Repensar el psicoanálisis desde los márgenes

Actualizado: 14 feb



Este texto fue redactado para la mesa que tuvo lugar el 28 de enero de 2022 en La noche de las ideas, organizada por el Ministerio de Europa y Relaciones Exteriores de Francia y l’Institut français de París, organizada en Argentina por la Embajada de Francia en Argentina, la Coordinación General de las Alianzas Francesas de Argentina y Fundación Medifé. Los otros integrantes de la mesa fueron Livio Boni y Alejandro Dagfal.


por Jorge N. Reitter*


No siendo yo mismo una persona religiosa, pero sí interesada en cuestiones de religión, siento una mezcla de fastidio, enojo y desconcierto con aquellas personas lesbianas, gays, o trans que pertenecen a iglesias que les niegan la posibilidad de vivir legítimamente y sin culpa su vida erótica y amorosa[1]. ¿Por qué estas personas aceptan pertenecer a una institución que las violenta de ese modo?, me pregunto, no sin enfado. Pero, como dice la metáfora evangélica, es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Siendo la viga en mi ojo mi propia fe en otra institución[2], la psicoanalítica, que también me violentó sin que yo me retirara. Como tantas veces, lo que me enoja en otros está íntimamente vinculado a mis propias contradicciones. El psicoanálisis también me decía que algo estaba mal en mi propia forma de amar, incluso ponía en duda o directamente negaba (según fueran las versiones) mi capacidad de ser analista, o aun de ser analizante. Pero claro, yo no era tan tonto, también me abria horizontes nuevos y reveladores. Y, aunque fuera para patologizarlo, nombraba algo de mi deseo. La verdad es que no lo nombraba muy bien, pero hubo tiempos, que yo he vivido, en los cuales las palabras que nombraran lo que sentía eran escasísimas, y, como bien dijo Oscar Wilde, que hablen mal de uno es malo, pero que no hablen es peor. Como tantos jóvenes que aún no nos llamábamos gays, hacía una búsqueda soterrada en libros, películas, revistas, que algo me dijeran “de todo el terror de la naturaleza”, como cantaba Gabo Ferro. Ni siquiera me animaba a preguntar a otros, porque eso ya hubiera sido delatarme. Era una búsqueda solitaria y callada. Debo decir que, si lo miro desde la perspectiva del tiempo, libros como Muerte en Venecia o películas como Fama me alojaban mucho más que textos como Tres Ensayos de Teoría Sexual (que también devoré, por supuesto). Gustav von Aschenbach, el protagonista de Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann, me hacía sentir un poco menos solo, él pasaba por angustias que en algún punto eran las mías. Sabía lo terrible que es estar obligado al silencio cuando la pasión nos atraviesa. En cambio, Tres Ensayos me disecaba, no decía casi nada de mi vida. Hablaba de lo que le importaba a los psiquiatras o a Freud, no acerca de lo que era importante para mí (me llevó decenios discriminar eso, en aquel entonces era la voz de la autoridad y del saber). Pero yo no podía hablar con Thomas Mann, menos aun con Gustav von Aschenbach. Y necesitaba desesperadamente hablar con alguien que no se asustara ni me juzgara. Los psicoanalistas estuvieron dispuestos a escucharme. Además el psicoanálisis me ofrecía, vagamente, una promesa de curación. Tal vez lo mío fuera sólo “un síntoma”, tal vez si superaba el miedo a la castración todo encajaría por el camino recto. Yo creía que quería curarme, y como eso no se interrogaba, me aliaba con mis sucesivos analistas contra mí mismo.


Diría que en ese tiempo estaba en un margen del psicoanálisis, aunque todavía no podía, lejos de ello, re-pensar el psicoanálisis desde el margen. Primero tenía que dejar de hacer denodados esfuerzos para ubicarme en el centro. Tal vez sea más preciso decir que en aquel entonces me encontraba internamente marginado, algo así como un colonizado de la heteronorma que atravesaba (y que en una medida importante sigue atravesando) al discurso y a la práctica del psicoanálisis: estaba obligado a hablar la lengua del opresor. Con mi propia complicidad, fundada en la imposibilidad de vislumbrar otra salida en la medida en que había puesto una confianza ciega (también conocida como transferencia) en las perspectivas del psicoanálisis. De ese psicoanálisis.


Creo que podría situar el momento exacto en el que se abrió para mí la posibilidad de re pensar el psicoanálisis desde el margen al que mi propio deseo me arrastraba, mal que me pesara. Fue cuando, escuchando una conferencia de Jean Allouch en la Universidad de Buenos AIres, me enteré que existía un campo discursivo que se conocía como lesbian & gay studies. No es que en ese momento se produjera una revolución en mí. Todavía la fe transferencial era demasiado sólida: toda mi vida estaba embarcada en ese proyecto. Fue más bien un efecto casi imperceptible, una pequeña, ínfima grieta que se abrió en un edificio que seguía siendo muy sólido. Pero hubo algo de mi deseo, de esa parte del deseo que no se deja domesticar ni siquiera por uno mismo, que ya nunca soltaría la pista que Allouch le había ofrecido. Lo que en principio fue apenas un atisbo, terminaría por producir el movimiento necesario para re-pensar el psicoanálisis y empezar a manejar otra lengua que, aunque extranjera, era paradójicamente más propia. Un movimiento que no se pudo hacer sin dolor, sin costos, sin miedos, pero que también trajo alegría y vitalidad. Me parece importante subrayar que re pensar no es un mero juego intelectual, hay que ponerle el cuerpo, hay que arriesgar y perder. Sólo así se puede ganar algo que valga la pena.


¿Hacia dónde me condujo, cuando me fui animando a caminar por esas sendas, la pista que Jean Allouch me había ofrecido? Me llevó hacia discursos que no sólo hablaban de la gaycidad, sino que, muchísimo más importante, hablaban, teorizaban, producían saber desde la gaycidad. Encontrarme con ese acto enunciativo fue más importante que lo que lo que esos discursos dijeran. La enunciación tuvo más fuerza que cualquier enunciado. No exagero si digo que fue una de los eventos más importantes de mi vida. Nunca había escuchado algo así en el campo del análisis. Fue así como entendí que, en el psicoanálisis que yo conocía, la voz de la heterosexualidad se presentaba como lo universal, anulando la producción de saber de otros cuerpos y otras sexualidades. A medida que seguía leyendo caía en la cuenta que se podían pensar otras narrativas, en las que las otras sexualidades no fueran una desviación del la sexualidad modelo, sino otros erotismos con sus modalidades propias, que había que pensar en sí mismos. Otras narrativas que me alojaban de un modo que el psicoanálisis que conocía nunca lo había hecho. También fui entendiendo que hay una política de la sexualidad, que legitima algunas existencias y no otras, y que el psicoanálisis, en la medida en que no leía esas políticas, las reproducía y se hacía su agente. No sólo había que re-pensar el psicoanálisis, haciendo evidente toda su heteronormatividad, sino que además había que llevar al campo psicoanalítico y a sus instituciones las voces de lo que Fabrice Bourlez llama los homo-analistas.


En ese movimiento recuperaba un impulso originario del psicoanálisis, que en muchos sentidos es una disciplina de lo marginal. Nace marginalmente a la medicina oficial de su época, dándoles un estatuto nuevo a las “enfermas” marginales de esa medicina, prestando atención a fenómenos marginales de la vida psíquica y a lo marginal de la vida erótica. Se podría decir que el psicoanálisis, al menos el que me interesa, es un savoir faire con lo marginal. El arte de darle lugar a lo real pulsional que perturba siempre, desde el margen, el orden establecido. El psicoanálisis subsiste en el instante previo a su inevitable institucionalización, y reaparece cada vez que se lo reinventa. El movimiento que, cada vez que ello sucede, vuelve a fundar la experiencia del psicoanálisis, es de forma inherente incorrecto políticamente, porque nunca se trata sólo de ideas, de teorías, sino que siempre, inevitablemente, altera las relaciones de poder. Es así como las instituciones psicoanalíticas han debido aceptar, de buen grado o a regañadientes, nuestra presencia de homo-analistas.


Di comienzo a este escrito comparando religión y psicoanálisis. Sin embargo, en principio, hay importantes diferencias. El psicoanálisis no tiene, o no debiera tener, textos sagrados. Menos aun catecismos. Debiera estar sujeto siempre a revisión. En principio. Pero el psicoanálisis se institucionaliza, y al hacerlo tiende a devenir iglesia, a establecer textos sagrados, a redactar catecismos e índex. Cada vez que se lo vuelve a pensar, que se interpelan saberes que se dan por supuestos, cada vez que se lo vuelve a crear, se va en contra de lo que podríamos llamar la tentación eclesiástica. La vida del psicoanálisis, al menos de lo que yo quisiera llamar psicoanálisis, prospera en los márgenes.


Referencias:

[1] Estas personas o bien aceptan la condena a su propia forma de amar, que es considerada entonces un pecado, o bien consideran que hay un mensaje del cristianismo, o de Cristo, que trasciende la estructura y el magisterio de la iglesia, pero que de alguna manera, incluso a pesar de sí mismas, las iglesias transmiten.

[2] Hablo de institución psicoanalítica en un sentido muy vago, ya que abarca una amplia variedad de instituciones (desde sociedades o escuelas de psicoanálisis hasta cátedras universitarias o espacios editoriales) con grados muy variados de violencia heteronormativa.


*Jorge N. Reitter, psicoanalista, docente en la Universidad Autónoma de Zacatecas (México) y en la Universidad de la República (Uruguay), fugitivo del lacanismo, homoanalista.