Piroterapia, lobotomías y el secreto guardado en las neuronas de una babosa


Desde curas de fiebre y lobotomías hasta dispositivos intracerebrales que eliminan nuestros pensamientos negativos, el principal reconocimiento que lxs psiquiatras han recibido del mundo de la ciencia estuvo relacionado con desarrollos que ponían en riesgo la vida o la salud de lxs pacientes, o bien que desconocían la naturaleza compleja y multifactorial de los problemas que pueden afectar nuestro bienestar psicosocial. Un recorrido por la historia cruzada entre los premios Nobel y la Psiquiatría.



En el mes de octubre, la revista Nature publicó un estudio de caso sobre los efectos de un dispositivo de estimulación cerebral profunda con la capacidad de “eliminar” los pensamientos negativos en una paciente con depresión severa. Se propone en la misma publicación como el primer caso en el mundo en demostrar que la estimulación dirigida con precisión en un circuito cerebral específico podría ser una forma efectiva de tratamiento para este padecimiento. Vale la pena aclarar que un dispositivo intracerebral no tiene la capacidad para integrar a su intervención el contexto, las creencias personales, los valores ni la historia de la persona. A partir de un estudio con un n=1 se promueve la idea de que existe una tecnología capaz de intervenir nuestro cerebro para evitarnos el sufrimiento. Tecnología que además pertenece a una industria en crecimiento en búsqueda de expandir sus horizontes.

La psiquiatría desde sus inicios ha intentado ser legitimada en el ámbito científico. A pesar de ser considerada una rama de la medicina, la psiquiatría y lxs psiquiatras han tenido dificultades para validar su trabajo y sus métodos. Los reconocimientos del mundo de la ciencia han llegado en algunas ocasiones de la mano de descubrimientos polémicos, siempre a cuenta de resultados concretos, y también de generar bases empíricas que fundamenten la existencia de la disciplina.

Un ejemplo de esta orientación pragmática y utilitarista es el de los premios Nobel. Hasta la fecha se han otorgado tres premios Nobel a psiquiatras o relacionados con el campo de la psiquiatría: por la utilidad terapéutica de la inoculación de paludismo en el tratamiento de las manifestaciones neurológicas y psiquiátricas de la sífilis, por el uso de la lobotomía en determinadas psicosis y por la investigación sobre las bases fisiológicas del almacenamiento de la memoria en las neuronas gigantes de una babosa y su correlato en humanos.


El primer psiquiatra en ganar el Premio Nobel fue el Dr. Julius Wagner-Jauregg por su trabajo sobre la enfermedad febril inducida para tratar la psicosis y las consecuencias neurológicas de la sífilis (demencia paralítica).

A principios del siglo XX, los manicomios estaban llenos de personas que padecían la “parálisis general progresiva” o “demencia paralítica”; un cuadro clínico producido por la sífilis avanzada para la cual en ese entonces no había tratamiento efectivo. Las manifestaciones psiquiátricas de la parálisis general progresiva comprenden una gran variedad de síndromes como psicosis, manía y demencia. La neurosífilis se consideraba incurable; llevaba a la locura y a la muerte. Antes del descubrimiento del Treponema pallidum (agente causante de la infección), el psiquiatra austríaco Wagner-Jauregg estaba fascinado por los casos en los cuales un cuadro de psicosis remitía y en la historia clínica se registraba una enfermedad infecciosa febril precediendo a la mejoría. Luego de algunos experimentos fallidos, Wagner-Jauregg inoculó a nueve pacientes con neurosífilis con sangre de un soldado con malaria en 1917. Esta cepa de malaria no causó una enfermedad grave (a diferencia de sus intentos previos con tuberculina, mercurio o arsénico), pero sí provocó una temperatura corporal de más de 40 ° C. Según su registro, los resultados de sus experimentos clínicos superaron las expectativas, con remisión de los síntomas neuropsiquiátricos en la mayoría de los participantes.

Wagner-Jauregg continuó usando la técnica e insistió en que los médicos usaran la inducción de fiebre al comienzo de la enfermedad y abandonaran los métodos más antiguos ya que resultaba evidente que no era prudente, además de significar una pérdida de tiempo, emplear otros métodos de tratamiento contra la parálisis antes del tratamiento con malaria.

Su trabajo inició una revolución en la psiquiatría. Encontró un método que daba resultados inmediatos y visibles. En 1927, había muchos personajes de renombre en ese campo como Kraepelin, Bleuler y Freud: todos fueron pasados ​​por alto para el Premio Nobel. Sus contribuciones fueron más teóricas, mientras que la terapia febril para la neurosífilis tuvo un apoyo empírico inmediato. La penicilina se descubrió en 1928 y, finalmente, dejó obsoleta la terapia febril para la sífilis.


Unos años más tarde, en noviembre de 1935 se realizó la primera leucotomía en el Hospital Santa Marta de Lisboa, Portugal. Antonio Egaz Moniz, con la colaboración de Pedro Almeida Lima, había inventado un instrumento que se introducía en el cerebro con el objetivo de sacar un bocado del lóbulo frontal. No tenía una guía de ningún tipo para realizar el procedimiento, por lo tanto en lugar de un bocado, sacaban seis. La finalidad de la intervención era disminuir las emociones que afectaban al paciente que presentaba síntomas psiquiátricos de difícil manejo, sin alterar sus funciones cognitivas. En otras palabras, buscaban un modo de controlar a personas que se encontraban frecuentemente agitadas o agresivas, lo que representaba un problema para los manicomios y su personal. En el primer ensayo clínico experimental, aplicaron este método a 20 personas con diversos diagnósticos psiquiátricos: depresión, esquizofrenia, ansiedad, psicosis maníaco depresiva. De acuerdo a lo informado por los médicos, un tercio de los pacientes mejoró notablemente, un tercio mostró una mejoría leve, y un tercio no presentó cambios. Con estos resultados en una disciplina en la cual se disponía de escasos recursos terapéuticos, el estudio fue considerado un éxito. La leucotomía frontal transcraneal se convirtió en “el método” para controlar a una persona considerada excitada y violenta. Luego de la intervención las personas se volvían dóciles y obedientes.

El método se propagó rápidamente por Europa y Estados Unidos. Tanto defensores como detractores reconocían el cambio radical en la personalidad de los sujetos. La cura de Moniz era percibida como más humana que la inmovilización y más cómoda para el personal de salud.

En 1946, el médico norteamericano Walter Freeman realizó una modificación en la técnica y comenzó a realizar la leucotomía transorbitaria en los Estados Unidos. Esta nueva técnica la llevaban a cabo en ambientes no quirúrgicos y consistía en efectuar bilateralmente la leucotomía con un instrumento semejante a un picahielos introducido por el párpado superior, atravesando el techo de la órbita para lograr el acceso al lóbulo frontal (lobotomía con picahielos). Una "ventaja" de éste procedimiento para psiquiatras y neurólogos como Freeman, era que no requería la presencia de un neurocirujano ni un anestesiólogo, ya que el procedimiento era extremadamente sencillo y el paciente era anestesiado con electroshocks.

Freeman recorrió los Estados Unidos con una casa rodante, el “Lobotomobile”, expandiendo la disponibilidad de su técnica a lo largo de todo su país. La lobotomía se convirtió en un procedimiento socialmente aceptado y con supuestos buenos resultados, realizándose más de cincuenta mil procedimientos solo en los Estados Unidos entre 1945 y 1955. Su uso era tan extendido que incluso alcanzaba a personalidades como Rosemary Kennedy, hermana del que años después fuera presidente de los Estados Unidos, y Rose Williams, hermana del escritor Tennessee Williams.

Moniz recibió en 1949 el premio Nobel "por su descubrimiento del valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis", segundo otorgado al tratamiento de un padecimiento mental. En 1954, con la introducción de la clorpromazina, una droga que permite controlar los síntomas agresivos de diversos cuadros psiquiátricos, se logró finalmente el objetivo de tratar las enfermedades psiquiátricas con medicación. La disponibilidad de una terapia farmacológica eficaz llevó a la desaparición veloz y casi completa de la psicocirugía como disciplina.

Más tarde habría campañas de familiares de pacientes lobotomizados que exigieron la revocación de dicho premio, sin éxito.


En el año 2000 el premio Nobel en Fisiología o Medicina fue concedido a Eric R. Kandel, Arvid Carlsson y Paul Greengard de la Universidad Rockefeller. Los tres científicos fueron premiados por sus descubrimientos sobre la transducción de señales en el sistema nervioso. Kandel fue premiado por sus descubrimientos sobre cómo se puede modificar la eficacia de la sinapsis y qué mecanismos moleculares participan. Utilizando como modelo experimental al sistema nervioso de una babosa de mar, Kandel observó cómo algunos cambios en la función sináptica (relacionados con la memoria a largo plazo) generaban cambios estructurales y duraderos en las conexiones entres las células nerviosas. De alguna forma, esto daba cuenta de cómo cambia el cerebro a causa de la experiencia. Con el extendido uso de psicofármacos y las técnicas de neuroimágenes, la psiquiatría se comenzó a volcar cada vez más a la creencia de que el cerebro encerraba las claves para nuevas terapias. Kandel fue uno de los primeros psiquiatras en investigar sobre los mecanismos celulares y moleculares del cerebro, y sus investigaciones continúan siendo uno de los pilares de la neurociencia. Las generaciones de psiquiatras que lo sucedieron tomaron sus trabajos como punto de partida para una transformación en la psiquiatría; es el caso de Los fundamentos moleculares de la psiquiatría de Steven Hyman y Eric Nestler, que describe cómo los métodos básicos de la neurociencia promovidos por Kandel podían utilizarse para el estudio de los padecimientos mentales. A cuenta de publicaciones que involucran tecnologías hiper efectivas o ultrarrápidas, los recientes avances de las neurociencias invitan a pensar que el objetivo de la psiquiatría puede cumplirse sobre las bases de la modificación del funcionamiento cerebral. El enfoque neurocientífico es actualmente utilizado para mejorar la apreciación que el mundo científico hace de la disciplina, pero la contribución de las neurociencias a la práctica clínica es aún difícil de demostrar.


La ciencia puede entenderse mejor a través de una comprensión enriquecida de todos sus desarrollos a través del tiempo y en los diferentes lugares; de toda la industria de producción de conocimiento y su papel en el mundo capitalista en general.

Se propuso que tratamientos como la lobotomía eran para salvaguardar la vida del paciente, porque al paciente hay que protegerlo de sus impulsos autodestructivos, para que continúe su vida. Pero ¿Qué vida vale la pena vivir? En el documental español Monos como Becky (en referencia a uno de los primates que fueron objeto del experimento que inspiró a Egas Moniz), una producción que mezcla los testimonios de familiares y conocidos de Moniz con las opiniones de usuarixs, psiquiatras, sociólogos y filósofos, un grupo de personas internadas en una comunidad terapéutica prepara una función teatral interpretando al psiquiatra ganador del Nobel y otras figuras relevantes de su vida. En una de las escenas el filósofo Jorge Larrosa reflexiona:


“Matamos la vida para salvar la vida, matamos una vida con sentido, aunque duela y dure poco, para crear una vida como supervivencia, una vida donde está ausente el dolor, pero donde también está ausente el sentido, donde la vida es vida genérica, vida de especie. Ese es el callejón sin salida. ¿Qué vida vale la pena vivir, y hasta qué punto se puede matar la vida para salvar la vida, para hacer durar la vida, para proteger la vida?”


La psiquiatría se supone parte de una ciencia hecha para la gente que sufre, pero que poco parece ocuparse del sufrimiento, sino más bien de regular conductas y modos de participación social. Pero difícilmente puede ser entendida como una entidad monolítica y homogénea que posea una esencia fácilmente identificable. Más bien cuando hablamos de Psiquiatría, nos referimos a un conjunto de disciplinas y especialidades orientadas a abordar temas relacionados con los pensamientos, las emociones, las conductas y las relaciones, y especialmente enfocadas en tratar los padecimientos relacionados con la salud mental. Podríamos asumir que su objetivo principal es dar alivio al sufrimiento asociado a estos padecimientos (ya sea desde el campo de la investigación como en la práctica clínica). Sin embargo, a lo largo de su historia, el principal reconocimiento del mundo de la ciencia y con un evidente correlato en las prácticas predominantes estuvo relacionado con desarrollos que ponían en riesgo la vida y la salud de lxs pacientes, o bien que desconocen la naturaleza compleja y multifactorial de los problemas que pueden afectar nuestro bienestar psicosocial. Un punto en común que puede encontrarse en los tres ejemplos revisados es su capacidad de ofrecer resultados concretos en línea con los desarrollos y necesidades sociales y económicas de cada época. En estos últimos años se han invertido miles de millones de dólares en explorar la psiquiatría molecular, la psiquiatría genética, la psiquiatría traslacional, todas las formas de la llamada psiquiatría biológica. A pesar de toda la inversión, no ha surgido ni un solo tratamiento nuevo verdaderamente significativo, y no importa que poco o nada de ese dinero se haya destinado hacia programas sociales, educativos o vocacionales para personas con padecimientos mentales graves; programas que además, tienen mejores antecedentes y perspectivas de favorecer la recuperación y la inclusión social. Se han sentado las bases burocráticas para una práctica clínica eficiente dedicada a ganar respetabilidad corporativa.






Rebeca Faur. Psiquiatra. Trabajadora del Centro de Salud Mental "Dr. Arturo Ameghino" en la Ciudad de Buenos Aires





116 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo