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Si maƱana no es hoy, es tarde

  • 4 abr 2025
  • 16 Min. de lectura


por SebastiƔn Plut (*)


En esta nota, SebastiÔn Plut nos presenta un anÔlisis de comparación entre las formas que adoptan el odio y la crueldad, así como sus motivos, estrategias y consecuencias, tal como se plasman en la figura histórica de Hitler y en el actual presidente argentino.



Aunque debamos matizar las reflexiones que asemejan a Milei con Hitler, la sola frecuencia de tales reflexiones debería ser motivo de inquietud. De hecho, recientemente Carlos Rozanski publicó un libro (De Hitler a Milei) en el que expone notables similitudes. Desde luego, aunque el parentesco sea parcial, su valor reside en el hallazgo de semejanzas en sus historias personales, en fragmentos discursivos, contenidos ideológicos, y en las conductas de sus seguidores y de sus funcionarios. Al mismo tiempo, los argumentos de quienes lo defienden ante la comparación no despejan las resonancias que persisten pese a las diferencias. 

Para examinar, entonces, las posibles analogías, sus limitaciones, alcances y función, es conveniente, primero, exponer algunas premisas que encuadran el anÔlisis. Luego, y con el auxilio de otro reciente libro, Síndrome 1933 (de Siegmund Ginzberg), ya sí expondré las referencias que fundamentan la comparación. 


Premisas del anƔlisis

1. Ninguna analogía exige una identidad absoluta entre los términos. Estamos hablando de dos movimientos políticos diferentes, en dos países y épocas también diferentes, por lo que sería muy sencillo destacar los aspectos desiguales; 

2. Nuestra comparación tiene cuatro resortes: a) los trazos ideológicos y discursivos comunes; b) los gobiernos autoritarios que no surgen de golpes de Estado sino por medios democrÔticos; c) la estructura retórica supremacista (esto es, qué destino -exclusión y/o exterminio- se le da a quien es considerado diferente); d) el uso de términos (como nazismo o fascismo) con un sentido también metafórico (cuando hablamos de prÔcticas inquisitoriales o prejuicios medievales no esperamos encontrar a nadie blandiendo una espada o usando sotana); 

3. Hasta aquí sintetizamos en dos nombres propios (Milei y Hitler), aunque con ellos abarcamos también a sus seguidores, funcionarios y parte de la prensa; 

4. La comparación también posee un valor predictivo y, por lo tanto, es pertinente una reflexión sobre el sentido de un pronóstico.  


Algunas hipótesis

Si desde el punto de vista político el gobierno libertario y de ultraderecha expresa un conjunto de contenidos ideológicos, desde el punto de vista de la psicología social es indisociable de una regresión comunitaria. Esto es, la admisión de un gobierno antidemocrÔtico y antipopular es correlativa de la pérdida de ciertos diques y frenos sociales inhibitorios, la ruptura de ciertos pactos y alianzas que fundan la cultura, y la entronización del individualismo, el odio y la indiferencia. En este sentido, si Milei es un factor que promueve y profundiza dicha regresión, también es necesario pensarlo como un producto, una consecuencia de la misma regresión. 

En este sentido, la analogía no se limita a los parecidos personales e ideológicos entre Milei y Hitler, o entre los libertarios y los nazis, sino a la particular configuración de la sociedad en determinados momentos históricos y que los hace/hizo posibles: ¿Hasta dónde una sociedad consiente su propia regresión? 

Con esta pregunta ingresamos en el campo de los pronósticos y, en consecuencia, podemos preguntarnos quĆ© pasarĆ” en el futuro dadas las semejanzas que intuimos. Sin embargo, es preciso dimensionar la orientación que seguimos. En efecto, si la analogĆ­a que sospechamos tiene consistencia, ello no nos convierte en adivinos del futuro, pero sĆ­ nos impone la tarea de evitar que suceda. Se trata de enfocar nuestros pensamientos y acciones en el presente, por lo que podrĆ­a ocurrir; no porque tengamos certeza de los acontecimientos del maƱana, sino porque en la actualidad las seƱales son un indicador suficiente. De allĆ­ el tĆ­tulo de este texto, ā€œSi maƱana no es hoy, es tardeā€. Tal vez, algo parecido pensó Freud, durante la Primera Guerra Mundial, cuando escribió: ā€œSi quieres soportar la vida, prepĆ”rate para la muerteā€.


¿Por qué hoy?

No se trata solo de Milei y de quienes forman parte del gobierno. Se trata, mÔs bien, de una reflexión sobre el tejido social, sobre la descomposición del mismo. En todo caso, como afirmó Winnicott en su ensayo sobre la democracia, el estudio del desarrollo emocional de la sociedad y del individuo deben realizarse simultÔneamente. 

La inquietud sobre el futuro no anida en una certeza apocalíptica (que, de hecho, es el paradigma que utiliza la derecha para conseguir votos). Al contrario, nuestra intranquilidad por el porvenir se despierta por la ominosidad que vivenciamos en el presente. Y aunque siempre sea incierto cuÔnto podremos evitar una tragedia, la urgencia es hoy. 

Me permito citarme a mĆ­ mismo, dos breves referencias. Una de ellas es de un artĆ­culo que publiquĆ© en PĆ”gina/12Ā en septiembre de 2018, cuyo tĆ­tulo era ā€œSi no es ahora, ĀæcuĆ”ndo?ā€. AllĆ­ analicĆ© una frase que escuchĆ”bamos ante cualquier crĆ­tica al gobierno de Macri: ā€œHay que darle tiempoā€. En ese momento afirmĆ© que esa respuesta ā€œse trataba de una falsa razonabilidad que solo buscaba imponer un ominoso silencio y neutralizar toda seƱal de la alertaā€.

La segunda cita corresponde a una entrevista que me hicieron desde Casa AmĆ©rica CataluƱa (EspaƱa), cuando transcurrĆ­a la pandemia. Entre otras cosas me preguntaron si yo creĆ­a que la crisis sanitaria cambiarĆ­a nuestra manera de entender el mundo. Por mi parte, respondĆ­: ā€œLo que yo me pregunto es, una vez que todo esto concluya, ĀæquĆ© haremos con nuestros recuerdos de lo vivido durante esta etapa? Ya sabemos que no siempre los humanos aprovechamos bien nuestras memoriasā€.Ā 

El drama humano, entonces, se cifra entre quedar desprevenidos frente al futuro y olvidarnos del pasado. Entonces, ¿no serÔ que esa cifra explica la actual ausencia de una movilización popular que reaccione para frenar las agresiones de un gobierno cruel? 

Agreguemos tres caracteres: por un lado, que el lenguaje prevalente (en funcionarios del gobierno y sus seguidores) no se caracteriza solo por su contenido ideológico sino por el insulto, la acusación y la descalificación; por otro lado, que la simplificación de sus argumentos se basa no solo en decir falsedades sino en producir una ruptura de los enlaces causales (por lo tanto, no permite anticipar el futuro, sacar conclusiones, ni relacionarnos unos con otros). Por último, que ante cada acto de crueldad manifiesta, resulta espantoso que sus seguidores solo atinen a exhibir silencios, minimizaciones, justificaciones y/o negaciones. Entonces, es conveniente una advertencia: ¿no debemos admitir que estos caracteres nos han contagiado a todos, en mayor o menor medida?


ĀæSerĆ” farsa?

Es conocido el agregado de Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, a la tesis hegeliana sobre la repetición de los grandes hechos y personajes de la historia: primero como tragedia y luego como farsa. Si solo ocurren dos veces y la segunda como farsa son hipótesis a verificar, pero en cualquier caso, desde Freud en adelante, no podemos comprender la historia por fuera de la compulsión a la repetición. QuizĆ”, algo de esto anticipó el propio Marx en aquel texto cuando advirtió que ā€œla tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivosā€.

Ginzberg escribió SĆ­ndrome 1933Ā motivado por lo que Ć©l mismo siente como un dĆ©jĆ  vu, esto es, el resurgimiento de partidos y gobiernos de ultraderecha en diferentes paĆ­ses de Europa y AmĆ©rica le evocan los sucesos que en Alemania condujeron al triunfo de Hitler en 1933. Sin embargo, formula una distinción: ā€œhay una diferencia con el pasado, esta vez sĆ­ que los vemos venirā€.

AllĆ­ donde Ginzberg conserva cierto optimismo, yo pondrĆ­a una doble duda: por un lado, si efectivamente los vemos venir y, por otro lado, aun en caso afirmativo, si esta visión tendrĆ” alguna eficacia. Temo que la repetición, el dĆ©jĆ  vu, no solo comprenda el retorno de la pulsión nazi sino, tambiĆ©n, a la regresión social que fue su condición. Recordemos que para Freud tras un dĆ©jĆ  vuĀ hay el recuerdo de un ā€œdesignio inconciente no ejecutadoā€.


- Confusión, minimización y banalización: 

ĀæCuĆ”ntas veces fueron dichas frases como ā€œno va a pasar nadaā€, solo a condición de negar las advertencias? Crisis polĆ­ticas y económicas, catĆ”strofes naturales y desgracias familiares, podrĆ­an haberse evitado si tan solo se hubieran tenido en cuenta algunas seƱales. Afectos como el odio, la indiferencia o el miedo, desde luego, contribuyen a la confusión y la minimización. Hoy escuchamos todo tipo de justificaciones y negaciones de lo obvio, tal como ocurrió, recientemente, con el saludo nazi exhibido por Elon Musk quien, ademĆ”s de ostentar un discurso segregacionista, pĆŗblicamente apoya a un partido nazi alemĆ”n.Ā 

Por algo el propagandista nazi Goebbels escribió en su diario, ā€œtuvimos la suerte de que los marxistas y la prensa judĆ­a no nos tomaron en serio durante todo ese perĆ­odoā€Ā [hasta 1933] (de aquĆ­ en mĆ”s, a menos que se indique otra cosa, todas las citas sobre el perĆ­odo nazi corresponden al libro de Ginzberg).

Ante las críticas que recibió el gesto de Musk, ocurrió lo que era esperable: burlas y agresiones para que, sencillamente, no creamos en lo que vimos con nuestros propios ojos. 

ĀæDe quĆ© otro modo habrĆ­a sido posible que León Blum, judĆ­o y lĆ­der de un partido francĆ©s de izquierda, pensara que Hitler ā€œrepresentaba lo nuevo, el cambio, la renovaciónā€? Blum terminó sus dĆ­as en Buchenwald, un campo de concentración. Hasta en la Organización Central de JudĆ­os Alemanes ā€œestaban seguros de que nadie se atreverĆ” a tocas nuestros derechos constitucionalesā€. Curiosamente, ā€œcuanto mĆ”s prestigiosos eranĀ [quienes hacĆ­an anĆ”lisis y pronósticos], menos acertabanā€.

En 1933 sorprendió que Hitler triunfara tras ā€œun pacto de Gobierno entre dos partidos que se habĆ­an insultado hasta el dĆ­a anteriorā€. No hace falta recordar los agravios que se dirigĆ­an Javier Milei y Patricia Bullrich ā€œhasta el dĆ­a anteriorā€. Sin embargo, podemos considerar las reacciones de la oposición que se limitaron a ironizar sobre el pasaje desde los insultos a los elogios, o a denunciar que pese a los insultos entre ellos no habĆ­a tantas diferencias. En esas observaciones algo quedó desestimado: advertir quĆ© sigue a partir de un gobierno que reĆŗne en su seno a dirigentes que fueron capaces de agredirse de tal manera.Ā 


- Discurso falso:Ā 

Aunque desde hace pocos aƱos se popularizó el tĆ©rmino fake news, el uso de las mentiras en la propaganda polĆ­tica fue explotado con destreza por los nazis. Ellos entendieron que ā€œlo que importa de una mentira no es su veracidad ni su verosimilitud, sino las emociones que despiertaā€.Ā 

Hay que subrayar que las emociones despabiladas por las mentiras son, sobre todo, de índole negativa, en particular el odio. A su vez, inundar de mentiras la escena pública tiene otro efecto: en lugar de expresar la indignación cuando se revela la falsedad en la que se creyó, la consecuencia es doble: esperar mÔs mentiras en las que seguir creyendo y, en simultÔneo, empezar a sentir que todo, absolutamente todo, es mentira. 

Asimismo, dos procesos se van configurando como corolario: una creciente confusión (en que ya no tienen relevancia los argumentos ni un mínimo de razonabilidad) y lo que denominamos una desinvestidura de la realidad, que condensa el desinterés por los hechos, por la verdad y por la argumentación.


- Discursos de odio:Ā 

Los discursos de odio se componen de violencia verbal manifiesta, falsedades, prejuicios y generalizaciones. En la arena política, la ultraderecha no discute ideas, ni se acota a la crítica de la cosmovisión ajena, sino que combina insultos que condensan referencias a la inmigración, a la sexualidad, al delito, etc., considerando al otro como un portador de todo eso junto y, en consecuencia, un enemigo al que hay que eliminar. 

AsĆ­ fue la propaganda nazi y, de hecho, el ā€œmito de Hitler se alimenta de la depravación sexualā€. Es decir, a los enemigos (judĆ­os, comunistas, etc.) se les atribuĆ­a cuanta perversión y crueldad sexual existiera, ademĆ”s del ejercicio abusivo del poder económico y una degradación producto de la inmigración.

Algo equivalente publicaba la prensa: ā€œLos diarios de derecha cargaban contra la confusión moral, la laxitud, la condescendencia culpable hacia los criminales… Del exterminio de criminales al exterminio por razones raciales habĆ­a apenas un pasoā€.

Anotemos lo siguiente: cuando la derecha avanza en polĆ­ticas mĆ”s duras contra quienes cometen delitos, la denominada ā€œmano duraā€, es razonable que objetemos esa cosmovisión, a condición de no olvidar que el propósito de la derecha no acaba allĆ­, sino que inevitablemente busca expandir el cĆ­rculo de quienes serĆ”n considerados criminales. De hecho, el silogismo espontĆ”neo, naturalizado, de la Ć©poca era: ā€œLos judĆ­os son inmigrantes / los inmigrantes son delincuentes / todos los judĆ­os son criminalesā€.

Hace poco tiempo circuló un video de AgustĆ­n Laje en el que decĆ­a: ā€œEl pueblo kirchnerista es lo peor que ha dado la sociedad argentina: vagos, atorrantes, delincuentes, corruptos, parĆ”sitos, mentirosos, malas personas, violadores, pedófilos. Es lo peor. Si vos tomĆ”s todas las caracterĆ­sticas negativas de una persona, es el pueblo kirchneristaā€. Si sustituimos pueblo kirchneristaĀ por pueblo judĆ­o, y sociedad argentinaĀ por alemana, no costarĆ” mucho darse cuenta del horror que nos amenaza.Ā Ā 

La complejización anĆ­mica y comunitaria, plantearon Freud y Lacan, exige procesos recurrentes de descondensación y diferenciación. A la inversa, los procesos de creciente condensación son regresivos y, en consecuencia, la violencia propia de la descomplejización va en aumento. Ejemplo de ello es un gobierno en el cual solo tres personas parecen ser las que toman todas las decisiones, o un ministerio que agrupa lo que antes eran cuatro ministerios y, discursivamente, cuando la palabra ā€œzurdoā€ no solo se emplea como insulto sino que condensa una diversidad de tradiciones e identidades.Ā 

Por este y otros motivos hemos afirmado que la ultraderecha no realiza una batalla cultural sino una batalla contra la cultura. Es decir, cuando por medio de la generalización pasan de la persona al grupo (prejuicio), finalmente, no instalan ningún desarrollo cultural sino que solo atinan a excluir y matar personas.


- Paradojas y pensamiento apocalĆ­ptico:

En el contexto de la instalación de los discursos falsos y de odio, los seguidores de la ultraderecha (aunque quizĆ” deberĆ­amos decir el conjunto de la sociedad) quedan atravesados por contradicciones y vivencias de fin de mundo. Por ejemplo, a Hitler ā€œlo habĆ­an votado porque de cualquier forma las cosas no podrĆ­an ir peorā€.Ā  Es urgente, pues, estudiar quĆ© ocurre cuando las preferencias desisten de toda expectativa de mejora y, cuanto mucho, reina un escepticismo o una entrega desfalleciente.Ā 

De hecho, es desconcierto lo que nos produce cada ocasión en que un dato negativo sobre Milei o su gobierno, en lugar de esmerilar su imagen, acrecienta la aceptación de quienes adhieren a Ć©l. AsĆ­ ocurrió cuando comenzó a circular el mote de ā€œlocoā€, cuando exhibió una deficiente capacidad oratoria, o en cada ocasión en que manifiesta su violencia verbal. ImaginĆ”bamos que resultarĆ­a intolerable incluso a sus votantes, pero sucedió a la inversa. Que nada de ello tenga el efecto que suponemos a prioriĀ deriva de las pasiones hostiles que prevalecen y de la sensación de hastĆ­o, de que ā€œlas cosas no podrĆ­an ir peorā€.Ā 

Recordemos que ā€œacabó votando a los nazis la gente que en las elecciones previas se habĆ­a abstenido, habĆ­a desertado de las urnas, habĆ­a desistido, hastiada de la polĆ­ticaā€. Votaron por Hitler quienes ā€œhabĆ­an dejado de creer en la RepĆŗblica y en la Carta Magna, estaban desengaƱados de la democracia. PreferĆ­an votar por quien prometĆ­a algo nuevoā€.

Los electores de Hitler, pues, fue ā€œgente desengaƱada y resentida que cree haber identificado al responsable de sus frustraciones en el judĆ­o, en el que Ā«gana dinero a su costaĀ», asĆ­ como en los privilegiados y los intelectuales que los tratan con suficiencia, en los polĆ­ticos Ā«traidores al puebloĀ», por los que se sienten abandonados. Se vuelven hacia los Ćŗnicos que parecen dispuestos a escucharlos, con los que pueden ventilar sin complejos su amargura, los que no les reprocharĆ”n falta de educación… al contrario, los incitan a desahogarse. Sus quejas rezuman ignorancia, rencor, odio y fanatismo. OjalĆ” se tratara de cretinos o de locos. Pero, para nuestro espanto, son autĆ©ntica vox populiā€. Donde Ginzberg dice ā€œjudĆ­oā€, hoy podemos decir ā€œcastaā€, ā€œkukasā€, ā€œactoresā€, ā€œfeministasā€ o ā€œzurdosā€, pero se repite el desahogo de rencor y fanatismo.


- La libertad de odiar la democracia:Ā 

A diario somos testigos de que la libertad de los libertarios, presuntamente basados en ā€œel principio de no agresiónā€, no solo no evita la violencia, sino que la promueve junto con una ideologĆ­a supremacista. Como reza el subtĆ­tulo de este tópico, se trata de la libertad de odiar la democracia.Ā 

A comienzos de 1930, Theodor Wolff decĆ­a: ā€œQuien crea que alguien puede imponer un rĆ©gimen dictatorial a la nación alemana estĆ” muy equivocado… la propia diversidad del pueblo alemĆ”n hace imprescindible la democraciaā€.Ā 

Hasta no hace mucho en Argentina creĆ­amos lo mismo y, por momentos, seguimos ilusionados en que la democracia de nuestro paĆ­s, por su pasado reciente, resistirĆ” cualquier embate dictatorial. OjalĆ” que asĆ­ sea, no obstante se impone dudar de nuestras certezas.Ā 

ā€œPocas semanas duró la resistencia del Parlamento a darle a Hitler, con los necesarios dos tercios de los votos, plenos poderes, hurtando asĆ­ toda capacidad de decisión a los diputados que habĆ­an avalado dicha medidaā€.

No parece necesario abundar en hechos recientes (Ley Bases, etc.) para insistir en las analogías, pues no se trata tanto de la coherencia ideológica entre legisladores y ejecutivo, sino de neutralizar uno de los poderes del Estado (el Congreso), para disolver la razón democrÔtica. 

Mientras tanto, los votantes de Hitler ā€œse mostraban satisfechos de que los nazis cumplieran su promesa de orden, disciplina, normas. La mano dura e incluso la brutalidad, lejos de daƱar la reputación de Hitler, gozaban de una amplia aceptaciónā€.Ā 

No es menor la coincidencia cuando aquí se destaca, como logro del gobierno de Milei, haber terminado con los piquetes, reprimido violentamente las manifestaciones y quebrado toda relación con quienes piensan diferente. Una vez mÔs, nada de eso opaca la imagen del presidente. 

En suma, ā€œlos nazis exhibĆ­an su maldad sin complejos. Y en eso se basaba gran parte del apoyo de la gente. Les brindaba una aceptación abrumadora. La bondad fue desterrada por aclamación popularā€. Podemos llamarlo bondad, solidaridad, protección social, jubilaciones, programas de asistencia, polĆ­ticas de la memoria (y un largo etcĆ©tera), y cada uno de estos significantes queda diariamente atacado y, como entonces, con una ā€œaceptación abrumadoraā€.

En el humor social de la vĆ­spera del nazismo hacĆ­a ā€œfalta muy poco para que una rabia ligera, un afable Ā«yo no soy racista, peroĀ», se transforme en odio implacableā€. Aquel ā€œperoā€ contiene la clave de su posible mutación acelerada. Hoy no se requiere una lectura demasiado suspicaz para entrever, explĆ­cita o no, la presencia de adversativos similares: ā€œyo no soy homofóbico, peroā€¦ā€, ā€œyo soy democrĆ”tico, peroā€¦ā€ e, incluso, tras el aparente filosemitismo, posiblemente los libertarios no demoren demasiado en recuperar su judeofobia del arcón de sus odios atĆ”vicos.Ā 

ā€œHa llegado el momento -decĆ­a Hitler-Ā de ir preparando psicológicamente al pueblo alemĆ”n para que asuma el hecho de que hay cosas que no pueden conseguirse por medios pacĆ­ficosā€. El ataque al periodismo mĆ”s una prensa cómplice de la propaganda nazi fue parte de la estrategia y de los mĆ©todos: ā€œLos nazis odiaban los periódicos y a los periodistas. Se regocijaban con el desapego, incluso el creciente desprecio de los lectores hacia la prensa y la polĆ­tica… La irrupción de Hitler y las amenazas a la libertad de prensa habĆ­an despertado el interĆ©s de los lectores por las noticias, aunque no por la polĆ­ticaā€. Incluso, aun antes del ascenso de Hitler, ā€œla prensa habĆ­a fomentadoĀ la aversión a la polĆ­tica y a los polĆ­ticos y la repulsión hacia la democraciaā€.

De modo equivalente a cómo los nazis explotaron en aquel momento el uso de la radio, hoy los libertarios utilizan las redes sociales. Milei, sus funcionarios, trollsĀ e influencers, minuto a minuto, y de manera sincronizada, cada dĆ­a eligen un tema y un enemigo, que podrĆ” ser empleado pĆŗblico, investigador, docente, inmigrante, polĆ­tico, periodista, pero siempre serĆ” -para ellos- un zurdo. El propio Milei, no hace mucho escribió en la red X: ā€œlos vamos a ir a buscar hasta el Ćŗltimo rincón del planeta. Zurdos hijos de putas tiemblenā€.

MĆ”s aun, un rumor reciente seƱaló que el gobierno hizo circular una encuesta tanteando si los argentinos soportarĆ­an un rĆ©gimen autoritario: ā€œĀæEn quĆ© paĆ­s prefiere vivir?: 1) ā€œUno con un gobierno democrĆ”tico que respete los derechos individualesā€; 2) ā€œEn un paĆ­s con un gobierno autoritario que logre buenos resultados económicosā€; 3) ā€œNo sabe / No contestaā€.


La lengua de los libertarios

He intentado no solo sintetizar los parentescos ideológicos entre la ultraderecha libertaria y el nazismo, sino especificar el particular uso que hacen del lenguaje (a través de prejuicios, insultos, amenazas, etc.) y, especialmente, el clima de época (que describí como una regresión social) que se compone de adhesiones acríticas, habilitación del odio, minimizaciones, etc.  

En La lengua del Tercer Reich, VĆ­ctor Klamperer dice sobre Hitler: ā€œJamĆ”s he logrado comprender cómo con esa voz, que era todo menos melodiosa, forzada hasta el grito, con esas frases burdas, a menudo ni siquiera en un alemĆ”n correcto, con esa retórica falsa, tan ajena al estilo de la lengua alemana, fue capaz de conquistar a las masas, manteniĆ©ndolas cautivas durante un tiempo espantosamente largoā€.

La dificultad de comprender expresada por Klamperer podemos sentirla tambiĆ©n en nosotros mismos, no obstante esa misma incomprensión debe alertarnos seriamente, cuanto menos para no traducir el ā€œno entiendoā€ en ā€œno puede ocurrirā€.Ā 

Como sea, este uso del lenguaje debe ser comprendido, insisto, no solo en virtud de quiĆ©n lo realiza sino por sus resonancias en un amplio sector de la sociedad que lo reproduce y amplifica. Si a Hitler ā€œle convenĆ­a la agresividad verbal contra todos los partidosā€, no menos provechosa parece resultarles a los libertarios. Y, una vez mĆ”s, esta agresividad no consiste meramente en aumentos del volumen de voz y/o en insultos convencionales, sino que apunta a la deshumanización del otro, paso previo a la posibilidad de su exterminio. En efecto, en el diccionario libertario zurdo es sinónimo de delincuente, parĆ”sito y excremento, y todo al mismo tiempo.Ā 

ā€œDesde el principio los nazis demostraron ser unos campeones del insulto, de la hipĆ©rbole polĆ©mica, de las groserĆ­as lanzadas contra los opositores, los judĆ­os y cualquiera ajeno al Ā«puebloĀ» … Acompañó su ascenso un Ā«a la mierdaĀ» incesante, reiterado, infinito… El pĆŗblico no se limitaba a escuchar en actitud pasiva. Participaba alborotando, aplaudiendo, coreando consignas. Se parecĆ­a a las tertulias televisivas actualesā€.Ā Ā 

Hallar la similitud entre la lengua de los nazis y la de los libertarios no requiere demasiado esfuerzo, aunque la angustia por los desenlaces se anuda, profundamente, a la reacción del ā€œpĆŗblicoā€ que describe la cita.Ā 

Por caso, si tomamos actualmente la red X, cabe analizar su influencia por los contenidos ideológicos que vehiculiza y que el algoritmo se ocupa de distribuir, y por ser una vía de desparramo de insultos, agresiones, amenazas, etc.

Por lo mismo que durante el nazismo, ā€œel agitado fanatismo de sus adeptos era objeto de burla [y]Ā su violencia no parecĆ­a una amenaza para la democraciaā€, es que hoy debemos maximizar nuestra prevención. El riesgo de la burla ha sido subestimar la posibilidad de que Milei ganara las elecciones, y que desestimemos la actual amenaza para la democracia es la continuidad de aquella subestimación de hace poco mĆ”s de un aƱo y del posible retorno de una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad.Ā 

Si ciertas repeticiones son concientes y deliberadas estamos ante un escenario de gravedad, aunque si son inconcientes o contingentes, posiblemente la gravedad sea mayor. Por ejemplo, no sabemos cómo surgió en Milei, en sus tiempos de diputado, la ocurrencia de sortear su sueldo pĆŗblico, pero resulta siniestro cuando leemos que ā€œHitler habĆ­a renunciado incluso al sueldo y las dietas de canciller, y se lo consideraba paladĆ­n de la honestidad y la moralidad. Sin embargo, esto distaba bastante de la realidadā€.Ā 

Asimismo, no nos extraƱan la homofobia, el ataque a la diversidad sexual ni a las polĆ­ticas de gĆ©nero que ostentan los libertarios. Sin embargo, es preciso comprender que cuando desde el gobierno, sus periodistas o streamersĀ enarbolan esos discursos no lo hacen Ćŗnicamente por sus prejuicios y falsa moralidad, sino porque, como los nazis, tuvieronĀ ā€œuna ocurrencia brillante: mezclar los gĆ©neros, unir odio e ideologĆ­a, escĆ”ndalos y finanzas, sexo y crimen. Al principio, el tema favorito era el del polĆ­tico corruptoā€.

Como ya señalé, habrÔ quiénes, basados en las diferencias entre libertarios y nazis, resten valor a las semejanzas. No obstante, si de algo sirve la memoria de los genocidios no es para que se congele en monumentos y conmemoraciones del pasado, sino para prevenir tragedias en el futuro. 

Para finalizar, podrĆ­a decir que este es un texto sobre el odio y la crueldad, sobre sus motivos, estrategias y consecuencias. Y aunque tengamos que insistir en aquellos sentimientos una y otra vez, para describirlos y advertir sobre sus riesgos, no debemos olvidarnos de hablar del amor y la solidaridad, de los lazos libidinales que nos ligan, que son la Ćŗnica posibilidad de sostener cualquier comunidad.Ā 




(*) SebastiÔn Plut: Doctor en Psicología. Psicoanalista. 


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