Escrito para el Laboratorio de Políticas del Inconsciente



En muchas ocasiones durante el último año llegué a diferenciar dos problemas: politizar el malestar y politizar el inconsciente, que son dos cosas muy distintas. Antes que “politizar el inconsciente”, yo formularía la consigna de nuestro laboratorio en términos de inventar políticas del inconsciente, experimentos para una acción política que, advertida de la existencia del inconsciente, se oriente a interrumpir su automatismo.


por Daniela Danelinck



Politizar el inconsciente/ politizar el malestar


En muchas ocasiones durante el último año llegué a diferenciar dos problemas: politizar el malestar y politizar el inconsciente, que son dos cosas muy distintas. Entiendo la importancia que puede tener politizar el malestar, sobre todo en una época que tiende a encerrarlo en el cerebro y medicarlo. Pienso además que va en línea con la consigna clásica del feminismo: “Lo personal es político”. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con el malestar o el género, no veo que haya una gran industria ni un aparato ideológico montado para individualizar el inconsciente, excepto quizás entre los propios profesionales psi, cuando se enfrascan discutiendo con las neurociencias o las psicoterapias, con lo cual la disputa sería hacia adentro de la disciplina y, en mi opinión, pierde potencia.


Antes que “politizar el inconsciente”, yo formularía la consigna de nuestro laboratorio en términos de inventar políticas del inconsciente, experimentos para una acción política que, advertida de la existencia del inconsciente, se oriente a interrumpir su automatismo. Así entendida, la práctica política semeja una clínica psicoanalítica a gran escala, cuya meta es interrumpir la repetición de lo mismo para permitir la novedad de la que puede ser portador un sujeto. Wo es war, soll ich werden. Pero esta apuesta es peligrosa por dos motivos:


En primer lugar, porque toda práctica clínica tiende a deslizarse hacia la terapéutica, incluyendo la clínica psicoanalítica, en una pendiente resbaladiza hacia ese barral ideológico donde se origina, y donde permanece en última instancia hasta la fecha, a pesar de sus mejores esfuerzos. Personalmente creo que convertir a la política en una terapéutica es un error estratégico, básicamente porque mete por la ventana la totalidad del orden médico: el ideal de salud, de autonomía personal, de bienestar, de equilibrio, etc.

En segundo lugar, es peligroso porque el sujeto llamado a interrumpir el automatismo, ese famoso ich del aforismo freudiano, regularmente se degrada en la práctica (tanto clínica como política) hacia figuras pre-freudianas de la subjetividad: la razón, la voluntad libre, la autoconciencia, donde el sujeto es nuevamente amo en su propia casa, punto de síntesis y fundamento en el mundo de la representación.

Sin embargo, como decía Hölderlin, “Allí donde crece el peligro crece también lo que nos salva”. Estamos embarcados en la aventura colectiva de inventar, diseñar e implementar “políticas del inconsciente”, lo que nos exige evitar las dos pendientes resbaladizas que hemos identificado: rechazar la equiparación de la política y de la clínica con cualquier forma de terapéutica (por considerar que esto abre las puertas a las peores desviaciones de la ideología médica), y procurarnos una teoría del sujeto que, como mínimo, no sea pre-freudiana. En términos más personales, dado que esto es motivo de controversia al interior del Laboratorio, considero que el sujeto que interesa a una política del inconsciente (aquel que se busca producir como sujeto histórico, e incluso propiamente como el nuevo Sujeto de la Historia, el sujeto revolucionario), es aquel que teorizó Lacan como sujeto del inconsciente, un sujeto dividido entre el saber y el goce. O quizás también, por qué no, aquel otro que propone Badiou como el sujeto de la fidelidad a un acontecimiento.

Nos preguntamos: ¿Puede la política incidir en el inconsciente, de modo tal de interrumpir su automatismo? O, por el contrario, ¿debemos concluir con Lacan que el inconsciente es la política? En una clase del Seminario 14: La lógica del fantasma, pronunciada el día 10 de mayo de 1967, Lacan anuncia lo siguiente:

Si Freud ha escrito en alguna parte que la anatomía es el destino, habrá quizás un momento en que se volverá a una sana percepción de lo que Freud ha descubierto, se dirá, no digo la política es el inconsciente, simplemente: el inconsciente es la política.

Lacan lo dice al pasar. No se detiene ni extrae todas las consecuencias de esta fórmula. “No es hoy que daré este paso”, se excusa. Sin embargo, alcanza a ubicar dos modos diferentes de pensar el lazo entre inconsciente y política, que a su vez se corresponden a dos modos muy distintos de comprender el descubrimiento de Freud: o bien se hace de la política una manifestación, en la esfera pública, de procesos, tendencias y conflictos psíquicos inconscientes (caracterizados por lo general con las notas de ‘arcaicos’, ‘profundos’, ‘primigenios’), o bien se hace del inconsciente una marca, en el sujeto, de la anterioridad de la política comprendida como lógica, logos, discurso, que organiza en cada época las relaciones sociales. Se trata ahora de la política como “lo que liga y opone a los hombres” como indica Lacan en la clase del 10 de mayo de 1967. Pero entonces, ¿qué lugar queda para la práctica política entendida como el sitio de la interrupción, nombre de aquello mismo que torsiona, modifica o quiebra el automatismo del inconsciente?

¿Qué entiendo por inconsciente?


Algo que resultó obvio en el primer año del Laboratorio de políticas del inconsciente es que tanto “política” como “inconsciente” tienen múltiples referentes, con los cuales se pueden fabricar sofisticados, preciosos e inagotables caleidoscopios teóricos. Sabemos que es necesario tomar decisiones, dejar cosas afuera, enfocar la mirar y hacer definiciones, y sabemos que es un trabajo colectivo de largo aliento.


Como un aporte al debate del próximo año, para sentar posición, pero sobre todo para mostrar mis cartas y los problemas de mi marco teórico, respondo a continuación una de las preguntas que fue la consigna de algún encuentro: ¿qué entiendo por inconsciente?


Por inconsciente entiendo un “saber no sabido”, recuperando una de las definiciones más constantes del concepto en la obra de Lacan, aunque en rigor se trate menos de un concepto que de un paradigma. Como hemos discutido tantas veces en el Laboratorio, Lacan advierte que:


el psicoanálisis haría mejor en no coquetear, en no decir que en suma no hay más que un solo concepto freudiano, y llamarlo el inconsciente –tampoco llamarlo como acabo de hacer un saber ignorado por el sujeto, porque eso no es un concepto (…). Es un paradigma, a partir de lo cual los conceptos, gracias a Dios, existen para delimitar el campo freudiano. Y Freud generó otros que, admisibles o no, son conceptos, a partir de este primer tiempo de experiencia, de este ejemplo que era el inconsciente que él descubrió en el neurótico[1]


Quisiera desglosar algunas de las principales tesis contenidas en esta definición mínima de inconsciente como “saber no sabido”:


a. El inconsciente no es un campo de hechos elementales, orgánicos, carnales, de impulsos biológicos, sino que se articula como perteneciente al orden del pensamiento. “Es algo que configura una cadena, exactamente como si fuera pensamiento. Freud nunca dijo otra cosa cuando hablaba del inconsciente” [2].


b. El inconsciente no es el saber-hacer de la naturaleza supuesto desde siempre a los animales: el instinto, que estaría dirigido a la preservación de la vida. El eje central de toda la enseñanza lacaniana (manteniendo este término que él mismo utilizaba) es la tesis del inconsciente estructurado como un lenguaje, según la cual el saber no sabido es una estructura (como el lenguaje, el pensamiento y el intercambio), un conjunto de relaciones desprovistas de sentido, anteriores a los mecanismos de atribución 3(S17: 30)de sentido.


c. “El inconsciente no tiene nada que ver con el conocimiento, que le es ajeno” (tal como lo formula en “Radiofonía”). Es saber, sí, pero no conocimiento, porque allí no hay nadie que sepa. “No es evidente que todo saber, por ser saber, se sepa”, argumenta Lacan, y de allí que “lo que descubre la experiencia del psicoanálisis es algo del orden del saber, y no del conocimiento o de la representación” [3]. Si el saber inconsciente fuera conocimiento, concluye Lacan, lo sería para un sujeto-supuesto-saber que siempre, en todos los casos, “es Dios y sanseacabó" [4].


d. El inconsciente como saber no sabido es el conjunto de las “cosas dichas”. Es todo aquello que fue dicho, formulado al interior del lenguaje, desde las verdades formalizadas de la ciencia, toda la biblioteca universal, ratios financieras, bases de datos, cartas de amor, algoritmos probabilísticos, registros personales, protocolos internacionales, el cancionero de la guerra civil española, resultados de experimentos, resultados de encuestas, la Biblia, historiales de navegación, historiales médicos, normativas vigentes, niveles de serotonina, índices estadísticos, etc.

Lo que está dicho piensa solo, los hechos -en el sentido de Wittgenstein, “donde lo que está dicho es de hecho: del hecho de decirlo”- se piensan a sí mismos. Esto es el inconsciente:


“El saber –creo que he insistido bastante como para que les entre en la cabeza-, el saber es cosa que se dice, es cosa dicha. Pues bien, el saber habla solo, esto es el inconsciente (…) el saber se desgrana, el saber se enumera, se detalla y lo que se dice, ese rosario, nadie lo reza, se pasa él solo” [5].


En esta línea, el inconsciente es un concepto que entraría serie con el Intelecto Agente de Aristóteles y el General Intellect de Marx.


e. Por último, lo que complica considerablemente el problema, el inconsciente como saber no sabido es para Lacan “medio de goce”. Esta es la caja de pandora de donde escapó hace más de un siglo la peste freudiana: “Este saber muestra aquí su raíz en el hecho de que, en la repetición, y para empezar bajo la forma del rasgo unario, resulta ser el medio del goce”[6].


Dejo este escrito en el mismo estado abierto, inconcluso y pulsátil en que dejamos el espacio del laboratorio hasta el próximo recomienzo.


¡Hasta el recomienzo siempre!


[1] Lacan, Seminario 16, p 364.

[2] Lacan, Seminario 17, p 93.

[3] Lacan, Seminario 17, p 30.

[4] Lacan, Seminario 16, p 256.

[5] Lacan, Seminario 17, p 74.

[6] Lacan, Seminario 17, p 51.