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Des-cronificar la práctica: reflexiones de residentes a partir de un pasaje por el grupo de descronificación del Hospital Ameghino

hace 5 horas
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Obra “Coleccionistas de fragilidades perdidas”, de Felipe Gimenez
Obra “Coleccionistas de fragilidades perdidas”, de Felipe Gimenez

¿Qué es lo que cronifica: el padecimiento, los tratamientos, las instituciones o nuestras propias prácticas? A partir de su paso por el Grupo de Descronificación del Hospital Ameghino, residentes de salud mental reflexionan sobre la clínica, la formación y la posibilidad de sostener preguntas allí donde las respuestas tienden a fijarse.


por Sol Serrano, Laura Vidaña, Gonzalo Fernán Preiti*


Como residentes de tercer año, elegimos rotar por el grupo de Descronificación del Centro Ameghino en el marco de nuestra rotación libre. Este momento de la formación ofrece la oportunidad de salir, al menos momentáneamente, de los espacios que habitamos de forma cotidiana: otro equipo, otros dispositivos, otras formas de pensar y de hacer clínica. Esta salida posibilita mirar de otro modo nuestras propias prácticas. No resulta casual que hayamos elegido formar parte al menos unos meses de un equipo de trabajo que invita a descronificar, verbo que a lo largo de nuestro recorrido por distintos dispositivos de salud mental aún no habíamos escuchado.

En nuestros primeros encuentros con el equipo, nos preguntamos qué entendemos cuando nombramos a un paciente como “crónico”: “paciente caño”, el que “deambula por los pasillos como un zombie” aquel con el que ya no hay nada por hacer. Coincidimos en que una de las características principales que nos transmiten estas presentaciones es un estar “apagados” o “desvitalizados”. Ante esto, la pregunta más potente que este grupo invita a hacerse es: ¿qué es lo que cronifica? ¿Es el paciente, su enfermedad, el tratamiento ofrecido, los profesionales o los propios dispositivos institucionales en los que se insertan? Así, la cronificación deja de ser un atributo individual que opera de modo identitario para pasar a pensarse como un fenómeno situacional, relacional, institucional, y social.


El equipo nos invita a cambiar de perspectiva, a cuestionar nuestras propias prácticas cuando caen en la inercia: en la idea de que nuestro paciente llegó a un techo, en que ya solo queda sostenerlo así, que no se complique, que está estable y no hace ruido. Como plantea Ulloa (1995), en las instituciones de salud suele instalarse a veces una cultura de la mortificación, donde la pérdida de la potencia deseante y la resignación reemplazan a la invención clínica. En este marco, la descronificación implica conmover aquello que ha quedado fijado y reabrir la pregunta allí donde se naturalizaron las respuestas.

En uno de los encuentros en que participamos, la propuesta era que los usuarios puedan pensar que sería la medicación para ellos si fuese un animal. Sus respuestas nos sorprendieron: un participante la asoció a un gato por ser “un sostén emocional”; otro a un perro lazarillo porque “protege de no decaer en la enfermedad”; y otro eligió también al perro argumentando: “es lo que tengo, lo que elegí yo, me hace mucha compañía, me hace bien”. Un tercero, acordó: “es el mejor amigo del hombre”.

Los pacientes llamados crónicos en salud mental, son por lo general aquellos que concurren al hospital hace 10, 20, 30 años o más. El grupo nos invita a plantearnos por qué luego de tantos años de tratamiento, estas personas le adjudican a la medicación el lugar de sostén emocional, protección y hasta de mejor amigo.

En otro encuentro los pacientes debían responder una pregunta que a cada uno se le entregaba al comenzar la reunión. A uno de ellos le tocó:“¿Qué le dirías a un amigo que te dice que tiene un problema y no puede dejar de darle vueltas en su cabeza?”. Su respuesta inmediata fue: “Que se tome un Clona 0,5”, todos nos reímos. La risa dio paso a la reflexión, a proponer otras cosas frente a la pregunta: “que llame a un amigo para hablar”, “que salga a caminar”, “que me cuente y lo escucharía”. En términos de Winnicott (1971), es en el espacio potencial del juego y de la metáfora donde se posibilita la experiencia creativa y la producción de nuevas significaciones. En el grupo se observa que el lazo entre los participantes es muy fuerte, una de ellas deja en claro “nos queremos mucho” cuando se suma un nuevo integrante. Así, se trabaja con la apuesta a que estos pacientes puedan acceder a un espacio nuevo, distinto, a compartir y hacer lazo con otros: de amistad, de apoyo y de cuidado.


La rotación nos llevó a interrogar nuestra propia posición como residentes. Si la descronificación implica conmover aquello que se ha fijado, ¿qué lugar ocupamos nosotros en relación con las prácticas instituidas? La residencia aparece allí en una tensión entre dos vertientes que quizás coexisten: Puede constituirse como un espacio privilegiado para interrogar lo instituido, producir movimientos y habilitar nuevas formas de hacer. Pero también puede funcionar como un dispositivo de transmisión y reproducción de las lógicas institucionales ya establecidas. Puede producir profesionales capaces de preguntarse por aquello que hacen, pero también transmitir respuestas ya construidas acerca de cómo debe hacerse.

Nuestra experiencia en el dispositivo de descronificación nos llevó a pensar que esta tensión no se resuelve simplemente estando dentro o fuera de una institución. En el encuentro con quienes sostienen el dispositivo, conocimos profesionales con años de trayectoria institucional que continúan sosteniendo una posición activa y deseante respecto de sus prácticas. Esto permite derribar el mito que ubica la potencia instituyente del lado de quienes recién llegan, mientras que la permanencia en una institución parecería conducir inevitablemente a la repetición. Castoriadis (1975) definía lo instituyente como esa capacidad colectiva de crear nuevas significaciones e interrogar la rigidez de lo instituido. Si algo nos mostró esta experiencia es que la posibilidad de producir movimientos no parece depender exclusivamente del lugar que se ocupa en una institución, sino de la posibilidad de sostener preguntas allí donde algo tiende a fijarse.


Para concluir, como saldo de esta experiencia nos llevamos la pregunta: ¿qué aspectos de la residencia nos permiten descronificar las prácticas en salud mental y cuáles corren el riesgo de cronificarlas?



Referencias bibliográficas

● Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad (Vol. 1; A. Vicens & M.-A. Galmarini, Trads.). Tusquets Editores.

● Ulloa, F. (1995). Novela clínica psicoanalítica: Historial de una práctica. Editorial Paidós.

● Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego (T. Segovia, Trad.). Editorial Gedisa.




*Sobre lxs autorxs

Sol Serrano y Laura Vidaña son residentes de cuarto año de Salud Mental del Centro de Salud Mental N.º 1 “Dr. Hugo Rosarios”. Gonzalo Fernán Preiti es residente de cuarto año de Salud Mental del Hospital General de Agudos “José María Ramos Mejía”.

 
 
 

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