hay que pagar alquiler, comida, etc. Ni hablar de las personas que trabajan con changas, o en negro…


Entonces, habrá quienes intentan continuar con el trabajo porque no les queda otra o porque así lo desean, les hace bien. Sin embargo, el poder faltar, suspender la presencia con la imposibilidad de saber cuándo será la vuelta, es una decisión posible también y, muchas veces, esa decisión no se acompaña, y el precio, aunque sea un derecho hacerlo, lo paga con más sufrimiento quien ya se encuentra dolido.


Me gusta pensar que, a pesar de estas crueldades, otro mundo por venir ya está en la experiencia misma de la despedida. Los certificados no contemplan lo agónico. No parece haber lugar para el agonizar de una tribu que está, en esa misma metamorfosis, mutando a otra. Diferente, sin dudas, pero, no menos afectiva, que es la relación que vamos construyendo los que quedamos con nuestros muertos. Y, sin embargo, a contracorriente, ocurre.


El miércoles falleció el papá. Un tipazo que arrancará a tener un vínculo con ellas, las compañeras de su vida, ahora, seguro, de otra manera. Resuenan las últimas palabras con esa mezcla de sin sentido, alivio, tristeza y risa. Sí, risa, porque el que ha vivido esas experiencias, podrá rastrear algunos sentimientos cómicos en todo ese entretejido, también. Risas de escenas íntimas que producen otro vínculo con el magma extraño que se habita.


Vinciane Despret realiza una investigación sobre la manera en que los muertos entran en la vida de los vivos y cómo nos hacen actuar y la vuelca en el libro “A la salud de los muertos”. Escribe que la teoría del duelo freudiana psicologiza, por lo tanto, reduce, individualiza. No se trata de anular la teoría del duelo de Freud (trabajo) ni tampoco la de Lacan (escritura de lo que se pierde de sí). "Solo estamos de duelo por alguien de quien podemos decir: yo era su falta". Quizá poder pensar, también, la experiencia del duelo por el medio, lo llama ella. Ni de uno (sí mismo) ni de otro (tacto ontológico) sino del entre descentrado. Como pensamos culturalmente al duelo, produce efectos en su tratamiento, en el modo de habitarlo. Produce lo que puede ser visto o no, lo que tiene lugar o no, lo que puedo o no ser sentido. Y el deseo, ese movimiento que igualmente logra sortear lo establecido, lo oficial…

Escribe que hay que estar más atentos a que los muertos existen porque nos hacen hacer, nos hacen decir. Producen verdaderos efectos. No solamente porque estén en la memoria de los vivos, o solo se trate de hacer lugar a la ausencia sino porque se imponen. Intentemos no patologizar, no reducir los duelos a un proceso universal sino más bien un crear lo dado, en devenir. Su existencia, la de los muertos, sostiene que no está solamente determinada por nosotros con una idea de un psiquismo cerrado sobre sí. Hay en esa experiencia una alteridad que se impone, imposible de reducir a una experiencia puramente individual (cómo si tal cosa fuera posible, además). Si, quizás íntima, “lo íntimo no se piensa sino desencerrando al yo” escribe François Jullien.


Pienso al momento de la agonía, también, como un momento leíble en el entre desde donde todo cobra, aunque parezca raro, una vitalidad impresionante. Las palabras que se dicen, los abrazos que se dan, los silencios compartidos, los regímenes socio-culturales que se atraviesan y así se va instituyendo un estar que desdibuja lo vivido y lo por vivir y escribe, en multiplicidad, lo que se crea.


Bruno Latour sostiene que no se crea una existencia, que no parte de quienes quedan sino que se instaura. Porque no es una fabricación del que relata sino que se “acoge un pedido”. No patologizar esas experiencias, acompañar esas maneras de hacer lugar a la pérdida y restauración. De la pérdida a secas, de las que no. “Está muy melancolizado” dirán los que no entienden de lo vital del vínculo con los muertos: “la sombra del objeto recae sobre el yo. Esta teoría se apoya sobre una concepcion del duelo como una relación del sí mismo consigo mismo, de pura interioridad: oculta la relación activa que los vivos mantienen con los fallecidos” escribe Despret. Lo vital se halla por sorpresa en los espacios más insólitos.

¿Qué es estar vivo? Un misterio.

Devenir permeable a las experiencias fantásticas en el mejor sentido, el Cortazareano. Las verdades que son tales porque nos afectan. Perder los pronombres, la cronología, el espacio euclidiano y, los verbos, sus sujetos. “Volverme sensible al eso piensa”, escribe Despret.


Fundar espacios sin centro donde no se sabe ni importa quién dice sino cómo y qué produce. Por ejemplo, un sueño, hay tantos relatos sobre sueños con las personas queridas fallecidas. ¿Quién sueña?

¿Qué puede el sueño? La pregunta es más que nunca crucial. Con la capacidad de soñar, lo humano convoca una inteligencia más vasta de la percepción, que desborda por todas partes la conciencia. Eso que informa la inteligencia del sueño, y de la que los ángeles y los genios son figuraciones tardías y magistrales, es un llamado siempre renovado hacia una conversión, cuyas posibilidades de creación serán un desafío constante al cierre programado de horizontes” escribe Anne Dufourmantelle en Inteligencia del sueño.


Los relatos de quienes quedan, una mariposa amarilla, una carta encontrada en el momento justo, una canción, un acto incomprensible, un encuentro con un desconocido, una presencia en momentos difíciles que activa pasos vitales, historias diversas que protegen voces, continúan presencias, hacen hacer, un don, incluso la extrañeza, lo inaudito, la sorpresa, el humor y lo ridículo y tantas otras maneras de experimentar esas coexistencias, esos terremotos entre la vida y la muerte que se desgarran y que no se anulan con certificados para el laburo.


Este escrito indignado se produce frente a la angustia que sentí entre mi amiga y yo cuando la llamaron de uno de sus trabajos mientras la llevaba al hospital a ver a su viejo. No tengo muchas palabras para intentar explicar cómo vi su cuerpo tembloroso mientras contestaba y decía “por favor, no sé, descontame los días, no sé qué decirte, no sé cuál certificado faltó”. Miedo a perder el trabajo, miedo a que piensen que estaba mintiendo, miedo a que la dejen de respetar en un rol que es de un gran afecto para ella. Y el envés de una inhabilitación del “sistema” para no dar lugar a este tiempo que no está en los manuales del capitalismo. La marginalidad de los que están atravesando un tipo de final.