“Abuso infantil”: paradojas y conflictos bienintencionados

Animarse a pensar ahí donde nos duele, a eso nos invita Inés Hercovich, llevando lo pensado en su amplio trabajo sobre violaciones a mujeres adultas al campo del abuso sexual en la infancia. Animarse a pensar donde nos duele para recuperar nuestra potencia al des-simplificar las categorías con las que pensamos y hacemos.


por Inés Hercovich*


Unos ojos celestes, bellísimos, ocupaban la mitad de su cara. Tenía 6 meses. Era flaquito. Recuerdo estar ocupada en cambiarlo, disfrutando por anticipado la tarde en el parque con él. De pronto vi su mirada fija en mí. Me asusté y esquivé sus ojos. En ese instante me asustó mi sentir. Mi hijo se me había revelado como un misterio y así se conservó hasta el día de hoy. Un misterio que, como todo misterio, desafía, entusiasma, perturba, descoloca, atrae y repele al mismo tiempo. Fue difícil encontrar disposición para escuchar sin juzgarme.


Desde ese momento quedó soldada en mí una inquietud para siempre presente en mi trabajo y en mi vida. ¿Por qué es tan difícil hablar de lo que nos pasa cuando lo que nos pasa no coincide con lo que creemos que debería pasar?


Ocurrió en 1971. Yo tenía 24 años. Cursaba Sociología en la Facultad de Filosofía y Letras. Mi marido también tenía 24 y estudiaba Medicina en la UBA. Ambos estábamos equipados para ser una pareja moderna, comprometida con la realidad social y con ser buenos padres. Éramos ávidos bebedores de los consejos de los especialistas en la crianza de los hijos, fervorosos admiradores del psicoanálisis y, naturalmente, pacientes. Todo lo cual nos inducía a presumir quiénes éramos nosotros, quién era nuestro hijo, cómo entenderlo, cómo actuar con él.

Era (¿era?) la época en que, aunque los varones asistieran a los partos y cambiaran los pañales, las madres éramos las culpables de todo. Si no nos ocupábamos a tiempo completo de los hijos y atendíamos cada una de sus supuestas necesidades en tiempo y forma, éramos abandónicas. Si lo hacíamos, éramos sobreprotectoras. Reinaba, amenazante, la posibilidad más que cierta de transmitirles a los críos un tipo de mensaje denominado “doble”, de peligrosos, fatales efectos. (De los padres nadie hablaba, existía un silencio que hoy, con la explosión del tema del abuso infantil mayoritariamente adjudicado a los varones, fue puesto en vilo.) Muchos especialistas decían que la ambigüedad y la contradicción presentes en los mensajes de las madres eran causa de la futura esquizofrenia del hijo. En solitaria rebeldía, yo pensaba: “Apenas sé qué sale de mi boca, ¿cómo saber qué entra en los oídos de él?”


La pregunta caló hondo dejándome, también para siempre, otra inquietud: mi hijo es irremediablemente otro, singular y, en cierta medida, soberano. Entonces, ¿hasta dónde puedo con él?


Aflojar siquiera un poquito el corsé de la gramática con la que se hablaba de los padres, los hijos, las relaciones entre ambos, no era fácil. Inclemente, la incoherencia acechaba en todos lados: el diablo podía hacerse presente en el tono de voz, en la mirada, en la firmeza o lasitud con que sostuviera al niño, en la deriva de los pensamientos cuando alguno se apoderaba de mi cabeza sin que yo lo hubiera convocado, o cuando hubiera llamado a un familiar para que se lleve a ese bebé convertido por un rato en alguien incomprensible e insaciable, y yo pudiera dormir tranquila. Y acechaba el miedo a no poder evitar caer en las garras de la discordancia. Me preguntaba: ¿cómo hago para darme cuenta de si mi mensaje es doble? ¿Cómo miro mis propios ojos para leer en ellos el reflejo de una intención que no condice con mi tono de voz? ¿Cómo suspendo lo que pasa a mi alrededor y dentro mío cada vez que le hablo a mi hijo? Pero, si lo logro, ¿quién es la que le habla?

En aquel entonces, ser una madre sana significaba no tener dudas, no ser cambiante, no sentir ambigüedades, o sea, permanecer inmune a los avatares del mundo propio y del ajeno. Ser sana significaba que no sólo reconociéramos nuestros sentimientos sino que pudiéramos controlarlos, modificarlos, ajustarlos al ideal de “buena madre” imperante por entonces. Ser sana quería decir que fuéramos concientes de que teníamos ante nosotros una tabula rasa en la que quedaría inscripto para siempre cada uno de nuestros gestos. Ser sana era actuar en consecuencia, es decir, con miedo. Todo lo que se leía acerca de la crianza de los hijos tenía un tono normativo y acusatorio que conminaba a hombres y mujeres a emular ese ideal inalcanzable y, por eso mismo, pernicioso, instalado en el imaginario colectivo como el estereotipo de la buena madre o el buen padre.

El modelo de padre y madre que deberían poder todo sigue vigente en nuestros días, no importa que cada vez sea más difícil y frustrante tratar de cumplirlo. Basta considerar cómo hoy en día muchos jóvenes, sometidos a la tiranía de tener niños felices, actúan como si tuvieran ante sí criaturas cuyas miradas, sonrisas, movimientos expresan inequívocas intenciones, deseos, conocimientos, sentimientos que los adultos debemos respetar (?), o más bien, no contrariar (¿acatar?). Basta que el niño muestre tener los primeros rudimentos de un lenguaje articulado para que sus familiares cercanos entablen con él un diálogo fundado en la idea de que ese niño puede ya elegir entre ir al cine o al zoológico. Ni enigma ni tabula rasa, ahora lo hacemos un sujeto, más chico de tamaño, que nos hace saber qué elige y qué decide (claro, entre el repertorio de opciones que se le ofrecen), un sujeto de derechos con más derechos que nadie aunque a los niños se los siga abandonando y maltratando[1]. Un alguien cada vez más insaciable.

En este vasto y complejísimo escenario, donde se juega la mayor parte de los vínculos entre las generaciones, me debato asombrada, intimidada a veces por la lucidez y precocidad de mis nietos y otros niños, por el impactante manejo que hacen de algo que no puedo denominar de otra manera que no sea ‘poder’[2]. Sumida en inquietantes preguntas que ponen en jaque mi buena conciencia, intento pensar el enunciado “abuso de los niños” y lo primero que me viene a la mente es la ambigüedad de esta expresión. Ese ‘de’ que une los dos términos ¿expresa que son ellos los abusados o que son ellos los abusadores? He aquí una zancadilla que nos hace el lenguaje.

El desafío de pensar este modo de nombrar la violencia sobre los niños convoca, junto con las huellas de mis experiencias personales, lo que aprendí en mi trabajo con mujeres que fueron violadas y con otras que, aunque lograron zafar no pudieron, hasta el momento de las entrevistas conmigo, adjudicarse ninguna responsabilidad en el resultado. Sus testimonios me permitieron mirar de cerca la fórmula general “víctima-victimario”, generalmente aplicada sin prestar mucha atención a las situaciones singulares. Y ver, desde la perspectiva de quien sufrió un ataque, los estrechísimos caminos que llevan a unos hechos a ser calificados o no de violación sexual. Así pude ver los mecanismos por los cuales una víctima de una violación sexual se convierte en La Víctima de Violación, en el prototipo de lo que se supone que es una mujer que sufrió una violación sexual, y las consecuencias que ese encumbramiento tiene sobre cada una que sufrió un ataque.

Me interesa ahora sondear esa misma vía. A saber, con qué imaginaciones tejemos lo que ocurriría bajo el rótulo “abuso infantil”, cómo imaginamos a los partícipes y cómo nos figuramos la relación que existe entre ellos. El análisis será de trazo grueso y no hará lugar a las diferencias entre las múltiples formas de abuso que ocurren ni a las diferencias de edad de los niños que viven los abusos. Aspiro a que el lector se interne en sus propias ideas sobre los abusos con la actitud que tenemos cuando, para observar una escultura, giramos alrededor de ella, de modo que el “abuso infantil” admita los volúmenes macizos cuyos vacíos cercan y dan forma a esa idea. Y así logre vislumbrar los claroscuros y las siluetas mutantes, esquivas, que habitan las escenas.



La imagen en bloque del abuso infantil


Decimos que la comunicación habitual desgasta las palabras, protestamos por ello y no dejamos de usarlas como un atajo para lo que queremos decir. Al contrario, cuánto más desgastada una palabra, más fácil es aprovecharnos de ella. Sucede casi todo el tiempo, incluso cuando nos referirnos a asuntos que nos conmueven o nos interesan hondamente. Esto se acentúa con los términos que pasan del lenguaje cotidiano al lenguaje académico haciendo que algún aspecto de la vida cotidiana se “tematice”, se convierta en objeto de la reflexión profesional. Palabras comunes como deseo, angustia, se convierten en fetiches y empiezan a necesitar ser definidas con la precisión de una filigrana y su empleo, rigurosamente vigilado. Objeto de enconados e interminables debates, circulan por aquí y por allá en versiones diversas que van adquiriendo una rigidez que a veces es llamada propiedad. Algunas comienzan a escribirse con mayúscula: Deseo, Poder, Violencia, Inconciente, Holocausto y llegan a instituirse con una fuerza y un efecto de verdad tan potente que preguntarse sobre ellas vuelve a quien lo hace sospechoso de ignorancia o, peor aún, de sostener alguna peligrosa ideología. Sin embargo… afortunadamente… la vida desborda y hace que cada vez que algún suceso de los que acostumbramos llamar con esos nombres nos patea el tablero y nos urge a entenderlo, la mayúscula mayestática se desmorone. Entonces lo que creemos que es, lo que nos gustaría que fuera, cede su lugar a una incertidumbre que reclama coraje.

Llamé imagen en bloque a la imagen convocada para hablar de cosas en las que no queremos adentrarnos. Está preñada de múltiples imágenes superpuestas unas con otras, contradictorias, deshilvanadas aunque en férrea convivencia y connivencia. La imagen en boque de un hecho ofrece de éste una representación plana y congelada, un boceto desprolijo, que no admite personas ni procesos y que, no obstante, pretende validez universal. No contiene ni cuerpos, ni voces, ni olores, ni texturas, ni sentimientos, ni deseos, ni pensamientos. En fin, nada de lo que se juega en la situación que pretende nombrar. Actúa, si se me permite la licencia, como un “mecanismo ideológico de defensa” que nos aquieta y protege de entender, consintiéndonos hablar de lo que nos turba como si no pasara nada.

Las palabras desgastadas y las imágenes en bloque convocadas por ellas funcionan, por un lado, como contraseñas que nos permiten avanzar en el parloteo con la tranquilidad de creer que los involucrados sabemos de qué estamos hablando. Por otro, sirven como coartadas del pensamiento y hacen posible discurrir en torno a un tema sin necesidad de entrar en la situación concreta. Tengo la impresión de que, cuando se trata de algo inquietante, este es el modo de hablar más corriente. Una señal de estar enredados en esta clase de pantano es la rapidez con la que espetamos calificativos de gran contundencia tales como horroroso, perverso, inhumano o sublime, grandioso, perfecto -calificativos que suscitan una adhesión emocional inmediata pero nada de pensar y cuestionar. Como si así alcanzara para probar que los hechos efectivamente nos afectaron y que sabemos de qué se trata el asunto. Es conveniente estar alertas a que, en verdad, cuantos más de estos rimbombantes calificativos empleamos más lejos estamos de entender lo sucedido.

La imagen en bloque de un hecho cualquiera persiste hasta que algo cobra cuerpo irritando nuestra abotagada atención. Si hacemos lugar a la sensación de molestia, muy posiblemente la discusión se detenga, cese el parloteo entre “especialistas” o legos que hablan como si también lo fueran, se instale el silencio y empiece un diálogo más pausado, cuidadoso, inseguro, precavido.

Algo similar suele ocurrirnos cuando, como profesionales, atendemos a una historia que no coincide con lo que esperamos escuchar. En algún momento, algo que chirría en nuestros oídos desbarata nuestra imagen en bloque. Doy un ejemplo: entrevisto a una jovencita que fue violada. De pronto dice, describiendo a su violador: “tenía una camisa de cuadritos celeste y blanco ¿viste?… como los delantales de jardín". Si no fue en ese mismo momento que sus palabras me mellaron o supe de su impacto, no pude soslayarlas al momento de leer, posteriormente, la desgrabación de su entrevista. Esa imagen tierna, lúdica que irrumpió en su relato afligido detuvo el vértigo y la vorágine interior que me invadían y que yo aceptaba porque ‘no podría ser de otro modo’. Mi humor cambió. Su ternura, que “debería” haberme resultado impropia, me acercó a ella. Lo mismo me ocurrió con otras mujeres. Por ejemplo, ¿no tendría que haberme resultado impropia, incluso "sospechosa", la metáfora que usó una mujer que fue violada por dos sujetos, ella con un embarazo avanzado, en el interior de un auto cerrado estacionado en un lugar solitario que, refiriéndose al encierro y al aislamiento, dijo “era como un oasis en el desierto”?

No sólo este tipo de expresiones no me resultaron impropias sino que me ayudaron, como las deben haber ayudado a ellas en esos momentos. ¡Pasan tantas cosas juntas en la vida que creemos que nunca deberían coincidir! Son estas “rarezas” insertas en los relatos las que me llevaron a aceptar que el miedo, el asombro, el asco, el alivio, la gratitud, la simpatía, el interés, la curiosidad, la necesidad de seguir siendo, conviven apiñados, incluso colaborando. Si esto ocurre en una situación que es, en verdad, efímera, ¿cuánto más pasará en unas circunstancias que, como el abuso infantil, se sostienen en el tiempo y conviven con otras muchas situaciones de las más diversas índoles vividas con el abusador? Inmersa en el mar de la complejidad de las experiencias que mis entrevistadas me contaron, ya no tuvo caso desechar lo que en los relatos no encajaba con la imagen en bloque (como hacemos cuando, en el apuro por resolver los casos o ganar una discusión, recurrimos a las definiciones y a juicios de autoridad que hacemos valer más que los hechos). Todo lo contrario. Escuchadas, la evocación del jardín de infantes, del oasis y tantas otras expresiones extrañas que desconciertan, me hicieron cautelosa, me obligaron a distinguir y componer imágenes difíciles, novedosas, a sopesar las palabras que usaba para nombrar los hechos, a hacerme cargo de las cargas que tienen, advertir lo esquivas que son, los muchos significados que portan y el exquisito cuidado con que debía interpretarlas al escuchar y elegirlas al hablar.



La fórmula víctima/victimario en el abuso infantil


No con facilidad, ya que estoy en territorio ajeno y la cuestión me incomoda, intentaré hacer foco sobre la imagen en bloque del abuso infantil, ver, sobre todo, qué formas toma en ella la fórmula víctima-victimario[3]. De un lado, los Adultos, del otro, los Niños. Entre ambos, la Violencia. Tácitamente, el Poder, ausente en la definición contenida en la Declaración Universal de los Derechos del Niño porque, arriesgo, tratándose de adultos y niños, va de suyo. En la imagen en bloque y en las definiciones médicas, psicológicas, sociales -pergeñadas al calor de la necesidad de clasificar los hechos para facilitar la tarea del derecho-, el Poder es un atributo exclusivo de los adultos y adherido a su condición. Los adultos son completos, los niños, incompletos. Los niños son desposeídos, inermes, están a merced. Lo mismo ocurriría con la Violencia: si de un lado es una potencia que puede convertirse en acto en cualquier momento, del otro es inimaginable, sobre todo en la escena sexual. Entendida la violencia como un comportamiento reprobable, las conductas adultas violentas serían además conductas aprendidas, cuando niños, de los adultos violentos quienes, a su vez, las habrían aprendido de otros adultos violentos y así sucesiva, mecánica e inexorablemente. Me pregunto nuevamente cuál es la utilidad de esta explicación por el origen, a menudo esgrimida como “la explicación”, que podría llevarnos hasta el mismísimo big-bang, ¿culpable de todo? Pero, en fin, la costumbre nos hace insistir en ello.

Al establecer la capacidad para ejercer poder y violencia y para dominar las propias conductas como un atributo estable e inherente a unos y ausente en los otros, quedan borradas de un plumazo las diferencias entre las capacidades de los adultos y las de los niños, así como las que existen dentro de cada uno de esos grupos. Esos niños que saben qué quieren hacer a los dos años, pocos años más tarde, en las escenas del abuso, no saben nada. Crecer no los protegió de quedar despojados de esa condición de sujetos que les habíamos atribuido, de más pequeños, en otros contextos menos conflictivos. Para efectivizar ese despojo, la imagen en bloque del abuso infantil recurre a una idea monolítica y simple de asimetría de poder entre los protagonistas, ignorando que la asimetría entre seres humanos es un estado complejo, cambiante, del que participan dos que también son complejos y cambiantes, ambos capaces de pergeñar estrategias, de desarrollar astucias, cada uno a su manera, cada uno en la medida de sus posibilidades. Pensemos: reconocer las potencias de las víctimas no las hace menos víctimas.


¿Habrá sido mi ver en él una potencia cuyo despliegue me era imposible imaginar lo que hizo que ese día, cuando cambiaba a mi primer bebé, yo tuviera miedo de quedar a merced de su presencia, de los límites que su cuerpo imponía a mis espacios, de sus recursos para obligarme? ¿O fueron sus ojos insondables lo que me hicieron temer mi propia y desconocida potencia? ¿Llegaría a saber quién era y cómo hacer con él? Porque, a decir verdad, esa relación cuerpo a cuerpo con mi hijo, tan profundamente erótica, me hizo, en cierta forma, volverme una desconocida para mí misma.


Entonces ¿cómo funciona la fórmula víctima-victimario en el marco de lo que se denomina abuso infantil? Lo que aventuro a continuación proviene, como dije, del análisis de la imagen en bloque de la violación sexual, de la forma que toma ahí la relación víctima-victimario y de contrastar ésta última con lo que me contaron, en charlas largas y tendidas, personas que hace mucho tiempo que trabajan con niños abusados. Aun cuando ambas imágenes en bloque son aplicadas a situaciones bien distintas, comparten quién es el victimario (varón joven o adulto con poder), quién es la víctima (mujer o niño sin poder) y cuál es el acto que define la situación: el ejercicio de la violencia y el poder sobre una víctima reducida a objeto sexual. En ambas imágenes, los lugares de víctima y victimario son fijos, no intercambiables y existe entre ellos algo que si bien es llamado relación, rehúsa, sin embargo, la mutua afectación. También son fijas las concepciones acerca del poder, la violencia y el sexo.

La pobreza y rigidez de los conceptos víctima, victimario, poder, violencia, sexo, se encuentran empastados en la imagen en bloque. En las situaciones concretas las asimetrías no son tan prolijas. La precariedad de la imagen llega incluso a nublar las diferencias sustanciales que existen entre una víctima de un hecho circunstancial, de una irrupción del azar, y una víctima de un estado crónico. En este último caso, las situaciones de violencia y de abuso de poder coexisten con gestos amorosos, de compañerismo, de alegría, formando la trama permanente y esencial que sostiene la vida cotidiana. Y no olvidemos que quedan involucrados no sólo muchos otros personajes del entorno próximo en papeles trabajosamente discernibles, sino también al medio socio-cultural.

En un contexto tan brumoso, la imagen en bloque de la violación sexual y la del abuso infantil propician que convivan dos modos aparentemente contradictorios de interpretar los hechos. Denominé a uno paradigma culpabilizador y al otro paradigma victimizador. El primero atribuye a la víctima las características del victimario y viceversa. En el caso de la violación sexual, ella es joven, atractiva, poderosa y se la busca; él, un pobre tipo que cae en las garras de ella y de sus propios “deseos irrefrenables”. En los estrados judiciales eso se torna en inversión de la carga de la prueba y es la víctima quien debe probar su inocencia mostrando su desvalimiento radical. El segundo paradigma propone al victimario como un sujeto sin fisuras, capaz de todo, insensible a lo que acontezca durante el ataque, que tiene todo de su lado. Y a la víctima, igual que como le exige que sea el paradigma culpabilizador: impotente, incapaz, inerme, inválida, in…, in…, in…inocente. Con matices de diferencia, en ambos paradigmas ser inocente es ser indefenso, impotente, haber quedado la víctima reducida a cosa. En ninguno de los dos hay lugar para que las víctimas negocien unos daños por otros más soportables, ni para abrir lo que ocurre a otros significados que los esperados por la imagen en bloque de la fórmula víctima/victimario. Ni para que hagan lugar a una idea o una percepción que desmiente el estereotipo, una idea o una percepción que les permita seguir siendo a su propio modo según su propia potencia.

Para la imagen en bloque del abuso infantil, el victimario es casi siempre varón: padre, padrastro, concubino, amante, vecino, abuelo, tío, primo, hermano mayor, maestro, cura párroco (sí, no se salva nadie). Pero hete aquí que, a pesar de todo, la insoslayable experiencia obliga a admitir, no sin fastidio, la posibilidad de que sea una mujer. En ese caso, curiosamente, la abusadora será, por ejemplo, una maestra. Cuesta salpicar la imagen del hogar, de su reina y de su corte aunque sea ése el ámbito donde mayoritariamente ocurran los abusos infantiles: allí donde los niños conviven con sus progenitores o miembros de la familia ampliada. Madres, tías, abuelas, hermanas mayores, empleadas domésticas, o bien comparten la victimización de los niños o son testigos impotentes (paradigma victimizador). Pero ahondando en la imagen, vemos que en ella hay lugar también para madres sospechadas de ser cómplices de sus parejas abusadoras (paradigma culpabilizador). A diferencia de lo que ocurre con la violación sexual, la imagen del abuso infantil admite, con mucha más facilidad, que los hechos ocurran entre familias de clase media y alta, que sean perpetrados por personas “distinguidas” de moral laxa y pocos escrúpulos. “La cohabitación con los padres no necesariamente implica que ocurra abuso. Creo que es más frecuente el caso en que el marido se levanta sigilosamente de la cama en el medio de la noche y entra en la pieza empapelada con dibujos liberty donde la hija goza de una habitación para sí sola” me dice quien divide sus esfuerzos entre un hospital de la provincia de Buenos Aires y su consultorio privado en pleno centro de la Capital Federal.

En el caso del abuso infantil, el paradigma victimizador concita adhesiones mucho más inmediatas y fuertes que su opuesto, ya que la imagen de familia “normal” incluye padres que pueden y deben todo y niños que no pueden ni deben nada, a los que asisten derechos que, por otra parte, no pueden ejercer ni hacer cumplir. Precisamente sobre esta debilidad de los infantes se apoltrona la buena conciencia que alimenta a los discursos victimizadores. El paradigma culpabilizador no milita contra estas ideas a menos que se vea en la necesidad de explicar=justificar a un victimario. Entonces se despereza su vocación por invertir los términos y arremete contra la inocencia infantil. La imagen en bloque es pródiga en ficciones que sirven a tal fin: Carries, Lolitas, las niñas fotografiadas por Lewis Caroll. Lo que resulta paradójico y un desafío para el pensar, es que en esta arremetida, quien fuera una víctima igualada a una cosa de pronto se convierte en alguien cargado de malicia, un personaje dibujado a la medida de lo que necesitan los argumentos que buscan exculpar a los victimarios.

Ambos paradigmas ignoran por igual a ese niño de carne y hueso al que le pasan muy distintas cosas, en una historia que se prolonga en el tiempo y que admite una enorme cantidad de actitudes voluntarias e involuntarias, diversas, incongruentes y cambiantes. No se trata pues, de ponerse de un lado u otro y elegir entre oposiciones abstractas sino, como dijimos antes, insuflar la vida en los modelos anquilosados donde no caben las experiencias vividas ni por las víctimas ni por los victimarios. Para no desampararlos, para poder escucharlos cuando no se ajustan a las imágenes previas que tenemos de ellos y de los sucesos, cuando sus relatos nos desmienten y corrigen los nuestros.



¿Y entonces?


¿Será la ilusión de inocencia, sumada a la idea peregrina de un poder de seducción irresistible del niño, la forma de disimular, también ilusoriamente, nuestro fracaso para acercarnos a la inasible vida infantil? (¡Y eso que todos fuimos niños!) ¿Serán ambas ilusiones el modo adulto de desatender las experiencias vividas por los niños y sus procesamientos que, aunque mediados por nosotros, son irremediablemente singulares y por lo tanto ajenos en parte a nuestro poder y obligación de encauzar?

A menudo desdeñamos la capacidad de los chicos para forjar su modo singular de estar en el mundo, una conquista que casi siempre logran a pesar de nosotros los adultos. En nuestras figuraciones acerca de los niños, no damos lugar a las pruebas cotidianas y contundentes que nos dan de esa capacidad. ¿Quién no se pregunta alguna vez, parado en un semáforo, qué pasará en la cabeza y el alma de ese niñito que se olvida de venir a pedirnos limosna porque está jugando a la lucha con otro chico, riéndose, revolcándose, en un juego que nos despierta envidia? ¿Quién no se asombra ante esa potencia para crear, una y otra vez, mundos fugaces de felicidad, en una esquina de la ciudad, alejados de los adultos? ¿Quién no siente su propio tedio interpelado por esa imagen que, de tan paradójica, nos hiere?

Existe actualmente en los discursos de los especialistas, en los medios de comunicación, en la conversación cotidiana, un reconocimiento y valorización considerables de la palabra de los débiles y de las víctimas. Sin embargo, cada niño como co-artífice de su propia vida, en interacción con un mundo al que accede sin necesidad de salir ni al patio de su casa, sigue sin aparecer. El ideal de familia, sumado a las imágenes en bloque y los paradigmas dominantes, proyecta un cono de sombra sobre las formidables potencias infantiles que los padres, tutores o encargados intentan disciplinar. Y ese cono de sombra afecta sin remedio las formas que tenemos de entender qué pasa con un niño que se ve involucrado en una situación de abuso o con un niño que trabaja.

Si dejamos de pensar que un niño es un ser incompleto o, por lo menos, no más incompleto que un adulto, si le reconocemos su autonomía en la relación singular que mantiene con el mundo, si lo reconocemos presente y alerta en las situaciones que vive (y los niños suelen estarlo mucho más que nosotros) aun cuando no las “entienda”, creo que podríamos ir abandonando el nocivo camino de la victimización y de su complementario, la culpabilización. Porque si seguimos subrayando la condición pasiva, impotente, improductiva, de un niño que sufrió abuso y quedó dañado, si seguimos erigiendo nuestras interpretaciones acerca de quién es y qué dice, y no vemos lo que en su aquiescencia y colaboración con el abusador hay de resistencia, de ánimo de sobrevivir, de voluntad de seguir siendo, ¿cómo haremos para acompañarlo en su crecimiento, en el fortalecimiento de su conciencia de sí, en su autonomía, en su ser otro? La idea es: ese niño estuvo allí, hizo esto e hizo aquello, pudo esto y no pudo esto otro y ahora está aquí, ante nosotros, así como es, con sus virtudes y defectos, con sus potencias e impotencias que él solito conquistó en su lucha por adaptarse a las circunstancias que le tocaron.

Escribo a partir de lo que aprendí viendo la recuperación de sí mismas que hicieron las mujeres que entrevisté, gracias al alivio y la alegría que sintieron cuando, tras contar sus historias sin miedo a ser censuradas, descubrieron la cantidad y variedad de cosas que se les ocurrió hacer y decir en esos aciagos momentos y que les permitieron evitar daños peores. Por eso creo que es importante preguntarnos: ¿cómo ayudamos a que un niño que quedó dañado por el abuso asuma su daño y lo integre como una parte de su persona cuyo destino nadie puede prever? Por lo pronto, creo inútil seguir negando que, junto a las ideas de inocencia, invalidez, desamparo, dependencia, nos habitan también las de los niños como tiranos, manejadores, seductores, pícaros, precoces, malvados, hasta poseídos. ¿Cuál es el beneficio de aferrarnos a una imagen de ellos amputada, sin contradicciones? ¿Cuál el de buscar amparo en una idea de inocencia o de culpabilidad que arrasa con sus potencias e impotencias reales?

Desde que los más débiles, los menos protegidos, los más sufrientes, ganaron un bienvenido protagonismo político, tenemos un contexto que nos invita a escuchar su voz, admitir su condición de otros y que, como tales, crean, hasta en las situaciones más extremas, sus propias maneras de estar ahí. Afortunadamente, hay quienes trabajan sabiendo que ayudar a un niño dañado por el abuso infantil no consiste meramente en “liberarlo” de la culpa negándole su irremediable participación en la escena. No debe ser fácil la tarea que realizan. Porque, ¿cómo evitar caer en las garras de las versiones que dominan la imagen en bloque? Me llevó años entender esa inquietante frase de Nietzsche que dice “yo lo quise así”. En verdad, cada vez que creo entenderla –ya que se me escapa todo el tiempo como el agua entre los dedos- y la aplico a mi propia vida, siento un alivio enorme y, lo que es más importante, recupero toda la potencia que la culpa me cercena. Eso es lo que me gustaría que ocurra con los niños dañados.



*Inés Hercovich: Autora de El enigma sexual de la violación, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1997 y de “Negociar sexo por vida”, TedxRiodelaPlata, Buenos Aires, 2015.


Este artículo es una revisión del artículo publicado en el libro "Las formas del abuso", compilado por Beatriz Zelcer, editado por la Asociación Psicoanalitica Argentina en el año 2010.



[1] Me pregunto cuánto ayuda al desconocimiento de la otredad del niño y a su abandono que hayamos reemplazado el hecho tan concreto de la necesidad por la idea abstracta de derecho. Ya que todo derecho tiene como contrapartida una obligación, tal vez sea bueno cambiar la célebre fórmula “donde hay una necesidad hay un derecho” por “donde hay una necesidad hay una obligación” y ver qué pasa entonces con nuestras maneras de entender la responsabilidad, la justicia, el bien común. Y con nuestra forma de educar a los niños. [2] Mi sensación fue corroborada y alimentada por los comentarios que me hizo una directora de un jardín de infantes, en un colegio muy importante de la Capital Federal. Ella describe niños haciendo abuso de poder sobre otros niños, describe situaciones elaboradas, ‘intencionales’, dice con miedo. Habla de un nuevo modo de agresividad que nada tiene que ver con los viejos empujones o tirones de pelo propios entre párvulos de 3 o 4 años. Habla de niños ejercitando un poder que habría quedado vacante ya que los padres, aparentemente muy presentes, habrían abdicado de ese poder al abandonar su función de adultos y con ella, a los niños. [3] Nótese que esta es la única fórmula que reúne el poder y el no-poder invirtiendo el uso habitual. A saber, hablamos de opresor-oprimido, vencedor-vencido, dominante-dominado, activo-pasivo. Estos pares dialécticos expresan, como toda dicotomía, una relación jerárquica y de dominio de un término sobre el otro. Pero, resulta que invertimos los términos y, ¡oh sorpresa!, salen a la luz aspectos de las relaciones entre ambos términos que la fórmula establecida mantiene en la sombra. Es, por lo tanto, auspicioso que en el caso que nos incumbe se haya dado tal inversión. Arrimo una posible explicación que me parece plausible y que he usado en este escrito: hoy la historia no la escriben sólo los vencedores. Hoy, la voz de los vencidos genera nuevas realidades que mueven nuevas reflexiones ampliamente valoradas.