Pistas bleichmarianas-rozitchnerianas sobre el psiquismo posdictatorial

Actualizado: 23 mar


* por Juan Pablo Pulleiro


Imagen por @pepagaribaldi


La última dictadura militar argentina representa una marca insistente en nuestra historia, también para el psicoanálisis si lo entendemos como un campo heterogéneo de prácticas, saberes e instituciones. Silvia Bleichmar y León Rozitchner son ejemplos allí de un pensamiento no tecnócrata, habiendo podido brindar reflexiones lúcidas en torno a tales acontecimientos, simultáneamente repensado sus herramientas teóricas a partir del mismo.






“...debemos reposicionar estos aspectos

contractuales, sobre todo en una época en la cual la cuestión se

ha invertido y lo que estamos tratando de acotar no es solamente

el poder del analista, sino la perversión del sistema.”

Silvia Bleichmar



El psicoanálisis en la Argentina tiene derivas específicas, la proliferación del mismo aquí resulta inequiparable a su acaecer en otros países, de allí también que una metabolización autóctona aún pueda seguir discutiéndose para construir un archivo necesario. Uno que pueda dar cuenta de la arborización no armónica que se solapa en la supuesta homogeneidad hegemónica o en el empuje identitario que empeña los caracteres antagónicos. La última dictadura militar argentina es un vector relevante en el trajín revisionista, y sin duda puede establecerse en un analizador del campo psicoanalítico como lo es para la cultura política nacional. En una tarea como esa confluirán acontecimientos asumidos defensivamente como la conocida (para quienes tienen algún interés) polémica en torno al campo fértil que habría encontrado el lacanismo en las condiciones epocales para establecerse en sinónimo de psicoanálisis[1], con otros en los que se dió cuenta de un posicionamiento elaborado, entre los que se pueden destacar las respuestas de psicoanalistas argentinxs a Dolto respecto a su recomendación de no restituir lxs hijxs de lxs compañerxs desaparecidxs, por citar dos ejemplos concretos.

Sin poder llevar adelante un propósito tal, me conformaré -para contextualizar mínimamente- con situar mínimas coordenadas de un problema ligado a la cuestión que motiva este texto. Pues para andar sin rodeos, propongo que la última dictadura define coordenadas centrales para una reconfiguración de nuestro campo y que desde allí se revalorice el estatuto de lxs teoricxs y las experiencias locales, y se asuma un horizonte político (de izquierda) disidente de la insuflación subversiva esencialista y cosmovisionista. En términos más generales supongo allí un límite a la neutralidad desmesurada y así mismo fecundidad para situar nuestras herramientas teóricas. Existe para ello un extenso archivo local (y por supuesto foráneo) en el que probablemente el texto Cuestionamos, y la historia de Plataforma y Documento, aporten una primera formulación en torno a los problemas políticos e institucionales que definen al psicoanálisis que nos ha tocado. Respecto a lo promulgado en Cuestionamos la orientación es clave, certera y actual: qué tan conscientes somos de nuestra connivencia con un sistema opresor; qué práctica es posible sostener cuando deliberadamente se aspira a antagonizar con el mismo. En términos político-institucionales Plataforma y Documento mostraron que las organizaciones psicoanalíticas para existir obligaban a cierta connivencia. Lo que cuenta Alemán respecto a su proceso de salida de la EOL parece darle actualidad a dicho diagnóstico[2]. Asimismo, el psicoanálisis que hacemos hoy supone un modo especifico de alcanzar el ser psicoanalista. Ser psicoanalista entrama una pseudocosmovisión, que supone una totalización identitaria. Pantomima de la misma resultaba la prohibición de afiliación al Partido Comunista que recaía sobre Bleger hace 60 años atrás (¡Ah pero… el PC!). Hoy, lacanianizadas nuestras tierras, la cuestión se vuelve más refinada aunque no menos identitaria: teoría de los 4 discursos (estatuto per se del psicoanálisis), el sujeto del lenguaje (garantía contra la dictadura del sentido), y el deseo (incolmable frente al totalitarismo de la mercancía) nos brindan apoyatura teórica a tesituras tales como que el psicoanálisis es anticapitalista (aunque el/la/le psicoanalista que lo practique sea liberal o directamente “fachx”), que la práctica restituye lo que el capitalismo busca apropiar y que lxs analistas somos subversivos a través de nuestro “acto”. No hace falta más que más psicoanalistas y más analizantes, y claro no hace falta más que recostarse 50 minutos a la semana (o menos... a veces mucho menos) para realizar una vida no capitalista.


Pero para nuestra fortuna, ese no es el psicoanálisis. Y me animo a plantear que el mismo no puede sino estar en crisis. No por “ser incompatible con el capitalismo”, ni por el feminismo que nos ha obligado a un recalculamiento categorial, sino porque la expansión argentina de la práctica no puede contenerse en la teoría que nos hegemoniza (salvo al costo alienante de asumir que unx hace psicoanálisis de segunda o, parafraseando a Gabriel Lombardi, de cabotaje[3]) y porque la política de izquierdas constituye un elemento que resiste la totalización identitaria del psicoanálisis francocéntrico y burgués: que hay psicoanalistas de derecha es una perogrullada. Sin ir más lejos, esa es la gran iluminación de sintagma “izquierda lacaniana”, aunque aún no se hayan admitido sus cabales consecuencias.


Lo hasta aquí bosquejado no puede más que oficiar de precaria introducción. El día de la memoria, la verdad y la justicia, es un día que nos requiere arbitrarios: en el que tomamos posición frente a la historia política de la que no podemos sino resultar, y que quizás -como veremos- pueda estar más infiltrada en nosotrxs de lo que nos gustaría aceptar. Para reconfigurar el campo psicoanalítico local, entonces, la última dictadura es un vector clave; pero no en tanto tibia rememoración o condena de la dictadura militar sino por el alcance de su metabolización. Silvia Bleichmar y León Rozitchner son índice de la misma (hay otrxs, claro está, aunque viene bien aclararlo), por eso me propongo compartir algunas pocas ideas desde su legado -probablemente con parcial fidelidad- en relación directa a la intención explicitada.


1. El poder entre lo arcaico y lo originario. Silvia Bleichmar -retomando planteos laplancheanos- y León Rozitchner prestan particular atención al carácter inevitablemente asimétrico (adultx-niñx) en de la individuación. Asimismo, en la fundación del inconsciente el sistema prcc-conciente y la conformación de las instancias psíquicas no resulta accesorio en la estructura conceptual que ambos proponen. Pues una teoría del conflicto como la de lxs autores aquí reseñados supone una jerarquización de tales elementos teóricos en tanto existiría un mutuo condicionamiento en el devenir subjetivo. “Psicología del yo” se podrá acusar con la carta definitiva del “eso no es psicoanálisis”, sin embargo esa jerarquización confluye en la reafirmación del inconsciente freudiano no lenguajero y en la dilucidación de las consecuencias psíquicas de la escisión.


La relación asimétrica adultx-niñx bien podría tener estatuto estructural, pero la misma puede divergir radicalmente en su modalidad histórica. Rozitchner ha planteado en tales términos el mérito del Edipo psicoanalítico, dado que remitiría a una forma específica propia de la consolidación del capitalismo (quizás haya que ir más lejos: del capital como relación social tendiente a la totalidad), sin dejar de señalar la reconfiguración de la metafísica cristiana y la matriz patriarcal premoderna que tal expansión supondría. De modo que, podríamos considerar que el Edipo, aun secundando tal condición estructural, se apuntaló allí, remitiéndose así la temporalidad apres-coup y la inversión causal que supone. Quiero decir: lo primero no necesariamente determina lo segundo, más aún tal causalidad puede verse invertida. El Edipo -Rozitchner mediante- da cuenta de un dispositivo de producción de subjetividad pero simultáneamente, y en tanto se particulariza, se extiende en un drama realmente vivido. La situación antropológica fundamental rozitchneriana es el ámbito de producción de la razón patriarcal y capitalista.


Por su parte, Silvia Bleichmar quien siempre aporta una reflexión con arraigo clínico, aborda en general la asimetría fundamental en relación al saber-poder sexual. Como derivación de ello se encaminó a cifrar las modalidades del goce del adulto jugadas en el contexto de la situación antropológica fundamental. Las investigaciones bleichmarianas mostrarían que la configuración que pauta o acota dicho goce es histórica. De igual modo, brindará algunas hipótesis que podrían poner en tensión otras que algunxs psicoanalistas sostienen como la extraterritorialidad del goce, o respecto a la hipertranshistoricidad del inconsciente, en tanto supondrían que en determinadas condiciones (y puntualmente en las que infiltró el terror dictatorial en el psiquismo) puede alterarse la lógica del goce.


Ambxs pensadorxs, desde diferentes itinerarios intelectuales, coinciden en la delimitación de procesos inconscientes no-discursivos, destacando su lugar en la estructuración subjetiva, tanto abstracta como concretamente. Allí también tiene incidencia el poder, por ello huelga hacerle un lugar en el edificio teórico psicoanalítico. Para el caso de Bleichmar, se trata entonces de tomar en cuenta “… las primeras inscripciones, que anteceden a toda instalación del sujeto en sentido estricto (…) dan cuenta de los orígenes para-subjetivos del inconsciente, y por ende de toda realidad psíquica (…) la afirmación de que la representación antecede al sujeto pensante, vale decir, que en los orígenes existe, por decir así, "un pensamiento sin sujeto"[4]. En tal orden de cosas, junto a la pensadora argentina, se puede afirmar que frente al poder no-discursivo “no hay palabras para responder al poder porque no las hay”[5]. Esa “realidad originaria” pre-discursiva con la recomposición que operará luego el aparato psíquico devendrá “para-subjetiva”. Este, a mi entender, es uno de los mayores aportes del tanden Laplanche-Bleichmar: el inconsciente es el orden de lo para-subjetivo, por tanto es irreductible a una segunda conciencia, ni a las leyes con las que se define el sujeto y la subjetividad.


2. Dialéctica negativa del goce y el psiquismo. En efecto, en ese esquema -que acabo de presentar ultrarresumido[6]- se evidencia que el terror dictatorial no viene a sumar un simple aditamento, sino que puede considerarse un principio de pautación del goce infiltrándose en los procesos que participan de fundación del inconsciente y el psiquismo. Paralelamente ambos autores remiten a otra noción freudiana hoy quizás empolvada, dado que el terror se entromete en otros procesos, el “principio de realidad” siempre históricamente constituido organizaría los destinos de la crueldad. De igual modo, al ser una matriz propia de la individuación social, el terror se inmiscuiría en el establecimiento del narcisismo que siempre busca retribución pos-pasivización, dado que el terror deviene obstáculo para hacer frente a aquello que psíquicamente se vivencie como un posible aniquilamiento. Allí es importante marcar una distinción entre ambxs autores. Pues para la autora de la Fundación de lo inconsciente el aniquilamiento remite a un psiquismo impotente para cumplir funciones elementales como la autopreservación y la autoconservación. Mientras que el filósofo chivilcoyano propone que el terror tiene un rol central en la organización del psiquismo disputando la concepción psicoanalítica de la ley del incesto y la orientación clínica que realza la castración. De allí que la lectura rozitchneriana de la castración se desprende del poder de dar muerte, de allí también que el terror dictatorial no vendría a inventar su función psíquica sino a expandir su lógica:


Sus consecuencias negativas como reorganizadora afectiva e imaginaria de la subjetividad que enuncia son enormes: las tres angustias de muerte que acorazan y limitan la conciencia, la imposición de una razón aterrorizante que corta sus amarras con la experiencia más viva, el terror que limita al pensamiento y que lleva a compararlo con los juegos de guerra de los militares, la imposición de una moral vengativa, persecutoria, que nos vigila desde dentro y desencadena la agresión contra nosotros mismos de la que el poder se nutre, la distancia feroz con lo materno o su cercanía alucinada como único refugio, el corte entre afecto, imaginación y pensamiento. ¿Cómo negar que determina la escisión del yo por medio de una amenaza de muerte desde una edad muy temprana? Por eso parece insensato implorar la castración para normalizarnos[7].


Otro aporte de Bleichmar, en lo que refiere al presente tópico de indagación, es una distinción muy precisa cuando piensa el poder, y en particular en su faceta neoliberal, instituida en nuestro país mediante el terror dictatorial. Desde el esquema conceptual que ella sostiene, pues ya no deberíamos apuntar a pesquisar solamente la relación entre aquel y la crueldad (quizás más directa) sino que además es fundamental la “estimulación del goce” que aquel representaría. Pues con el neoliberalismo se produce una hiperbolización de la insatisfacción[8] que pautaría la pulsión. Se agregaría a ello una reconfiguración superyoica expresada en el castigo y la culpa resultante de la imposibilidad de ser exitoso del sujeto consumista. De modo que, el narcisismo tracciona una estructura social que determina las posibles modalidades de autopreservación del yo.



3. Realismo del psiquismo capitalista posdictatorial: Es la economía… libidinal. En esta oportunidad no uso el termino realismo en el sentido laplancheano sino fisheriano, aunque probablemente exponga alguna hipótesis precaria de articulación. Ya remitimos al principio de realidad, pero en este caso lo haré para incluir allí los posibles destinos del deseo y/o de los anhelos. El terror no solo tiene una cara negativa o represiva, sino también positiva o productiva. Igualmente, si reflexionamos a partir de la trayectoria que imprimen las nociones aquí recuperadas, un tal realismo debe esclarecerse al fulgor de la dialéctica aludida. Pues el terror portaría el molde de lo que Ulloa llamó encerrona trágica: dado que la insatisfacción insuflada neoliberalmente viene soldada al deseo capitalista (desmoralicémonos y desobreideologicémonos: el deseo no es precapitalista). En ese punto, tal vez , Bleichmar retrocede al remitir unívocamente el realismo capitalista como forma de crueldad: “el despojo absoluto de todo proyecto de felicidad posible, que sería una nueva forma de la crueldad del poder”. Aunque como rastreamos hay elementos dignos de ser radicalizados, en tanto el realismo del inconsciente habilita un territorio de investigación más allá de los tópicos usualmente circunscriptos a la “ideología neoliberal”. En definitiva eso nos lleva a visibilizar que la depresión generalizada que promueve el capitalismo tardío no puede sino ser una formación de compromiso y no mero cansancio ante el imperativo del goce.


Como observamos en el punto anterior las hipótesis rozitchnerianas adelantan la concepción del realismo capitalista en tanto la conciencia solo piensa en los límites del terror y el imaginar se detendría en la amenaza. De allí que ni el posible fin del mundo haga de tope a la expansión del capitalismo, lo que debe hacernos sospechar de la inmanencia capitalista del sujeto y el psiquismo. Pero de manera más profunda si el terror dictatorial fue la vía local para instalar un tal realismo, autores como lxs que estamos reponiendo permiten prolongar el planteo de Fisher que advierte que “…el capitalismo produce una desacralización en masa de toda cultura. Es un sistema tal que ya ninguna Ley trascendente gobierna; por el contrario, es un sistema que desmantela los códigos de todas las leyes solo para reinstalarlas ad hoc”[9]. En otras palabras, tenemos el desafío de prolongar una hipótesis tal investigando como se reinstalan las leyes del inconsciente y el psiquismo, respecto de la subjetividad en cambio hay más camino transitado.


4. Radicalización del individualismo. Si desde lo que venimos apuntando el terror circunscribe que la imaginación esperanzadora (cuando al fin brota) la vivamos como una ilusión peligrosa, si coloca la deuda de la insatisfacción, también trastoca la representación del semejante. Lejos del idealismo que hoy sostiene alguna corriente psicoanalítica que abstrae al “sujeto” de toda la eficacia del individuo de la modernidad capitalista, se trata de fortalecer nuestras herramientas metapsicológicas. En la perspectiva bleichmariana, podemos situar que el narcisismo neoliberal posdictatorial ocuparía el campo identificatorio de los sujetos que quedan atrapados en el autorreconocimiento narcisístico; lo que ocasionaría angustia por la supervivencia y la condena social de ser un perdedor. Esto asimismo se reitera en un espiral ascendente, en tanto a la insatisfacción gozosa se le combinaría un malestar sobrante por la caída de los ideales de felicidad compartidos. De cierta manera, el individualismo imperante puede hacernos reflexionar sobre otra categoría nodal del psicoanálisis contemporáneo: la singularidad. Pues una hipótesis derivable de lo que vengo planteando supone que la lógica del capital exprime tal condición (pensemos en los logaritmos), siendo entonces relevante que refinemos nuestra brújula para no promover una singularidad que forcluya lo común, es decir: no caigamos en encumbrar una singular propiedad privada.

Asimismo, el acento rozitchneriano apunta a destacar que la eficacia del terror produce atomización, silenciamiento, pasividad, temor muto y malestar existencial a nivel psico-subjetivo. Para Rozitchner el terror se establece como técnica subjetiva, cuya eficacia primaria y efectos disolventes en la estructuración psíquica ya esbozamos. Ahora bien, siempre gravitando en la máxima marxiana que dice que el individuo es el ser social, el autor de La Cosa y la Cruz, llega a plantearnos que las torturas oficiadas por los militares son también torturas sobre el “cuerpo social”, dando fundamento al terror presente en cada unx en democracia. Democracia sobre la que lúcidamente señala que antes que deseada fue fungida por el terror, exponiendo así una juntura peculiar de las democracias post dictatoriales. De modo que, el terror es suelo fértil para todos los dominios. El terror disuelve lo que Rozitchner nombra “las pulsiones colectivas”. En tal enfoque, el terror escinde del semejante y del sentido vincular cooperativo. La cultura individual neoliberal se posa en el terror de un drama realmente acontecido.



A modo de brevísima e inconclusa conclusión


En el sendero armado entre Bleichmar y Rozitchner, que sin dejar de presentarnos discordancias entre sus propuestas, así como aspectos seguramente discutibles, toma relieve el estatuto de acontecimientos tales como la dictadura militar de un modo irreverente, quiero decir que se vuelve ineludible como objeto de reflexión psicoanalítica, pero además -y aquí lo que más interesa a los fines de este artículo- explicita tanto un posicionamiento ético-político como la osadía de alterar el esquema conceptual heredado para trascender un eterno aplicacionismo de la teoría establecida. En nuestro país existen prácticas, instituciones, y teóricxs que desbordan el canon psicoanalítico, los estándares que existen más allá de la retórica de la no-estandarización: En los hospitales públicos, en los barrios, en el acompañamiento a las víctimas del terrorismo (y de las demás violencias), en la arbitrariedad de la reflexión teórico-política. Allí hay elementos para una reconfiguración de nuestro campo, siempre que suspendamos el acto de clausura que recae sobre estos y que vuelve a remitir al psicoanálisis (el posta) al análisis que se produce en el consultorio privado y de manera individual. Inescindiblemente debe ponerse en cuestión tanto que un psicoanálisis carece de orientación como que la misma es inevitablemente subversiva o anticapitalista, lo que desactiva cualquier posicionamiento crítico para con lo que uno hace y piensa.

Usando las palabras de Bleichmar, la dictadura representa un punto de bifurcación, un pivot en la historia que modifica un orden de cosas a partir de cierta discontinuidad rastreable a posteriori en su recomposición histórica. De igual manera, existen procesos que señalan imaginarios de resistencia, tal como León Rozitchner asevera: las madres de la plaza de mayo como faro frente a los afectos del aniquilamiento. En tal perspectiva la memoria es un desafío. El psicoanálisis no está exento del mismo.



[1] Polémica que dentro de la orientación lacaniana ha encontrado poco lugar para un análisis profundo (y lo digo aun cuando la conjetura fuera digna de ser descartada), hallándose más bien un rechazo moral a pensar alguna implicancia. Excepcional fue la incitación hecha por Jorge Alemán desde sus redes sociales, en enero de 2018. donde además de señalar la existencia de un “lacanismo reaccionario”, da cuenta de que en la institución más relevante de dicha orientación, “...nunca se discutió a fondo la secuencia que va del psicoanálisis bajo dictadura, su continuación exitosa durante el menemismo y la inercia ideológica que se fue sedimentando hasta nuestros días”.

[2] ¿Qué habrá querido contarnos Pagni cuando nos habló de la influencia de JAM en Mauricio Macri? https://www.lanacion.com.ar/politica/macri-ante-su-gran-encrucijada-nid1989178

[3] Para contextualizar tal referencia invito a leer https://contrahegemoniaweb.com.ar/2020/04/08/por-un-movimientos-de-trabajadorxs-psicoanalistas

[4] Las referencias aquí son del libro "La construcción del sujeto ético".

[5] Idem anterior.

[6] La obra de Rozitchner toca el tema sin cesar, pero las principales referencias estimo que son Freud y los limites del individualismo burgués y Freud y el problema del Poder. En Silvia Bleichmar tal modelo es presentado en su primer libro aunque se difuma prolífica y coherentemente en sus producciones posteriores.

[7] https://www.topia.com.ar/articulos/edipos

[8] Podríamos proponer aquí como término in-satisfacción, en tanto de lo que se trata es de ese carácter bifasético de la pulsión.

[9] Las referencias aquí son al libro del filósofo británico "Realismo Capitalista: ¿no hay alternativa?".