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Algunas reflexiones rudimentarias ante la desorientación política post mileiazo

Actualizado: 18 sept 2023



En las siguientes líneas, escritas en la urgencia de estos tiempos, se intenta indagar en la racionalidad del voto en la próximas elecciones, en las derivas del yo-placer-progreclasemediero, como intento de aportar a pensar algo que contribuya a "dar-la vuelta".


por Juan Cucurto*



Advertencia: lo que sigue no tiene ninguna sistematicidad, no pretende explicar todo, ni apenas poco. Por otro lado, mi perspectiva asume que la izquierda no va a ganar, que en la categoría “presidente” hay que evitar que gane la derecha.


1. Érase 2015 y ocurrió para muchxs de lxs que se identifican con posiciones ideológicas más o menos circunscriptas en la izquierda, el progresismo y el “campo nacional y popular” un momento de crisis: ganó Macri. Del otro lado, había un sapo externo. Pero lo nuclear fue lo inconcebible del acontecimiento. Posteriormente, la certeza de que el masoquismo o la autofagia de buena parte de la sociedad votante era la única explicación loable para ordenar esa realidad fue preponderante. El autoconvencimiento en el “campo popular” de la “irreversibilidad” de los procesos subjetivos “ganados” en una década previa, el eterno retorno del sin-sujeto para la izquierda, y el miedo a vivir peor de la progresía, por nombrar algunas hipótesis, redujeron abismalmente el campo de miras. “¡Que sociedad de mierda!”. De ahí en más, una matriz inconducente se instaló: somos el bien, ellxs el mal; somos la razón, ellxs son ineptos y/o delirantes (¡Ni hablar sabe!), somos el amor, ellxs el odio. Matriz infantil aunque constituyente, que coincide con lo que Freud llamó “yo placer purificado”: lo malo mío está en el otro. El otro es en realidad lo que yo proyecto de mí en el otro. Ejemplo: el progre-clasemediero[1] tiene miedo de perder sus derechos (casi siempre éstos producto de luchas obreras, pero que, en muchos casos, al sectorizarse, comienzan a aproximarse a la cualidad de un privilegio en el intercambio social, es decir en la perspectiva del otro sin esos derechos o con derechos degradados) entonces le dice al otro “¿no ves que vas a perder todos tus derechos?”, pero el otro casi que no tiene ninguno. Dirán que sí los tiene y en definitiva algunos tiene, pero no son los mismos que tiene el progre (promedio) que en el mejor de los casos lleva a sus hijos a la escuela pública, que seguro está en el norte de la ciudad, o que incluso truchó el domicilio para elegir una escuela pública específica y que no caiga (¿les suena este significante?) en “cualquiera”, y que seguro no pisa un hospital público ni en pedo. ¿Y de echarle la culpa al FIT cuando no daban los números? ¿Se acuerdan?

En ese momento, muchxs laburantes de los sectores empobrecidos e informales planteaban algo así: “para mí es lo mismo, gane quien gane el lunes tengo que levantarme a las 5 de la mañana, viajar tres horas, laburar 12, y volver a viajar para comer y volver a irme a dormir”. El progreclasemediero, se burlaba. No estuvo ni está dispuesto a ver allí una verdad relativa, una media verdad porque no puede dejar de mirar desde su ombligo: no está dispuesto a aceptar su ejercicio desigual de los derechos ganados en las luchas (casi siempre obreras).


2. Del Macrismo, ¿aprendimos algo? “¡Les rompimos el culo en 2019!” (perdón el sesgo machirulo, ¿se entiende, no? No sé por qué pero creo que tengo que atajarme ante la sensibilidad generalizada). El existismo nunca es amigo de ningún proceso contrahegemónico. Porque no, no pasó eso, a lo sumo la situación era de “empate táctico”, y hoy eso está más claro que entonces.

Al parecer esos cuatro años sirvieron para recomponer una serie de alianzas por arriba (Frente de Todxs), que supuso -diario del lunes- la conformación de un espacio que nunca se ordenó como un verdadero bloque político, que lejos de ello expuso una tras otra sus fracturas y que en concreto no pudo más que consolidar una posición defensiva y regresiva: los macristas nos dejaron un país hecho mierda, y las soluciones propuestas fueron entre tibias y conservadoras. Cero, pero cero osadía. Pero para peor está el macrismo. Ni hablar que dicha alianza en lo que respecta a su conformación significó elementalmente “ampliar” por derecha (también por izquierda, pero esta ampliación no participó de la mesa chica). En ese contexto, a Cristina se le concedió realizar un acto-tabú: criticar. Porque de progre y nacional popular es hacer que está todo bien: porque si no, se viene la derecha. La derecha se vino igual: con Macri no aprendimos eso. Tampoco aprendimos que a la derecha se la vence en el día a día, no cada 4 años metiendo un sobre en una urna. El capitalismo, como sujeto posthumano que es, no descansa, no para, no da respiro.

Por abajo, seré simplista, el macrismo (y no desprecio los efectos pandémicos) pareció consolidar una tendencia que ya estaba iniciada: la desmovilización. La reacción ante el 2x1 a los genocidas y las modificaciones de la fórmula de aumento de las jubilaciones fueron oportunidades perdidas en tanto no lograron cristalizarse. Porque al propio gobierno se lo debilitaría exigiendo un rumbo desde abajo en la calle. Volver a comprobar que sin una regulación de la concentración mediática (y eso incluye a las redes, altos monopolios disfrazados de libertad individual) y una democratización de la justicia no hay un proyecto emancipador sostenible, y que ello no va a ocurrir sin movilización, sin organización, sin confrontación sostenida y sin la construcción de esas prioridades. Comprobar que en nuestro continente hay dos caminos: la tibieza (que garantiza la derrota) o la confrontación (que no garantiza la victoria). No hay negociación con los grandes poderes. ¿Recuerdan Vicentín? ¡Alberto pecho frío! Ah, pero... ¡se movilizó más y mejor la derecha! Los movimientos sociales, fragmentados en sus luchas, fueron los únicos chispazos de la asunción del conflicto político. Claro para construir las prioridades de las que estamos hablando hay que simultáneamente garantizar la supervivencia y los movimientos sociales también quieren enseñarnos eso.


3. Mal que mal pasamos el macrismo. Fueron solo 4 años. Suficientes y al mismo tiempo “menos peores” de lo que imaginaron muchxs. Quien me quiera criticar por esto piense que muy seguramente antes del mileiazo decía que el macrismo “ahora sí viene por todo” o “viene recargado”. Deuda ¿impagable?, pandemia y sequía. Pero vamos, ¡cuántas para los de abajo! Recuperamos el Ministerio de Salud: los hospitales más o menos igual (solo un par dependen del ministerio de Nación). Las OOSS quebradas muchas, las prepagas entre pauperizadas e impagables. Algunos programas están buenos. Hay aborto, 132mil hasta el año pasado. El gasoducto: ¿Pero vamos a pagar menos el gas? Subieron los índices de trabajo: precario, informal, seguro que no todos…

Seamos realistas, todxs la veíamos muy difícil. Hablo de las elecciones. Pero siempre, siempre, el pankirchnerismo apostó a no criticar (hay excepciones… ya me harté de aclarar obviedades), a relegar la movilización, a acusar que le creíste a Clarín: estamos siempre mejor con el peronismo. Y sí, eso puede ser verdad relativamente, y aun cuando sea verdad puede ser conciliable con “no estar bien” o directamente con “estar mal”. Como psicoanalista practicante sé que si hay algo que no sirve de nada es pretender decirle a alguien que sufre que “podría estar peor” (o que siempre hay otro que está peor...): eso deslegitima la percepción del malestar que tiene el otro, y cuando no quedas en la vereda de enfrente, hacés sistema con lo que causa el sufrimiento.


4. Y en eso llegó Milei (Perdoname Fidel)… Lo inflaron tres meses bajo la hipótesis de que le sacaba votos a Cambiemos. Y no hablo de TN, ni de La Nación+… Que en esos tres meses más bien trataron de desinflarlo. Hablo de canales, radios y streaming con muchos progres-clasemedieros. Desorientación al cubo. Psicoanalistas progres psicopatologizando la política (¿ese es el aporte de una teoría potencialmente crítica? ¿de verdad?), en las redes progres, zurdxs y nacandpop eructando sus reflejos políticos desvariantes: son todos fachos, son todos garcas, son todos ignorantes, son todos masoquistas. No lo niego: que los hay, los hay. La hipótesis más desopilante: si Cristina no estaba proscripta… ¿La iban a votar fachos, garcas, ignorantes y masocas? En definitiva: ¿dónde están los votos del 2019? Mejor creer en los que no fueron a votar. El brete no termina ahí, si se quiere intentar revertir esto hay que ir a por esos votos. Al menos, por una parte. El voto del facho no, ya está perdido y no lo queremos. Esta tarea no debería ser tan difícil dado que son todxs pelotudxs, no como nosotrxs (ironía).


5. La racionalidad del voto a Massa: 1) Porque lo puso Cristina; que puso a Alberto. 2) Porque se viene la derecha. Muy zurdo no sería, como Scioli, y digamosló, vivimos en el capitalismo: siempre es lógico que se venga la derecha. Hasta acá todos argumentos para el 26%, para el piso que ya lo votó. Argumentos morales, ideológicos, que deniegan la realidad de la autoconservación y la autopreservación que hay que tener resuelta para el debate moral. Hay que empezar del 40% de pobres, 45% de trabajadores informales, del 50% de jóvenes pobres, de los jubilados de la mínima. El progre tiene que descentrarse, frenar su tendencia clasemediera, tiene que observar que su discurso no es sino el de exigir al pobre que le sostenga sus derechos, que vote por y para él. La pregunta es cómo volver razonable un voto a Massa por fuera de esas coordenadas morales y simultáneamente poder hacer el trabajo de reconocer qué perdió ese otro, en tanto otro. Es decir, formular los medios para ir transitando ese debate de un modo que pueda martillar lo que Milei representa sin delegitimar la percepción de las necesidades en las que se funda el descontento, el enojo y la desorientación de una parte del electorado pro-peluca (y que tomó otras opciones también). Y por supuesto, no todo el precariado vota a Milei, hay que escuchar a lxs que no teniendo los derechos desigualados de la clase media, no expresan su resignación votando a un fachirulo. El progre-clasemediero debe dejar lugar a un punto de miras que asuma que los derechos son desiguales, porque las soluciones también van a serlo.


6. Hace unos días escribí en una red social que el voto a Milei tenía gran racionalidad. Alguien me dijo que avalo al fascismo. Voy a aprovechar para explicar mínimamente el punto de vista. La racionalidad es moderna, capitalista, sistémica. Incluso los afectos de cierto modo constituyen una racionalidad, no son lo contrario necesariamente a la razón, más bien tienen su razón. La racionalidad instrumental puede reducirse a la construcción de un problema y de su solución. Milei logró eso. Mientras UP prefiere no hablar de la inflación y de la seguridad (por citar dos temáticas socialmente transversales y significativas) Milei habla de lo evidente, y más aún evidente para las clases populares y también medias. Además, capta algo de la afectividad en juego. Y encima no tiene aparente responsabilidad política en las causas de la crisis. Al mismo tiempo tiene una propuesta (teórica, irrealizable… lo que quieran, pero puntual). El “loco” Milei legitima una realidad compartida: la de la precarización de la vida de las masas, a diferencia del progre-clasemediero no dice “acordate del 2012” ni niega que no puedan comprar carne de vaca. Al mismo tiempo promete cambios que en su relato presenta como estructurales, no maquillaje. Que muy probablemente va a ser una catástrofe, sí claro, siempre se puede estar peor. Porque peor es que le salga bien: que gane y tengamos una sociedad que concretice y que sostenga su programa. Deseo capitalista hay. Subjetividad capitalista también.


6bis. A Milei le viene como anillo al dedo un movimiento juvenil reaccionario creado al calor del streaming, instagram, tiktok y del trap, que construye como valor el reloj y la cadena y que limita los cuestionamientos que el feminismo vino a mostrarnos. Cómo intervenir allí es algo sobre lo que no se me ocurre nada. Tampoco estoy diciendo que todo lo que hay ahí es de derecha (de hecho, sé que hay al menos 3 que algo -no mucho- dijeron). El voto a Milei también se rebela significativo en sectores gorilas desilusionados con la experiencia de JxC, incluso radicalizados. Confrontar todavía implica diferenciar enemigos (palabra casi prohibida) de quienes tienen razones de otra índole y a quienes no se le puede exigir que prioricen vectores morales e ideológicos ajenos, sin ofrecer simultáneamente un proyecto de supervivencia más o menos estable, y desde ahí -solo desde ahí- generar imaginarios de igualación de derechos. Hay que descentrarse y admitir que encuentran en Milei más racionalidad para su autoconservación y autopreservación que votando a Massa. Y desde ahí buscar las estrategias que permitan discutir lo que Milei representa.


7. ¿Massa va a bajar la inflación? ¿Va a hacer más seguros los barrios populares? ¿Va a mejorar las condiciones laborales de los informales? ¿Va a poner las jubilaciones en un piso digno? Si no lo está haciendo, ¿es tan bizarra la racionalidad de los mileistas?

Pero vayamos a lo importante, porque en definitiva Sergio es Massa. Mientras el progresismo, los zurdos, y los nacandpop boludeabamos y llorabamos en twitter después de ir a votar, clavó la segunda devaluación en 10 días. Sergio es Massa. O se adopta ya mismo una posición derrotista (¿qué hacemos con un Milei presidente?) o le imponemos a Massa en la calle la racionalidad desde abajo, y apostamos -con grandes chances de perder- a darla vuelta. Pasivizarnos y centralizar la militancia en redes sociales son mecanismos secuaces de la derecha. Como se dice en el futbol de paladar negro: hay que elegir cómo perder. Yo siempre prefiero perder con un programa de izquierdas, de las masas precarizadas, de los que raspan el fondo de la olla y que, desde ahí, con políticas de recomposición de las condiciones elementales de razonabilidad vayamos reconstruyendo los debates ideológicos. Prefiero siempre eso a perder haciendo concesiones con el FMI y con los intereses egosintónicos de lxs-progres-de clase media. La reacción a semejante cimbronazo político no puede ser un posteo picante, ni quejozo, menos aún la acusación sobradora. Ante tal cimbronazo existencial: la calle. Estos dos meses y si ocurre lo inesperado (que a esta altura es darla vuelta) todo el tiempo que sea necesario, porque Sergio es...


8. La vida de izquierda es estar siempre ante estos riesgos. Es vivir a contrapelo. Es asumir que no te van a dejar realizar una vida no-capitalista. Discutir solo el neoliberalismo o el fascismo es una trampa que oculta que tales procesos son ecualizaciones lógicas del capitalismo. Creer que a nosotrxs nunca nos va a tocar, cuando ya nos tocó, cuando toca en los países de al lado, y a los cuales muchxs siguen queriendo parecerse, tiene que hacernos interrogar la impostación de la sorpresa. Quisieron matar a Cristina, pero primero a Evo, y antes 638 veces a Fidel Castro.

Milei es la consumación del deseo capitalista, del narcisismo de la competencia que lleva al sacrifico de la autovalorización, Milei es la radicalización del status-quo, es el sálvese quien pueda ante el descarte del mercado. Milei es el fin de la solidaridad, no hay dudas, es la peor opción. En dos meses hay que quemar todos los cartuchos, dejar de hablar entre convencidos, y exigir a quienes todavía gobiernan que la única vía para militar el voto (¡no puede haber cheque en blanco a Massa!), que la racionalidad de éste requiere direccionar la política, el Estado justo ahí donde Milei quiere eliminarlo.



*welligtoncucurto@gmail.com


[1] No quiero construir un estereotipo ni un espantapájaros. Es una tendencia propia del progresismo que me rodea. Puedo delinear algunas características no determinantes, pero si ejemplificantes. Es profesional o trabaja en una empresa familiar. El progre-clasemediero tiene osde/swiss o de mínima la prepaga de Unión Personal. Manda a sus hijxs a la escuela privada, pero defiende la educación pública. También fue o manda a sus hijxs a las escuelas públicas de elite de CABA, pero dice que son todas buenas. Pero fundamentalmente, el progre-clasemediero se empeña en no reconocer que su estatus social depende de una trama de relaciones con personas precarizadas. El progre-clasemediero es, al fin y al cabo, un meritócrata.



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