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El trabajo interpretativo y sus efectos. Parte II

Notas para desarmar y rearmar el concepto de interpretación.






El trabajo interpretativo y sus efectos es un escrito en formato de diario o notas, elaborado en tres partes, con la propuesta de desarmar y rearmar el concepto o representación que tenemos en psicoanálisis acerca de la interpretación. Esta segunda parte reflexiona sobre las demandas que se ponen en juego en la transferencia entre paciente y analista, los juegos de consentimientos y asentimientos al trabajo analítico, la asociación libre, el objeto de la interpretación y la idea de “tipos” de interpretaciones.


* por Manuel Murillo



La situación analítica en sí misma es interesante de leerse en términos de juegos entre dos demandas: 1. hay una única demanda a la que el analista responde irreductiblemente, que es la demanda de escucha; 2. Hay, por otro lado, una única demanda que el analista hace al paciente, la demanda de hablar. El paciente dice:

–Escuchame. A lo que el analista responde:

–Sí.

Pero por momentos o modos de presentación, puede que un paciente calle, quiera hablar de una cosa, o no quiera hablar de otra. Y aquí es donde opera la demanda del analista. Este dice:

–Hablame. Pero sobre todo: –Hablame de esto… no me hables más de esto, háblame de aquello… Y es una demanda en relación con la cual el paciente debe tomar posición para responder.[1]


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Estos juegos de demandas suponen además juegos de consentimientos y asentimientos subjetivos. Si decimos que hay una única demanda que el analista hace al paciente, lo que estamos figurando es que la función del analista no consiste en demandar, pedirle cosas al paciente. Porque de lo que se trata es de su deseo. A lo sumo puede que el analista ponga condiciones. Pero poner condiciones no es demandar, sino justamente alojar la palabra a partir de un deseo, a cuyo encuentro da a parar el deseo del paciente. Como señala Lacan, se trata de un encuentro entre dos deseos. En él, lo único que demanda el analista es que de algún modo le hablen, le sea dirigida una palabra, porque es en función de eso que se despliega un material que vuelve posible la intervención y el trabajo.

En relación con la demanda del paciente se abre el juego del asentimiento del analista. Esta función proviene del estadio del espejo, donde el niño luego de ver su imágen completa, vuelve hacia el Otro primordial para preguntar –¿Ese soy yo? A lo que recibe como respuesta, si todo va bien, como dice Winnicott: –Sí. Es la misma estructura de asentimiento que se pone en juego mientras que un paciente habla y el analista dice “sí”; hace gestos con la cabeza o la mirada, dice “ajá”, “mjú” o simplemente “sí”, “ok”, “bueno”, etc.

Lo contrario de esto es no dar el asentimiento, no asentir, lo cual deja la palabra del paciente en un estado de suspenso o apertura. El efecto de la comunicación humana hace que todo empuje hacia el asentimiento. En nuestra cultura no asentir la palabra del Otro resulta de manera cotidiana algo extraño, antipático, no educado, incluso hostil. Y no resulta tampoco sencillo hacerlo en términos prácticos. Debemos mirar a quien nos habla con cara de póker; es decir, donde no pueda derivarse ni siquiera de nuestra gestualidad, con qué cartas estamos jugando.

En psicoanálisis, dado que el trabajo interpretativo se sostiene en la palabra, el analista se sirve de ambos recursos, de manera discrecional.[2] Por momentos evalúa la necesidad de asentir una palabra, y por otros, deliberadamente no hacerlo. Interpreta con su actitud, y el gesto de asentimiento es uno de los signos que da cuenta de ella. Por ejemplo: un paciente despliega un relato obsesivo y cerrado de una discusión con su pareja, donde se pone en juego una situación de quién tiene la razón; el analista por alguna razón transferencial aloja ese relato, le permite un lugar, pero retira todo gesto de asentimiento a la palabra que lo sostiene. El paciente, por su posición y relación con la demanda, no es indiferente a este gesto discrecional, que, además, le resulta molesto o frustrante; interrumpe su relato y pregunta: –¿Qué? ¿Vos no estás de acuerdo?

Por otro lado, tienen lugar juegos de consentimientos, en el sentido de aquello de lo cual un paciente consiente o no hablar. No es natural o evidente que como analistas estemos habilitados a hablar de cualquier cosa, en cualquier momento, ni de cualquier modo con un paciente. Esto depende de su consentimiento a la palabra, que desde ya no se pone por escrito, sino que se expresa de modos muy sutiles, incluso muchas veces inconscientes.

Esto quiere decir que, si bien el analista está autorizado, por el lugar en que fue colocado, a demandar al paciente que le hable, esta demanda está condicionada, limitada, regulada por estos juegos: de qué cosas, temas, vínculos, etc. se habla o no; de qué maneras se aborda, trata o trabaja cada tema, en el sentido de las líneas interpretativas que se sugieren; la velocidad y ritmo con que algo se trabaja.

Este consentimiento a la palabra es un elemento muy importante del deseo del paciente, y es un punto de sostén y armado de la demanda. Por ejemplo: –Te pido que me escuches, pero no hables; –Te pido que me escuches y espero que me digas esto, o espero que no me digas aquello, o que trates este tema en esta dirección y no en otra. Naturalmente el analista hará con esto lo mismo que con casi todas las demandas: alojarlas e intentar maniobrar analíticamente con ellas.

En este sentido los juegos de consentimiento son también formas de tracción del material analítico y su trabajo interpretativo.


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Se advierte que la asociación libre o bien tiene muy poco de libre, o bien al paciente le cuesta mucho llega a poder desplegarla. Su palabra está tomada por fijaciones, represiones, defensas, rasgos de carácter, temores, ansiedades; por otro lado, está condicionado por la demanda de hablar y los asentimientos del analista, que intenta llevar la dirección de esta cura por la palabra.

Lo único que termina por significar la expresión “asociación libre” es que en un psicoanálisis el paciente es invitado y habilitado a tomar la palabra y decir lo que quiera, incluso si eso significa no hablar o decir cualquier nimiedad vacía o evitativa de sus conflictos; que su palabra va a ser respetada, valorada y alojada con cuidado; que recibirá invitaciones, estímulos u ofertas, pero no exigencias, obligaciones o imperativos.

La demanda de hablar es en principio una demanda muy abierta:

–Hablame.

–¿De qué?

–De cualquier cosa, lo que tengas ganas. Será con el despliegue de la transferencia y el material psíquico que luego podrá especificarse, al punto que un analista podrá llegar a cortar una sesión, hacer muchas preguntas, o un chiste, con tal que el paciente no continúe hablando de tal o cual tema, o de cierta manera.


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Dijimos que el trabajo interpretativo produce y procesa un determinado y singular material psíquico. Podemos preguntarnos ahora cuál es el objeto de este trabajo: para qué se hace, qué fin persigue, sobre qué se enfoca. Es lo que Lacan llamó la política de la cura. Y lo que en términos del encuadre de trabajo un paciente puede sencillamente nombrar como aquello “para lo que vengo acá”.

En este punto también solemos encontrarnos con una representación o imaginario que universaliza y reduce nuestro trabajo: la idea religiosa de que todas las demandas y modos de sufrimiento tienen por detrás a un sujeto neurótico fijado a su infancia; objetos, fantasmas, pulsiones, significantes que habría que separar, atravesar, producir, cortar, etc.

Si por momentos nos asoma un tipo de representación así, es muy probable que cerremos la posibilidad de escuchar singularmente la demanda del paciente y la posición subjetiva que la subtiende. Porque el trabajo interpretativo no siempre, no en cualquier momento, ni de manera genérica, se dirige a este objeto abstracto, universal y teórico que sería la subjetividad neurótica, la fijación de goce, el fantasma, el nudo, etc. Para decirlo con una imagen pueril, esto equivaldría a querer hacer en un partido de fútbol un gol de arco a arco: no es imposible pero sí muy inverosímil; y, sobre todo, se sostiene en la fantasía analítica de hacer el gol casi sin jugar, es decir, pasar por las estrategias y defensas de ambos equipos.

El sufrimiento y la demanda son siempre una brújula en este sentido, porque orientan las maneras de recortar el material analítico. Esto quiere decir que el analista siempre va a escuchar muchas mas cosas de aquellas sobre las que va a intervenir. Lo que media entre esa recepción y comunicación es un trabajo sutil de recorte, selección, ordenamiento y priorización del material psíquico. Si pensamos en una madeja, se trata de hallar un cabo; y ni siquiera cualquiera, sino aquél del cual pueda ser posible ir tirando y desenredando trabajosamente.


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El objeto de la interpretación es en la mayoría de consultas múltiple, relacionándose con la pareja, pero también con los padres o hermanos; con el deseo, la identidad, el sufrimiento, las pérdidas; con el estudio y/o el trabajo; con la salud corporal o el arte; con ámbitos de resistencia o lucha política, etc.

Siendo de esta manera múltiple, se despliegan en un análisis varias y simultáneas líneas interpretativas, para cada uno de ellos. Cada sesión puede estar más o menos abocada a algunos –pero no muchos– de estos objetos.

Desde un plano psicopatológico lo que se trabaja en relación con cada uno de ellos pueden ser efectivamente síntomas, en el sentido de formaciones de compromiso, retornos de lo reprimido, en las que sí pueden ponerse en juego interpretaciones latentes de contenidos manifiestos. Pero esta es una coordenada muy específica de la clínica. No un modelo general del trabajo interpretativo. Cuando no se trabaja con síntomas es muy frecuente que trabajemos con resistencias, defensas, rasgos de carácter, pulsiones y frustraciones, experiencias de dolor o traumáticas, deseos, demandas, inhibiciones, afectos. Para ninguna de estos modos de presentación aplica o tiene efecto –o al menos no lineal y directamente– la técnica de interpretación o devolución.

Para transmitirlo gráficamente: a veces se trabaja durante largos meses con un paciente concentrándose exclusivamente en un rasgo de carácter asociado al padecimiento y motivo de consulta; pero como está incorporado al yo de un modo ego-sintónico, no está abierto al trabajo interpretativo. De modo que es un paciente que sufre porque le pasa tal o cual cosa, pero no puede hacer nada porque “es así”. ¿Qué hace un analista durante todos esos meses mientras que intenta señalar y sintomatizar esta identificación o rasgo de carácter? Nada en particular, o cualquier cosa: ser amable con el paciente, escucharlo, acompañarlo con alguna palabra, es indistinto. Pero lo que hace mientras se despliega toda es secuencia es aprovechar cada oportunidad en que algo de este rasgo pueda aparecer, preguntar por él, señalarlo, interrogarlo, perturbarlo, en los grados que el paciente vaya consintiendo que eso pueda hacerse.


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En muchos sentidos el trabajo interpretativo no opera de manera global o esencial sino por pequeños puntos o estrechos. Como si fuera necesario abrir una puerta, salir por ella, para luego tener que dirigirse a otras, en una arquitectura de espacios y puertas de salida. Por eso es muy importante visualizar el material psíquico como un campo complejo que requiere un trabajo paciente de identificación, diagnóstico, ordenamiento, selección y prioridad, para identificar la primera puerta, luego la segunda, etc.

Esto lo advirtió con mucha insistencia Reich: el material psíquico nunca debe interpretarse en el mismo orden que va apareciendo. Sobre todo, sin tener en cuenta previamente la transferencia, sus relaciones positivas, pero sobre todo negativas con el analista, las demandas, las resistencias, las defensas; son estas posiciones las que deben orientar qué elemento del material seleccionar para trabajar en primera instancia o en cada sesión.

Esto es lo que cualquier clínico aprende: hay que escuchar mucho a alguien antes de intervenir. ¿Y qué es lo que hace mientras que “escucha” y no “interviene”? Mucho o poco, o lo que se vaya requiriendo en cada caso: preguntas, acompañamientos, orientaciones, señalamientos. Pero lo que debemos advertir es que “escuchar” no es sinónimo de “no hacer nada”, como también que “hacer algo” no equivale a “interpretar” o “hacer devoluciones”.


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El trabajo interpretativo nunca es devolutivo, ni siquiera en relación con síntomas susceptibles de interpretarse en términos de contenidos latentes. Y si por alguna relación particular con la demanda un paciente pide o espera una devolución para lo que acaba de contar, esa demanda debe maniobrarse transferencialmente como cualquier otra. Y el analista tendrá que pensar de qué manera podrá transmitir a ese paciente que tendrá que poder hacer un trabajo. El análisis no podrá abrirse ni desplegarse en el juego de responder esta demanda; más bien todo lo contrario, tenderá a cerrarse, rigidizarse, psicologizarse.

El trabajo analítico supone hablar, preguntar, mirar, pensar, analizar, recordar, asociar, releer… Podemos imaginar la situación extrema en que un paciente llega a sesión, se pone a hablar, trabaja analíticamente, se corta la sesión y se va; sin que el analista –aparentemente– haya hecho ninguna intervención. No sólo que no haya hecho devoluciones sino ni siquiera preguntas o señalamientos. Esto, que ocurre pocas veces pero de hecho ocurre, se sostiene por la presencia del analista y al menos algún gesto de asentimiento. Por eso puede transcurrir toda la sesión con una elaboración analítica hecha por el paciente, ante la que el analista responde: –Estoy de acuerdo.

El ejemplo exagerado tiende a ilustrar que lo importante del analista es su presencia y carácter de oyente. Ulloa lo definió como una presencia que promueve el preguntarse. Y Lacan como la causa del trabajo que hace el paciente.

Si trasladamos esta idea a una sesión cualquiera de todos los días, en ella se ponen en juego preguntas, pequeños señalamientos o lecturas cuya función no es ofrecer una devolución interpretativa de nada, sino promover ese trabajo. No se trata de hablar para identificar y traer los pensamientos inconscientes sino de pensar; sobre todo cosas que nunca antes se habían pensado o al menos no de cierta manera. Un buen signo de esto es cuando un paciente habla y aclara, casi como disculpándose de una desprolijidad: –Esto que te estoy diciendo no lo sé, lo estoy pensando ahora mientras te hablo.


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Algunas corrientes de psicoterapia trabajan con “tipos” de interpretaciones o intervenciones. Otras establecen que es imposible pensar una tipificación semejante sin reducir las posibilidades de trabajo a esquemas y aplicaciones estereotipadas.

De igual modo es importante considerar que la situación analítica se sustenta en el formato de algo que es una entrevista clínica. No sólo una entrevista de evaluación, sino que el modo de tratamiento mismo pasa por los senderos de una entrevista. El paciente llega en cualquier sesión, se pone a hablar, o bien el analista le pregunta –¿De qué me hablará hoy?, y escucha, toma registro, hace otras preguntas o interviene sobre algo dicho, etc.

Por tanto, no resulta extraño pensar que el analista debe formarse de manera informal, formal, intuitiva o razonada en “técnicas” de entrevistador. Tomar entrevistas es una tarea muy compleja, sobre todo de este tipo abierto o no estructurado; y por lo general se llega a esa instancia con muy poca formación previa. El analista no tiene otra alternativa que ir adquiriendo esos recursos en la misma práctica, escuchando pacientes, supervisando, donde escucha además otros colegas; escuchando incluso a su propio analista.

Es una situación que pasa casi desapercibida para todos, pero es un instante donde un analista que se está formando leyó o escuchó de un colega o su propio analista una intervención, una manera, un recurso, y toma nota de ello, para aplicarlo después. En principio de modos rígidos del tipo “copiar y pegar” pero pronto de modos más flexibles. Son además recursos que van sirviendo de modelos imaginarios de apoyo para inventar otros. Recuerdo en el primer año de la Concurrencia en un Centro de Salud, que un colega le pregunta a un paciente en la admisión: –¿En qué cree usted que lo podremos ayudar? Es desde ese momento una pregunta que hago casi literalmente en muchas primeras entrevistas.

Desde ya que esto se aprende en la experiencia, pero es notable que tengamos muy pocos espacios formales para estudiarlo, pensarlo, problematizarlo, socializarlo. Paradójicamente a veces tenemos Equipos de salud invitando a dar charlas a matemáticos, pero no a investigadores de ciencias sociales, con quiénes podríamos conversar sobre técnicas de entrevistas, por ejemplo. Desde ya que una situación no excluye la otra. Pero en la referencia más general, esa exclusión está ahora ocurriendo.

Los cientistas sociales diferencian tipos de preguntas. Por ejemplo: sobre experiencias vividas, opiniones o valores, sentimientos o sensaciones, conocimientos, hechos históricos. Pero también técnicas de preguntar: para indagar por información, clarificar algún aspecto, parafrasear algo dicho, profundizar en un tema, confrontar una idea, hacer un resumen de lo dicho, etc.

En algunas lecturas de Lacan encontramos recursos semejantes: la interpretación entendida a partir del silencio y el corte de sesión; la alusión, la cita o el enigma. Estos recursos pueden integrarse y singularizarse en el trabajo interpretativo con cada paciente, o bien pueden usarse también de modos esquemáticos y rígidos. El analista escucha desde un silencio rígido, en algún momento de la sesión repite algo que el paciente dijo, pero en forma de pregunta, y corta la sesión. Silencio, cita y corte.

Hay que decir por otro lado que no se trata de una técnica universal, que se aconseje o pueda funcionar en todos los casos. En algunos casos de neurosis funciona muy fluidamente y con efectos destacables, en otros casos el paciente no termina de entender del todo las señales a medio decir del analista; a veces termina por adaptarse a ellas, en un juego de entendimiento y respuesta a su demanda. En estos casos de igual modo se producen efectos, pero estos están comandados por una importante identificación al analista. En otros casos el paciente directamente no entiende y piensa “este analista no me habla, no me dice nada”. Donde pareciera que los juegos complejos de asentimiento y consentimiento no han podido localizarse en la transferencia. El analista no termina de constituirse como un oráculo sino como un personaje más o menos rígido y caricaturesco.

Y en algunos casos, como el paciente no entiende el “juego” o el “chiste”, el analista empieza a pensar que el paciente “rechaza lo inconsciente”. Efectivamente lo inconsciente se rechaza en muchos casos, estructuras, configuraciones subjetivas; pero en muchos otros la hipótesis del rechazo del inconsciente –semejante a decir que los pacientes se resisten– responde a una comodidad del analista –como decía Ferenczi–, en el marco de una técnica rígida de trabajo, que no se está dispuesta a ceder.

Alejandro Vainer nombró esto como desvíos teoricistas y practicistas de la técnica analítica. Como un médico cirujano que sólo ha estudiado anatomía, pero no sabe nada de bisturíes, cortes, hilos y técnicas de sutura. En el desvío teoricista se interviene sobre el material clínico directamente desde la teoría. Es también un rasgo dominante de muchas tradiciones de supervisión: ubicar al paciente en el grafo del deseo, los cuatro discursos o la sexuación; la fijación, el falo o el goce. Dado que son nociones muy abstractas, resulta casi imposible volver desde ellas a la situación clínica. El analista entonces sabe qué es o dónde está tal o cual cosa del caso, pero esto no le indica nada respecto del quehacer clínico. A modo de suplencia de esto interviene el desvío practicista, donde se interviene no desde el armado de una transferencia singular, sino desde recetas o fórmulas rígidas. Por ejemplo, preguntarle a un paciente –¿Y usted qué parte tiene en el desorden del que se queja?, tal como Lacan figura que Freud le preguntó a Dora.

Todos los analistas comienzan su formación y experiencia apoyándose en modos imaginarios, miméticos, pero la formación analítica debe tender hacia un uso flexible y abierto de ellos, además de extraer de los mismos una pauta de construcción de otros recursos, singulares, que ese analista a su vez podrá transmitir también a otros.



[1] En algunos casos esta situación puede invertirse, y allí donde un sujeto en estado de urgencia, vulneración, arrasamiento no puede y/o no quiere pedir que lo escuchen, un analista igualmente puede introducir su demanda, y apostar con esa oferta amorosa armar una demanda del otro lado. [2] Recordemos el primer lugar que Lacan asigna al analista: el lugar del oyente, y el de un poder discrecional del oyente. Lo que alguien dice recién termina de tener sentido o no en la escucha que recibe de otro.

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