Sobre los mandatos de productividad en la cuarentena

Actualizado: ago 18

Para cuidar la salud mental en estos días de aislamiento obligatorio, se nos ofrecen distintos consejos auspiciados por autoridades (instituciones e individuos) en el ámbito. La idea es estar productivos, y no angustiarse. ¿Cuál es la racionalidad de tal imperativo?




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En el marco de la cuarentena obligatoria, se nos ofrecen algunas recetas genéricas para mantenernos mentalmente “saludables». La gran mayoría de esos consejos (viralizados con el aval disciplinar de la psicología y organismos oficiales e internacionales de la Salud) hacen referencia a la productividad.

Se trata de esos tips para la cuarentena que tienen como fondo común el “mantenerse productivo”. Dicen: trabajá desde tu casa, creá algún emprendimiento, estudíá, hacé ejercicio, armá rutinas, cociná como une chef, limpiá todo -hasta lo que ya está limpio nos diría Keynes-, que les chiques hagan tarea y vean programas educativos, etc.

Resulta interesante pensar esos imperativos o mandatos de productividad como sintomáticos, o sea como una vía de acceso a la producción de alguna verdad no reconocida.

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¿Hay alguna relación entre la productividad y la salud mental? Los mandatos mencionados insinúan que si. Se puede inducir que lo que se dice en tales imperativos es que si las actividades productivas se suspenden o se reducen (productividad objetiva) la salud mental está en riesgo. Un reflejo “saludable” supondría entonces desmentir tal realidad objetiva, y sostener la productividad subjetiva. Que la máquina psíquica no pare.

Justo antes de la llegada Covid-19, un paciente que trabaja en una pequeña fábrica me contó que periódicamente se quedaba a dormir en el trabajo, porque operaba una máquina que para sostener la eficiencia no convenía apagar, su función se reducía a «cuidar de la máquina».

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¿Se puede renombrar al Aparato Psíquico freudiano como Máquina Psíquica? Freud tenía claro que si algo abunda en el psiquismo es el trabajo, que la máquina trabaja, porque lo inconsciente se impone como una exigencia de trabajo.

Hoy para las ciencias sociales es una verdad de perogrullo al punto que han advertido que hasta el ocio y el entretenimiento son un trabajo. No se trata de un trabajo voluntario, la máquina está descentrada como la lógica que la mueve. Aunque muchas veces se actúa para evitar que la máquina se frene y, en algunas ocasiones, conscientemente, se busca la forma hacerla andar diferente.

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Lo inconsciente es una lógica impersonal. Como diría Silvia Bleichmar es una lógica “a-subjetiva”, es decir “sin sujeto”. Sin embargo, nos concierne, nos habita, gravitamos en torno a ella. La Máquina Psíquica va de lo impersonal a lo personal, lo voluntario y lo consciente. Nuestro psiquismo no es del todo nuestro. Y lo que tiene de nuestro, es principalmente conservador, economizante,y adaptativo, ya que hace prevalecer cierta estabilización.

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En el libro Encrucijadas de Psicoanálisis y Marxismo, Omar Acha, indica que esa exigencia de trabajo descentrada nace en el seno de la sociedad capitalista, y que existe una relación intrínseca entre lo inconsciente y la lógica del Capital.

Vivimos en la sociedad capitalista. Como individuos que somos nos “individuamos” como individuos de la sociedad capitalista y no en la sociedad como estamos acostumbrados a pensar. Es decir, la sociedad no es algo que está afuera y nos somete, en cierto sentido somos cachos de capitalismo.

Resumiendo, la lógica del Capital es más productiva que represiva. De allí que dilucidar las leyes del Capital no es de interés solo para el conocimiento económico o sociológico, también es menester para las disciplinas que pretendan ocuparse de la psique.

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La “productividad” (y por ende la no-productividad también), se encuentra efectivamente emparentada con el malestar subjetivo, ese que no es sólo un dolor en el cuerpo orgánico. La imposibilidad de sustraerse del trabajo que se impone es vivida muchas veces como una objetalización, y, en determinadas condiciones, a partir de esa condición es que une puede comenzar a preguntarse qué hacer con ese malestar.

Ello ocurre, por ejemplo, cuando algún acontecimiento desestabiliza la “estabilización” que el aparato psíquico se afana en producir. Se trata de avatares que hacen que la máquina por fin pare o falle, y que la atraviese un afecto que nos vuelve más su efecto que su causa. Estas formas del malestar permiten conjeturar que hay una verdad a medias en los imperativos antes consignados.

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Los procesos en los que nos constituimos como individuos se dan conflictivamente, en tanto el Capital requiere “sujetos”. En otros términos, si bien existe una tendencia a la cosificación (Marx ha explicado cómo el Capital reduce a los actores sociales a engranajes de su mecanismo), esa tendencia no puede concretarse del todo, a los fines de continuar con la misma producción del valor. Es posible, a partir de ciertas nociones psicoanalíticas asociar tal dinámica contradictoria con la emergencia de diversas expresiones del malestar. Esas formas nos orientan a señalar ese proceso de objetividad en el que se constituye la subjetividad del sujeto individual. Es que eso que damos en llamar aparato psíquico no es sino una máquina productiva, adaptativa y normalizante, en tanto responde a esa dinámica conflictiva.

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La angustia (reverso del imperativo productivo: ¡no te angusties!) es uno de los modos privilegiados que podemos encontrar les psicoanalistas para comprobar que la inercia de la máquina psíquica fracasa en su persistente búsqueda de un funcionamiento equilibrado. Cuando emerge la angustia independizada (cuando no se puede encontrar una probable causa ligada a ella de manera inmediata), se conjetura que estamos ante un momento de “desimbolización”, es decir un tiempo en el que pierden eficacia los sentidos que ordenan la existencia, la cotidianidad, la normalidad.

Por eso, el psicofármaco puede ser una extensión policial de la lógica de productividad subjetiva, en tanto aparece como solución final de aquello que al ser indicio del inherente malestar, puede poner en cuestión sus causas.

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Ahora bien, la angustia en sí no dice nada y de volverse un estado puede tener efectos devastadores para quien la padece. En el trabajo de un análisis (no siendo el único dispositivo posible) cuando interpretamos, o producimos (con nuestres pacientes) nuevas simbolizaciones, es que podemos partiendo de un afecto que en alguna medida se nos ofrecía mudo, encontrar soluciones menos sufrientes. Un tal proceso, no debe rehuir de su inherente conflictividad, es por eso que vale preguntarse respecto a dicho malestar: ¿es señal de enfermedad o de salud?

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Por último, ante un escenario que ayuda a pensar las respuestas colectivas como instancias necesarias para la salud mental, ¿No es necesario politizar el malestar individual? Como en el campo subjetivo, en el terreno político ¿Ese malestar no es una contradicción muda a menos que devenga una contradicción social; es decir, que exista como conflicto social?

Desde un punto de vista crítico a la sociedad “pre-cuarentena” se plantea una perspectiva interesante en la consigna política: “No queremos volver a la normalidad porque la normalidad era el problema”. Para no volver a esa normalidad, habrá que atravesar las angustias.



* Trabajador de la Salud Pública y psicoanalista


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.

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