El arte de hacer ciencia

Actualizado: ago 13

El ambiente psicoanalítico parece atravesado por una dicotomía: ¿es el psicoanálisis una ciencia o un arte? Desde mi propia experiencia, la labor científica me resulta sumamente creativa, ciencia-arte se me representa como la dualidad onda-partícula, sin contradicción. Sin embargo entiendo que en el campo psicoanalítico la pregunta de base es otra: ¿cabe hablar de “El psicoanálisis” o más bien deberíamos pensar en “los psicoanálisis”?


Crédito fotografía: Luciana Pavone



La labor científica es creativa. Cuando avanzamos cerca de la frontera de lo que conocemos, vamos generando ideas que nos permitan explicar los hechos, las observaciones, los resultados de experimentos. Esas explicaciones que no solo resumen lo observado, sino que permiten predecir nuevos hechos que se verificarán a futuro son creaciones, delirios plausibles en el mejor de los casos. Justamente, una de las cosas que más disfruto de mi trabajo (soy investigadora en el área química, en ciencia de materiales), es su lado creativo. Hacer ciencia es un arte. Siento que fabricamos pequeñas certezas artesanales. Así que no encuentro una contradicción de base entre arte y ciencia. Entiendo que se puede hacer lo uno y lo otro.

Podríamos seguir indagando un poco en este proceso de generar conocimiento, y plantearnos de dónde provienen esas ideas que dan lugar a una hipótesis que tal vez vaya tomando sustento. Esa iluminación que de repente alguien tiene y a partir de la cual llega a formular una teoría más o menos abarcativa, que incluye también muchas observaciones que no fueron hechas directamente por quien fuera “iluminado”, ¿a quién(es) la debemos?

En un espacio de diálogo con psicoanalistas que surgió a partir de la nota “¿Cuáles son nuestros modelos?”, uno de los comentarios que me hicieron fue el siguiente: “Algo que me impactó es que entendí en esta charla que no hay una escisión entre la ciencia antigua y la ciencia moderna; yo tenía una idea de nuevo inicio en la modernidad y la charla me abrió la cabeza”. Me quedé pensando con respecto a este comentario en que parte del legado que nos dejó el positivismo es la negación del medioevo como una época de gran producción de saberes. Si nos centramos en la química, el modelo atómico de Dalton (desarrollado entre 1803 y 1808) por supuesto retoma brillantes ideas de los atomistas griegos, pero también reúne gran parte del saber popular nutrido por siglos y siglos de experimentación y de magia alquímicas. Es un continuo de generación de saber, no hay tal ruptura.

Entonces, ¿por qué llamamos ciencia a lo que hizo Dalton y no le damos el título de ciencia a lo que hacían Demócrito y Leucipo (atomistas griegos, siglo IV a.C.), o a los increíbles aportes que nos legó Nicolás Flamel en el siglo XIV, por citar a uno de los grandes alquimistas de la historia? Yo considero que en todos estos casos se generaron aportes valiosísimos y sería casi ridículo intentar sopesar cuál/es aporte/s han resultado más valioso/s para el desarrollo de la química.

Dicho esto, también podemos identificar un momento bisagra en el cual se comenzó a sistematizar y universalizar ese saber químico, se fue logrando un lenguaje común, un mínimo consenso, y las teorías comenzaron a estar fuertemente sustentadas por la práctica (al menos en las ciencias en las que trabajo). Más allá de que la magia alquimista muchas veces se mantenía oculta de exprofeso, siendo transmitida a un reducido número de discípulos de ese maestro, convengamos en que tampoco hubiera sido posible una comunicación efectiva de los resultados hallados y de las ideas que se iban gestando tan aisladamente. No con el desarrollo de las comunicaciones que había en esa época previa a la imprenta. Es decir, hizo falta entrar en la lógica de la modernidad capitalista para querer y poder comunicar estos conocimientos y que pudiera generarse esta universalización.

Volviendo al psicoanálisis, hay quienes lo definen como lo que hacen les psicoanalistas. Frente a sus pacientes en cada dispositivo que ensayan, en las hipótesis y las ideas que van poniendo en juego, hay mucho de lo que estudiaron y mucho también de lo que la magia les propone hacer en el momento y muchas veces funciona. Quisiera que se entienda aquí que la magia de la que hablo es saber y es válida. Simplemente la denomino “magia” porque, en el momento en que surge, todavía no podemos explicarla. Cabe preguntarnos si es la idea la que precede al acto, o es el acto el que nos aporta la idea, y podemos tomar el desafío de intentar descubrirlo en cada caso. O mejor dicho, intentar sopesar cuánto hay de cada ingrediente en esa mezcla compleja y retroalimentada (dejemos que el blanco puro y el negro absoluto existan sólo en tanto a modelos).

Podemos debatir si es más valioso trabajar en física experimental o teórica, si hacer química básica o aplicada, pero esos debates, a mi entender, no tienen ningún sentido. La valoración de unas por sobre otras de estas actividades tiene más que ver con cuestiones de poder. Y en definitiva, tampoco existe tal diferenciación tajante entre unas y otras, una vez más nos encontramos frente a un continuo, por más que se nos representen como dicotómicas, estas actividades no están escindidas. Ninguna de ellas existe sin la otra. Lo que denominé “magia” es justamente la forma en la que se entraman sin que lo notemos, en el momento en que surge ese saber, y es a esto a lo que me refiero cuando hablo del arte de hacer ciencia. Por supuesto, esa magia es la chispa inicial, pero una vez que podemos conceptualizar estas ideas, lo cual ocurre generalmente a partir de un trabajo colectivo, se van generando las nuevas teorías, los nuevos modelos.

Haciendo una analogía un poco tosca, podríamos pensar que en cada caso clínico, le psicoanalista está trabajando aisladamente y lo que se hace en su consultorio es único. Existe un saber casi artesanal que se va refinando a través de su experiencia clínica. Entonces podríamos comparar a les psicoanalistas con alquimistas, desarrollando saberes que, en el mejor de los casos, quedan plasmados en ensayos sobre casos clínicos. Muchas veces no existe incluso un lenguaje común. Desde esta óptica, tal vez tenga más sentido pensar en “los psicoanálisis”.

Hay quienes bogan por defender la postura de que existe “El psicoanálisis”, y supongo que lo que está implicado allí es el hecho de que el psicoanálisis, en tanto ciencia, y por más que incluya diferentes teorías que tal vez estén en tensión, sigue manteniendo un lenguaje común y un cierto consenso al menos en cuestiones troncales. Y en parte coincido con este enfoque, al menos en la manera en la que yo entiendo la ciencia. El asunto es cómo se llega a esa unificación, porque si es a partir de ejercer un dominio hegemónico, haciendo valer un modelo por sobre otros y no permitiendo la apertura al libre debate de ideas, tal vez sea lo más alejado a al espíritu de ciencia que defiendo.

Estoy convencida de que es la sumatoria de pequeñas y grandes ideas la que permite una construcción del saber, una construcción que necesitará que dialoguen esas ideas, que se interpenetren y gesten otras nuevas, que se nutran unas de otras. En principio, opino que se debería partir de suponer que todos y cada uno de esos mundos posibles, de esas indagaciones, pueden aportar, porque incluso para reafirmar lo contrario, vale el intento de dar lugar a una hipótesis. Posiblemente a partir de ejercitar este intercambio, se vaya generando naturalmente un lenguaje común, se vaya también universalizando cierta base de cuestiones en la cual exista un consenso y se pueda, entonces sí, hablar del psicoanálisis en singular, quizá con distintas ramas como sucede en muchas disciplinas.

Lo que nutre es el diálogo, siempre y cuando podamos valorar lo que nos aportan otros enfoques posibles. Claro que, para eso, primero necesitamos conocer esos otros enfoques que pueden enriquecer nuestro saber. Y en este sentido me llama la atención lo poco sistematizado que está el acceso a la información disponible en el mundo psi. Me genera cierta desesperación ver que hay tantos trabajos que quedan reducidos a una lectura en el marco de jornadas institucionales que tienen por asistentes a algunas decenas de profesionales, sin que de ellos queden rastros trazables. En otras disciplinas, cuando juntamos un determinado número de evidencias experimentales, observaciones, ideas, los plasmamos en publicaciones que quedan disponibles automáticamente en grandes bases de datos. Esto permite que ese diálogo sea fluido, en tiempo real y entre investigadores de todo el mundo, porque actualmente contamos con la tecnología para que eso sea posible.

Seguramente sea mucho más complejo de lo que pueda esbozarse en unas pocas líneas. Intentaré seguir desarrollando estas ideas en una siguiente nota. Por ahora me parece interesante dejar planteada la pregunta: ¿por qué será que en psicoanálisis no se aprovecha esta posibilidad de difusión para crear también una comunidad científica articulada?



*Investigadora (CONICET) y docente (UBA); mercedesp@qi.fcen.uba.ar


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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