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Términos y condiciones

hace 2 horas
9 min de lectura

Un contrato entre vos y una descomunal empresa multinacional llamada Meta Platforms Inc.


Crédito de la imagen: Javier González Tuñon



¿Qué es lo que se acuerda al firmar los Términos y Condiciones de Meta Platforms Inc., cuando establecemos un contrato con esta empresa multinacional para el uso de Instagram? En esta nota, Hernán Martínez Mosquera y Laura María Martín indagan en cuestiones de las cuales, tal vez, no queremos saber.



por Hernán Martínez Mosquera y Laura Martín *



Esta nueva era es solo promoción

Daniel Melero en "Nueva Era”


Hay una clase de texto que generalmente no se lee de forma crítica, incluso que no se lee de forma alguna; pero al que las personas suelen suscribir, ya sea para no perder el tiempo, ya sea porque no quieren saber nada al respecto: esta última, definición canónica de la represión para el psicoanálisis. Se trata de los Términos y Condiciones de Meta Platforms Inc.[1] para el servicio de Instagram.  Nosotros nos detuvimos a leerlo y entendimos su lectura como un acto que permite esclarecer aquello que no se dice, o que se dice sin querer decirse. Leer el decir que se desprende, aunque no esté en los enunciados. Leer lo dicho en lo no dicho. 

Los “Términos y condiciones” de Meta Platforms Inc. para el servicio de Instagram proponen una relación entre partes. No hay relación incondicional; toda relación humana tiene condiciones y éstas no suelen ser explícitas; salvo los casos como el contrato por escrito o el expreso consentimiento que necesita de, por ejemplo, una “palabra de seguridad” (safeword), elemento clave de los encuentros BDSM[2].

A los “Términos y Condiciones”, entonces, podemos pensarlos como un contrato que no sólo no se lee- como dijimos- sino cuyo consentimiento es requisito para poder ingresar y así utilizar un dispositivo que sus creadores y dueños llaman “servicio”. Contrato que se establece entre, en principio, dos partes: vos y una descomunal empresa tecnológica multinacional llamada “Meta Platforms, Inc.” a la que le encanta explicar y aclarar -como si fuera un partido político que muestra su plataforma para ser elegido-, su fin, su llegada, su meta: ofrecerte un Servicio para conectarte con las personas y las cosas que te importan.[3]

Personas y cosas, es decir, objetos de tu interés. Pero ¿por qué necesitarías ayuda para conectarte con ellos? ¿Qué te desconecta? ¿Qué te aleja? ¿Qué te distrae de las cosas que te importan?

Lejos está Meta Platforms Inc. de plantearse esas preguntas. Tan sólo se limita a afirmar que ofrece oportunidades personalizadas para crear, conectarte, comunicarte, descubrir y compartir. 

Entre las muchas aclaraciones, en estos “Términos y condiciones” encontramos oscuridades: cada persona es distinta. nos dice, por eso ofrece diferentes tipos de cuentas: número que asciende a la cantidad de…  tres. Es decir que toda la humanidad se divide en: personas, empresas y creadores de contenido. 

Por otro lado, para fortalecer las relaciones que tenés con los objetos y personas de tu interés (¿Quién dijo que estaban debilitadas? ¿o quién dijo que siendo débiles sería deseable reforzarlas?) Meta Platforms, creó sistemas cuyo objetivo es intentar descubrir qué cosas y personas te interesan y fortalecer tu relación con ellos.

Se da a entender entonces que tenés unos objetos de interés muy bonitos que le interesan mucho a Meta pero sólo para poder ayudarte. ¡No vayas a creer otra cosa! Estos “sistemas” lo que hacen es destacar contenido, funciones, ofertas y cuentas que podrían interesarte. Es decir que la manipulación en el contenido que se te presenta tiene como objetivo paliar tu debilidad, la que vos tenés en las relaciones con los objetos de tu interés.

Meta te brinda así una solución que no pediste a un problema que no necesariamente tenés.  Se revela así la estructura misma del sistema capitalista bajo la forma de la facilitación y la ayuda: inventar soluciones a necesidades o problemas que no tenemos para obtener algo a cambio.

¿Qué quiere Meta de vos? Informarse informáticamente de la información brindada por vos mismo; ¡y ni siquiera tiene que pedirla! El límite entre usuario y proveedor se desdibuja, ya que su insumo son los datos que los propios consumidores ofrecen: información acerca de sus gustos.

Circula la idea de que tener un millón de “amigos” en redes sociales como Instagram, X (ex Twitter) o Facebook sirve para “compartir” lo que antes la intimidad no dejaba ver; cuando en realidad se trata de que puedas cultivar una audiencia y de que te transformes en un publicista. Lo que termina ocurriendo es que nuestras relaciones de “amistad” se vuelven medios para facilitar transacciones de mercado y en definitiva se “monetizan”.

Lo que terminan promoviendo estas redes no es otra cosa que tu tristeza, tu soledad, tu aislamiento y tu narcisismo. Cuestiones todas ellas que avanzan en una dirección totalmente opuesta a la línea que, justamente, pregonan. Sobre todo, al destacar sus servicios principales: oportunidades personalizadas para crear, conectarte, comunicarte, descubrir y compartir.

En definitiva, lo que la plataforma conecta, acerca, facilita, son las relaciones que las empresas tienen con vos en tanto que potencial consumidor. Para ser precisos, tu información facilitada a las empresas es la que hace fortalecer las conexiones que ellos tienen con vos en tanto consumidor.

A su vez, la plataforma fortalece la relación que vos tenés con la plataforma misma, tu nuevo objeto de interés, del cual pasa a ser casi imposible que te desenganches gracias al bombardeo hiperacelerado que te ofrece la bien llamada red social; no por su red de conexiones sino por su utilidad para atraparte y predar tu información. Como efecto secundario, promueve desinterés por los objetos que te interesaban antes de la incorporación del uso de las redes sociales en tu vida. Es decir, no se constata la obtención del servicio que promete: lees menos, dibujás menos, hablás menos, salís menos a dar una vuelta, etc.

A su vez, hay un más allá que el texto omite: que la relación con tus objetos de interés, en ocasiones, es deseable que se afloje, se debilite o pierda fuerza; en suma, que a veces no se satisfaga. De hecho, un análisis se orienta muchas veces en esa dirección. Esta omisión deja en evidencia lo que, aunque obvio, se pierde de vista, o mejor dicho se deja -adrede- por fuera de tu campo visual:  pensar que a veces puede ser interesante para algún aspecto de la vida que no obtengas aquello que deseás. considerar que la conexión con las cosas que te importan a veces es perjudicial, dado que las cosas que te importan son, en ocasiones, cosas que justamente debilitan la relación con otros objetos, quizás menos seductores, quizás menos atrapantes. Justamente, la lógica del deseo y la del placer, tan equívocamente en conjunción por parte del discurso capitalista, son cosas muchas veces disyuntas. Que estés obteniendo placer a través de, por ejemplo, una sesión de scrolleo, no quiere decir que estés deseantemente orientado. El deseo es para el psicoanálisis, a partir de Lacan, por definición, la imposibilidad de su cumplimiento.  El capitalismo reniega de esta concepción del deseo y propone que acercándote a aquello que te gusta vas a obtener placer, satisfacción… Así “deseo” y “placer” se juntan como pasos de un mecanismo estandarizado. Podés obtener placer de todo lo que Instagram te facilita y acerca, pero podés también encontrarte más allá del placer: atiborrado, excedido, asqueado; justamente por tanta cercanía y disponibilidad.

La concepción del deseo capitalista tiene como finalidad su cumplimiento, tal es la promesa, por ejemplo, del sueño americano. El deseo para el psicoanálisis, por el contrario, es un movimiento que no tiene un objeto que le estaría predestinado. Si el deseo no tiene un objeto predeterminado que lo colme, la plenitud de su realización no es algo posible.

Pero las aclaraciones en los Términos y Condiciones continúan: Todo esto debe desarrollarse en un entorno positivo, inclusivo y seguro. Safewords para que te sientas cuidado y a salvo. Como en una escena de la película Pleasure (2021) en la que dos hombres tienen sexo rudo con la protagonista (cachetadas, forcejeos, escupitajos y hasta golpes), en donde se ilustra la coerción sutil que funciona en la industria del porno en la que el consentimiento existe formalmente a nivel del enunciado (“podés parar cuando quieras”) pero también existe -valiéndonos de una lectura sintomática- lo no dicho: la presión estructural que reza “no pares, sigue, sigue”. El texto manifiesto es que podemos parar cuando queramos, pero ¿cuándo queremos parar? ¿Quién puede afirmar hoy que puede detenerse y controlar el uso de su celular? ¿Quién puede decir hoy que no interfiere este uso en su vida diaria, por ejemplo, en la atención que les presta a otros, la calidad de sus conversaciones, el manejo de un vehículo, el sueño, etc.?

Pero ¿cómo sucedió que quedamos atados? Hay una firma previa a la atadura, un consentimiento dado al clickear en la pequeña casilla que encontramos al final de los términos y condiciones. ¿qué otra cosa es tan masoquista como un contrato? Lo que obliga al masoquista a someterse no son las cadenas que lo atan, sino su palabra, el consentimiento ofrecido previamente a las placenteras vejaciones recibidas[4].

Recordemos la frase “El fumar es perjudicial para la salud”. Esa frase impresa en cada uno de los paquetes de cigarrillos, no estuvo siempre. Las publicidades de cigarrillos, omitían, incluso desmentían ese dato, mostrando rostros y cuerpos jóvenes y sonrientes fumando con alegría. No encontramos en ninguno de los párrafos de los “Términos y condiciones” una leyenda análoga. Nada da a entender que no podremos parar, que tendremos consecuencias indeseadas del uso del servicio que se nos brindará.

Desde algunas perspectivas psicoanalíticas, cuando se piensan los llamados consumos problemáticos, se pone el acento en el consumidor, en la modalidad de goce de éste y no tanto en las cualidades potencialmente adictivas del objeto. No todo el mundo que consume un objeto de los catalogados como adictivos se hace adicto a ellos, eso tendrá que ver con las mencionadas modalidades de goce, con el tipo de lazo más o menos laxo, más o menos fijo, que se establezca entre el consumidor y el objeto. Alcanza con ser un observador -ni siquiera muy avispado- para ver que hay personas que fuman algunas veces, esnifan cocaína algunas otras y sin embargo no establecen con ese objeto una relación problemática, compulsiva, excesiva.

 ¿Podemos decir lo mismo de los sujetos consumidores de redes sociales y de smartphones en general? ¿Existen personas que usan las redes sociales algunas veces o la IA alguna vez, existe el consumo esporádico, ocasional, social, de estas plataformas digitales?

El teléfono celular con conexión a internet es la única herramienta que a partir del momento en que la agarrás para usarla ella te usa a vos. Cuando agarrás un martillo, lo usás y luego al terminar la tarea lo dejás en su lugar. Cuando agarrás un teléfono su diseño hace que, aunque ya hayas hecho lo que te proponías, te encuentres aún con el teléfono en la mano haciendo algo que originalmente no te habías propuesto.

En los Términos encontramos una insistencia: Meta se preocupa y toma medidas por nuestra seguridad. Lo que queda sin advertir es frente a qué peligro nos encontramos. Y tampoco se explicita de qué seguridad se trata. “En este lugar usted no corre ningún peligro”. Nos resuena el eco de la frase que usaba Freud en su texto “La negación”[5] , cuando un paciente aclaraba en el relato de su sueño “no se trata de mi madre”, para explicar la estructura de la negación y aventurarse a decir que ese “no” es una marca registrada, un certificado de su origen inconciente; que lo reprimido inconciente puede pasar a la conciencia a condición de ser negado.

Hay un estribillo que suele escucharse con frecuencia: el problema no es la tecnología sino el uso que se hace de ella. Nadie podría decir que esta afirmación sea totalmente falsa, pero sí nos atrevemos a decir que ha llegado el momento de pensar a cada tecnología en su singularidad. Quizás la tecnología no sea ella un bloque resumible en eslóganes tan simples. Volviendo al martillo, el problema no es el martillo, a menos que yo lo use para dármelo en los dedos. Puede aplicarse esa misma lógica para las tecnologías digitales. ¿Podemos decir que el problema no son las plataformas como Instagram, Tik Tok, Roblox, sitios de apuestas on line, etc., sino vos que las usás mal y firmaste un contrato con una descomunal empresa multinacional llamada Meta Platforms Inc?


* Laura María Martín: Psicoanalista y psicóloga de planta del Cesac 27.

** Hernán Martínez Mosquera: Psicoanalista, músico y docente.



Notas

[1] "Condiciones de uso." Servicio de ayuda de Instagram, Meta, [https://help.instagram.com/581066165581870/]. Consultado el 26 de septiembre de 2026.

[2] BDSM es un acrónimo de Bondage - Disciplina, Dominación - Sumisión, y Sadismo - Masoquismo. Representa un abanico de dinámicas interpersonales consensuadas que implican poder, control y experiencias sensoriales, practicadas a menudo con fines de placer erótico o conexión emocional. Sus aspectos fundamentales incluyen interacciones seguras, sanas y consensuadas, tales como el juego de roles, la inmovilización y el “juego de sensaciones”.

[3] A partir de ahora cada frase resaltada en negrita corresponde a una cita textual del texto objeto de nuestro análisis.

[4] Aquí estamos hablando del contrato y su relación con el masoquismo tomando un texto destacado por Jacques Lacan por apreciar muy fina y rigurosamente el fenómeno masoquista que, en vez de partir del diagnóstico de la nosografía psiquiátrica, toma a la literatura como punto de referencia.   En ese texto "Deleuze, G. (2001). Presentación de Sacher-Masoch: Lo frío y lo cruel (I. Agoff, trad.). Amorrortu",  dice: "en la estructura del masoquismo en general, el contrato aparece como la forma ideal y la condición necesaria de la relación amorosa. Se suscribe, pues, un contrato con la mujer-verdugo, renovando aquella idea de los antiguos juristas según la cual hasta la esclavitud descansa sobre un pacto. En apariencia, lo que obliga al masoquista son los hierros y las correas, pero, en rigor, sólo lo obliga su palabra. El contrato masoquista no expresa solamente la necesidad del consentimiento de la víctima, sino el don de persuasión, el esfuerzo pedagógico y jurídico mediante el cual la víctima erige a su verdugo."

[5] Freud, Sigmund, La negación (1925), Obras completas tomo XIX, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2000.

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