El pensamiento embotado


Emilia cuenta un secreto en cuarentena y un jugar nuevo se abre. Encierro y creatividad, hard rock y movimiento libre. No se piensa sólo con palabras y mucho menos en el intento de recuperar un pensamiento que se encuentra embotado.


Pablo Tajman*


Mi hija de cuatro años se acercó con cara de pícara: “¿Te digo un secreto, papi?”, bajo a su altura, pone las manitos formando un óvalo que apoya sobre mi oído y me dice: “¡Pelotudo!”

Nos reímos durante no sé cuánto tiempo…

Es que la pandemia y el encierro, la imposibilidad de jugar con sus amiguites, les hermanes que no tiene, la falta de escuela y actividades varias, el departamento que no está mal pero que no viene con bosque atrás, la tienen con toda la polenta junta.

Habían pasado unos cinco días del comienzo del obligatorio encierro (decir con voz de Ricardo Iorio) y yo tenía el pensamiento embotado. Ella caminaba por las paredes, estaba empezando el mal humor en serio, que es ese con el que ya no se pueden hacer chistes, y me acordé de algunas escenas de hace unos diez años, cuando coordinaba con unas compas un taller de juegos para pibes.

A los diez minutos estamos en la terraza, Emi y yo, nuestros cuerpos moviéndose como pinte (más que nosotros moviendo el cuerpo) al ritmo de Apetitte for Destruction de Guns N’ Roses a volumen importante (primer larga duración de la banda, para que los sub 40 no queden afuera).

Bailamos, peleamos (de jugando pero un par de piñas y patadas me dolieron dende veras), quedamos agotados tirados en el piso de la terraza, mareados de dar tantas vueltas y sonrientes. Ella, claramente se sentía mucho mejor ¡Y yo también! Increíblemente, se me había despejado la cabeza (debería haberme acordado antes de que esto funcionaba).

“Papi, hoy hagamos rocanrol de vuelta”, me pide todos los días desde ese que resultó fundante. Painkiller de Judas Priest, Vulgar Display of Power de Pantera, Lo Último de Hermética, Live de Ac/Dc, La Industria del Poder de Logos son los discos que han ido pasando -entre muchos otros- en legado noventero-ochentoso transmitidos en acto a mi primogénita, quien a su vez podrá hacer uso en las próximas pandemias con mis nietes (si es que decide tenerles).

Mirá que los días anteriores le venía dando a la bici fija y nada, ¿eh? No hay con qué darle al despliegue creativo de la agresividad que, si me permiten las categorías un poco perimidas, si no va pa´ fuera, va pa´ dentro, volviendo todo oscuro, pegajoso, insoportable. Eso a lo que estoy llamando “agresividad”, a la que se “accede” desde el movimiento espontáneo, el jugar creativo, la improvisación como valor, el hacer cosas ni programadas, ni “productivas” (incluyendo en esto al “ocio productivo”, que empuja al ocio hacia las dinámicas del consumo), es algo que si se “acumula”, si no se usa, nos deja en estados deplorables.

Un paciente me contaba que ese efecto él lo obtiene cocinando, otra ha habilitado el karaoke, otro ha seguido mi recomendación (“la terapia me sirve, pero esto fue lo mejor que me dijiste”), comprado una pelota de esas grandotas de esfero-dinamia y la sostiene con la pierna contra el ángulo que forma la juntura de dos paredes para, agarrando de las manos a su hija de tres años, sostenerla en sus saltos sobre dicha pelotota quince minutos al día.

No se me escapa que estamos hablando de cuarentenas clase media y que, por tomar un ejemplo, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires mandó viandas de chiste (por su magro e inadecuado contenido) a algunos Bachilleratos Populares siendo que para algunes de sus estudiantes es la fuente principal de comida; ni que el gobierno nacional en su adecuada actuación a tiempo no parece que fuera a mencionar que tenemos que darnos como tarea revisar nuestra participación con monocultivos de soja a gran escala en los modos transnacionales de producción de alimentos, que están entre las principales causas de las condiciones favorables para que este virus haya devenido pandemia mundial.

No se me escapa, pero esta nota es desde mi experiencia. Recuerdo unas clases de meditación activa que tomé, donde la consigna para empezar era dejar que el cuerpo sea el que se mueva con la música, no comandarlo, no comandar la voz, y de repente se te había ido la vergüenza y el cuerpo se te estaba moviendo y la voz te estaba sonando y más tarde la clásica meditación en quietud y en silencio, era mucho más posible.

Mantenerse pensantes es importante para tener una chance de no volver a la normalidad.



* Trabajador de la salud y psicólogo


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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