Me duele la identidad: acompañando a xadres de personas trans






por Pablo Tajman *


Opciones políticas que van desde el psicoanálisis hegemónico hasta la llamada izquierda lacaniana han impedido que la categoría de identidad adopte dignidad teórico-práctica, lo que dificulta nuestra creatividad en relación a los dispositivos que necesitamos generar y a los modos de intervención más adecuados sobre los recorridos de la violencia que se repiten.


En esta ocasión quisiera ocuparme de una modificación de dispositivo que necesité producir en mi práctica acompañando a familiares y referentes de personas trans y no binaries de distintas edades (desde la niñez a la adultez) en la transición identitaria sexo-genérica de estas últimas. La mayoría de dichos acompañamientos ocurrieron en un centro de salud mental público. Me centraré principalmente en las transiciones de personas trans por ser el campo en el que más recorrido clínico he hecho. Según pude ir viendo, en estas experiencias a veces se trata de acompañar el no saber cuál va a ser el “desenlace” de esa identidad (por más que luego pueda resultar provisorio en cierta medida). Este acompañar busca permitir un tiempo de incertidumbre posible para les referentes (padres y madres, abuelxs y hermanxs, por ejemplo) que permita acompañar la exploración en relación a su identidad para les consultantes. En otras ocasiones se trata de qué hacer cuando el mencionado “desenlace” no es el esperado por la familia, cuando la desición resulta en realizar la transición de género. Me basaré en estas últimas situaciones.


Llevó un tiempo y un trabajo de hacer redes con otros espacios el generar accesibilidad a la institución para las personas trans, no binaries y sus familias. Para eso armamos un grupo de trabajo con compañeres de distintos equipos de la institución que sigue funcionando hasta el día hoy. Al principio, quien llevaba adelante el espacio terapéutico de la persona que transicionaba, también hacía las “entrevistas de orientación familiar” o “entrevistas a padres”. Una recurrencia en esos recorridos me resultó importante: el tiempo que les llevaba a les referentes aceptar y dar lugar a la transición (allí donde esto se lograba) siempre era mayor al tiempo que le tomaba a la persona que la realizaba. En realidad esto no es así, porque el punto de partida no suele ser el mismo. En general quienes luego transicionan comienzan a sentir y a querer sobre eso antes de poder pensarlo y comunicarlo. Entonces sería más preciso decir que los tiempos de “aceptación” de lo que estaba sucediendo diferían contando a partir del momento en que yo les conocía, que podía coincidir o no con uno cercano a aquel en que les referentes se habían enterado.


En ese recorrido fui viendo que para quien realiza o quiere realizar la transición, el que pueda darse de un modo explícito es algo no solamente necesario, sino también muchas veces largamente esperado, pero, en cambio, para quienes la viven desde el lugar de familiar suele resultar algo temido que se intenta retardar cuando no detener. Un ejemplo de eso lo encuentro en la necesidad de quien transiciona de ser nombrade con su nuevo nombre sin más demoras, mientras que a sus familiares se les suele hacer muy difícil, por lo que necesitan un tiempo de seguir usando el nombre asignado al nacer.


Para le terapeuta que atiende a quien transiciona, allí donde se requiera un espacio para acompañar[1], es necesario nombrar a su consultante con su nuevo nombre. Esto importa porque muchas veces es en el vínculo con le terapeuta donde ese ser nombradx de nuevo puede darse por primera vez, en otras ocasiones es la segunda ocasión luego de haberlo podido hacer con ciertxs amigues. Es algo que resulta fundante y no hay motivos para dejarlo pasar, como sucede siempre que se trata de favorecer procesos subjetivantes, ya que demorar eso allí donde es solicitado es sumarse a la larga lista de instancias que piden o imponen esa demora, como en mi experiencia hacen muchxs referentes durante bastante tiempo.


Pero esto, el nombrar con el nombre elegido, que promueve condiciones tan favorables para quién transiciona, implica el ejercicio de cierta agresividad que toda afirmación -en el sentido fuerte de la palabra- supone y que en muchas ocasiones es sentida como violencia[2] por les familiares, que se ven “empujados” por un proceso que tiene efectos "diluyentes" directos sobre su identidad. Si toda identidad es relacional, no hay forma de que se produzca un fuerte cambio en la identidad de une hije sin que eso conlleve un fuerte cambio -se lo quiera o no- en la identidad de les referentes. A mí me ha servido ponerme, aunque sea en mi imaginación, en ese lugar: yo soy el papá de una nena, imaginé y propuse su nombre (en relación a mi abuela materna, vínculo fundamental en mi vida) e imaginé muchos momentos de mi futuro en relación con ella. Es una parte importante de mi identidad y de mi proyecto de vida. Si Emilia me hiciese saber que hace tiempo que se siente/quiere ser, por ejemplo, un nene, no tengo dudas de que una parte importante de mi identidad (lugar de apoyo de mi psiquismo, ya que es una respuesta más o menos estable a la pregunta por quién soy) se vería conmovida y seguramente necesitaría de algún acompañamiento.


Una de las características más importantes de un dispositivo posible para realizar dicho acompañamiento es la que quiero específicamente resaltar: propongo que en muchas ocasiones es conveniente que la temporalidad distinta que requieren estos procesos en les referentes sea recibida en un espacio aparte, llevado adelante por une profesional diferente que quien acompañe a le hije. Este dispositivo no es nuevo, suele conocerse como “orientación a padres”, pero es importante resaltar esta necesidad de un manejo diferenciado de los tiempos con respecto a aquel que se dará en el espacio para le hije, lo que implica una modulación específica del mismo que no he encontrado enfatizada en textos sobre la temática.


De este modo, para continuar con el ejemplo elegido, se habilita a dichos xadres[3] a poder continuar nombrando a su hija/o con el nombre que elles eligieron y esto, paradójicamente (o no tanto), tiende a permitir un pasaje del rechazo a la aceptación de aquello que está ocurriendo más allá de lo que elles quisieran. En cambio, cuando estas entrevistas las lleva adelante la misma persona que atiende y nombra a le hije con su nuevo nombre (como lo hacíamos en un principio), aunque no lo use frente a elles, es muy posible que les xadres sientan que la “traición” está en el aire, que esa persona está, desde su lugar como profesional -que incluye cierto poder y validación social- ayudando a que se dé ese movimiento que les está resultando tan desestructurante y doloroso.


Otro ejemplo usual sobre la importancia de que sea posible que les xadres puedan indignarse en su espacio de acompañamiento por cómo le psicólogue de su hije trabaja, en este caso tomando el ejemplo de une niñe (análogo al de cuando le profesional nombra con el nombre elegido), es cuando quien acompaña permite juegos con juguetes y disfraces desde roles usualmente atribuidos al género hacia el que transiciona su paciente, lo cual puede enojarles mucho. Otro ejemplo es cuando se da el caso en adolescentes y adultes que se animan por primera vez a ir vestides como quieren vestirse (o a cambiarse en el baño de la institución) o a mostrar una foto de ese haberse animado a su terapeuta. Y volviendo a les xadres, no es lo mismo contar un enojo a quien es objeto del mismo que a una tercera persona. Los enojos, bronca e ira hacia quien sostiene el tratamiento de su hije que no son puestos en juego, detienen aún más el movimiento que la familia podría realizar y ponen en riesgo la continuidad del espacio para le hije, ya que dicha continuidad muchas veces depende de esxs xadres.

Es por eso que llevar a cabo el acompañamiento en espacios diferenciados -que manejen, como decíamos, tiempos distintos- permite el cuidado de la identidad “herida” de les xadres durante un tiempo que resulta necesario para elles y posibilitador para su hije.


Lo anterior, ubicado en el terreno de los dispositivos y la técnica, de las herramientas clínicas o como se prefiera llamarlo, está pleno de consecuencias teóricas para los psicoanálisis. En “idioma dispositivo”, estoy diciendo que la identidad es uno de los principales apoyos del psiquismo. Esto no quiere decir que los modelos identitarios culturalmente ofrecidos no sean traducidos en la singularidad de cada quien, ni que en nuestra sociedad no sean principalmente modelos con fuertes tendencias a producir sometimiento al mismo tiempo que producen falta de estructuración subjetiva. Las posibilidades de transitar lo identitario en relación a las orientaciones sexuales y a las identidades de género es altamente dependiente de cuestiones como qué está socialmente habilitado y qué castigado. También estoy diciendo que cuando hablamos en términos de “sujeto”, se suele estar suponiendo fenómenos estabilizados de identidad (al menos a nivel social), por eso estas cuestiones resultan tan disruptivas para les clínicxs sin formación en cómo los mecanismos de dominio[4] resultan determinantes del “espacio” en el que lo que llamamos “sujeto” puede advenir. Cuando dichos mecanismos sociales empiezan a -por luchas, no por suerte- desnaturalizarse, los procesos de conformación identitaria se visibilizan y aquello que en psicoanálisis se daba por descontado, demuestra no ser así.


Last but not least[5], estoy diciendo que la identidad tiene prioridad lógica como categoría por sobre la de sujeto según se entiende a esta última desde el psicoanálisis. Es a partir -y no por fuera- de los parámetros que definen la identidad en la modernidad colonial capitalista que lo que llamamos sujeto[6] en psicoanálisis adopta sus singularidades, sus sufrimientos y sus posibles espacios de libertad. Digámoslo de un modo aún más claro[7]: en psicoanálisis, para no ser fachos sin querer, es necesario que lo que llamamos cultura tenga prioridad sobre lo que llamamos simbólico.



* Pablo Tajman, pablotajman@gmail.com

Psicólogo del Equipo de Grupos (anteriormente del Equipo Infanto-Juvenil) e integrante del grupo interequipo sobre diversidad y psicoanálisis del Centro de Salud Mental público N° 3 Dr. Arturo Ameghino de la Ciudad de Buenos Aires.


Este artículo fue publicado en una primera versión en la Revista Gaceta Psicológica, Tercera Etapa, n°1 "Infancias", Ed. APBA.


[1] No para autorizar, lamentable función policial que la ley argentina de identidad de género dejó atrás en la ley, pero no aún en lo mayoritario de la práctica.

[2] Puede resultar confuso encontrar el término “violencia” nombrando aquello que sienten les familiares que están sufriendo, siendo que violencia es lo que suele sufrir quien transiciona. Justamente se trata de entender el “circuito” de violencias que lleva a realizar la peor de ellas sobre quien se encuentra en el momento de mayor vulnerabilidad, allí donde lo que resulta necesario es acompañamiento. Para visibilizar ese circuito no pueden faltar dimensiones sociales como las leyes que hay o no hay, el acceso a trabajo, vivienda, educación, salud y justicia, qué posibilidades hay de transitar el espacio público (y el familiar) sin riesgo de violencias que van desde injurias hasta golpizas, desde miradas desaprobadoras hasta asesinatos y otras tantas dimensiones que no llegaré a tratar en este escrito, pero es importante tener presente que muchas de las personas adolescentes y adultas que atendemos han llegado expulsadas con mucha violencia de sus familias, de sus ciudades o pueblos natales, de sus provincias y hasta de sus países de origen. En estas últimas situaciones no suele haber xadres con alguna disposición (así sea en principio una enojada) de participar de ningún dispositivo.

[3] Aclaro que suelen ser -y no por casualidad- las madres quienes se animan a pedir esta ayuda, bastante más a menudo que padres, hermanes y otres referentes como tíos y tías, aun cuando se los convoque. En función de trabajar en pos de redes de sostén más abarcativas que la implicada en una idea de familia donde predominan los lazos de sangre (o los que los reemplazan por adopción pero siguiendo ese formato), es que el dispositivo se ofrece a “referentes” y no solo a “papá y mamá”.

[4] Incluyen aquellos que producen la generización, la racialización y los relativos a la conformación de las clases sociales, entre otros. La diferencia con entre dominio y poder me parece importante, para ahondar en ella ver de Amedeo Bertolo “Poder, Autoridad, Dominio. Una propuesta de definición” en https://lapeste.org/2013/12/amedeo-bertolo-poder-autoridad-dominio-una-propuesta-de-definicion/ (consultado el 17-8-2021) [5] Expresión difícil de traducir que implica que el que cierto contenido aparezca al final no quiere decir que no sea importante, incluso prioritario.

[6] Si empezamos el párrafo en inglés, que las últimas notas al pie (dicen que son la clave de lectura de un texto) estén “habladas” con más yeca: creer que el sujeto "no se mancha" con racialización, generización, conformación según clase social, capacitismo, adultocentrismo, etc., es empobrecer el punto de partida de la clínica, aún más, es constituir una teoría impotente para colaborar en la explicación de la invisibilización de la marcha directa hacia el desastre planetario al que nos dirigimos en la sumisión de la tecno-ciencia al servicio del desarrollo del cáncer capitalista que implica el desastre ecológico ya ocurriendo. Tomo aire y sigo: dicho sencillito y parafraseando a Denise Najmanovich, no hay ningún gobierno en la actualidad que se esté dedicando a prevenir la próxima pandemia, porque implicaría intervenir nuestros modos locos de producción. A esto último es a lo que es funcional una teoría donde sujeto es el concepto que le canta de entrada “falta envido y truco” a cualquier otro, provenga de donde provenga. Claro que eso no significa que haya que someterse a los modelos de identidad tal cual nos llegan, es imprescindible cambiarlos, pero justamente ocurre que no logramos más que quedar fuera de juego creyéndonos que somos les psicoanalistas quienes tienen la posta sobre lo humano. Un psicoanálisis al servicio de “cuidar” lo “atemporal” de lo “simbólico” es contrario a aquellos psicoanálisis que colaboran en la búsqueda de transformaciones culturales que se ensayan a través de otros modos de las identidades, las familias, las parejas, los distintos modos de trabajo, etc., deviniendo todo esto en un simbólico en parte modificado. Ese primer psicoanálisis, guardián de lo “simbólico”, es un psicoanálisis conservador, por más buenas intenciones que se tengan. Asegurar que los cambios culturales no modifican lo simbólico es una opción política. Dicha opción expresa un pesimismo en relación a las posibilidades de imaginar y ejercer transformaciones sociales a través de prácticas cotidianas.

[7] Entiendo que resulta claro para quienes se interesan en los debates del (y con) ese freudolacanismo que plantea que lo simbólico es lo central y atraviesa los tiempos históricos con diversas presentaciones contingentes según la época, pero que al mismo tiempo no para de “defender” a ese orden simbólico que supuestamente funda la cultura, por creerlo en peligro frente al avance de derechos en relación a las orientaciones sexuales y a las identidades e género como los que en nuestro país legislan la ley de de ESI, la de Matrimonio Igualitario, la de Identidad de Género o el proyecto de Ley Integral Trans. Parece contradictorio necesitar defender tan ardorosamente de lo contingente a aquello que lo funda. Para muestra basta un botón: el reciente discurso de J. A. Miller para Rusia, ver https://psicoanalisislacaniano.com/2021/05/15/jam-presentacion-revista-rusia-20210515/ (consultado el 15-8-2021). La primera vez que me encontré con el argumento de lo importante y pleno de consecuencias políticas y clínicas que resulta no degradar a lo cultural a expensas de lo simbólico fue en “Deshacer el género”, libro de Judith Butler. Tiene antecedentes precisos y preciosos en el artículo de Gayle Rubin “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”.