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Acechanzas


En este texto, Alejandro Soto indaga acerca de las redes y líneas que entraman nuestros afectos, angustias y síntomas. Un asomo para escuchar atento la polifonía de voces que murmuran gritos tras cada superficie.


*por Alejandro Soto






Ahí está otra vez.

Invade mis geografías, apaga mis luces, cierra mis párpados.

Llega otra vez, y yo no sé cómo recibirla. Digo, como darle un lugar sin que lo afecte todo.

Sin embargo, ella insiste.

Y yo me pregunto, todas las veces me pregunto, qué es lo que dice. No termino de traducir su voz.

Siempre encuentro algún mensaje en sus derrames, claro. Saco algún signo, algún señalamiento, algo que figure un rastro.

Trato de atender aquello que parece traerla, la calmo así, pero arremete.

Implacable.

Alguna vez la soñé cósmica, una piedra del cielo en caída impostergable.

En cada vuelta, es cierto, una diferencia.

Algo más que parece develarse. No como verdad tras el velo, sino más bien como fuerza a desplegarse.


*


Tristeza me parece últimamente un nombre apresurado para el movimiento que ansía advenir pero es sofocado, de algún modo. Las represas contienen, hasta donde pueden.

(pues ya sabemos: lo que no existe, insiste)

Resulta así una afectación, esa sustancia impersonal que se mueve entre los cuerpos, por los cuerpos, a través. Vibración frecuencia de un hilo de la telaraña. Pulso a pulso. Tic-tac. Gota a gota, hasta horadar la piedra más dura. Atravesando el tejido de lo posible.

Inunda, quiere arrasar(nos) algo más que la vidita de cada cual, quiere arrasar formas. Sacudida del tablero que busca que el alfil ya no se crea tal y pueda jugar alguna vez como peón o dama.

La vida supura dolores, hedores, inmundicias. Malestares se etiquetan con urgencia en diagnósticos de todo tipo y saber, re-suenan. Si hacen ruido, son amansados. Si hacen bardo, son domesticados. Si no producen, son rehabilitados.

Pero el grito sigue, ahora devino música funcional. Adiestrados los oídos, lo humano es pura costumbre.


*


De las crueldades que vociferan hoy, debe surgir otra respuesta. No mera resistencia, sino respuesta. Nuestros afectos no pueden seguir siendo capturados por esta maquinaria hambrienta, se precisan apuestas donde experimentar otra sensibilidad.

Porque en lágrimas se queja algo más que la frustración de turno, se desborda el río, irrefrenable entre desmontes. En anhedonias el aire viciado se desencanta de cielo y estrellas. Bosques gritan de pánico ante el fuego desenfrenado que los consume. Tristeza inevitable la de este mundo arrasado, de los platos contaminados, del flaco sin hogar que tiembla de frío en el alero de una mansión anónima, del plástico en las nubes lloviéndonos Capital, fumigando lo que nos queda de sensibilidad y tacto vegetal.

Será preciso re-afectarse de mundo, con otres. Volver a ver, no sólo mirar. Sabernos perdidos entre multitud de GPS. Probarnos ignorantes entre tanto exceso de información. Pausar momentos como islas en la correntada.

Artesanos del afecto y la percepción, iremos siendo entonces.

Migrantes entre mundos e idiomas ajenos,

         albañiles de refugios que cobijen lo que no tiene lugar,

                       guardaparques de reservas que preservan vida.

                                                             Vida, ante tanta extinción.

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