Winnicott, la importancia de la ilusión.


Crédito imagen: Daniel Ripesi.



Por Eduardo Smalinsky*


Las ciencias humanas y sociales se despliegan en el campo ilusional. No son en sí mismas ni subversivas, ni reaccionarias. Cargan con los ideales predominantes de sus épocas y territorios.


En este mes aniversario de D. W. Winnicott, los amigos de Revista Froi nos han invitado a Daniel Ripesi y a mí, a celebrar esta fecha reflexionando sobre sus ideas.


Siempre me ha interesado el modo en que Winnicott reivindica el lugar de la ilusión humana como esa zona privilegiada e intermedia donde transcurre nuestra existencia. Por razones poderosas, siempre han existido dificultades para asignarle la importancia que merece.


En un artículo de Seligman de 2018 "La ilusión cómo principio psíquico" se afirma que

es la ilusión la que desempeña un papel esencial y progresivo a la hora de establecer un contacto comprometido y efectivo con el mundo.


Grolnick, Barkin y Muensterberger en 1978 afirman:

"La capacidad de formación de ilusiones... es necesaria para una experiencia vital gratificante, y representa una solución más saludable y adaptativa que la decepción, la inquietud y la desilusión".


Creo que ha existido y existe en el pensamiento contemporáneo desde fines del siglo XIX hasta nuestros días, un prejuicio negativo hacia el campo de la ilusión, percibiéndola siempre con el matiz del engaño y queriendo diferenciarla muy nítidamente del discurso de la ciencia.


Freud fue muy crítico con el papel de la ilusión en la vida psíquica, sobre todo en su señalada crítica de la religión como defensa contra la ansiedad edípica, desarrollada en obras tan explícitas como “El futuro de una ilusión” de 1927 y “Moisés y el monoteísmo” de 1939.


Sin embargo a mi entender no hay posibilidad de desilusión "exitosa", pérdida de objeto, duelo, etc. si no hay un proceso de ilusión permanente y transitorio al mismo tiempo.


Según Winnicott, nos encontramos en una zona paradójica, una epistemología paradójica donde las situaciones no reales se toman como reales y significativas, sin que sea una cuestión de psicosis.


Las ilusiones no son simplemente una cuestión de proyecciones que eclipsan las realidades, especialmente cuando hay un consenso social sobre ellas, como cuando una pareja permanece enamorada durante mucho tiempo y construye una fuerte relación, o cuando millones de aficionados viven y mueren con su equipo. Pensar en la ilusión apunta a las infinitas transacciones matizadas entre lo que está "en el mundo" y lo que está "en nuestras mentes", que tienen su propia dinámica y energía. No solo hay que ceder a la ilusión, sino que hay que mantenerla y transformarla.



Cierto psicoanálisis ha intentado sostener que la simbolización racional puede escapar al campo de lo imaginario, al campo de los ideales. Sin embargo esa pretensión no deja de ser otra ilusión. Y dentro del universo ilusional, el aspecto más problemático es cuando se intenta disimular esa esencia ilusional de la que está hecha toda producción humana.


Winnicott le dio una nueva connotación al término "ilusión" y lo elevó al rango de concepto fundamental en la teoría y la práctica psicoanalítica. Las inevitables decepciones, frustraciones, ausencias, carencias e impotencias introducen en el sujeto la conciencia de sus propios límites, de la "realidad" de sus propios contornos. Pero en condiciones óptimas esta conciencia no destruye la capacidad de ilusionar, no causa desilusión, de la misma manera que la capacidad de ilusión no oscurece en modo alguno la percepción clara y distintiva de la "realidad" de los propios límites.


La ilusión une nuestro sentimiento básico de vivir en un mundo del que formamos parte, pero que es simultánea e inextricablemente diferente de nosotros mismos.


Desde el punto de vista de lo que se considera así como primario, entonces, el principio de realidad debe adquirirse, ya sea creado o descubierto; la autonomía y la objetividad del mundo como dado no pueden darse por sentadas.


Al proponer la ilusión como una función mental básica que debe considerarse de forma afirmativa, Winnicott conceptualizó esta transacción como un tercer principio psíquico: una capacidad imaginativa en la que la mente y sus objetos se toman juntos como parte de una subjetividad perceptiva unificada; parte de un único marco mental, en el que no se harán "preguntas" sobre lo que está dentro frente a lo que está fuera, lo subjetivo frente a lo objetivo.


Winnicott, por tanto, es decisivo al enfatizar que el sentido seguro y esperanzador de que hay personas y cosas que son "reales" y perdurables es en sí mismo una especie de creación mental: no se trata simplemente de dirigir la atención a lo que está "ahí fuera". Al teorizar el potencial espacio transicional y el paso al "uso del objeto”, Winnicott añade la ilusión como tercer principio de funcionamiento mental y amplía los dos originales de Freud elaborando una dimensión evolutiva.


Para Winnicott los objetos del mundo no están simplemente ahí en sí mismos, sino que se convierten en algo cuando se les inviste con la energía de la mente. Para él, la sensación de una "realidad objetiva" depende de que los objetos sean a la vez encontrados y creados cuando nuestras mentes llegan al mundo.


Lo que quiero decir es que los procesos de ilusión, que en los orígenes están ligados a la capacidad del otro primordial de adaptarse a las necesidades del niño son determinantes en cuanto a la posibilidad de aprovechar los procesos de desilusión o de desadaptación o de frustración.


En todo caso, podríamos advertir lo heterogéneo del campo ilusional, que abarca las artes, las ciencias, la cultura y puede adoptar modalidades representacionales, formales, lógicas, abstractas y/o concretas.


También es cierto que lo ilusional está articulado y entramado de diversos modos con la simbolización, pero no hay modo de que lo simbólico pueda escapar de lo ilusional.

Lo que se nombra como real, está perdido y en todo caso la ilusión articulada a la simbolización aprehende siempre en forma transitoria y provisoria eso que se nombra como real.

Por detrás de la ilusión, hay nada, pero un universo desilusionado carece de vitalidad y está inmerso en un océano de melancolía.


A veces los analistas pueden pasar por alto el grado en que los analizandos son incapaces de investir sus mundos (objetales) desvitalizados y atemorizados con una imaginación a menudo cotidiana, pero sin embargo especial, que los haga vivir, dando vida a su propia subjetividad en el mismo movimiento.


En muchos casos, la ilusión debe ser sostenida, restaurada y (re)creada antes de que podamos esperar que procedan la verdadera desilusión y el duelo. Esto también nos muestra que las ilusiones no son homogéneas ni producen los mismos efectos. Hay un campo ilusional, que nos pone en contacto con los otros, para transformar la realidad que padecemos y para "usar" aquello que fuera necesario para posibilitar esas transformaciones. Diría que este campo ilusional apunta a la sensibilización de los que participamos en él, para reconocer, visibilizar y desnaturalizar, ya no "el malestar en la cultura", sino particulares malestares producto de como una subjetividad capitalista nos hace padecer.


Por otro lado existen múltiples ilusiones que son parte de la subjetividad capitalista, que apuntan a la sistemática insensibilización, al consumo a través de la publicidad y a idealizaciones "salvadoras", que implican creer en poderosos que nos aseguran grandezas, poniendo al mal lejos de nuestras identidades y proyectando la culpa sobre los conflictivos.


El modo en cómo el poder real viene consiguiendo en una gran parte del mundo democrático de occidente un apoyo electoral creciente, es una prueba de cómo el voto está orientado por creencias e ilusiones y no necesariamente por las necesidades económicas. El poder real ha sabido desde el final de la segunda guerra sustituir el poder de la fuerza militar por otra batalla, reconocida por Foucault como cultural. El modo en que la subjetividad capitalista nos infiltra es feroz, y recién estamos haciendo los primeros esfuerzos por explicitarlo.


El psicoanálisis, como tantas otras disciplinas, también se despliega en esa zona intermedia que nos permite tanto el concebir la dinámica psíquica como percibir qué es aquello que hace que la vida merezca la pena de ser vivida.


Quizás la pretensión que ha tenido el psicoanálisis es aparentar la solidez y coherencia de las ciencias duras, exactas, sin embargo, más allá de las apariencias, sus mejores desarrollos están ligados a lo ilusional. Quizás desde sus orígenes los psicoanálisis en su intención de hacer consciente lo inconsciente, o de buscar modos de elaboración de lo traumático apelaron a la asociación libre y a su par, llamado atención flotante, como parte de un método que parece dado, obvio. Sin embargo, como modo de elaboración, la asociación libre muestra rápidamente sus limitaciones, y las intervenciones aparentemente lógicas del analista, terminan resultando aparentes. No hay en ese punto una neutralidad que las posibilite y mucho menos las garantice. Para que el proceso analítico de elaboración se sostenga es insuficiente la enunciación de la regla fundamental como así también unas supuestas intervenciones puntuales, tanto para el relanzamiento del discurso como para resolver los obstáculos que se presenten. Eso que se produce en un análisis, puede ser un decir que se da en un entre, llamado transferencia, es también un jugar del que el analista no puede dejar de participar.

Ese espacio intermedio supone el despliegue de ilusiones que quedaron interrumpidas en sus orígenes y que buscan su desarrollo. El analista no puede posibilitar esto sin "ensuciarse", sin arremangarse y tirarse al piso. En ese ámbito potencial se despliegan las ilusiones y lo que es más interesante aún es que el despliegue de esas ilusiones, su desarrollo, es lo que permitirá que en algún momento y de algún modo se produzcan las desilusiones, las también llamadas pérdidas de goce.


Es una paradoja que sean las ilusiones las que estén en la base de los procesos de desalienación y no las desilusiones, que dependen del desarrollo de las primeras para producirse.


Esto permite pensar cómo en política, incluso en las políticas de los psicoanálisis, han sido los grupos más ianos, tanto freudianos, kleinianos, lacanianos etc. los que asimilaron armados teóricos en apariencia muy consistentes que terminaron produciendo efectos de masa poderosos y alienantes, pero que creen situarse en un plano "científico", por fuera de todo ideal, cuando es muy evidente que esas "iglesias" poseen una ortodoxia, severidad y falta de pensamiento crítico proporcional al sentimiento de pertenencia identitario que provoca en sus acólitos y participantes.


Es decir que mi primer propósito fue reivindicar la ilusión no solo como un aspecto central de las teorías de los psicoanálisis, sino también como un aspecto central de la Praxis.

Si gobernar, educar y analizar fueron presentadas como prácticas "imposibles", la imposibilidad está en que sean "una", es decir pueden desarrollarse en diferentes direcciones en la medida que reconozcamos la imposibilidad de lo neutral y posibilitemos la producción de políticas, educaciones y análisis con su materia de ilusiones que posibilitarán tanto experiencias, como sus propios ocasos/rupturas.


En este sentido mi segundo interés es apartar tanto al psicoanálisis como a muchas otras disciplinas de cualquier esencialidad revolucionaria y/o subversiva. Las disciplinas sociales y humanas se han desarrollado en épocas y territorios y están constituidas por los ideales e ideologías que prevalecieron en su época. En ese sentido puede haber aspectos ideológicos y prejuicios en sus desarrollos que sería útil reconocer, más allá de que eso nos guste o ponga en duda el prestigio de nuestra práctica e identidad.

No es necesario, ni posible, que Freud, Lacan, Winnicott o quién sea, lo hayan dicho o pensado todo. Tampoco es necesario que nos identifiquemos con sus ideales.

Sí es necesario que reconozcamos qué aspectos de los psicoanálisis están influidos por cuáles ideales y explicitarlos hasta donde sea posible.

Por otra parte el psicoanálisis, como la sociología, el derecho o la matemática no son de derecha, ni de izquierda, están afectadas por sus épocas y territorios y los profesionales que las desarrollan pueden adherir a diversas tendencias políticas y partidarias.

Es una ilusión bastante ingenua la de suponer que el psicoanálisis está por fuera de la política, y es mejor reconocer que los psicoanalistas son un colectivo lo suficientemente amplio y diverso para advertir que representan, desde sectores sumamente reaccionarios y/o conservadores hasta otros que tienen posiciones de apertura hacia las diversidades, disidencias y otras minorías.


El capitalismo tiene una enorme capacidad para absorber a toda producción humana y ponerla a trabajar a su servicio. Su subjetividad es la de la insensibilización sistemática al servicio del consumo y así los psicoanálisis corren el riesgo de convertirse en otro servicio premium para ser consumido.


Hay otras subjetividades que tienden a sensibilizar, a reconocer aquello que pugna por surgir, el malestar que es rechazado, reprimido. El par sensibilidad/insensibilidad es el marco en que situaría la escucha/disponibilidad analítica, tal como Derrida la plantea en lo hospitalario. A qué le vamos a dar lugar y hasta dónde somos capaces de transformarnos cuando recibimos a la alteridad más radical.


Al respecto me resuenan estas palabras de Silvio Rodríguez.


Absurdo suponer que el paraíso

Es solo la igualdad las buenas leyes

El sueño se hace a mano y sin permiso

Arando el porvenir con viejos bueyes.


Me parece una excelente síntesis sobre el error de suponer que un ideal puede ser reemplazado por un universo "simbólico" perfecto.

El sueño, cómo se nombra a la ilusión, es siempre producto de una tarea artesanal, provisoria, original y casi siempre en oposición a lo instituido


Para finalizar quiero mencionar como un ejemplo de como la ilusión posibilita tramitar aquello que quedó ahí, relegado, los excelentes relatos del muy reciente libro, "Mi educación sentimental" de Nicolás Riveros, Escritor Paraguayo que tuvo que existir para que alguien pudiera escribir los inicios de una vida sexual y amorosa que no pudo siquiera ser soñada en su momento.

Jorge Reitter nos comenta:

Un libro que intenta escribir la intensidad y el dolor de la experiencia erótica, que tiene la nostalgia de lo no vivido y que es, al mismo tiempo, un gran elogio al amor.


Lacan escribió al respecto:

"Dejando a un lado las posibles reservas, un relato ficticio tiene incluso la ventaja de revelar una necesidad simbólica de forma más pura en cuanto la podemos hacer pasar por arbitraria."


Del mismo modo en que podemos pensar que un análisis intenta hacer jugar lo que no pudo ser jugado, podría también tratarse de relatar o que el análisis "relate" o construya esa ilusión que es soporte y condición de una desilusión posible.


Me parece importante que los analistas reivindiquemos lo ilusorio como un terreno heterogéneo que paradójicamente pueda ser territorio de juego y de transiciones.

Tanto en lo individual como en lo social y lo político siempre estará en juego la construcción de relatos transitorios que nos permitan crear/encontrar los modos, individuales y colectivos, que vamos necesitando para existir.



* Psicoanalista, trabajador del CSM N°3 GCBA. Investigador sobre fenómenos transicionales.