Del psicoanálisis interpelado a la sexualidad psicoanalítica: entre Laplanche y Bleichmar

Actualizado: oct 24

[Primera parte]




Por Juan Pablo Pulleiro*


El psicoanálisis contemporáneo atraviesa tiempos de fuertes interpelaciones provenientes de los feminismos y los movimientos lgbttiq+, frente a ello se han desarrollado respuestas principalmente defensivas. Aquí se busca ensayar la presentación de nociones a fin de contribuir al debate planteado reafirmando la utilidad de considerar las críticas.


El psicoanálisis ha sido en sus orígenes freudianos una disciplina establecida en torno a la sexualidad. La obra del creador del psicoanálisis propone a lo largo de su gran caudal de textos de modo reiterado que el objeto del psicoanálisis es el inconsciente, siendo éste delimitado a partir de una práctica que se propone tanto su investigación (método) como transformaciones (técnica), a partir de lo cual Freud suele andamiar tanto sus argumentaciones como la legitimación de la teoría. El carácter sexual del inconsciente se impone en primer término a partir del contenido representacional en el trabajo clínico, aunque se asociaba además a la formación y sostenimiento de los síntomas en tanto “satisfacción sustitutiva”. Este emparejamiento entre dos elementos diversos, sin embargo no deja de llevar al malentendido en tanto remiten a procesos heterogéneos, si asumimos la caracterización propuesta por los autores en los que gravitaremos en este texto: Jean Laplanche y Silvia Bleichmar. Se trata así de mantener como eje que el inconsciente se instaura como un dominio radicalmente heterogéneo de los dominios Prcc-Cc. Siendo así, el inconsciente sexual se revela a partir de un trabajo de mayor abstracción, con el cual se plantea -vale la redundancia- una lógica abstracta que intenta dar cuenta del aspecto económico del inconsciente (en el cual podemos inscribir el término pulsión sexual). Siendo que, en la propuesta freudiana, representación y cuanto (monto de afecto) dan forma a su modelo de aparato psíquico, la sexualidad muestra su relevancia al remitirse desde ambos elementos.

Asimismo, más allá del campo especifico del psicoanálisis y sus practicantes, los aportes freudianos son retomados como parte del saber acumulado sobre la sexualidad. Basta observar -por lo menos en nuestro país- entre las currículas de grado que se proponen abordar la “evolución sexual” para encontrarnos con la recepción de la sexualidad infantil ensayada por Freud.

Por otra parte, es posible encontrar en el devenir disciplinar un interés, por parte de lxs teóricxs del psicoanálisis postfreudiano, diversificador. Es posible así hallar postulados que disputan la centralidad de la sexualidad, aun cuando sería un trabajo probablemente infructuoso pretender ubicar alguno que haya eludido dar algún lugar a la misma en su propuesta doctrinaria.

En los últimos tiempos, el psicoanálisis (y sus practicantes por supuesto) se encuentra, nuevamente, interpelado con la intensidad que adquirieron las luchas relativas a la política feminista y de los movimientos lgbttiq+. Y, si bien es cierto que en tiempos históricos germinales de la disciplina ha sido puesto en cuestión por portar un potencial crítico de los criterios de la sexualidad oficial, ello no puede abonar la hipótesis ahistorizante que propone que cada crítica reproduce esa matriz. Y, por cierto, que tal hipótesis no le conviene a nadie salvo que se crea estar afuera de la historia.

Ahora bien, así como ha habilitado potenciales críticas a la moral sexual moderna, no resulta menos procedente asumir que con posterioridad el discurso psicoanalítico ganó legitimidad en lo que respecta al saber social sexual, y las diatribas más notorias comenzaron a volcarse hacia otros tópicos (en los que ahora no me detendré, pero nombraré a modo de ejemplo “la falta de rigor científico”) sobre los cuales lxs psicoanalistas han elaborado respuestas numerosas y mantenido una confrontación sistemática en función de la defensa de la disciplina como garante de una ética basada en el reconocimiento del sujeto.

Entonces, contemporáneamente, como escribí más arriba, el psicoanálisis está siendo interpelado. Es notorio que muchxs colegas no distinguen crítica de burdo ataque, tampoco suele interesar lograr una caracterización de quien profiere la interpelación: se suele partir de una concepción en la que, por ser el psicoanálisis “esencialmente” contracultural, antisistema y subversivo, no se puede sino serlo y se deriva así en un fantasma: que la disciplina está en peligro y el otro siempre encarna el reverso de tales principios. Tales fantasías megalómanas deben revisarse para ajustar el marco de alianzas si fuera así que tales principios elementales son dignos de ser defendidos, pero también para observar que hacia adentro no siempre son reconocibles y que lejos de existir una esencia tal existen condiciones intradisciplinarias para el desarrollo de posiciones conservadoras que en general se manifiestan junto con otras posiciones de corte netamente ideológico. Se puede iniciar un trabajo como el que pretendo, reconociendo que no son pocxs lxs autores de relevancia (Gayle Rubin, Paul B. Preciado, Judith Butler y Roswitha Scholz, por nombrar a algunxs) entre quienes proponen algún debate con nuestras teorías, lxs que destacan el estatuto del psicoanálisis como teoría del sujeto, y sus aportes en lo que respecta al campo de la sexualidad. Aunque por supuesto: tales reconocimientos no son ingenuos, sino siempre entramados en posicionamientos no-neutrales y mucho menos acríticos: ¿No sería deseable para cualquier practicante de la disciplina advertidx de su posición en el curso de la historia, estar dispuestx a una crítica que posibilite las reconfiguraciones necesarias para estar a la altura de una ética, que en definitiva no puede sino ser política? En ese orden de problemas, debemos asumir que ni todos los movimientos espiralados de una teoría se dan por generación espontánea de una mente iluminada, ni desde el empirismo ingenuo de la escucha desinformada, tampoco en el intercambio endogámico. Es una obviedad mayúscula que la teoría psicoanalítica cataliza en sus principales teóricos producciones de disciplinas muy variadas. Pero además, es importante asumir que el proceso de producción del saber disciplinar no ocurre ajeno a la historia, y entonces las luchas sociales pueden tener valor epistemológico, en tanto desarman verdades y nos distancian de categorías heredadas que hasta allí en nosotrxs “pensaban”, y producen nuevas realidades.

Sintetizando la problemática que estoy planteando: existen críticas a distintas concepciones psicoanalíticas sobre la sexualidad desde hace más de medio siglo, así como también existen psicoanalistas que trabajan desde hace décadas sobre problemas alumbrados desde el feminismo o los estudios de género, y también algunas reacciones espasmódicas de psicoanalistas a las incipientes acusaciones de misoginia teórica, pero no ha sido hasta que movimientos feministas y LGBTTIQ+ hicieron agenda con sus reivindicaciones y ganaron espacio público que al interior del campo psicoanalítico se hizo notorio el interés de responder de algún modo. Tales réplicas son variadas, y si bien han resonado muchos de los cuestionamientos en colegas dispuestxs a refinar el corpus conceptual y a recalibrar la práctica, la defensa del status quo se ha puesto en marcha mediante diferentes estrategias, que van desde la descalificación (“lo que pasa es que no entienden el psicoanálisis”) a la defensa religiosa de autores y teorías. Y claro, no faltaron insuflaciones como las mencionadas antes, referidas aun siempre subversivo psicoanálisis junto con caracterizaciones superficiales que se refieren como “modas” a las disidencias sexuales o directamente como “neoliberales”. Finalmente, dentro del bloque de contestaciones defensivas están quienes han encontrado un argumento superior para poner final a la discusión sin quedar tan expuestxs en su ideología: “eso Lacan ya lo dijo hace 50 años”.

Tal estado de cosas no debería asombrarnos ya que no hace sino reflejar que no hay un psicoanálisis. Aunque, por otro lado, quizás por los largos años de marginalidad de los planteos más receptivos a las problemáticas señaladas “desde afuera” y por ser “la línea hegemónica” hacia adentro la del rechazo, han persistido argumentaciones esencialistas en torno a lo femenino, tanto como ulteriormente han pululado opiniones psicopatologizantes frente a la visibilización de las sexualidades no normativas. Frente a ello se han manifestado testimonios de analizantes que explicitan prácticas iatrogénicas vinculadas a la psicopatologización de lo no hetero-cis-normativo. Sin ir más lejos esto constituye una barrera de accesibilidad difícil de franquear en la actualidad. Por último, si bien no se trata de denegar la pertinencia de sostener cierta distancia operativa, se puede observar con frecuencia una posición cientificista frente a la lucha por los derechos sexuales y las posibilidades teóricas que estos posibilitan, pretexto de que “lo ideológico” es impropio del sistema de un pensamiento psicoanalítico supuestamente formalista abogado a despejar “la lógica”, lo “estructural”, resultando en posiciones universalistas, que entre otras derivas han llevado a insuflaciones tales como las de ser garantes de la humanidad, la cultura y el orden simbólico.

Aun así, estos últimos tiempos han sido también promisorios para lxs psicoanalistas que no se enlistan en posiciones como las descriptas, en tanto las luchas ya mencionadas han constituido una dinámica política de las más progresivas en lo que va del milenio, y ello revolvió el avispero de un campo apaciguado por una hegemonía cuasi monopólica e interesada prioritariamente (y muchas veces exclusivamente) en su sobrevida [1]. En un contexto así, comienzan a ser revalorizados esos aportes hasta no hace mucho tiempo más bien marginales, o al menos que no entran en las consideraciones del “Un psicoanálisis”, ese que la maquinaria institucional, editorial y académica presenta como el único posible.

Yendo ahora al punto, el objetivo que me propongo con este artículo es la presentación de algunos conceptos de dos autorxs que aproximan algunas herramientas teóricas desde nuestra disciplina a los debates abiertos a partir del trabajo de intelectuales de las llamadas teorías de género o queer, tanto como por las luchas de los movimientos políticos emancipatorios respecto al saber hetero-cis-normado y sus consecuentes prácticas. A la vez, me interesa destacar que esta selección, entre otras aproximaciones posibles, tiene la virtud de indicar una probable especificidad disciplinar en lo que respecta a las contribuciones que se han y están haciendo en complicidad con los programas antipratiarcales y antiheterocisnormativos (quiero decir, que intentaré la difícil labor de recaer en enunciaciones más bien sociológicas o antropológicas -de las que podemos traficar lxs psicoanalistas- solo en función de apoyar las hipótesis disciplinares). Por último, antes de meterme en dicho itinerario, no está demás aclarar que no podré evitar reponer una lectura que no es sino particular.

El retorno a Freud de Laplanche y la utilidad de la categoría género para el psicoanálisis


Jean Laplanche fue un psicoanalista francés popular a partir del aquí llamado “Diccionario de Psicoanálisis”, aunque reconocido en mucha menor medida como teórico del psicoanálisis. Entre su obra, además de elaboraciones conceptuales propias ha legado una serie de libros (me refiero específicamente a Problemáticas, aunque también podríamos incluir a Vida y Muerte) que ofrecen un recorrido singular -al que le dedicó buena parte de su vida intelectual- por la obra de Freud, proponiendo transmitir su trabajo de elucidación conceptual, y un modelo de lectura histórico-analítico sobre la misma. Esta es una orientación en la lectura de la obra que se nos ofrece disruptivamente, en tanto hemos cultivado dos costumbres que se han sedimentado generalizadamente en el campo: la de leer sin entender y la de leer para avalar. El dispositivo de lectura laplancheano apunta entonces -entre otras cosas- a superar la visión superficial que en ocasiones asumimos lxs psicoanalistas respecto a los giros argumentativos del primer psicoanalista (“cambio de opinión”, “reconoció el yerro”, “es hijo de su época”, etc.) y poner de relieve conflictos y soluciones de compromiso detrás de tales mutaciones teóricas: reponer y hacer trabajar la insistencia de exigencias intrateóricas en un recorrido crítico por el proceso de teorización. Por otro lado, frente a la diversificación de temáticas nucleares propias del posfreudismo, él ha insistido en la centralidad de la sexualidad, postulando en ese terreno la llamada “teoría de la seducción generalizada”, y en la que se desarrollan algunas nociones que serán recuperadas aquí. Siendo por lo tanto un intelectual cuyo pensamiento no deja nunca de referir a la “sexualidad”, y a los fines de realizar una breve presentación de algunas nociones laplancheanas resonantes a los debates al comienzo señalados, me centraré en el texto “El Género, el sexo, lo sexual” en el que debate explícitamente con Judith Butler (quien, huelga decir, se ha nutrido de los desarrollos laplancheanos), y en el que -por decirlo en criollo- recoge el guante y da cuenta de que el género es una categoría útil al psicoanálisis, utilizando ya esquemas conceptuales de mayor actualidad. De igual modo, considero que dicho texto -uno de los últimos del autor- puede servir como punto de partida para encuadrar proposiciones laplancheanas tempranas desde un nuevo ángulo, suponiendo ello un trabajo de relectura que habilite un mayor potencial a tesis fragmentarias dispersas en toda su obra.

En un recorrido tal, se destaca una metabolización categorial que puede corrernos de un rechazo burdo de herramientas que otros discursos facilitan, y simultáneamente hacer que el psicoanálisis pueda conservar un margen de especificidad en lo que su aporte a la conceptualización de la sexualidad se refiere. Para ello, comenzaré por brindar algunas nociones que podrían resultar introductorias y complementarias al texto mencionado que provienen de variadas fuentes del autor, para en una segunda parte de este artículo meterme cabalmente con el contenido del artículo que nombré antes.

La sexualidad es histórica


En su segundo libro en solitario, Laplanche, trabaja en torno a la Vida y Muerte en psicoanálisis, llegando a la delimitación de la sexualidad como hecho histórico, no solo en un sentido general sino también individual [2]: en cada quien eso que se llama sexualidad emerge y se desarrolla históricamente. Esto que seguramente a muchxs podrá parecerles trillado a esta altura, debe ser contextualizado sin dejar de observar si hay aspectos originales del planteo. En relación al contexto hay que decir que el texto en cuestión antecede por ejemplo a “Historia de la Sexualidad” de Foucault, texto canonizado en lo que respecta al tema. Por otro lado, en el seno del psicoanálisis, tal planteo confronta con otros que resultan biologizantes (legado freudiano) o innatistas (legado kleiniano). Pero también esquiva las proposiciones estructuralistas, en tanto la teoría del conflicto psíquico adquiere un lugar preponderante y podría llevar a verdaderas bifurcaciones en la evolución histórica del sujeto sexuado.


Lo que se lee desde ya desde las primeras proposiciones del autor es el proyecto de delimitar en un largo camino una sexualidad psicoanalítica, que excede a una definición que podríamos llamar vulgar o más bien próxima al saber generalizado respecto a la sexualidad y que tendrá como eje lo que llamará pulsión sexual de muerte. Así, un tal camino arranca por situar la sexualidad infantil como punto de largada de sus indagaciones, una sexualidad que subsiste en el adulto y que se halla emancipada del orden biológico, y que por ello no está fijada a objetos predeterminados: pues se trataría de una sexualidad para-genital. Desde este punto de vista, se vislumbra que la sexualidad infantil remite al proceso de individuación socializada del niñx, en tanto que la emergencia sexual resultará de una compleja combinatoria entre la sexualidadde lxs adultxs que lo crían, quienes a su vez cuentan “con psiquismo” y por ello presentan una configuración que supone algunas elaboraciones (solo parcialmente conscientes) que vehiculizan “estructuras” simbólicas de un modo a la vez particular, siendo que han pasado por la posición en la que se encuentra el/la niñx, y una serie de respuestas metabólicas iniciadas a partir de tal escena de “seducción” que inevitablemente ponen en juego elementos de simbolización provenientes del socius [3]. Esta situación de desigualdad inicial es crucial para el autor dado que el/la adultx implanta mensajes que son enigmáticos para el/la niñx y que ponen a trabajar el aparato psíquico frente a los mismos. El trabajo que inicia el aparato psíquico implica una serie de traducciones nunca totales, resurgiendo la concepción freudiana de aparato psíquico estratificado y una de las primeras definiciones del vienés en torno a la represión, en tanto defensa ante lo no-traducido. Asimismo, de las nociones de metabolización y traducción, se desprende que la combinatoria descrita y el trabajo del aparato psíquico habilitan una concepción diferente a las que suponen que la sexualidad se “interioriza” pasivamente, ofreciéndosenos una mirada alternativa al adultocentrismo imperante en otros modelos teóricos. En mi opinión también tal delimitación deja cimientos teóricos para dilucidar los aspectos maquínicos [4] del aparato psíquico y el particular (y quizás paradojal) significado de la pasividad y actividad en psicoanálisis. Me refiero a que, como se puede observar la prioridad del otro y la alteridad de la escena de seducción no puede sino pasivisar, al mismo tiempo que implantar ello que motoriza el trabajo psíquico. Ahora bien, tal actividad no puede contemplarse cabal e inherentemente como ejercicio consciente, libre o del orden de la voluntad, aun cuando pueda derivar parcialmente en ello. Mas bien, ello y la maquina psíquica operan en registros icc y otros no-conscientes -usando un vocablo laplancheano-, por lo que hablar de “actividad” no debe conducirnos a una versión enraizada en el individuo de la modernidad (independiente, racional, etc), sino a un sujeto definido en la mixtura que propone el psicoanálisis entre el sujeto y el otro, el individuo y lo social, el interior y el exterior, la objetividad y la agencia, la dominación y la libertad. Esto es coherente con el ineliminable conflicto psíquico que siempre se impone en la teoría psicoanalítica. Así podemos releer lo indicado por Freud sobre la herida narcisista que habría abierto su descubrimiento: el sujeto moderno no puede zafarse de su condición objetivada: Ello objetiva. Sobre este asunto ya en Vida y Muerte, se nos brindan intelecciones de relevancia, que insisten en la mixtura de tal objetivación (incluso Laplanche nos advierte que no debemos pensar desde el sentido común, que no se trata de un “me tratás como a una cosa”), siendo que la noción de objeto psicoanalítica no guarda relación de oposición con el sujeto, pues se trataría siempre de un objeto-sujeto. Se puede decir, que el ser subjetivo está siempre allí en juego, en tanto no puede sino constituirse en tal posición, pero también que existe una duplicidad de la relación de objeto: con respecto al ello y al otro, ambas instancias de alteridad.[5]

Es relevante ese asunto en tanto inaugura posibilidades de teorizar la relación entre la pasivisación/objetalización y el reconocimiento o valorización, en tanto complemento que permite la mejor de las veces soportar tal posición y que en la clínica suele oficiar de coordenada ineludible ante la actualización de dicho posicionamiento.

Ahora bien, como adelantamos la metabolización derivada del trabajo psíquico no puede sino entramarse con otros elementos tomados del otro (el otro material: el que cría y el que introduce el socius) para una codificación. Tal proceso, por otra parte, se sostiene en el tiempo a partir de reiteradas traducciones que buscan fijar alguna respuesta o elaboración para lo que se impone como enigmático. Es entonces que se podrá advertir que la constitución del aparato psíquico es correlativa de la institución de una materialidad que le sería radicalmente heterogénea, y que en el origen del sujeto no puede sino referirse a mensajes que se implantan descualificados: de ese modo es que Laplanche propondrá concebir las representaciones-cosa freudianas, en tanto en el inconsciente estas no pueden sino comportarse como una cosa que no significa nada dado que carece de contexto de significación alguno. De allí que el inconsciente laplancheano es realista, ya que se trata de una abstracción real [6]. Vemos entonces que la trayectoria del pensamiento laplancheno no deja de remitir al modelo freudiano, siendo que la sexualidad infantil ya está en la órbita del trabajo representacional, mientras que por otro lado se cierne la pulsión como elemento abstracto y cuantitativo, advertido a partir de “la exigencia de trabajo que se impone”. Visto así, la sexualidad psicoanalítica no puede sino gravitar en torno ambos vectores. Con el Género, el sexo y lo sexual, la delimitación adquirirá nominaciones específicas, siendo entonces lo sexual la denominación del vector cuantitativo, y el sistema género-sexo como coordenadas útiles para pensar los procesos cualitativos, o de orden simbólico. Como podemos ver, tal delimitación conserva la referencia hecha al comienzo de este texto respecto a la radical heterogeneidad de los dominios icc y prcc-cc, posibilitando sostener así un campo específico para la reflexión e intervención disciplinar.


Asimismo, si bien como nombramos antes tal planteo refutaría algunas versiones (y modificaría otras) de la pasividad en psicoanálisis, no deja de situar su relevancia, derivada ésta de la situación de alteridad y asimetría objetiva en la que todo individuo se desarrolla. Luego volveré sobre la relevancia de tal idea, pero adelantaré que si el icc -tal como sugiere Laplanche- se implanta, no está de entrada, un proceso de ese orden es indisociable de cualificaciones que provienen del otro, traducciones que no dejan además de remitir a su propia relación con el icc pulsional. Sin embargo si el inconsciente se funda debe concebirse una materialidad que lo hace posible: lo inconsciente. Silvia Bleichmar ha insistido en lo fundamental de tal proceso para dilucidar la relación entre lo traumático de la implantación pulsional y el trabajo metabólico que se impone simultáneamente. Resta entonces insistir en que la pasividad inherente a tal proceso circunscribe la modalidad en la que se vivencia de modo más elemental lo sexual en tanto traumático, con sus efectos descualificadores y su lógica repetitiva, pero también en tanto las cualificaciones dan cierto tratamiento conflictivo, aporta comprensión al sufrimiento inherente y quizás a lo que Lacan nombró bajo el término de goce.


En lo que respecta al curso genético de la pulsión sexual, Laplanche sugiere una lectura novedosa de la relación entre la pulsión sexual, siempre producida históricamente, y el instinto o los procesos biológicos. Aquí la posición del autor apunta a desentrañar los vuelcos biologizantes con los que Freud intenta resolver en sobradas ocasiones y con suma preponderancia al correr el tiempo en su teoría, problemas en torno al origen de la pulsión sexual, tanto como la razonabilidad de postular una pulsión de muerte [7]. Volviendo a la insinuado recién, es posible profundizar esta perspectiva que Laplanche plantea, respecto al dispositivo de la sexualidad y cierta función de “mimetismo” respecto a la sexualidad biológica. Aquí no deberíamos dejar de considerar que la biología no es un hecho autoevidente, sino que está enhebrado por un discurso particular o varios subsidiarios provenientes de las ciencias que la tienen como objeto, pero en lo fundamental tal mimetismo posibilita una relación que no es la de determinación, al mismo tiempo que no se niega su existencia. Este proceso derivaría en lo que el psicoanalista francés advierte respecto a la sexualidad adulta en tanto adquiriría la apariencia de un instinto, del cual Laplanche diferencia la pulsión en tanto aquel designa un esquema “preformado”. Dicho de otro modo, en su mismo desarrollo histórico la sexualidad se configura como un hecho “preformado”, lo que es puesto por los discursos naturalizantes como una condición del desarrollo de la sexualidad no es sino el resultado de un proceso, conformándose así un terreno fértil para la indagación de los mecanismos de objetivización técnica, con el poder productivo que ésta ostenta [8]. Superando así interpretaciones biologizantes de la sexualidad, pero sin dejar de observar que eso que se constituye en un proceso histórico puede reposicionándose como lo que está primero: lo estructurado se constituye como estructurante, y poco permeable a una re-historización, pudiéndose elaborar así hipótesis que nos permitan indagar por ejemplo la eficacia de las subjetivaciones normativas, así como oponer argumentos teóricos solventes a quienes teorizan las identidades no-normativas como desviaciones inestables o fallidas, pero también sobre la durabilidad o temporalidad del aparato psíquico y la subjetividad por recuperar otra delimitación bleichmariana. En decir que la originalidad del planteo -que hoy podría retomarse con otras herramientas teórica- puede habilitar una vía regía para el entendimiento de lo mutable y lo que se presentaría como inmutable sin perder la referencia sociohistórica. Tal tópico se nos presenta por fuera de las dicotomías modernas que fusionan natural/inmutable, social/mutable.


El alcance de tal delimitación nos puede permitir superar una de las tentaciones más usuales en el campo que lleva a enaltecer la sexualidad perversa polimorfa de Tres ensayos sin observar la tensión entre esa propiedad de la sexualidad infantil y la constitución de fenómenos de “síntesis” de la sexualidad humana que la llevan a desembocar en la función biológica de la reproducción. Tal deriva ocurre Edipo mediante, lo que no puede dejar de hacernos sospechar sobre la historia de un tal dispositivo de subjetivación y de sexualización en particular, poco atribuible a funciones naturales (recordemos que Silvia Bleichmar ha planteado que el Edipo es el modelo de familia europeo, y que hoy se cuentan con estudios rigurosos que analizan la centralidad de la familia como lugar privilegiado y especifico de reproducción social en la modernidad capitalista). Sin embargo, también existen otros sesgos en el planteo de Freud que suelen pasar más desapercibidos y que en ocasiones se reivindica también con “buenas intenciones". Me refiero a la supuesta irreductibilidad bisexual de la pulsión, que contradice uno de los elementos que definen a ésta: la carencia de objeto (y la modalidad de “soldadura” o “falso enlace” que se deriva de esto). La bisexualidad de la pulsión supone que hay dos objetos determinados, por lo que de ser razonable una hipótesis de este orden solo sería lógica en función del posterior complejo de Edipo. Al fin y al cabo, toda soldadura es contingente.

Recapitulando, en la obra laplancheana lo histórico puede resultar tan (¿o más?) fijo que lo biológico [9]. Vale decir que el psicoanálisis podría aportar a tal perspectiva, desde su especificidad, si propusiera una mirada política de procesos imbricados en tal proceso de inmutabilidad de la sexualidad. Me refiero a una posible reformulación de nociones tales como: fijación, rasgos de carácter, formación de compromiso y el terror/angustia ante la amenaza de castración/muerte [10]. Ese enfoque del problema sin dudas se alejaría del hábito científico -del cual también participamos lxs psicoanalistas- de ordenar estancamente los hechos a partir de la dicotomía natural-social, y a partir de características excluyentes y exclusivas de cada una de las dos posibilidades. Al mismo tiempo se clarifica un ámbito posible de intervención disciplinar, en tanto es posible ofrecer hipótesis acerca de los destinos pulsionales y sus variaciones en cursos históricos específicos, asumiendo sincronizadamente las tareas puntuales de revisión de la propia práctica clínica.



[1] Aunque por todo lo dicho pienso que resulta una idea clara, aclaro: siempre hubo excepciones en el psicoanálisis argentino, y las sigue habiendo, incluso existen quienes asumen la táctica del “entrísmo”.

[2] El problema del individuo no está suficientemente trabajado en psicoanálisis. En la actualidad existe una joven escuela que viene prestando atención al problema, aunque sus conclusiones derivan en la expulsión del individuo como concepto y como instancia concreta y eficaz de interés a dicha disciplina. En lo que a mi posición respecta, caben destacar los esfuerzos de León Rozitchner, y la propuesta metapsicológica de Silvia Bleichmar. Asimismo, considero que la nominación freudiana in-dividuo, presentada sin mayores argumentaciones, habilita una posible nomenclatura que destaque la lógica bifacética presente en la individuación social, y se distancie de la tradición liberal usualmente determinante de la categorización del problema del individuo.

[3] Aquí resultan relevantes las exploraciones laplancheanas en torno al papel de los montajes biológicos, más aun en un autor que se ha esforzado por desbiologizar la obra de Freud. Sobre el final de la obra esas estructuras biológicas se irán planteando como “códigos” necesarios para traducir ello en elaboraciones simbólicas. Los montajes biológicos pueden funcionar de tal modo, como puede también concebirse el “mito” del Edipo.

[4] Máquina traductiva.

[5] Es importante recordar junto a Laplanche que en la relación con los objetos de la pulsión siempre es prioritaria la satisfacción de esta, frente al carácter siempre secundario del objeto, que no puede sino operar como mediador de aquella.

[6] Tal categorización es sugerida por Silvia Bleichmar en el prólogo de la Problemática sobre la transferencia, aunque nunca es elabora ni retomada.

[7] Sobre tal dualismo pulsional, Laplanche plantea su infertilidad volviendo sobre el surgimiento de la pulsión de muerte en la obra de Freud, en tanto no haría sino recuperar el carácter más elemental de la pulsión sexual, postulado este en los textos precedentes al abandono de la teoría de la seducción. Por tal razón, se trataría en tal caso de La pulsión sexual de muerte, en tanto única pulsión propiamente dicha.

[8] Es importante no solo quedarse en el carácter biopolítico de tales procesos. La ciencia ha contribuido a un desplazamiento fronterizo permanente entre lo humano y lo natural, que ha propiciado formas y apoyos para el desgarramiento o alteración del dispositivo de la sexualidad moderno.

[9] Estudios actuales del campo biológico también contribuyen a cuestionar tal binarismo. Por ejemplo la epigenética promueve una versión de la materia biológica no coincidente con las atribuciones de inmutabilidad.

[10] Además, posibilita repensar la teórica evolutiva de Freud, en la que se evidencia un vector de la indeterminación a la determinación, del polimorfismo al binarismo, de la inestabilidad a la estabilidad, dejando de ser meramente explicada por factores biológicos, y pudiéndose enmarcar en procesos de estabilización propios de la dinámica social en la que vivimos.

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