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La pesadilla de una vida sin fracasos

  • Laura M. Martín
  • 12 ago 2025
  • 9 Min. de lectura

En este trabajo, Laura M. Martín alerta sobre las narrativas que encontramos en las redes sociales. Incluso, haciendo uso de frases que han tenido (y siguen teniendo) un incuestionable valor desde un posicionamiento político, tales como "si duele, no es amor", pueden sostener enunciaciones con carácter de verdad última, sin matices, que nos conducen (en palabras de la autora) a "la pesadilla de una vida sin fracasos".



por Laura M. Martín*


“Un día nos damos cuenta de que bajo la aparente diversidad de nuestras experiencias y la distribución (desgraciada creemos) del azar, puede haber tal vez una lógica del deseo que conduce a la vida a fracasar en el mismo punto, en un mismo efecto”


Anne Dofourmantelle



  1. Fracasar, romper en pedazos.

Hay en Freud, en Lacan y en Becket una idea común, la del fracaso incorregible. El sujeto es incorregible. No dicen los psicoanalistas a sus analizantes que se corrijan, cuando dicen una cosa por otra, o cuando, por ejemplo, les cuentan que soñaron que estaban en Roma pero era un pueblito de Argentina al que habían llegado en auto. Aunque se empeñen los analizantes en la corrección, los psicoanalistas toman el texto original, aquel que aún no fue víctima de la edición yoica.

    El diccionario etimológico Joan Corominas dice acerca de la palabra fracasar: frustrarse, tener resultado adverso, destrozar, hacer trizas, quebrar ruidosamente. Por un lado alude al fracaso como al  momento en el que arribamos a un resultado contrario o no cercano al anhelado y por otro- que me resulta más sorprendente- alude a lo roto en pedazos: el fracaso como ruptura de una superficie lisa y entera que sería el éxito. Ruptura de ese bloque monolítico que pretende ser el Yo. La ilusión yoica es un sueño de unidad. Sueño que tarde o temprano se rompe. 

  Freud hizo del fracaso, de la ruptura, de lo que no anda, si no una defensa por lo menos una puesta en valor. Los olvidos, los lapsus, las producciones oníricas que nos resultan ajenas, sucederán de todos modos, quiera nuestro Yo o no; y en la lógica freudiana son jeroglíficos a ser leídos. Hay un valor en ellos, por eso no los corregimos. 

Siguiendo a Freud, Lacan se pregunta qué es lo que impresiona en los sueños y los actos fallidos. Se responde que lo que impresiona es “el aspecto de tropiezo bajo el cual se presentan. Tropiezo, falla, fisura. En una frase pronunciada, algo viene a tropezar.”  Tropiezo que- agrega- es un hallazgo y una solución, “no necesariamente acabada, pero que por incompleta que sea tiene ese no sé qué…. que es la sorpresa: aquello que rebasa al sujeto, aquello por lo que encuentra más y menos de lo que esperaba…”.[1]

  El psicoanálisis suma entonces otra acepción de la palabra fracaso. Además de un resultado adverso y de una ruptura; el fracaso puede pensarse como un tropiezo que soluciona.

  La solución en el corazón del fracaso.

Fracasar otra vez, escribió Samuel Becket en “Rumbo a Peor”. Alan Pauls tomó esta idea y en su ensayo “Fallar otra vez”  escribió:  “Hay que fallar una y otra vez, siempre, como si no hubiera otra manera de hacer las cosas. Porque la repetición es la evidencia de que la falla no depende de la voluntad; no se elige, y por lo tanto es inútil procurar aplacarla, encausarla o detenerla[2]

Pauls avanza en su idea y hace referencia a los aspirantes a escritores que concurren a talleres de escritura y plantean los siguientes-en apariencia- obstáculos: “No sé escribir diálogos”, “no puedo escribir párrafos largos con subordinadas”; “no muestro, explico”, “no sé cómo pasar de una escena a la otra”, “no uso buenas metáforas”, etc. Pauls ubica que es justamente ese obstáculo el que da cuenta del estilo inalienable, incorregible de cada escritor. Quedando el estilo del lado de lo ingobernable. Lo que no quita que el objeto, a saber el texto, pueda ser sometido a corrección y edición hasta que el escritor diga basta. El objeto sí es plausible de corrección, sin embargo habrá algo que siempre le escapa a la misma. Y el momento de dejar de corregir no es el momento en que el objeto ya está correcto, sino el momento en el que alguien dice “hasta aquí” y decide arbitrariamente que ese objeto no será más intervenido. 

Pauls avanza aún más y ubica- al modo de Freud y Lacan- un valor en el fracaso. “Qué quiere decir, en este contexto, fallar? Cómo equivocarse podría ser no el accidente ingrato que la corrección enmendará justo a tiempo, antes de que arruine todo el resultado, sino un camino o, mejor dicho, el camino?”.[2]

Es por eso que la regla fundamental de un psicoanálisis es: Hable aunque falle, aunque en términos yoicos lo que diga no sea ajustado a lo que- otra vez el Yo- quiere decir; porque ahí en lo desajustado hay un hallazgo a ser leído.


  1. Fracasar cada vez mejor

Fracasar cada vez mejor, que lo que hagamos nos resulte aunque no obtengamos éxito. Los resultados exitosos que llegan con trampa son formas malas de fracasar. En cambio, el resultado al que se arriba a través de una práctica que inevitablemente solo puede ser del fracaso es vivible porque va de la mano de la responsabilidad que nada tiene que ver con la culpa. Hacerme responsable del objeto que me concierne, asumir una práctica y corregirme sobre la marcha si es necesario. Avanzar, no hacia el éxito necesariamente. Seguir. Hablando, leyendo, haciendo. Seguir corrigiendo. Seguir no con el objetivo imposible de suprimir la falta, sino para fracasar de la mejor manera posible. Por eso el problema no es fracasar sino los modos del fracaso. La invitación a fracasar mejor no se trata de una apología romántica del fracaso, del loser que por sus emociones erráticas no accede a nada de lo que quiere. Esa sería una posición cobarde; se trata más bien de la posición contraria, la del coraje de avanzar a pesar o gracias a los tropiezos.[3]

Dice Paula Hoschman en el “Coraje de leer”:

“… la vía del deseo empuja a seguir hablando, a construir un saber respecto de la verdad, que será en fracaso ya que el objeto que el saber articula, no suprime la falta y el cometido es fracasar de la mejor manera, como lo vio Becket, es decir de una manera eficaz, la que crea efectos de sentido en lo real, la que es capaz de cambiar el mundo.”[4]

 

  1. Las redes sociales y el rechazo del fracaso 

Como contrapunto a esta idea de fracaso como estructural, voy a tomar una forma de expresión contemporánea: la narrativa que ofrece una red social como Instagram, más estrictamente la enunciación que ésta sostiene. Casi nadie que use Instagram es ajeno a la variedad (poco variada) axiomática que muchos posteos ofrecen. Un axioma es una proposición que de tan evidente es admitida sin demostración. Nada que sea posteado en esa plataforma es llamado a la demostración, la explicación o el comentario; posibilidades únicamente plausibles de ser practicadas por los hablantes. En Instagram no se habla, se escribe. Y en general se escriben consejos para que todo encaje, advertencias justamente para no fracasar. Como si algo así fuera posible o, peor aún, como si eso fuera un horizonte deseable. Que todo suceda sin tropiezos, sin desajustes, sin opacidades, dudas o correcciones sobre la marcha. Que no sea necesario mezclar y barajar de nuevo, que salga bien de una; parece ser el objetivo de tanto axioma acerca de cómo vivir. Suele tratarse de un narrador-consejero, también un narrador-detective, que haciendo uso de la segunda persona del singular sentencia por ejemplo:


“Quedate donde te presuman por gusto y no por obligación, quedate donde te quieran siempre y no de a ratos, donde te demuestren que eres prioridad, quedate donde te busquen, donde te traten bien, quedate donde seas tú y nadie más.  @lafourcademx

“El amor es un lugar seguro”  @terapiaconectivaclaudiavega

“Me quedo con las personas con las que puedo ser yo, en toda mi esencia y con total libertad”  @vibrando_en_positivo

Una relación basada en el apego no tiene chances de ser satisfactoria porque estará construida sobre el miedo y la dependencia emocional@valeria.bedrossian


Este narrador-consejero-detective le habla a un Yo, a un individuo no afectado por la división. La narrativa instagramera es una plataforma anti inconsciente, no cree en él, incluso lo rechaza. Es al Yo al que se dirige, al sueño infernal del  individuo que podría por decisión propia velar únicamente por su bienestar y satisfacción. A propósito de esta cuestión, Constanza Michelson propone en una serie de ensayos reunidos preciosamente en su libro “ Capitalismo del Yo, ciudades sin deseo” la renegación actual del carácter dividido del sujeto, el descreimiento actual en el inconsciente. En el prólogo, Florencia Abadi propone: “El rechazo del deseo presenta hoy dos caras, rechazo de lo contingente y rechazo de la contradicción”. La posibilidad de que algo suceda o no suceda, la posibilidad de que A y B sean ambos falsos y verdaderos a la vez, es descartada de plano para darle paso a un saber asimilable a un bloque coherente que no admite fisura. Hay en esta escritura instagramera “La verdad”, siendo ella aristotélica, o sea un enunciado que se toma por verdadero si y solo si se corresponde con una realidad. Tomemos el enunciado “si duele no es amor”. Traducido en silogismo aristotélico sería:

Si duele no es amor.

Este amor me duele.

Este amor- en tanto duele-  no es amor.

   Aristoteles no nos dice qué es la verdad, sino más bien nos dice cómo se llega a ella. O más bien nos dice cuándo un enunciado es verdadero (cuando se corresponde con una realidad). La verdad aristotélica es un lugar al que se llega deductivamente a través de una serie de enunciados. Quedando la enunciación elidida del análisis. Otra forma de pensar “la verdad” es que el enunciado “Si duele no es amor”, es verdadero no porque “si duele no es amor”, o sea, no porque en la realidad vayamos a encontrarnos con que cada vez que una relación genera dolor no se trata de una relación amorosa; sino porque la enunciación de quien dice eso, porta una verdad. Lo que es verdad es que alguien dice “si duele no es amor”. Es verdad que se dijo, es verdad que se haya decidido decir eso. Para el psicoanálisis- como yo lo entiendo-, la verdad de un enunciado no surge de que en realidad se compruebe dicho enunciado, la verdad no surge de una realidad más allá, sino que surge del hecho de haber sido dicha, la verdad es intrínseca a la enunciación y prescinde el par verdadero-falso. “La correspondencia que está en juego en la verdad no es la de las palabras con las cosas, sino la del enunciado con la enunciación”  Por eso cuando alguien nos anuncia que dirá una verdad o por el contrario nos avisa que lo que dirá es una mentira, eso nada cambia del hecho de que lo que se dijo fue dicho.

  Y volviendo a la frase que no ingenuamente elegí para plantear esta cuestión, considero que cada vez que se la piensa como puro enunciado para discutir si es o no cierta- descartando la enunciación que ella porta- se le resta la magnitud que tiene y se desconoce el hecho de que es verdadera no necesariamente por su correspondencia o no con una realidad, sino por el posicionamiento político que implica, vale decir el “desde dónde” se dice o los modos y lugares en los que se decide pronunciar esta frase. Desde el psicoanálisis no hace falta más para determinar la verdad de ésta ni de ninguna otra frase, no es necesario emprender una investigación ni realizar estadísticas, no es a aquello a lo que el psicoanálisis atiende. 

Pero la narrativa instagramera es una narrativa de enunciados cuya verdad radica en la correspondencia de las palabras y las cosas. Hay un narrador que sabe cómo son las cosas y entonces nos ofrece consejos acerca de cómo podemos vivir el amor sin que duela, cómo podemos advertir las “banderas rojas” para así bajarnos a tiempo y no fracasar.  Hay Otro que sabe lo que queremos: queremos estar tranquilos, no queremos sentir ansiedades, queremos que nada se inquiete, queremos en paz descansar. Este narrador no le habla al otro del amor que se relaciona de falta a falta, sino al otro del vínculo de diseño, que se relaciona de Yo a Yo, hace pactos, esclarece las zonas oscuras, explicita todo e, intentando evitar el malentendido y lo desajustado, cae en literalidades infernales. Cae en la pesadilla de una vida sin fracasos.


Notas:

[1] Jaques Lacan, Seminario once: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Texto establecido por Jaques Alain Miller, Ed. Paidós, Buenos Aires 1994.

[2] Pauls Alan, Fallar Otra vez, Ed. Gris Tormenta, Buenos Aires,  2024.

[3] Desde la teoría lacaniana fracasar mejor podría pensarse como el hecho de que el fracaso no sea cargado en la cuenta de la castración imaginaria (menos fi), o sea eso de lo que carezco y le supongo al otro- el famoso pasto del vecino que brilla más que el propio-; sino que pueda cargarse a la cuenta de lo simbólico, aquel universo de significantes en cuyo interior tenemos un conjunto vacío. Es decir que el campo de lo simbólico es un campo incompleto, porque no es justamente un código. No todo se puede nombrar.

[4] Hoschman Paula, El Coraje de leer. Ed. Topología en extensión. Buenos Aires, 2023.



Bibliografía consultada:

- Dofourmantelle, Anne. En caso de amor: psicopatología de la vida amorosa. Ed. Nocturna, Buenos Aires, 2018.

-Lacan Jaques, Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós , tercera impresión 1990.

-Pauls Alan, Fallar Otra vez, Ed. Gris tormenta, Buenos Aires, 2024.

- Michelson Constanza,  Capitalismo del Yo: Ciudades sin deseo. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2021.

-Hoschman Paula, El coraje de leer. Ed. Topología en extensión. Buenos Aires, 2023.



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