Impostoras

Las mujeres experimentamos una opresión sistémica durante toda la vida, creyendo que somos menos que los demás o que no somos lo suficientemente buenas o capaces como para lograr lo que nos proponemos. Hacerlo contradice la narrativa que nos marca desde siempre. Algunas construcciones, como el “síndrome de la impostora”, echa la culpa a las personas, individualmente, de sus malestares, sin tener en cuenta los contextos históricos y culturales que son fundamentales para que se manifiesten.

Publicidad gráfica de pantalones Mr. Leggs de la década del 60.

Por Rebeca Faur


Soy mujer, profesional de la salud, madre de dos. Vengo de una familia judía con roles de género bien definidos. Nunca he podido estar a la altura de lo que se esperaba de mí, aunque siempre lo intenté, verdaderamente. Ya sea por mi cuerpo, mi tez, mi modo de relacionarme, mis intereses, mis decisiones, parece que cada vez quedaba algunos centímetros por debajo de la vara que establece el límite a partir del cual mi existencia es “adecuada”. Con los años, no ser lo suficientemente buena se volvió un mantra, una voz persistente que me fue acompañando toda mi vida en casi cualquier actividad no importa cuán insignificante. Resulta que hasta es posible hacer mal la compra del super, o incluso estar tirada en la cama mirando el techo. Cada conducta, cada pensamiento y hasta cada emoción se vuelve susceptible de crítica. Podría decir que soy demasiado autoexigente, obsesiva, o que hay algún problema en cómo se organiza mi psiquismo, pero no todo sucede dentro de mi mente. He sido adoctrinada toda mi vida para entender que todo lo que hago es insuficiente. Ahora esas voces abusadoras viven en mí, ¿son mías? No lo creo.

El efecto más marcado de este mantra lo sentí en el trabajo, en mi profesión. Trabajo como psiquiatra en un centro de salud mental de la Ciudad de Buenos Aires, adonde la gran mayoría de mis compañerxs de trabajo son mujeres. Sin embargo, mi único jefe en la institución es hombre, y así fue en cada trabajo que tuve desde que entré en el ámbito de la salud. Dentro de mi práctica podría decir que no ejerzo dentro de los parámetros considerados el mainstream de la psiquiatría, o el modelo predominante, ni siquiera podría ubicarme dentro de algunas de las corrientes alternativas más aceptadas. Fue en ese contexto donde mi inseguridad se transformó en casi una certeza de que lo que sea que haga tenía que ser sobresaliente, impecable, sin fallas. Cualquier error se convertía en una confirmación ya sea de todos los sesgos de género que mediaban los vínculos institucionales (¡también presentes en mis creencias, por supuesto!), o bien de la falta de sustento teórico/conceptual de mi posición, o poca formación, o falta de experiencia. Ningún título o posgrado podía darme la validación que buscaba. Y mientras, tenía que hacerme cargo de mis hijxs, de mi casa, de mi imagen, de mi vida social y sexoafectiva. No sea cosa que fuese a descuidar alguno de los otros roles (“femeninos”) que me fueron asignados y ahí ya no solo sería una mala profesional, sino también una mala madre, mala mujer, mala hija (con implicancias aún más terribles sobre mi estado emocional).

Hace un tiempo, una amiga me compartía una nota sobre un conjunto de experiencias a la que llamaban “el síndrome de la impostora”. Resulta que sobre todo en el mundo de las ocupaciones tradicionalmente masculinas, las mujeres con cierta frecuencia sienten que son un fraude, que no son lo suficientemente buenas o que llegaron hasta ahí por suerte. Me sonó familiar, y antes de poder autodiagnosticarme, ya estaba buscando la cura. Empecé a investigar de qué se trataba, por qué existía una entidad que hasta tenía nombre de síndrome y yo jamás había escuchado. El síndrome del impostor fue identificado por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes quienes teorizaron (en este artículo) que las mujeres se veían afectadas de una manera particular por ideas de que sus éxitos se debían a la suerte más que a su propio talento o su preparación, mostrando una incapacidad de internalizar y apropiarse de sus logros. Incluso desarrollaron una prueba disponible online (acá en inglés) para verificar si estamos afectadxs por este fenómeno y en qué medida, a partir de puntuar el nivel de coincidencia con afirmaciones como “Puedo dar la impresión de que soy más competente de lo que realmente soy” o “A veces pienso que obtuve mi posición actual o logré mi éxito actual porque estaba en el lugar correcto en el momento correcto o conocía a las personas correctas”. Esas frases suenan tan increíblemente similares a las que resuenan en mi mente, que, por supuesto hice la prueba, y resultó que saqué el puntaje más alto (¿iujuuu?), es decir, que lo que llaman fenómenos de impostora aparecían en mi vida frecuentemente y con mucha intensidad, probablemente interfiriendo con mi vida. ¿La solución de las autoras? Terapia. Aunque admitían que no puede ser considerado un síndrome propiamente dicho, la realización de un tratamiento se proponía como el mejor modo de abordar la situación. Al parecer, una terapia multimodal, especialmente enfocada en cambiar las creencias impostoras y reencuadrar los pensamientos. Puesto en otras palabras, es mi responsabilidad hacer frente a este problema. Pero como decía al inicio, no creo que esas voces abusadoras que viven en mí sean enteramente mías.

Las expectativas sociales depositadas sobre las mujeres, como dedicarse a la maternidad y a tareas de cuidado en el espacio privado, influyen al momento de sentirse un fraude. Al querer desarrollarnos profesionalmente, escapamos de esos roles que el patriarcado nos asigna, y eso no es sin costo. El mundo nos enseña desde pequeñas que nunca vamos a estar a la altura de las tareas que se nos ponen en frente, que siempre necesitamos prepararnos más, ser mejores, y así y todo nunca va a ser suficiente.

Si experimentamos una opresión sistémica, o se nos dice directa o indirectamente durante toda la vida que somos menos que los demás o que no somos lo suficientemente buenas o capaces como para lograr lo que nos proponemos, hacerlo contradice la narrativa que nos marca desde siempre. Construcciones como el síndrome de la impostora no tienen en cuenta el impacto del machismo sistémico, el racismo, el clasismo, la xenofobia y otros prejuicios. Echa la culpa a las personas, individualmente, de su malestar, sin tener en cuenta los contextos históricos y culturales que son fundamentales para que se manifieste. Menospreciar las experiencias de las mujeres haciéndonos responsables de nuestros padecimientos en lugar de abordar el sistema social y político opresivo es figurita repetida. Desde la histeria en el antiguo Egipto (ampliada y desarrollada luego por múltiples culturas) que ubicaba el origen del malestar en un desplazamiento uterino, hasta los llamados Trastornos relacionados con la edad reproductiva que surgen a partir de observar que algunas mujeres somos vulnerables a un padecimiento subjetivo de considerable intensidad en los períodos de fluctuación hormonal, plasmado por ejemplo en el Síndrome disfórico premenstrual (DSM 5), atribuyendo el malestar a niveles hormonales en lugar de otros factores psicosociales relacionados con el género. Además, pareciera que tanto trasgredir como performar obedientemente los mandatos de género nos enferma. La psiquiatría clásica hegemónica consideraba que las mujeres tenían una peor salud mental a medida que se acercaban a las características socialmente deseables para los varones sanos como independencia, autonomía, objetividad.

Existe una coincidencia entre las experiencias subjetivas dolorosas vividas por las mujeres y los roles, normas, expectativas reguladas por el sistema de género, así como una contradicción entre la práctica y el discurso de la igualdad lograda . En lugar de interiorizar la culpa, puede ser mejor tomar un poco de distancia y observar el entorno para identificar aquellos factores que nos dejan en ese lugar. Asumir exclusivamente como propias e internas las causas de esos malestares, invisibiliza la categoría de género productora de dolor y conflicto y la vuelve ininteligible. Es necesario poder diferenciar qué voces son propias y cuáles se nos imponen. Retomando lo que relataba al principio, y harta de quedar siempre un pelito por debajo de la vara, mejor empezar a cuestionar quién la sostiene.