Un análisis posible de la dimensión política del inconsciente



En el presente escrito, se rescata, por un lado, una dimensión que podríamos llamar epistemológica o práctica-teórica psicoanalítica, es decir, cómo se entiende la manera en que se vinculan ambos conceptos (política e inconsciente); por el otro, una dimensión que se sitúa más bien en una práctica-política psicoanalítica. Ambas se entrelazan en un nudo necesario para la producción de una praxis política del inconsciente.


por Constanza Alfei*


“No digo que la política es el inconsciente,

sino sencillamente: el inconsciente es la política”[1]



De esta famosa cita de Jacques Lacan se podrían desprender diversos debates. Lo que aquí intentaré proponer, a fines didácticos, son dos dimensiones de análisis que podrían pensarse a partir de su esquema teórico.

En el primer terreno que propongo pensar, el de la episteme, tenemos dos variantes de lo inconsciente: como discurso del Otro y como saber no-sabido. En el primer caso, pensar lo inconsciente como discurso del Otro, como alteridad radical, implica, necesariamente, pensar en su dimensión política. La política es el Otro, lo político es lo Otro. Se presenta de manera inevitable concebir la política del inconsciente en su relación al Otro, esto es, en su lazo social.


En este terreno encontramos, tal como lo situó Lacan en esa misma clase del 10 de mayo del 67 del que proviene la cita, el rechazo, pero también la admisión del Otro; encontramos las disputas y los enfrentamientos; las ligazones y las fragmentaciones; lo social y lo cultural; encontramos, sencillamente, Otro discurso, uno tercero, que fisura pero al mismo tiempo vehiculiza y ordena los tantos.


Cuando nos referimos al inconsciente como saber-no sabido, debemos tener en cuenta que el discurso político como tal se nos impone, nos cala hondo. Incluso (y con más fuerza) donde creemos que no estamos capturados por él. Por eso considero que conviene hablar de “politizaciones del inconsciente” y no de “politizar el inconsciente”, debido a que ésta última presupone de antemano que no está politizado. Mientras que la primera acepción hablaría de modos o formas que le dan consistencia a ciertas figuras del lazo social, la segunda implicaría un verbo que daría cuenta de una acción faltante a realizar.


Como analistas, como trabajadores de la salud mental, como críticos de los saberes disciplinarios, como activistas, como lo que fuere que la identificación significante nos invite a nombrarnos/situarnos, estamos inmersos en una política del inconsciente. Eso remite a una instancia de sobredeterminación que hace uso de nuestros cuerpos. ¿En su totalidad? ¿En una parte? es un tema para otro debate.


Sin embargo, creo necesario remarcar que lo inconsciente, en ambas variantes de su conceptualización, no se trata de un a priori, no se presenta bajo la forma de aquello “a develar”, sino más bien, como una invitación a leer, pensar y criticar, en las grandes esferas y minucias entredichas del discurso, la trama significante. Para ello se requiere de una operatoria particular, a partir de una presencia particular, que incluye la lectura, elucidación o clarificación de un analista.


Antes de abordar la dimensión práctica-política del psicoanálisis, en consonancia con la referencia de Lacan, considero necesario establecer una distinción conceptual entre la política y lo político. Aclarar dichos términos, quizás nos ayude a acercarnos al intercambio necesario entre el psicoanálisis y el campo de la política.


Cuando hablamos de la política, nos referimos necesariamente a una praxis. Se trata de una práctica concreta, situada, que siempre se dirige en la dirección contraria a lo estatuido y apunta a una transformación del lazo social. Por lo tanto, toda praxis política es revolucionaria, ya que intenta no dejarse apresar por la red de instancias que regulan, normalizan o patologizan a las personas y colectivos. Podríamos decir que, por definición, la política es una práctica emancipatoria. Mientras que lo político, son aquellas formas estatuidas de la política, es decir, formas que ya han entrado en un aparato de normalización, que ya han adquirido cierta estructura y, se podría decir, han legalizado o regulado las prácticas que hacen al lazo social; lo cual proporciona una dimensión que posee un carácter muchas veces de repetición, de automatismo.


Entonces, a partir de explicitar las maneras en que concebimos lo inconsciente, en un intento de reformular la cita del comienzo y con ciertas precauciones de no caer en una variable ontológica, quizás convenga plantear que lo inconsciente implica lo político. Lo cual supone que lo político es aquella forma particular de lazo social, un modo de producción de lo social, ligado a esa instancia que nosotros llamamos el gran Otro.


La otra dimensión que quiero recalcar es la de una praxis política de lo inconsciente. Esto indefectiblemente nos incita a pensar en los diversos (y creativos!) dispositivos que propone el psicoanálisis (o los psicoanalistas) como teoría en acto bajo distintas modalidades de práctica y en diversas fracciones de lo social.


El psicoanálisis, entendido como aparato teórico-clínico, tiene por finalidad producir cierta elucidación sobre los mecanismos de sobredeterminación que operan en nuestra subjetividad. En la medida en que eso acontezca, en un dispositivo particular de trabajo, la práctica psicoanalítica posee un efecto emancipador. Es decir, posee la fuerza política de su accionar, aquella que persigue los modos posibles de conmover o desestabilizar lo instituido del campo social. Posee la astucia de movilizar y modificar, no solo aquello que “no anda”, sino también lo que anda “demasiado bien”, lo que penetra, resiste y persiste sin cuestionamientos en la esfera de lo social y lo comunitario.


Sin embargo, tal efecto emancipador no está garantizado a priori, en todo caso depende de las condiciones de posibilidad que tengan los practicantes en los distintos espacios de inscripción institucional. Hay analistas en las escuelas y en los hospitales, en las plazas y en los barrios, en comedores comunitarios y albergues nocturnos, en ferias y centros barriales, en fundaciones y en las distintas organizaciones sociales. No obstante, estos dispositivos poseen diferencias estructurales cruciales, ya que no es lo mismo crear dispositivos bajo las condiciones institucionales del Estado, que ciertas organizaciones informales que operan por fuera de la gramática estatal. Por lo tanto, cada espacio de inscripción posee diversas variantes institucionales y le confiere un marco de posibilidades e imposibilidades a nuestro ejercicio.


En el interior de sus dispositivos, atravesados éstos por un capitalismo voraz y elocuente que pretende -cada vez con mayor astucia- un individualismo acérrimo en alianza directa con los intereses del mercado, el psicoanálisis, pretende ir en búsqueda de modificar aquellas coordenadas en las que estamos inmersos, bajo nuestras maneras de sentir, pensar, obrar y sufrir.


¿Qué es la práctica política, en su vertiente emancipadora, sino la posibilidad de transformar aquello se presenta como inmodificable, preestablecido e inmutable? ¿Qué es el psicoanálisis, en su variante teórica-técnica, sino el anudamiento necesario a aquella para lograr un acercamiento estrecho a los sufrimientos, malestares, deseos y anhelos de los segregados y desamparados de lo social?



[1] Jacques Lacan; La lógica del fantasma, clase del 10 de mayo de 1967.



* Trabajadora de la Salud Mental y psicoanalista. Laboratorio de Políticas del Inconsciente. Bariloche, Argentina. alfeiconstanza@gmail.com